Ha rebasado ya los noventa años y Ernst Jünger se encuentra feliz esa tarde. Lo registra en su diario en agosto de 1987. “Hoy ha llegado un Montaigne en ocho volúmenes que había encargado a un anticuario. La edición no ha sido barata, pero ahora tengo medicina para un año en la mesilla”. Al novelista le duele un poco el codo, pero se alivia de inmediato. Leer a Montaigne es curarse. Pero, ¿curarse de qué? De vanidades y desánimos, de furias y obsesiones. Sanarse de ilusiones y rencores.

Ilustración: José María Martínez

Tal vez con la lectura Jünger se recetaba indirectamente la vieja receta de un médico sabio al que Montaigne admiraba al punto de dejarse abrigar por sus líneas. En el estudio de su torre destacan, en efecto, las fórmulas de Sexto Empírico inscritas en las vigas. Ningún otro pensador aparece tan frecuentemente en ese cielo personal.

Puede ser así y puede no ser así.
Yo no decido nada.
No comprendo.
Yo examino.
Suspendo mi juicio.
El hombre es arcilla.

Todas estas líneas aparecen tatuadas sobre los tirantes de madera del estudio en el que se refugió para escribir sus ensayos. Las expresiones forman parte de la gimnasia intelectual de Sexto Empírico y sintetizan una visión del mundo, o más bien, una experiencia de la vida. Dedicado a meditar el enredo de sus propias sensaciones, Montaigne se deja vigilar por aquel que no sabe nada de cierto. El ensayista se cubre arquitectónicamente con recordatorios de un deber: la vacilación. La afirmación tajante, el argumento hermético, la invocación de cualquier absoluto son, para el ensayista, traiciones. Esas son las tentaciones que hay que rehuir. Las frases que sellan el templo de su exilio lo observan. Desde lo alto de su biblioteca le exigen: no cierres tu argumento. Mira la otra cara de las cosas. No pretendas decretar la verdad. Suelta la idea que te convencía ayer.

Montaigne habrá conocido a Sexto Empírico por una traducción latina que se publicó en 1562, poco antes de que se trepara a la torre. El libro que recogía las proposiciones del escepticismo causó un gran impacto en su momento, convirtiéndose de inmediato en referencia para disputas filosóficas y teológicas. Fue a partir de esa edición que el escepticismo fue tomado en serio. Pero sus contemporáneos apenas hablan del autor. La vida del filósofo permanece en el misterio. Quizá esa es la recompensa de la posteridad: nada más justo para un escéptico que dejar su vida en las sombras. Lo que sí sabemos, aunque sea por referencias indirectas, es que fue médico. Y puede decirse que su filosofía es, en el fondo, una terapia.

Cada uno de los cuadernos de Sexto Empírico lleva inscrita la marca de una polémica: contra los dogmáticos, contra los profesores, contra los lógicos, contra los moralistas, contra los astrólogos. Hasta los músicos reciben su burla. No hay autoridad que se salve. Ninguna merece reverencia. Su autoridad es infundada. Los trabajos del iconoclasta son, en realidad, compilaciones. Recolección de muchos escritos de sus predecesores. Siguen siendo, sin embargo, la mejor exposición del temperamento dubitativo, ese que Emerson admiraba como el genio de Montaigne. El escepticismo de Sexto Empírico es, ante todo, una higiene. El conocimiento, cuando se imagina establecido y firme, no es vía de lucidez. Por el contrario, envenena la razón primero y luego gangrena el cuerpo. Por eso recomienda calistenias de la duda. Ejercitarse cotidianamente en lo que llama equipolencia. Como el cuerpo se fortifica en la resistencia de los músculos, la razón se instruye al advertir el peso de la idea contraria. A cada idea buscarle el paralelo de su negación. Por eso el escéptico, al situarse entre los extremos, suspende el juicio. Si llega a afirmar o negar, ha de colgarle necesariamente un “tal vez”, un “puede ser” a lo que aventura. Contemplador, el escéptico se pasma ante la variedad del universo, el influjo de la circunstancia, las mudanzas del tiempo, la parcialidad de todo juicio.

Era un médico quien defendía la duda como un camino a la salud. Visto así, podemos percatarnos de que el dogmático es un enfermo envenenado con la idea. Se aferra a ella y la aprisiona para no tentarla con el error. La retiene y se asfixia en su devoción. Por eso la idea lo corroe, lo amarga, lo lleva al delirio. La duda es el bálsamo. No hay otro propósito en la ruta del escéptico que la tranquilidad, el sosiego. Sabe bien el escéptico que la serenidad no proviene de la aprehensión de una verdad sino de la sabiduría para desprenderse de la ilusión. La duda es un laxante, dice Sexto Empírico. Renunciar a la creencia es ser capaz purgar aquello que nos envenena. La metáfora digestiva fascina a Montaigne: como el aceite de ricino, la duda evacua los humores del cuerpo y se elimina ella misma en el viaje. El dogmático es un estreñido.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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