Hace un par de meses, en la edición de julio de esta revista, Nicolás Medina Mora Pérez publicó un ensayo brillante y sugerente sobre Alfonso Reyes y, en particular, sobre la manida cartilla que de pronto, después de décadas de desventuras editoriales, se ha convertido en el libro del momento. La lectura es atenta y a la vez imaginativa. Una aproximación tan cuidadosa como osada a ese texto menor. Entiendo este ensayo como la probadita de un ambicioso proyecto. Escondido tras los modos del discurso liberal, se asoma en las letras mexicanas un denso conservadurismo. La reacción subterránea, lo llama con precisión. Pensemos la hegemonía liberal como una estrategia de encubrimiento. El proyecto anunciado no puede ser más pertinente.

Ilustración: José María Martínez

“Buena parte de la historia reciente de México —adelanta Medina Mora— se explica cuando entendemos que nuestro país está lleno de conservadores que no se asumen como tales y que en muchos casos ni siquiera son conscientes de ello”. Los conservadores mexicanos no han tenido más remedio que vestir traje liberal. Por eso hay que rascar la cáscara de su vocabulario y hacerse cargo de la pulpa. La pista viene de Leo Strauss. Las grandes verdades intimidan al poder y a la gente. Por eso los verdaderos filósofos necesitan envolver sus hallazgos con el papel de las convenciones. El sabio ha de esconder su mensaje. Hacer la reverencia que exigen príncipes y tribus para entregar sólo a algunos la lección. El crítico se convierte de ese modo en el detective que encuentra la llave enterrada, el tesoro escondido. Revela el misterio que los lectores de superficie no podremos ver.

Nicolás Medina Mora pretende así revelarnos que, en realidad, la Cartilla es un texto “ultraconservador”. No le faltan defectos a este texto de encargo. Es un ensayito que nació con mala estrella y que ha envejecido mal. Pretendiendo transmitir lecciones eternas y universales, resulta al lector de hoy un texto arcaico y elitista. La Cartilla no puede dejar de ser un texto hecho de las palabras y de las miopías de su momento. Discutir sus muchas obsolescencias es un ejercicio necesario, sobre todo cuando se nos presenta como tabla de una nueva legitimidad. Sin duda, Reyes pasa por alto opresiones, inequidades, arbitrariedades santificadas por la costumbre. Pero, por más que me esfuerzo en acompañar esta lectura straussiana, no puedo ver en Reyes el seño del extremista. Lo que yo encuentro ahí es el temple de la moderación. Ubicar al más consistente de nuestros escépticos como un radical es un despropósito.

Reyes, como Hannah Arendt, quiso otro horizonte para la política y, como ella, encontró luz en la antigüedad clásica, ahí donde el poder no es imposición sino diálogo, y en donde es más prudencia que decreto. Que la idea del bien sea fruto y no invención es parte de ese universo natural. Que el Estado sea desenvolvimiento de lealtades más simples, también. Puede pensarse, desde luego, que ese mirador premoderno produce aberraciones. Hay que señalarlas. El problema con la lectura de Medina Mora es que imprime a esas contrariedades carácter superlativo. No es que haya conservadurismo en la Cartilla, y desde luego que lo hay en quien pidió el latín para las izquierdas porque no veía “la ventaja de dejar caer conquistas ya alcanzadas”. No, para el straussiano no es suficiente decir que Reyes era conservador. Lo que quiere decir es que, en realidad, era un fascista que pensaba en el regimiento como modelo de ciudad.

El descubridor del secreto llega a insinuar que la defensa de la legalidad que hace Reyes es idéntica a la del nacionalsocialismo. Sólo los lectores avispados se darán cuenta de que el alegato judicial de Eichmann está en la cartilla alfonsina. Peor aún, embelesado con el descubrimiento de la llave escondida, Medina Mora imagina que el verdadero motivo del escrito de Reyes es un viejo libro de su padre. La crítica del encubrimiento encalla estrepitosamente. Don Bernardo Reyes tenía un libro que se titulaba Cartilla moral militar. ¡Ahí está! La Cartilla moral —que retumben los tambores— es, en realidad, un homenaje al militarismo y a la obediencia ciega del soldado.

No hay duda de que en Reyes hay una fibra conservadora. Si fue un conservador fue porque creía que la experiencia ofrecía pistas de moralidad. Porque veía en la tradición un río viejo que podía mantener frescura. También era conservador porque descreía de la utopía. Por eso debe ubicarse su conservadurismo precisamente como un repelente de cualquier radicalismo. En la vehemencia de la crítica de Medina Mora, más que especulación, encuentro sordera. ¿Escucha el texto que escudriña? Es que, antes que un argumento, Reyes es un tono. Creo que quien se da el permiso de escucharlo se percata de una naturaleza musicalmente conciliatoria que puede ser denunciada como tibieza o, incluso, como cobardía. Jamás como dogmatismo marcial o extremismo de ideólogo.
No responsabilicemos al escéptico Reyes de la mochería del gobierno actual ni del estado mayor de predicadores que lo acompañan y lo bendicen.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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