“Caras vemos, carajadas no sabemos…”
—Emilio el Indio Fernández”

El presidente Miguel Alemán conoció, como ningún otro, las veleidades de la opinión pública: del pináculo de la popularidad adonde lo colocó la visita del presidente Truman en marzo de 1947, pasó a ser el enemigo público número uno después de la devaluación de junio de 1948; pero en mayo de 1950 había recuperado lo perdido y más. Tanto que empezó a acariciar el sueño de la reeleción, y buscó hacer realidad su fantasía, a la que pusieron fin sus mayores: Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho.

En la elección presidencial de julio de 1946 Miguel Alemán, candidato del flamante PRI, acreditó una mayoría incontestable de votos; por consiguiente, asumió la presidencia de la República el 1 de diciembre de 1946, rodeado de un halo de legitimidad democrática inusual porque su elección había sido un proceso en apariencia limpio, organizado en los términos de una legislación electoral moderna, pero sobre todo había sido pacífico. No se registraron los incidentes habituales: balaceras, quema de urnas, robo de boletas, destrucción de casillas. Además, el Comité Nacional Alemanista, responsable de la campaña presidencial, había introducido los métodos modernos de propaganda política desarrollados en Estados Unidos, había recurrido al apoyo de los medios nacionales y extranjeros, la prensa escrita y el radio, y de estrellas de cine como Jorge Negrete que antes de los mítines cantaba el Himno Alemanista. Al mismo tiempo organizaba las tradicionales movilizaciones multitudinarias con almuerzo pagado.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

La construcción de la imagen pública del presidente Alemán como un gran estadista, un líder todopoderoso y omnisciente era una de las tareas centrales de su secretario particular, Rogerio de la Selva. Desde su oficina el nicaragüense atendía todo tipo de peticiones, o más bien, enviaba a los secretarios de Estado las solicitudes de pagos a la prensa, favores personales como empleo, jubilación, apoyo financiero, celeridad en la solucion de trámites burocráticos, que recibía en paquete cada mañana. Él era también responsable del trato con los periodistas, autor de numerosas organizaciones fantasma y, en general, encargado de las relaciones públicas del presidente. Según comentarios periodísticos de la época, De la Selva fue el promotor original de la propuesta de reelección.

Los rumores al respecto empezaron a circular en 1950, cuando se agitaban los primeros remolinos que provocaba la sucesión presidencial. En el Informe del 1 de sepiembre de ese año el presidente Alemán pretendió responder a las especulaciones: “…como se ha comenzado a hablar —contra mis deseos expresos— de mi reelección como presidente de la República, quiero afirmar una vez más mi decisión inquebrantable tomada por propia voluntad de no aceptar dicho intento…”.1 No obstante las protestas de Alemán, los rumores continuaron. En ambos extremos de la República, en Yucatán y en Sonora, aparecieron sorpresivamente asociaciones de apoyo a la reelección. Empezó a publicarse el Boletín de Ortodoxia Alemanista, en el Congreso se formó el Bloque Reeleccionista, y apareció el Comité de Orientación alemanista.

En enero de 1951 Alemán solicitó la opinión del consejero jurídico de la presidencia, Francisco Martínez de la Vega, y de su secretario de Hacienda, Ramón Beteta, sobre la reelección.2 La respuesta señalaba que era una propuesta arriesgada, cargada de incógnitas. ¿Se extendería a los legisladores? Además, podía causar pésima impresión, en vista de la carga simbólica del principio de no reelección.

En consecuencia, era preferible proponer la prórroga. El antecedente era Benito Juárez, a quien en estado de guerra se le extendió el mandato constitucional, y se le otorgaron facultades ampliadas. Desde luego, los funcionarios hicieron notar que cuando eso ocurrió el país estaba en guerra. La respuesta que recibieron fue: “¿Y la guerra de Corea?”. También se discutió que si una elección normal ponía en juego el orden público, una elección extraordinaria tendría mayores repercusiones.

Los rumores continuaron y empezó a cobrar forma “el prorroguismo” que defendía la reelección con el argumento de que había que dejar que el presidente Alemán concluyera la obra emprendida. También insistieron en que la situación internacional era muy frágil, que no era el momento de dividir a la opinión. Siguieron apareciendo folletos, volantes, panfletos de apoyo a una iniciativa que venía “de abajo” o de ninguna parte.

Entre 1949 y 1951 el general Cárdenas hizo varias anotaciones en sus Apuntes, en las que se refiere al tema de la reelección y a las visitas de los emisarios del presidente Alemán, que le pedían su opinión sobre el tema. El ex presidente se negó rotundamente a avalar semejante asalto a la Constitución; su posición fue respaldada por el ex presidente Ávila Camacho. Ambos se reunieron con el presidente. Fue entonces cuando Alemán renunció a su proyecto. Dicen que lo hizo porque cuando Vicente Lombardo Toledano lo escuchó, dijo. “Si se suprime la no reelección, nosotros (PP) postulamos a Lázaro”.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.


1 “El Lic. Miguel Alemán Valdés, al abrir el Congreso sus sesiones ordinarias, el 1 de septiembre de 1950”, XLVI Legislatura, Los presidentes de México ante la Nación, México, Talleres Gráficos de la Nación, 1967, p. 454.

2 Archivo Histórico de El Colegio de México, “De Ramón Beteta a Miguel Alemán”. Memorándum, 18 de enero de 1946. Fondo Ramón Beteta, caja 54, expediente 401-C.

 

Un comentario en ““Caras vemos, carajadas no sabemos…”

  1. Un artículo ilustrativo de la forma de hacer política a la vieja escuela, con las tentaciones del reeleccionismo. Gracias, saludos

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