En 1913 un muy joven Walter Benjamin escribía contra la idea, o mejor dicho contra la palabra experiencia. La máscara del adulto, decía, se llama “experiencia”: siempre igual, inexpresiva, impenetrable, siempre con el gesto desabrido de quien ya lo ha vivido todo: los ideales, las esperanzas, y sabe que todo eran ilusiones; la invocación de la experiencia devalúa de antemano los años que estamos viviendo, decía Benjamin, los vuelve irrelevantes, llenos sólo de inocentes disparates juveniles que habrá que olvidar. La invocación de la experiencia es un recurso para someter a los jóvenes, para imponer la conformidad con el orden de cosas, la resignación: lo que dice la experiencia es que la rebeldía es inútil. No porque los adultos no hayan experimentado otra cosa más que la falta de sentido de la vida, sino precisamente porque lo han experimentado: “nada odia más el filisteo que los sueños de juventud”, porque le recuerdan que a él también le llamó la voz del espíritu.

Pero es una experiencia que siempre en el texto, desde el título, va entre comillas, es decir, una experiencia que en realidad no lo es: contra ella esgrime la voluntad, el entusiasmo, la convicción de que la verdad existe.

La experiencia de la que habla en su famoso ensayo sobre Leskov es otra, la que transmite el narrador: la experiencia del viaje, de la lejanía, la materia de la que está hecha esa forma artesanal de la comunicación para la que importa sobre todo conservar lo narrado: “lo principal para el oyente es asegurarse de la posibilidad de volver a narrar”, porque el relato ya es suyo, y dice algo sobre la vida —la suya. Es un arte de narrar, dice Benjamin, que se acerca a su fin porque está desapareciendo el lado épico de la verdad, es decir, la sabiduría, y lo que aprendemos está cada vez más alejado de la experiencia: cada mañana el periódico nos informa sobre las novedades del globo terráqueo, y sin embargo, somos pobres en historias.

Ilustración: Estelí Meza

En 1933, exiliado, huyendo de Alemania, escribe Experiencia y pobreza. Es claro, dice, que la cotización de la experiencia se ha venido abajo, precisamente para la generación que ha pasado por una de las experiencias más tremendas de la historia, en las trincheras. Algo fundamental ya no se puede transmitir. Se podía ver entonces que quienes volvían del frente volvían mudos, no más ricos, sino mucho más pobres en experiencia comunicable; con una expresión muy suya, dice: una generación que todavía fue al colegio en tranvía de caballos regresa y se encuentra con que lo único que no ha cambiado son las nubes. Es una pobreza de experiencias privadas, pero también de experiencias de la humanidad, es por tanto una nueva barbarie, porque lo que se ha perdido es la posibilidad de la transmisión: “¿qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella?”.

El reverso de esa miseria, dice, es la “sofocante riqueza” de ideas que se vienen encima: astrología, yoga, Christian Science, quiromancia, vegetarianismo, gnosis, espiritismo. Ideas que son cualquier cosa, novedades, la “calderilla de lo actual”: falta la experiencia, el nexo por el que se transmite la tradición —faltan el narrador y el oyente que quiere asegurarse de volver a narrar. La humanidad, escribe Benjamin rumbo a París, en 1933, la humanidad se prepara para sobrevivir a la cultura si fuese necesario: “nos espera a la puerta la crisis económica, y tras ella una sombra, la próxima guerra”.

La misma o parecida ansiedad hay en La tierra baldía, de Eliot, en los Cantos de Ezra Pound, la conciencia de que se ha roto el vínculo de la tradición, y lo que queda son fragmentos, como los restos de un naufragio, amontonados en el intento de decir la magnitud de la catástrofe, la magnitud del vacío. Importa no lo que se conserva, sino lo que se transmite, no el catálogo sino la experiencia, algo fundamental de la humanidad se pierde cuando se pierde ese nexo mediante el que la vida adquiere sentido —la vida personal, la vida colectiva (¿qué valor tiene toda la cultura cuando la experiencia no nos conecta con ella?).

Hace un año murió mi maestro, Rafael Segovia. Días atrás su hija me trajo un paquete de libros de su biblioteca: Jovellanos, Feijoo, Cadalso, Campomanes, las lecturas a partir de las que escribió el primero de sus libros, Tres salvaciones del siglo XVIII español, dedicado a su maestro Edmundo O’Gorman, una meditación sobre la educación, la política, la modernidad, el nacionalismo, la cultura, en la que se trenzan el pensamiento del siglo XVIII, la segunda república española y el México revolucionario, a partir del bastidor de su propia experiencia. En las Cartas marruecas de su admirado José Cadalso encuentro un subrayado suyo: “la generación entera abomina de las generaciones que le han precedido. No lo entiendo”. Más adelante, dos líneas subrayadas en rojo: “Entre ser hombres de bien y no ser hombres de bien, no hay medio”.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezo todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.