En México se están gestado dos cambios sociales profundos, de proporciones históricas, que podrían alterar por siempre el orden de las cosas y que a la larga serán vistos como el legado de nuestra generación. El primero se lo debemos a las luchas feministas, que han logrado que la violencia que enfrentan cotidianamente las mujeres, desde el acoso hasta el feminicidio, empiece por lo menos a ser reconocida y denunciada como tal. El segundo, incipiente pero claro, es el desgaste del nacionalismo mestizo y la creciente conciencia de México como un país profundamente racista. En la última década voces desde distintas disciplinas —César Carrillo Trueba, Alicia Castellanos, Mario Arriagada, Mónica G. Moreno, Federico Navarrete, Raymundo Campos, Patricio Solís y muchos más— se han hecho públicas para hablar del racismo ya no como un problema que enfrentarían exclusivamente “las minorías” indígenas o afrodescendientes, sino como uno de los principios organizadores de la sociedad mexicana en su conjunto. El mito de México como un país mestizo sin distinciones raciales, lejos de producir la gran síntesis que se proponía, ha servido para ocultar y perpetuar una estructura social típicamente colonial, en la que la fisionomía indígena sigue estando asociada al trabajo manual e incluso a la condición de servidumbre.

Ilustración: Raquel Moreno

Desmantelar un sistema así requiere por supuesto de transformaciones económicas de fondo que alteren visiblemente los patrones de distribución de la riqueza, pero implica también cambios culturales: nuevas maneras de representarnos, de elaborar nuestra identidad individual y colectiva, incluso nuevas formas de elogiar y de insultar. Las luchas contra la segregación en otros países, en particular la de los negros en Estados Unidos, se han enfrentado a una contradicción fundamental sobre la que escribieron en su momento Du Bois, Baldwin y Fanon: la lucha contra el racismo terminó en algunos casos validando la idea de raza y acatando los límites de una identidad racializada, de tal forma que el instrumento de opresión restringió incluso las posibilidades de la resistencia. ¿Es posible que en México, dada nuestra peculiar historia con ese tema, logremos exhibir y desmantelar el racismo imperante sin así fortalecer la idea de raza y las identidades raciales?

Me parece alarmante la frecuencia con que he escuchado recientemente la postura contraria, la más peligrosa: la que niega o matiza la realidad del racismo mexicano, pero habla con toda naturalidad de “las razas”, “la raza indígena” o incluso “el gen indígena” como hechos objetivos. No está de más, por lo tanto, recordar que la categoría de raza es absolutamente inválida en términos biológicos. La especie humana es notablemente homogénea genéticamente y no hay un solo criterio que permita dividirla en subespecies: hay más divergencia genética en un grupo de pingüinos aparentemente idénticos que entre humanos de varias “razas”. De hecho, la antropología física ha encontrado consistentemente más diferencias genéticas al interior de cada supuesta “raza” que entre éstas. Esto es particularmente cierto en el caso de la “raza negra”, pues África es el continente con mayor diversidad genética y esa es una de las razones por las que sabemos que ahí se originó la humanidad. Las “razas” existen en tanto construcciones históricas y culturales, con consecuencias materiales claras, pero desde el punto de vista genético son una clasificación tan arbitraria como la diferencia entre brahmanes y parias.

El racismo “científico” y la eugenesia del siglo XIX eligieron rasgos arbitrarios para establecer fronteras raciales, otorgaron atributos morales y psicológicos a cada grupo, y los ordenaron en una jerarquía evolutiva según la cual ciertos grupos estarían más cerca de la animalidad o de la extinción. Esta forma de pensamiento no es ajena a México, la idea de la “degeneración de la raza indígena”, propuesta originalmente por Buffon, formó parte del marco teórico aceptado en la investigación médica y antropológica en México. Un caso ilustrativo es la teoría de la “pelvis acorazada”, según la cual la supuesta estrechez de la pelvis mexicana sería un rasgo de “envilecimiento” que dificultaba el parto y demostraba no sólo la inferioridad de “las razas” mexicanas, sino su posible extinción. La idea misma de lo “mestizo” parte de premisas racistas y tuvo el efecto de convertir un país mayoritariamente indígena en uno con “minorías étnicas”.

No debe prolongarse la ridícula simulación según la cual México sería ya un país donde el racismo y la idea de raza se han erradicado. Pero tal vez sea posible evitar una política que fragmente ese conjunto en una taxonomía de grupos raciales, como sucedió en Estados Unidos donde las personas están acostumbradas a concebir sus diferencias como hechos “naturales” y a identificarse personal y públicamente a partir de una categoría racial —”caucásico”, “negro”, “asiático”—. Esta solución introduciría peligrosos criterios de pureza y autenticidad, cuya relativa ausencia es el único gran logro de la tradición mexicana.

El racismo no es un prejuicio personal, es el aparato ideológico que ha sustentado la expansión capitalista, el exterminio de poblaciones enteras y la devastación del planeta. Desmantelarlo requiere quizás de un discurso de orgullo, pero sobre todo de una afirmación radical de las formas no raciales de construir la identidad y la solidaridad.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

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