¿Cuál es el papel de la ira en la vida pública? ¿Justifican las injusticias ciertos actos, como el vandalismo? Responder a estas preguntas es increíblemente difícil. No es absurdo pensar que la manifestación pública y social de la rabia puede tener consecuencias positivas, aunque deje tras de sí cierto grado de destrucción. Así lo creía Maquiavelo. Se equivocan, dice, quienes condenan los tumultos en la historia de Roma. Todas las leyes favorables a la libertad son el producto no intencionado del choque violento entre las clases altas y bajas. Los tumultos populares llevaron a la creación —como una forma de apaciguamiento— de instituciones y leyes que a la larga favorecieron las libertades públicas. Gracias a los desórdenes se instauraron los tribunos de la plebe, representantes de las clases bajas, que equilibraron el poder del aristocrático Senado y, de manera fortuita, completaron el gobierno “mixto” de Roma. La república salió así fortalecida. La conclusión retrospectiva de Maquiavelo es que los tumultos merecen alabanzas porque condujeron a la creación de los tribunos y éstos se convirtieron en los guardianes de las libertades romanas. Tales fueron los efectos de los desórdenes. Y eso, cree el florentino, es lo que importa a fin de cuentas.

Desde el punto de vista moral, Martha Nussbaum piensa que a veces la rabia está justificada y es apropiada. La ira es una respuesta adecuada a la injusticia y a graves fechorías. En efecto, “extirpar la rabia extirparía una gran fuerza en pro de la justicia social y de la defensa de los oprimidos”.1 Algo similar sostiene Judith Shklar: “cuando las víctimas de los desastres se niegan a resignarse a sus infortunios y gritan con rabia escuchamos la voz del sentido de la justicia”. Sin embargo, esta justificación moral exige algunas condiciones importantes. La furia no puede ser una explosión sin destinatario plausible, una bomba que impacta indiscriminadamente a su alrededor. Las acciones deben ser injustas. La rabia debe estar dirigida a los responsables de haber causado un daño doloso.

Ilustración: Belén García Monroy

Vandalizar un monumento nacional es una forma de protesta simbólica. Parecería una acción autolimitada: ninguna persona fue violentada, el daño material no es irreversible (aunque ciertamente su reparación involucra un costo y su vulneración puede indignar a muchas personas). Menos simbólica es la destrucción de una estación del Metro. En circunstancias normales estas acciones serían castigadas. ¿Qué exime a los perpetradores de enfrentar las consecuencias de sus actos? La respuesta está en la justificación moral del vandalismo. La pregunta es si la violencia estructural hacia las mujeres, real e innegable como lo es, justifica estos —u otros— actos en particular. Comparar los daños —las vidas perdidas de personas con la pérdida de cosas— es en realidad falaz. Para que la comparación fuese significativa tendría que existir una razón moral que vinculase necesariamente ambos hechos. La respuesta no puede ser simplemente la rabia. Por más justo que sea mi agravio no hay una justificación moral para dañar a terceros. (Si el monumento es la encarnación de un tercero es, en sí misma, una cuestión fascinante.) Es la misma objeción a que grupos inconformes perjudiquen a inocentes  bloqueando carreteras.

Un sentimiento no tiene una sola manifestación externa. La rabia, perfectamente justificada, puede materializarse de diversas maneras. Es muy probable que Jan Palach, el estudiante checo que en 1969 se prendió fuego en Praga como protesta a los acontecimientos políticos de su país, sintiera rabia. Sin embargo, generalmente se asume que la reacción espontánea a la ira es la venganza. Las represalias ofrecen una satisfacción, cree Shklar, que no es comparable con la justicia impersonal de los jueces. La venganza es singularmente subjetiva e inconmensurable. Es, “en todo respecto, la oposición misma a la justicia y es inherentemente incompatible con ella”. No es distante, impersonal, proporcional o regida por reglas. Por ello las represalias  inmediatas producen una gratificación emocional innegable. Para la mayoría de las personas la justicia que imparte el Estado es sólo un pobre sustituto de la venganza: “ni elimina ni satisface sus impulsos”. Hay, qué duda cabe, un regocijo en vengarnos de quienes nos han ofendido. Sin embargo, como señala Shklar, haríamos bien en recordar que la venganza no conduce a una sociedad razonable o decente.

Creo que las razones de más peso son las de Maquiavelo. Además de la justificación moral de ciertas acciones, importan sus consecuencias. Si la expresión de la ira lleva a que la sociedad emprenda acciones justicieras que cambien las cosas entonces podremos decir, retrospectivamente, que el vandalismo valió la pena. Hay algunos indicios de que eso podría ser así. Gracias a las marchas algunas denuncias de acoso de estudiantes universitarias fueron finalmente escuchadas. Las encuestas de opinión nos proporcionarán más pistas sobre esto. Sin embargo, sólo el tiempo devela las consecuencias. Los desórdenes bien podrían tener efectos opuestos a los esperados. Por ejemplo, los motines de 2011 en Inglaterra produjeron sentimientos de miedo y desconfianza en amplios sectores de la sociedad británica. La xenofobia y la intolerancia encontraron alimento en esos sentimientos. A veces el efecto de los tumultos es el Brexit.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 Martha Nussbaum, Upheavals of Thought. The Intelligence of Emotions, New York, Cambridge University Press, 2003.

 

Un comentario en “La ira y la razón

  1. Muy buen artículo, mesurado, claro y por supuesto bien documentado. No obstante tengo mis serias dudas ya que las manifestaciones violentas son generalmente dirigidas y hasta patrocinadas por actores muy ocultos con intereses bastante turbios y deshonestos.