No suelo volver a los viejos libros que leí mientras era estudiante. Sé que me pierdo de mucho, pero un cierto afán mentecato por las novedades, quizá sea la explicación. Ahora, sin embargo, volví al long seller de Maurice Duverger Los partidos políticos (FCE), escrito unos pocos años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial y que se pudo leer en español desde 1957 gracias a la traducción de Julieta Campos y Enrique González Pedrero. Es un libro que está por cumplir los 70 años ya que apareció en Francia en 1950… y luce rozagante.

Cuenta Duverger que “en ocasión del cincuenta aniversario de Maurice Thorez (secretario general del Partido Comunista Francés), el partido puso en circulación boletas de adhesión especiales, redactadas en forma de carta: ‘Querido Maurice Thorez: deseo a usted larga vida y buena salud y, con motivo de su 50 aniversario, me adhiero al Partido Comunista Francés, etc…’”. En el encabezamiento, la boleta decía: “Me adhiero al Partido de Maurice Thorez”, y no al “Partido Comunista”.

Ilustración: Jonathan Rosas

Era la expresión de un proceso de personalización extrema de la política que según el autor francés había iniciado con los partidos fascistas y había sido retomado por los comunistas. No era un tema menor, al parecer respondía a una “necesidad psicológica” de las masas que requerían de una identificación con una persona y que daba como resultado formaciones políticas altamente disciplinadas y efectivas. Puesto que de facto suprimían la deliberación interna (y en el caso de los fascistas también de jure), colocando la conducción en un líder salvador, se evitaba la tortuosa y siempre difícil toma de decisiones colegiadas.

Lo cito: “Los partidos fascistas fueron los primeros en desarrollar el culto al jefe… Los primeros en utilizar, en vez de contener, la aspiración natural de las masas hacia el poder personal, para reforzar la cohesión del partido y asentar su armazón. Para ellos, toda la autoridad viene del jefe y no de la elección; y la autoridad del jefe viene de su persona, de sus cualidades individuales, de su propia infalibilidad, de su carácter de hombre providencial”.

Hitler y Mussolini no eran unos políticos más, se pensaban y actuaban como la encarnación de un pueblo unificado del que eran los voceros únicos. Duverger señala que ese culto se extendió al Partido Comunista de la Unión Soviética y de ahí a los partidos comunistas más influyentes en Europa. Y digo yo, esa tendencia se difundió e inundó incluso a un buen número de partidos democráticos de muy diferente tendencia, aunque atemperada por la existencia de contrapesos internos y externos eficaces.

“La personalización del poder se acompaña a veces con una verdadera divinización del poder. Encontramos así una de las más antiguas formas de autoridad; la de los monarcas-dioses… El jefe es omnisciente, omnipotente, infalible, infinitamente bueno y sabio: toda palabra que salga de su boca constituye la verdad; toda voluntad que emane de él es la ley del partido. Las técnicas modernas de la propaganda permiten conferirle una extraordinaria omnipresencia: su voz penetra en todas partes, gracias a la radio; su imagen está en todos los edificios públicos, en todas las paredes, en cada casa de un militante”.

Duverger escribía sobre Stalin y estaba fresca en la memoria la catástrofe desatada por el eje nazi-fascista. Esos “monarcas-dioses” no eran fruto de la imaginación sino de la historia. La televisión estaba en pañales y las redes resultaban impensables, por ello su referencia a la radio (el medio más potente y el de mayor alcance entonces) y a la propaganda visual. Pero en efecto, el liderazgo personalizado y concentrado requiere estar en todas partes, ser el referente de cualquier discusión, la presencia que jamás puede faltar.

Ese tipo de liderazgo, otra vez según M.D., resultaba atractivo por lo menos por dos razones: para ser eficiente el partido requería de disciplina y no hay disciplina más férrea que la impuesta por una sola persona; y porque al parecer para las grandes masas la obediencia era y es una especie de sedante que reconforta y alienta. La disciplina como un bien superior a la deliberación, como un cemento que transforma al partido en una especie de ejército, como un componente indispensable de una maquinaria que pretende imponerse a otras. Y la otra cara, la obediencia, como una fórmula para sentirse parte de una causa superior, como un instrumento de reafirmación, unas ganas de sentirse incluido.

Creo que en aquel lejano 1950 había una clara conciencia de los riesgos de las dirigencias unipersonales, no sólo porque suelen ser caprichosas y arrojadas, sino por lo que habían desencadenado y lo seguían haciendo. Esos liderazgos sin contrapesos habían llevado al mundo a una conflagración destructiva y sangrienta nunca antes vista. Pero la memoria es volátil, fugaz, antojadiza. Y quizá por ello volver al pasado tiene algún sentido. Aunque quizá no.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.

 

2 comentarios en “La personalización del poder

  1. Algún parecido de aquel pasado fascista con el actual populismo de los países que miran hacia el pasado. La 4T del nuevo gobierno no le apuesta al futuro de instituciones fuertes y democráticas, le apuesta al caudillo faccioso y fascista.