El agua a través de sus diversas formas (ríos, océanos, arroyos, manantiales, mares, lagunas, lagos, cascadas, lluvia, entre otras) representa un fragmento del paisaje sonoro de la Tierra. La sonoridad del agua, a través de su volumen, tono y frecuencia, puede crear atmósferas de reflexión y entornos de violencia acústica que provocan nostalgia, alerta y temor.

La fuerza expresiva y artística del agua ha sido fuente de inspiración en la creación musical y en la producción de obras de arte sonoro. Chopin escribió Preludio de las gotas de lluvia; Claude Debussy compuso Jardines bajo la lluvia; Juegos de agua es el título de una obra de piano de Maurice Ravel y Ottorino Respighi es el autor del poema sinfónico Las fuentes de Roma. Desde la perspectiva de la experimentación artística sonora destaca La ciudad de agua de Concha Jerez y José Iges, creada en 1994. Esta obra, formada por 12 paisajes sonoros, se basa en la reconstrucción de los entornos acústicos de agua en el Palacio de la Alhambra y en los jardines del Generalife.

Ilustración: Estelí Meza

Además de las obras musicales y del arte sonoro que retoman el agua como tema y motivo de creación, se le considera como un elemento de escucha individual y social.

Escuchamos el agua a través de las actividades que realizamos cada día. Los sonidos del agua siempre están presentes; no obstante, en muy pocas ocasiones nos detenemos a escucharlos con atención.

Si escribimos un diario de sonidos, como sugiere Raymond Murray Schafer, podemos detectar que algunos de los primeros sonidos que escuchamos después de despertarnos provienen del agua. El agua se estampa con fuerza contra nuestro cuerpo cuando nos bañamos o nadamos. Fluye cuando lavamos ropa, trastes y hacemos el aseo.

Nos percatamos del agua cuando el goteo permanente de una llave mal cerrada provoca malestar o cuando golpea melódica o intempestivamente el paraguas; y cuando tenemos sed y queremos beberla. Sólo atendemos a su sonoridad cuando ante su carencia cualquier señal sonora nos avisa que ha vuelto.

De forma recurrente encontramos espacios que procuran armonía a través de fuentes y caídas artificiales de agua. Lamentablemente, no en todos los casos se logra obtener una atmósfera de relajación; en ocasiones la fuerza sonora del agua en superficies metálicas provoca ruidos ensordecedores que provocan desasosiego e incomunicación.

En los entornos naturales el agua es un elemento necesario, es dadora de vida. Por ello, cuando podemos contemplar el mar, los ríos, las cascadas, entre otros afluentes de agua, disfrutamos la sensación de escucha profunda.

La abundancia o escasez del agua modifica la forma de los paisajes sonoros y afecta la forma en que los seres vivos se relacionan con su medio ambiente. En la última década se ha advertido que la escasez de agua es uno de los más grandes problemas del siglo XXI. La falta de agua afecta a todo el mundo. Sin agua no hay vida. La trascendencia de este problema ha llevado a considerar que el agua forme parte de las agendas de investigación. De todos los enfoques científicos que se han emprendido, uno de los aspectos poco explorados es el que se refiere al agua como parte del paisaje sonoro y patrimonio.

Algunas sonoridades del agua se han documentado y se preservan en los archivos sonoros. Estas grabaciones que se resguardan en colecciones de paisaje sonoro forman parte del patrimonio de la humanidad; gracias a ello es posible estudiar los cambios y transformaciones del agua y, además, reconocer su valor como herencia viva.

El interés por documentar el paisaje sonoro inició el siglo pasado. Las grabaciones de paisaje sonoro de entornos naturales, también denominadas como bioacústicas, incrementaron a partir de 1960. Las grabaciones de animales en su entorno se llevaron a cabo gracias a la colaboración de zoólogos y ornitólogos. En sus primeros años el World Soundscape Project grabó, documentó y analizó el paisaje sonoro del mundo. En los años setenta se realizó la primera grabación multicanal de un paisaje sonoro. En los ochenta se emprendió el proyecto Klangndokumente des Wiener Alltags, auspiciado por la UNESCO, para identificar los sonidos de la vida diaria, que pasan desapercibidos y que, sin embargo, forman parte de nuestra experiencia acústica, aunque la tecnología y nuestros hábitos cambian. 

Desde los trabajos pioneros de registro de entornos sonoros hasta ahora, de acuerdo con el estudio European Acoustic Heritage, el concepto de paisaje sonoro se ha reinventado. Se han formulado iniciativas para involucrar a la sociedad en la identificación de los elementos de paisaje sonoro que es necesario preservar; los ciudadanos participan no sólo en la contemplación y conocimiento; adquieren un rol activo en la identificación y creación de su patrimonio sonoro. Otra variante en la grabación de paisaje sonoro ha sido identificar los sonidos en riesgo de extinción. Se observa una creciente preocupación por grabar los sonidos que pueden desaparecer. De ello dan cuenta, entre otras, las grabaciones de Schüller y Hensellek en la Phonogrammarchiv de Austria, así como el incesante trabajo de Leah Barclay.

En México uno de los primeros esfuerzos lo emprendió la Fonoteca Nacional en 2008. Se produjo la serie Sonidos en peligro de extinción, para alertar del riesgo de pérdida de las lenguas originarias, especies animales y oficios. Además, se publicó el libro infantil El canto del planeta. Sonidos en peligro de extinción escrito por María Eugenia García Cortés. En 2009 esta institución organizó el Foro Mundial de Ecología Acústica Megalópolis sonoras. Identidad cultural y sonidos en peligro de extinción; se creó un espacio de disertación en torno a esta temática. Desde entonces se evidenció que el riesgo de pérdida es un problema social que afecta a las lenguas originarias, los oficios, el habla cotidiana, las costumbres y tradiciones y por supuesto a los entornos naturales.

Por desgracia, las sonoridades del agua se ubican en la categoría de sonidos en peligro de extinción. De forma recurrente escuchamos que el agua se está acabando en el planeta. En mayor o menor medida todos hemos padecido la falta de agua, pero no podemos imaginar cómo sería nuestra vida sin ella. El cambio climático está afectando los ecosistemas y la falta de agua es una expresión de este fenómeno. La magnitud del problema es tal que Naciones Unidas calcula que cada año mueren 2.2 millones de personas por la falta de agua.

Hay mares, ríos y lagos, como el mar de Aral en Kazajistán, el lago Poopó en Bolivia y el río Colorado de Estados Unidos, entre otros, que han disminuido su caudal o bien que se han secado. De continuar esta tendencia no sólo no volveremos a escuchar la sinfonía de sonidos que nos ofrece el agua, sino que pondremos en riesgo nuestro futuro como especie. Sirve de poco señalar el problema si no se toman medidas individuales y sociales contundentes para proteger nuestro planeta. Ojalá que nuestros descendientes disfruten del agua como nosotros lo hacemos y no sólo puedan escuchar las obras musicales y artísticas, y las grabaciones de paisaje sonoro del agua que se preserven en las fonotecas. De nosotros depende escuchar con atención los sonidos del agua y no dejar que desaparezcan.

 

Perla Olivia Rodríguez Reséndiz
Investigadora del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información, UNAM.