A veces me pregunto qué oscuras fuerzas impelen a los mexicanos a deleitarse en esos chiles de un picante insoportable que usan como condimento en su comida. Me vienen a la mente dos legados culturales. En primer lugar, las oscuras fuerzas de los sangrientos sacrificios consagrados al monolito azteca; en segundo, la no menos lóbrega actitud de los místicos españoles, quienes veían en el cuerpo una lamentable carga que le impide al espíritu elevarse, por lo que deberá sometérsele a austeridades, sufrimientos, privaciones y mortificaciones. Sólo la conjunción de estas dos propensiones ascéticas explicaría cómo la placentera experiencia de comer puede transformarse en un penoso sacrificio. Esto, desde luego, se cumple tan sólo para los no iniciados. Quienes nos criamos en la tierra ancestral de los sacrificios con puñal de obsidiana, y las penitencias y autoflagelos de los anacoretas españoles, fuimos sometidos a un periodo de entrenamiento que insensibiliza la mucosa bucal a los despiadados ataques de semillas saturadas de capsaicina. Y eso, durante largos siglos, ha sido parte de nuestra cultura.

Ilustración: Izak Peón

Para disgusto de mi padre, yo me aparté de tan venerable tradición simplemente por haber sido incapaz de resistir el adiestramiento. Cuando era niño, un buen día mi padre me acercó un molcajete que rebosaba de salsa picante, acompañando su acción con un fruncimiento del entrecejo y una mirada inequívocos: tenía yo que agregar a mi comida una buena cantidad de aquel diabólico preparado. Se resintió ante mi desconcierto y la timidez con que me serví la salsa. Al apenas probar aquello sentí como un tizón encendido dentro de la boca, y cuando mi padre vio mis lágrimas no pudo más. Ventiló su molestia con un irritado: “¿Qué le pasa a este chamaco? ¿Qué no es mexicano?”.

El comentario llevaba una dosis ambigua: si bien era para reconvenirme, al mismo tiempo apelaba a la autoridad mayor, la de mi madre. Pues ella tenía la última palabra en todo lo tocante a mi formación. A su indefectible protección le debo, entre muchos otros beneficios, la conservación de mi mucosa bucal intacta, ya que aquellos corrosivos condimentos, capaces de derretir al propio hierro forjado, sin duda habrían podido perforar una lengua infantil.

Por otra parte, la severidad gastronómica de mi padre era tan sólo una parte de su visión del mundo y de su filosofía de la vida. A él le tocó vivir en un periodo de salvajismo colectivo al que por eufemismo llamamos “la Revolución”. Él participó combatiendo desde el bando perdedor. Eran tiempos en que la rudeza y la temeridad le servían más al hombre que la diligencia y la moderación; cuando las fortunas se hacían y deshacían en un instante, según cambiaran los vientos de las pasiones políticas; cuando los poderes legítimos eran derrocados por hombres audaces que profesaban la igualdad para todos, tan sólo para usurpar la misma autoridad contra la que habían ido. Se abrogaban valores inmemoriales en favor de los del momento y lo único seguro era la inminencia de la muerte. Mezclando todo esto mi padre destiló su ruda y personal versión del estoicismo. Sé fuerte. Nunca flaquees. El afeminamiento equivale a debilidad. Y su frase inflexible: “Los hombres no lloran”.

Pasados los conflictos, se encontró en franco desfase respecto al mundo. Carente de las habilidades para prosperar en la nueva era, esperó que sus previos sufrimientos lo hicieran merecedor de nuevos derechos. Ay, se enfrentaba a hombres a los que en el fondo él despreciaba; pero que se burlaban de su orgullo y hacían escarnio de su temeridad al tiempo que reafirmaban su autoridad sobre él. Vauvenargues proclamó que “la paz hace feliz a la gente, pero débil al hombre”.1 Así pensaba él. Amargado por haber caído en la cuenta de que el nuevo gobierno pasaba por alto su orgullo guerrero, tendría que haber considerado la advertencia del poeta:

El doliente guerrero, honrado en el combate,
Vencido tras librar incontables victorias,
Es borrado en un tris del libro de los héroes
Y se olvidan sus lauros anteriores.
2

En cambio, intentó ahogar su rencor y desaliento en la bebida. Lo que no lograron las balas, los humos del alcohol lo consiguieron con facilidad. Sus órganos internos fueron destruidos de modo irreparable. Llegué a verlo inconsciente, escuálido, ictérico, desaliñado. No era aquella imagen del revolucionario herido en el mural de Orozco La trinchera. La imagen del hombre del mural, que yace exánime, consumido, con los brazos estirados, da más la idea de alguien en la cruz a la de alguien muerto por las balas.

Cuando sintió la muerte cerca, pidió en tono suplicante que lo llevaran a la casa de su madre, allá en su pueblo lejano. No falta quien, sin sentido de la compasión, diga que flaqueó: ¿dónde quedaron aquellas baladronadas? Así es la envidia y la inquina de la gente por quienes en el último minuto se desdicen de las opiniones y principios que siempre profesaron. Como si hallarse en un predicamento indecible, en la situación más vulnerable que puede concebirse para cualquier ser humano, no fuera motivo suficiente para ver las cosas de otro modo.

Nunca pude asimilar el estoico “machismo” de mi padre, hoy obsoleto y acaso risible. Pero ante el crudo espectáculo de su vida reflexiono en que una manera de mitigar el sufrimiento es poner distancia respecto del ajetreo y el mundanal ruido. Las filosofías de Oriente han procurado transmitirnos esta lección. Si el dolor que padecemos es demasiado, aprendamos a verlo como si de él nos separaran miles de kilómetros, desde una perspectiva atemporal y ventajosa. A este mismo impulso habrá obedecido san Pablo cuando recomendaba a los casados “que vivan como si no lo fuesen”.3 Y no es que quisiera separarlos de sus mujeres, sino que vivieran como si nada les perteneciera. Ya que nada en este mundo es en verdad nuestro, ni nos pertenece en verdad y para siempre.

Vivir “como si” en verdad no viviéramos… ¡es algo más fácil de decir que de hacer! Pero si esta “santa indiferencia del mundo” es algo inasequible, lo que sí resulta viable es fingir ante los demás los propios sentimientos. Y eso lo descubrí a la edad de diez años, cuando asistí al velorio de mi padre.

Alrededor del féretro, puesto en un soporte elevado, estaban las mujeres envueltas en sus rebozos negros. Debido a mi corta estatura, no podía mirar adentro de la caja. Como es costumbre, había una mesa con café y bocadillos para las mujeres que sin descanso rezaban el rosario y la letanía. “El deber de las mujeres es llorar a los muertos. El de los hombres, recordarlos”.4 Este desconsiderado pensamiento de Tácito se ajusta bien a aquella escena. Alguien me levantó tomándome por la cintura, para que pudiera yo “ver a mi padre por última vez”. Esa imagen no era necesaria ni servía de consuelo o lección alguna: un hombre roto, exhausto y devastado por los embates de la absoluta desesperanza aliada a la cirrosis hepática. Quise no haberlo visto de esa manera.

Todos los ojos se fijaban en mí. Yo me sentía confundido, apenado y descompuesto. Me invadió un profundo desánimo, una extraña mezcla de repulsa y enervación. Al mismo tiempo, todas las mujeres me miraban. El acomedido señor que me cargó sin pedirme permiso volvió a dejarme en el suelo. Entonces sentí un vacío, un hueco que nunca podría llenarse en la vida. Un sollozo incipiente iba tomando forma en mis adentros.

Sin saber muy bien qué estaba haciendo, me aproximé a la mesa donde había comida, tomé la cuchara de palo ahogada en la salsa y, rebosante, me la llevé hasta el fondo de la boca.

El enrojecimiento de la cara, mis gestos ostensibles, el abundante lagrimeo se atribuyeron de inmediato a mi imprudencia infantil. “¡Inocente criatura! ¡No sabía que esa era la salsa picante!”, comentó una mujer que llegó a asistirme en mi apuro con alguna bebida dulce y una toalla. Mientras tanto, en el fondo de mi corazón yo me sentía orgulloso. Los había engañado a todos haciéndoles creer que mis lágrimas eran de enchilamiento, la reacción fisiológica a la capsaicina, no debidas al desamparo y tristeza de un huérfano. Si mi padre me hubiera visto, habría merecido su aprobación. Los hombres no lloran.

 

Francisco González Crussí
Patólogo y ensayista. Entre sus libros más recientes: El rostro y el alma (2014) y La enfermedad del amor (2016).

Este texto se publicó como Fire Eaters en Hektoen International 11 (núm. 1), invierno de 2019.

Traducción al español de Jorge Brash.


1 Luc de Clapiers, marqués de Vauvenargues, “Réflexions sur divers sujets”, en Oeuvres Complètes, vol. 1, París, Brière, 1827.

2 William Shakespeare, Soneto XXV.

3 San Pablo: 1 Corintios 7:29.

4 Citado por Henry de Monthérland en: “Mors et
Vita”, en Essais de Monthérland, París. Colección de la Pléiade, 1963, p. 510.

 

Un comentario en “Los tragafuegos

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