No habían pasado dos semanas desde el inicio de mi gestión como secretaria de Instalaciones de la Aldea Universitaria Sobornost, la joya de las residencias estudiantiles de la Cooperativa Obschina, pero mi desprecio por Hana Kim ya se parecía a uno de esos odios forjados en la primaria. Aquella tarde, como todas las tardes, Hana y su gigantesco abrigo de mink se cernían sobre Analísa, mi ayudante, quien tramaba multas para residentes poco cooperativos. Yo volvía a la oficina del cuarto de basura, a donde me había aventurado para inspeccionar un flamante churro de mierda que alguien había tenido a bien depositar en el piso, así que no estaba de humor para berrinches. Todos los días era la misma historia: Hana, vestida con faldas asimétricas y chamarras vanguardistas, se apersonaba en el cuartucho de la secretaría y proseguía a quejarse de problemas inexistentes. Todo esto mientras que Porsche, el terrier lampiño al que insistía en referirse como su “animal terapéutico”, le hacía coro con sus patéticos ladridos. 

Ilustraciones: Kathia Recio

“O sea, es que es inaceptable, ¿captas?”, Hana le decía a Analísa mientras que Porsche se daba terapia sexual contra su bota derecha. “O sea, yo me mato por esta cooperativa. Y mientras, los mantenidos esos del E-311 la destruyen. O sea, ¿te imaginas si yo hiciera fogatas en mi depa? Obvio me corren en caliente”.

Tuve que hacer un esfuerzo para no fulminarla. ¿A quién demonios le importaba si los refugiados rohingya del Edificio E habían arrancado la alfombra de su sala y construido un fogón para cocinar? Esa era su cultura. O al menos eso era lo que Tim había dicho cuando le conté de la situación. ¿De verdad era necesario que el ciudadano gerente me recordara que nuestro Manual de Sensibilidad Cultural prohibía la discriminación por concepto de raza, color, religión, nacionalidad (al llegar a ese término Tim me había rociado con saliva), sexo, identidad de género, discapacidad, y las otras categorías especificadas en el subapartado antiopresión del Reglamento de Cooperación Orgánica? La nuestra, Tim había recalcado, era una cooperativa comprometida con la igualdad de oportunidades en la vivienda, y los refugiados rohingya merecían una oportunidad igualitaria de tener un techo bajo el cual refugiarse. Además, acoger a los Tuns era parte del acuerdo informal al que habíamos llegado con el Ministerio de la Vivienda después de aquel lamentable incidente que casi nos cuesta la certificación. 

“Mira quién habla”, dije mientras revisaba el correo de la tarde: una circular del gobierno municipal urgiéndonos a instalar candados antivagabundos, un ultimátum de la compañía de aguas, una Super Soaker que Marcus había ordenado para el Festival Hidro-Futurista Afroamericano, un grueso sobre manila de parte de la abogada de mi familia, y tres paquetes cubiertos de sellos chinos, sospechosamente ligeros, destinados a Hana Kim. Se los aventé sin advertencia. Uno le dio de lleno en la cara. 

“Como te dije ayer”, seguí mientras Hana recogía sus paquetes, “la única mantenida por estos lares eres tú”.

Hana exhaló un resoplido perfumado con Chanel y se irguió tensando la espalda, como solían hacer las señoras que se referían a mi mamá como “la muchacha”. Por un momento volví a ser la niña que fui antes de la Universidad Estatal de la Alta California: la que se escondía de su madre en los  armarios de las mansiones de las colinas para acariciar las suavidades del zorro y la chinchilla. El mink, mi favorito, era irresistible incluso ahora, sobre los hombros de Hana, pero Hana Kim era intocable. Sus padres eran dueños del monopolio que surtía a todo el mundo occidental de cierta pasta coreana de chile. Esa misma mañana, de hecho, me había visto obligada a transportar a la secretaría una fracción de las cajas de Balenciaga que llenaban el pasillo frente a su estudio, con la esperanza de ahorrarnos otra multa del servicio de recolección de basura. A Hana, por supuesto, todo esto le valía madres. Se quejaba de la negligencia de los residentes que hacían labores de mantenimiento, de la falta de criterio estético que habíamos exhibido al no contar la instalación de sus esculturas como horas de trabajo, de la grosera insistencia de sus vecinos en escuchar corridos después del atardecer. Nada me hubiera hecho más feliz que enterarme de que se había marchado para siempre. Hana emitió un pequeño gruñido similar al de su rata de compañía. “¿Yo, mantenida?”, dijo mientras señalaba el póster que anunciaba el Domingo Delicioso, uno de los fútiles esfuerzos de recaudación de fondos del Colectivo de Estudihambres Chicanos. “¿Martes de Malteadas, Viernes de Vien Vestir, Wiercoles de Wim Wenders? Literal, de no ser por mí, este basurero sería un basurero sin cultura”.

Abrí el paquete de la abogada. Encontré una carta y, debajo de ella, los cientos de documentos que mis padres habían incluido en su solicitud de residencia permanente.

“Querida Mariana”, empezaba la carta. “Lamentamos informarle que, a partir de este momento, no podremos seguir representando a su familia. Nuestro despacho está comprometido con el derecho a la defensa legal, pero nuestra ética profesional y los retos económicos que supone asistir a clientes de bajos recursos nos impiden prestar servicios gratuitos. Además, como usted sabe, el caso de sus padres es especialmente complicado, por lo que incluso en la mejor de las circunstancias no podríamos darle cabida en nuestro programa de representación subsidiada. Nuestro único consejo es que le llame a su senador lo antes posible —a estas alturas el tiempo apremia— y le solicite que interceda ante la autoridad. Sinceramente, Ángeles Acevedo”.

Mi puño se cerró en torno a la carta. Hana no había parado de gruñir. Cerré los ojos y calculé los costos y beneficios de abalanzármele a cachetadas. 

“O sea, ¿la neta?”, Hana siguió, redistribuyendo su peso para ofrecerle a Porsche un mejor ángulo de ataque. “Es supergrosero que ni siquiera me hayan dado las gracias”. 

Nadie dijo nada. Tras unos segundos, Hana lanzó las manos al cielo. “¡De nada!”, exclamó. 

Analísa elevó la vista de sus papeles. “Pues bueno”, dijo mientras encogía los hombros debajo de sus rizos. “Supongo que sí fue lindo que les prestaras tu licuadora a los compitas del colectivo”. Analísa estudiaba medicina, pero su tonito cantadito hacía casi imposible imaginarla como una figura de autoridad. Al mismo tiempo, no puedo negar que la diligencia de mi subsecretaria era lo único que se anteponía entre mi gestión y el fracaso. Me apena admitir que resentía que dedicara sus tardes al estudio en vez de ayudarme a apagar incendios, pero sabía bien que el problema era que la cooperativa trataba a los residentes como trabajadores y no como estudiantes. 

Y bueno, yo estudiaba negocios. La lógica del asunto no se me escapaba. El modelo de residentes-trabajadores nos permitía reducir costos y por lo tanto la renta. Además, como Tim me había recordado cuando intentó convencerme de que aceptara un “ascenso lateral” de vicepresidenta de Idealismo Cooperativo a secretaria de Instalaciones, la misión de la cooperativa era acoger a estudiantes indigentes que de otra suerte no hubieran podido costear su educación superior.

“¡Gracias, Analísa!”, Hana exclamó. “La neta es que sí me vi buena onda. Pero, en serio, tenemos que hablar del Viernes del Vien Vestir. Si el próximo es igual de exitoso, los sobornosti dejarán de parecer estudihambres sacados de una peli de huerfanitos”.

Se me salió un suspiro de incredulidad. ¿Qué chingados creía Hana que éramos sino estudihambres? Tiré media docena de cartas de vecinos quejosos y repetí mi mantra motivacional: Mi meta era fundar un imperio dedicado a la optimización del mercado de vivienda de alquiler de corto plazo. Los tiempos estaban cambiando y nuestras necesidades tenían que cambiar con ellos. En esta economía postprecaria los contratos anuales habían quedado obsoletos, ya no se diga la expectativa de tener electricidad las 24 horas al día. Cerré los ojos y conjuré mi talismán de superación personal: una pirámide de la que yo era la cúspide y miles de consultores la base, un verdadero ejército de especialistas que se valdría de la más avanzada tecnología para emparejar a cada inquilino con un cuarto amueblado. Los consultores recibirían comisiones in lieu de salarios —¿quién quería andar pagándole el seguro médico a una bola de mantenidos?— suplementadas con cruceros anuales a Mazatlán. ¿Nuestro nombre? Apex, porque seríamos la punta de lanza de la disrupción. ¿Nuestro logo? Una leona empoderada merodeando por el Serengueti.  

El chasquido de la engrapadora de Analísa le puso fin a mi ejercicio espiritual. “Este, bueno, eh, es que”, mi asistente balbuceó. “Chance me estoy acordando mal, y obvio corrígeme, pero, ¿cómo decirlo? El quórum del último Biernes de Bestir Bien fue de —déjame hacer cuentas— cero. Ni siquiera Marcus se apersonó”. 

Hana hizo una mueca de asco. Entre el correo encontré el folleto de un comedor para personas en situación de inseguridad alimentaria. Lo rompí en pedacitos.

“¡Fake news!”, Hana chilló. “Marcus sí vino. Quería un set de maquillaje de Yves Saint Laurent y salió con una bolsa de cremitas La Roche-Posay”.

Otro folleto, este de un candidato local, prometía tempeh en cada wok y un Tesla en cada garaje. Fue a parar directo al basurero.

“OK, de acuerdo”, dije. “¿Quién más? El año pasado proyectaste el especial de Fashion Week para una audiencia de una persona. Y esa persona eras tú”. 

El siguiente sobre era para mi madre. Le había dicho mil veces que se asegurara de que las señoras le mandaran su quincena al buzón postal que le había abierto hacía ya más de un mes, cuando ella y mi padre se mudaron a mi estudio. Mejor arriesgar la furia de Tim que la del santo oficio migratorio. 

“Porsche lo vio conmigo”, Hana masculló. El terrier, letárgico tras horas de autoerotismo, se había acurrucado contra su bota. 

“¡Ay, Poorsheeeee!”, respondí. En mi frustración dejé caer al piso una pequeña enciclopedia de advertencias finales del Departamento de Bomberos. “¿Quieres una estrellita en la frente? ¿En serio crees que los Viercoles de Vim Venders pueden hacerle competencia a los juevebes de las fraternidades? ¡Tu expediente de trabajo está igual de vacío que el útero de una paciente de histerectomía!”.

Una voz venida del corredor me interrumpió. “¿Mariana?”, dijo el recién llegado. Me volví hacía la puerta. Era Marcus, el más fabuloso influencer afrofuturista de la Alta California, luciendo labios pintados de rosa y un crop-top que engrandecía su musculatura. 

“¿Qué?”, respondí. Marcus nunca me perdonaría el haber reemplazado a Winston, mi predecesor en la Secretaría de Instalaciones, un chico de Trinidad y Tobago que se la pasaba regalando porritos y siempre prestaba quarters para la lavandería. Siendo franca, yo tampoco me lo perdonaba. Tim me había designado porque, como vicepresidenta de Idealismo Cooperativo, tenía amplia experiencia en la difícil tarea de elevar la moral de la tropa. Y la moral de nuestros cooperativistas estaba por los suelos, en buena parte porque Tim había despedido a Winston. 

“Amiga, siento molestarte”, dijo Marcus en un tono que dejaba claro que no lo sentía y que no era su amiga. “Pero fui a sacar mi basura y literal me topé con un cerro de caca que claramente salió del culo de un chico con graves problemas intestinales”. 

“¿Y cómo sabes que fue un chico y no un perro?”, preguntó Analísa. 

“Morra”, Marcus respondió. “Marcus sabe distinguir el pastel de un macho fornido del cupcake de un perris con los ojos cerrados”. 

Hana torció la boca. “¿Ves?”, dijo. “Literal hay popó en el piso y literal nadie la recoge. Yo ya hubiera puesto a limpiar a los dizque refugiados rohingya. Mínimo que hagan algo para compensar los pinches incendios que prenden todas las noches. Digo, ya que parece que la actual secretaria tiene literal cero intención de aplicarles la ley”.

Las acusaciones de Hana eran inexactas. Las instrucciones venían directo de la oficina de Tim. La posición del ciudadano gerente era que no había nada de qué preocuparse. Además, no hacía mucho que habíamos pagado una millonada para aplacar a la ex inquilina que nos había demandado después de que la corrimos por prenderle fuego a sus cortinas. La quejosa había alegado que quemar salvia era parte de su fe, por lo que la cooperativa había violado su derecho a la libertad de culto. El juez abrió una investigación, al término de la cual el Departamento de Bomberos determinó que nuestro sistema antiincendios era completamente inadecuado. Aterrados de lo que pasaría si la investigación seguía su curso, preferimos comprar la cooperación de la neochamana. A partir de ese momento, el ciudadano gerente le había agarrado respeto a las leyes antidiscriminación. Lo último que necesitábamos era que los rohingya se quejaran con la Oficina de Refugiados.

Y bueno, para qué mentir, Hana tenía toda la razón. Los Tuns eran una bola de mantenidos. Al inicio de mi gestión, para darles una oportunidad de contribuir a la comunidad que los había acogido con los brazos abiertos, les había pedido que rellenaran los extinguidores de incendios del Edificio E. Les estaba enseñando cómo hacer una descarga de prueba cuando la niña menor, una morrita de seis años, confundió el sonido del extinguidor con el de un lanzallamas y cayó en un paroxismo de pánico postraumático. Después de ese incidente decidí dejar a los rohingya en paz. Los extinguidores quedaron igual de vacíos que mi cuenta de banco. 

“¿Incendios?”, Marcus preguntó con incredulidad.

No tuve otra opción que mentir. “Esta es una cooperativa comprometida con la libertad de expresión”, dije. “Pero el hecho es que aquí en la Secretaría manejamos otra información. Los supuestos incendios son rumores, voces interesadas, retórica infamatoria. Además, la señorita parece querer distraernos del hecho de que no ha movido un dedo desde que le rentamos un cuarto”.

Hana puso cara de ruda. De pronto me acordé del senador. Cuando intenté rechazar el ascenso lateral, Tim me había amenazado con echar a mis padres a la calle. Me gusta pensar que, en el fondo, Tim creía en la misión de la cooperativa; que su odio por los mantenidos y la sangre fría con la que hacía la vista gorda frente a nuestras infinitas violaciones del código de vivienda tenían su origen en un compromiso un tanto despistado con los estudihambres de Sobornost. Por lo mismo, me costaba creer que el ciudadano gerente entendiera la gravedad de su amenaza. En todo caso, no podía permitir que involucrara a las autoridades. Hana Kim no era ni la centésima de mis preocupaciones. 

“¿Sabes qué?”, dije. “Ya que pareces haber descubierto un módico espíritu cooperativo, ¿por qué no limpias la famosa mierda y te ganas un par de créditos de trabajo?”. Saqué un par de guantes de látex de mi escritorio y, formando una resortera con los dedos, los disparé directo hacia Hana, quien aulló de dolor al sentirlos rozar su inmaculada mejilla. 

“Literal, ¿qué pedo con la agresión?”, dijo. “Además, ¿estás pendeja? ¿Sabes lo que cuesta chingarse a suficientes minks para hacer un abrigo como este? Ni madres voy a limpiar caca vestida así”. 

Sin que tuviera que pedírselo, Analísa me pasó el grueso manojo de multas que Hana había acumulado. La muy cabrona recibía cargamentos semanales de las más finas casas de alta costura, pero ni siquiera la mesada de una heredera bastaba para costearse ese guardarropa y encima pagar cuatro docenas de multas. 

“Cero créditos de jardinería, cero de mantenimiento, exactamente tres horas de servicio comunitario, y ni una sola visita al cuarto de reciclaje”, dije, silbando entre dientes. “La multa resultante asciende a, ¿qué?, tres mil dólares?”.

“¿Cuatro?”, dijo Analísa.

“¿Cinco?”, dijo Marcus.

“¡Bingo!”, exclamé mientras invadía el espacio de Hana. El olor a Chanel me hizo consciente de mi propia peste: cochambre de basurero y limón agrio. “En efecto, Hana”, seguí, “le debes cinco billetotes a la cooperativa”.

“Wey, ¿qué te fumaste?”, dijo Hana. “¿De dónde sacaste esa cifra? Literal, es este tipo de arbitrariedades que hacen que la gente no confíe en el Estado”.

“Perdón por interrumpir”, dijo Analísa mientras sacaba una carpeta del cajón. “Pero la fórmula con la que calculamos las multas está desglosada en el Apéndice F de nuestra wikiconstitución, en la subsección Multas Coercitivas para la Cooperación”.

Hana se acercó a mi asistente y le arrebató la carpeta. Tras pocos segundos de lectura, su palidez se volvió fantasmal. “Esto es un abuso”, dijo con un hilo de voz. “Los voy a reportar a la Oficina Central”.

Solté mi mejor carcajada maléfica. “Uy, ¿nos vas a acusar?”, dije. “Suerte con eso. Nuestra política de coerción cooperativa viene directo del ciudadano gerente. Además, Tim va a estar muy agradecido cuando le diga que encontramos a la responsable del exceso de basura”. 

Me puse en cuclillas y hurgué entre las cajas que había sacado del pasillo de Hana. Escogí dos empaques de fragancias deluxe y me di la vuelta para quedar frente a Marcus. 

“¿Givenchy o Armani?”, pregunté, ofreciéndole una caja con cada mano.

Marcus se llevó los dedos a la sien, sopesando los pros y contras de la grave decisión. “Marcus es una perra fiel”, dijo al final. “Y esta perra le reza a la Virgen de Givenchy”.

La quijada de Hana se desplomó. “¡Marcus!”, dijo Hana.

Antes de que Hana pudiera decir más, le aventé la caja de perfume. “Ten”, dije. “Para que no te ensucies las manos”. 

“In-cre-í-ble”, dijo Hana, mirando a Marcus mientras levantaba las manos en una guardia de kickboxing para bloquear mi proyectil. “Después de todo lo que he hecho por ti”.

Marcus encendió un cigarrillo imaginario con un gesto que evocaba un encendedor de plata y una boquilla de marfil. “Ay, amiga, date cuenta”, dijo mientras exhalaba una nube de humo en la cara de Hana. “A Marcus no lo engaña nadie; Marcus es una damisela colmilluda. Las supuestas reliquias de Saint Yves eran pura momia molida, de esa que apesta el fondo del barril de las rebajas. No, mija, Marcus no tiene un pelo en el pubis ni un gramo de tonto; Marcus será loca, pero es loca de las doctas”.

Sin más, Marcus giró sobre sus talones cual modelo de pasarela y salió desfilando de la oficina. 

“Venga, Hana”, dije. “Te doy triple crédito”.

Los labios de Hana flaquearon en un puchero. Era obvio que su orgullo y su pragmatismo estaban en pugna. Porsche gruñó en sueños. Hana se quitó el ecocidio de la espalda y lo colgó en una silla. Cuando se agachó a recoger la caja y los guantes, no pude evitar pensar en mi madre, sumisa frente a la furia de la señora de la casa. 

“Vámonos, Porsche”, dijo Hana, poniéndose en pie. 

La seguí con los ojos mientras se alejaba, su largo pelo negro y lacio balanceándose con sus pasos.

“¿Me pasé, verdad?”, pregunté. 

Analísa negó con la cabeza. “¿Ella se lo buscó?”, respondió con su tonito que hacía de toda afirmación una pregunta. 

Asentí sin convicción. Me sentía impotente y asqueada de mí misma, igual que aquella tarde cuando Tim amenazó con delatar a mis padres sin siquiera darse cuenta de lo que hacía. Tim, como buen cooperativista, se había asegurado de balancear garrotes y zanahorias. Si me portaba bien, mi renta se encogería como los bonafides liberales del senador a quien al parecer debería encomendarme. Lo nuestro era un trueque de ciegos: Tim haría de cuenta que mis padres eran aún más invisibles de lo que eran; a cambio, yo no tenía más que hacerme pendeja frente a las demandas, el asbesto, el ultimátum de la compañía de aguas, los cables roídos, los incendios, el fantasma del sótano, el hurón albino del D-142, y las salidas de emergencia cerradas con llaves largo tiempo perdidas. La lógica del ciudadano gerente, la que me había obligado a aceptar, se reducía a un solo axioma: los problemas sólo son problemas si uno trata de solucionarlos.

“¿Jefa?”, dijo Analísa. “¿Qué es ese ruido?”.

“Es la alarma”, respondí. Crucé la oficina arrastrando los pies y me detuve frente a la caja metálica que cubría la pared del fondo. Dentro de la caja había docenas de focos. Todos dormían el sueño de los justos. Todos menos uno. 

“¿Le avisamos a alguien?”, dijo Analísa mientras enrollaba uno de sus rizos en torno a un dedo cada vez más pálido. 

“No”, dije. “Olvídalo. Termina las multas y vete a casa”.

Analísa volvió a su escritorio. “¿Tú sabes qué hacer, jefa?”, dijo.

Me quedé de pie frente a la caja. El foco rojo había parpadeado desde las mañana. 

 

Esa tarde decidí poner un ejemplo de idealismo cooperativo y me apunté para la ronda de seguridad. Pronto me descubrí pensando en Hana. Tuve que admitir que le tenía envidia, aunque tal vez sería más exacto decir que admiraba su seguridad en sí misma, su vehemencia, su estilo. Y, bueno, era cierto: a nadie le había importado que Hana organizara una retrospectiva de cine alemán. Excepto que, como Hana sabía, ella no era la única que había tenido una experiencia culturalmente enriquecedora gracias a su iniciativa.

La cosa sucedió así: el póster del primer Wiercoles de Wim Wenders anunciaba Las alas del deseo y mostraba a una muy leonina Solveig Dommartin surcando los aires sobre las barras de un trapecio con los brazos extendidos y una sonrisa de sorpresa en los labios, las alas de un ángel emergiendo de sus hombros. Algo en su mirada sugería que, más que una proeza de circo, la Dommartin se disponía a saltar al vacío y alejarse volando. Sentí un deseo imperioso de saber si lo lograría, si aquella victoria alada de trapo y lentejuela ascendería hacia la libertad o se desplomaría hacia la muerte. Tales eran las opciones: triunfar sobre lo inevitable o extinguirse para siempre. 

Esa curiosidad me llevó a la sala de proyecciones. Al principio no me decidí a entrar y me quedé de pie frente a la pequeña ventana de plexiglass que se abría en la puerta de la sala. En la pantalla, Marion, el personaje de la Dommartin, invertía el orden de las cosas al levitar sobre el ángel Damiel, quien la amaba. El problema era que la mortal transformada en serafín no podía ver al ángel, menos caído que venido a menos. Presa de la melancolía de saberse invisible, Damiel vagaba por los tejados de Berlín acompañado de su amigo Cassiel, prestando oídos sordos a los anhelos y temores que los mortales a su cargo callaban incluso de sí mismos. 

La película me impresionó casi tanto como a Hana. Ella debió sentirse aludida, porque en algún momento se dio la vuelta en la butaca y se quedó mirándome. Al principio no me di cuenta, cautivada por la escena en la que Damiel, engalanado con una armadura de oro, visita a Marion en un sueño —pero entonces Marion despertó. El cabello de Hana dio un latigazo como una parvada de cuervos al despegar. Me quedé helada, incapaz de huir antes de que prendiera la luz. 

“¿Sí?”, dijo Hana con sospecha al abrir la puerta de golpe.

“Vine a recoger un paquete…”, mentí sin convicción. 

“¿Entonces por qué no pasaste a recogerlo y ya?”.

“No quería interrumpir”.

“No pasa nada si querías ver la película, ¿sabes? Se vale hacer cosas nomás porque quieres”. 

No supe qué decir. Me sentía incriminada en algo vergonzoso: un deseo sin otro objeto que el deseo mismo.

“Ven”, dijo Hana, abriendo la puerta y tronando los dedos, no sé si para despertarme o para ponerme en cintura. “¡Ven!”, repitió. 

Quedé paralizada, roja de vergüenza. 

“Mariana”, dijo con exasperación. “¿Quieres ver la peli o no?”.

Asentí sin decir nada. 

“¡Arre!”, dijo Hana, señalando la sala.

Pasé el resto de la noche sentada junto a ella, comiendo palomitas de maíz espolvoreadas con levadura nutricional, contemplando embelesada el amor imposible de Marion y Damiel, fascinada por las diferencias entre nosotras. 

 

El romance nos duró poco, pensé mientras le daba la segunda vuelta al perímetro. Después de la noche que pasamos en compañía de ángeles y trapecistas, Hana y yo reanudamos nuestras hostilidades. Levanté la vista y descubrí un nuevo grafito en la barda de la propiedad: ¡SI NO TIENES PAN HAZ PASTELES DE CARNE BURGUESA!

Y entonces olí el humo. 

El aroma era tan tenue que por un momento logré convencerme de que se trataba de un vecino cocinando al carbón. Pero entonces me di la vuelta y descubrí que un listón fúnebre se elevaba desde el centro de Sobornost. Sonó mi teléfono. Era el ciudadano gerente. 

“Huele a quemado”, dije.

“¿Huele?”, respondió Tim. “Mira, voy en camino, pero voy a necesitar que te hagas cargo”.

“No digas más. Ahorita mismo coordino la evacuación”.

“Analísa está en eso”, dijo Tim. “A ti te necesito en el punto de origen”.

“No estoy segura de que el sistema nos pueda decir con precisión dónde empezó el problema, pero…”

“No te hagas la tonta. Quiero que apagues el incendio. Seguramente son nuestros amigos rohingya”.

“No estoy capacitada para lidiar con nada más serio que un fuego de estufa, Tim”.

“Precisamente de eso se trata. Un pequeño fuego de estufa rohingya. Mariana, por favor, no podemos permitir que el Departamento de Bomberos se entere. Sería el fin de la cooperativa, lo que significaría que nuestros pobres estudihambres indigentes…”

“Preferiría no hacerlo, Tim”.

“Piensa en las esperanzas que estas familias…”

“No”.

“¿De veras quieres negociar tus prestaciones laborales mientras cientos de vidas corren peligro? De acuerdo. ¿Qué necesitas? ¿Un estudio con acceso a la azotea? ¿Un lugar de estacionamiento? ¿Renta gratuita? Joder, Mariana, si quieres yo personalmente me encargo de remodelar tu baño”.

Sentí venir una migraña. Tiranizar a Hana me había dejado exhausta. Mi ropa apestaba. La cooperativa se estaba quemando. Y no le había llamado al senador.

“Tim”, imploré. “Me estás pidiendo que me ponga en peligro”.

El ciudadano exhaló con frustración. “Escúchame bien, Mariana”, dijo. “Si no apagas este incendio, tu vida no será lo único que corra peligro. Tu educación correrá peligro. Tu trabajo correrá peligro. Y si tu falta de liderazgo cooperativo-idealista nos cuesta algo —un edificio, algún permiso, nuestra póliza de seguro— no tendré de otra que informar a las autoridades de tu situación. Y dime, ¿no sería una pena que tus padres tuvieran que irse a vivir a Ponduk o donde sea que viva tu aw-bueh-lee-tah?”.

“¿No tienes idea de lo que estás hablando, verdad?”. 

“Mariana, no voy a permitir que el espíritu del idealismo cooperativo se venga abajo. Dime, ¿quieres que llame a la policía?”.

Claro que no tenía idea. En su mundo lo peor que podría pasarle a mis padres era terminar en la calle.

“Puta madre, Tim, tú también tienes esqueletos que esconder.

“Mariana, Mariana”, respondió el ciudadano gerente. “Si le apuntas al rey más te vale atinarle. Tú sabías todo y no hiciste nada. Si me hundes la lancha, te ahogas conmigo. ¿Ya agarraste la onda?”.

“Esto es profundamente anticooperativo”, dije. “Esto es ilegal”.

“Ay, ay, ay, pásame los Klínex, por favor”, Tim respondió. “La palabra ilegal no parece haber pasado por tu cabecita cuando trajiste a tus padres a mi cooperativa. ¿Qué, no te parece? Llámale a tu senador”.

Otra vez con eso. Casi me suelto a llorar. 

“Tú fuiste el que me dijo que me hiciera pendeja”.

“Ya estuvo suave”, dijo Tim. “¿Quieres hacerte responsable por las muertes de cientos de estudihambres indigentes en pos del sueño americano?”.

No respondí.

“Traté de que fuera por las buenas”, dijo Tim, y me colgó. 

 

La escalera del Edificio E estaba enlutada de humo. Me puse mis guantes de cocina y unos goggles de natación y me adentré en la oscuridad con el extinguidor de mi estudio bajo el brazo. La alarma aullaba entre la negrura. Desde detrás de la puerta del E-311 llegaban gritos en un idioma desconocido. Me dio un ataque de tos. Comprendí con terror que cada arcada no hacía sino hincharme de humo los pulmones y que el círculo vicioso terminaría por matarme. Tras varios minutos logré contenerme. Lentamente, acerqué mi mano a la manija de la puerta y descubrí que el calor era intolerable. Di un paso atrás. No estaba capacitada para lidiar con nada más serio que un fuego de cocina, pero sabía que una manija caliente era un portento infernal. El fuego dentro del departamento ardía con voracidad, sediento de oxígeno. Si abría la puerta, las llamas me tragarían.

“O sea, ¿qué clase de outfit es ése?”. 

Me di la vuelta y encontré a Hana de pie frente a la puerta de su estudio. Detrás de ella alcancé a distinguir telas y maniquíes, una mesa plegable, máquinas de coser, cajas de Commes des Garçons. Dos mujeres que compartían la tez clara y el cabello oscuro de Hana se movían furtivamente, reuniendo bolsas de kal guk su. Un hombre mayor forcejeaba para arrebatarle una Vera Wang a un maniquí. 

“¿Qué vergas?”, pregunté. 

En mi defensa, el panorama era confuso. Allí estaban Roberto Cavalli, Fendi y Prada, rodeados de gamjantangmyum, Neoguri y Chapagetti. Una cascada de etiquetas de Yohji Yamamoto fluía de un sobre amarillo sospechosamente familiar. De pronto supe dónde estaba.

“¡No mames!”, exclamé. “¿Una pinche maquiladora de copias chinas?”.

“Wey, no te pongas racista”, Hana respondió. “En primer lugar, no somos chinos. En segundo lugar, no es una maquiladora. Es una pequeña empresa familiar, ¿ok?”. 

Una de las mujeres rompió una taza al intentar sacar un rollo de tela enterrado bajo cajas de Bulgari. La otra cerró una mochila llena a reventar. Mientras tanto, el hombre batallaba con Porsche, intentando convencerlo de que se trepara a su jaula de viaje. Hana se volvió hacia mí.

“No te puedo pagar los cinco billetotes”, dijo con ojos desafiantes. “Con las tarifas, la pasta de chile dejó de ser rentable, ¿captas? O sea, ¿qué hubieras hecho tú? ¿Obligarlos a dormir en la calle?”. 

Sin saber muy bien qué hacer, eché una ojeada a la puerta de los rohingya. Remolinos de humo se escapaban por las rendijas. Un silencio lleno de ruidos había reemplazado a las sílabas desesperadas del idioma desconocido. Me recordé a mí misma que todos los presentes estábamos en proceso de sofocarnos.

“No queda mucho tiempo”, dije, tratando de tomar a Hana por la muñeca.

“Pérame”, Hana respondió. 

“Es ahora o nunca”, dije. Un calor metalúrgico emanaba de la puerta de los rohingya. De pronto entendí que todos los demonios del infierno se habían reunido en el refugio de los refugiados y que nosotros, los inmigrantes, éramos los siguientes en su lista. 

En eso una voz surgió de entre las sombras. “¡Ah de la vida! ¿Nadie me responde?”.

Grité mi nombre y me di la vuelta. Allí estaba Marcus, fabuloso incluso entre la lumbre, su ridícula bazooka Super Soaker colgándole de los hombros.

“Hana, cariño, es hora de irse”, dijo Marcus. 

“¡Traidor!”, Hana respondió. 

“Hana…”, empecé.

“Tú ni me hables”, me espetó Hana. “O sea, ¿crees que no sabemos que a ti ni la renta te cobran? Wey, eres como, no sé, la reina del basurero. Lo tienes todo. Mientras tanto yo…”, Hana hizo una pausa para toser. Luego se volvió y señaló al estudio y sus contenidos. “Yo tengo esto. Y esto es todo lo que tengo”.

“Bueno, cada loca con su tema”, dijo Marcus. “Pero no hay manera de que Marcus se deje chamuscar nomás porque mademoiselle se puso sus moños. Nel pastel, mi Jezabel”.

No había terminado de hablar cuando ya me había apresado por la muñeca. Sin saber cuándo ni cómo descubrí que me arrastraban por el pasillo. Me aferré a mi extinguidor, delirando que si tan sólo me las arreglaba para descargarlo sobre el punto de origen lograría salvar a los rohingya. Pero Marcus, además de colmilluda, era una damisela musculosa. Con el rabillo del ojo alcancé a ver el momento en que la puerta del infierno se desplomó entre remolinos y lamentos, tan envuelta en llamas que parecía no ser otra cosa que un fuego caníbal y ciego, un fuego que se alimentaba de sí mismo, un fuego que se doblaba como madera torcida y se quebraba como se quiebra la madera. Entonces sopló un viento y entre la lumbre y la penumbra distinguí una silueta que bailaba una danza macabra, sacudiendo los miembros en espasmos de electrocutado, y en un instante atroz comprendí que la silueta era la silueta de una niña de seis años.

“¡Morra, táte quieta!”, escuché que Marcus gritaba, apretando mi muñeca. 

“¡Están vivos!”, grité.

“¡Y tú estás pendeja!”, Marcus respondió, encañonándome con la Super Soaker. 

Traté de liberarme. Pero entonces los fantasmas parpadearon y de pronto el pasillo entero desapareció en una nube negra que hedía a asbesto y acrílico. El tercer piso gimió moribundo, las vigas carcomidas se esfumaron, y el pasillo se hundió en un abismo sin fondo. Cerré los ojos. Apreté el gatillo. El extinguidor estaba vacío. 

Pronto emergimos al mundo de los vivos. Marcus, tiznado de pies a cabeza, se dejó caer en los brazos de Analísa. Yo me quité los guantes, el tapabocas, los goggles de natación. Miré hacia arriba y vi cómo largas lenguas de fuego engullían al Edificio E. Entonces un murmullo corrió por la multitud y una parvada de manos señaló al atardecer. Busqué a Hana entre las llamas. Y entonces la encontré.

La vi saliendo fantástica a través de una ventana, un murciélago elegante que planeaba desde un balcón que ardía, su mink abierto al aire cual capa de princesa o parapente de aventurero; o quizás la vi haciendo burla de la física, batiendo dos cajas de Chloé en altanero desafío de lo inevitable, Porsche posado en su cabeza cual conde en su litera; o tal vez la vi descender de las alturas como el arcángel Miguel en la gloria de su triunfo, o como Marion la trapecista; o quizá la vi cosiendo un paracaídas de emergencia, transformando los jirones de su vida en una obra de arte tan hermosa como ella, apurando la faena para ganar la guerra contra el tiempo y descender a la tierra como un regalo del cielo.

Queda mucho que contar, pero tengo poco que decir. Podría contar que cuando los bomberos llegaron a la escena descubrieron que los hidrantes no servían. Podría contar que fui testigo de los intentos del ciudadano gerente por justificar lo imperdonable, citando los glaciares de Groenlandia y la mendicidad de nuestros estudihambres. Podría contar que, como vicepresidenta de Idealismo Cooperativo, no dije nada. 

Podría contar que nos quedamos toda la noche en el patio, que vimos cómo los bomberos se quedaban sin agua, que esperamos a que llegaran los refuerzos, que los refuerzos nunca llegaron. Podría contar el colapso del cuarto piso, describir el silbido de un infierno que se ahoga en su propia soledad. Podría contar que pasaron horas antes de que abandonara la esperanza de que un ángel vestido de negro emergiera de entre las brasas, flanqueada por Damiel y Cassiel y un terrier llamado Wenders. Podría contar que vi una familia de fantasmas que habían escapado a los campos de la muerte para morir quemados en el triste remedo de hogar que les dimos para ahorrarnos una multa. 

Podría contar que al día siguiente nos convertimos en criptógrafos de cuerpos, descifrando anatomías entre jeroglíficos inertes. Podría contar que los estudihambres, fieles a las tradiciones sobornosti, violaron una centena de leyes para hurgar en la ceniza en busca de los huesos de los muertos. Podría contar que los hallaron. Podría contar cuentos infinitos, incluso la triste suerte de mis padres, pero tengo poco que decir. No puedo decir, por ejemplo, por qué no le llamé al senador antes de que fuera demasiado tarde.

 

Natalia Reyes
Narradora. Enseña literatura en la Universidad de Iowa, donde asistió al Taller de Escritores.

 

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