El 10 de abril se cumplieron 100 años del asesinato de Zapata, y el gobierno federal ha decretado al 2019 como “Año del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata”. En contrapunteo a los ánimos celebratorios y mitográficos que seguramente han de prevalecer, estos textos mensuales recuerdan otras historias que reflejan las aspiraciones y el devenir de aquel movimiento popular, sepultadas por el tiempo y por nuestra recurrente ansia de redención.

El 3 de octubre se cumplen 30 años del fallecimiento de Jesús Sotelo Inclán, a quien México le debe mucho, pues supo reconocer el valor de los papeles que Chico Franco había salvaguardado por décadas y dio a conocer públicamente las razones —concretas y a la vez profundas— que animaron el alzamiento revolucionario de Emiliano Zapata en Anenecuilco, motivos que hasta entonces casi nadie entendía (o procuraba indagar) a ciencia cierta. Nacido en 1913, oriundo de la región de Xochimilco, Sotelo tenía apenas 30 años cuando publicó Raíz y razón de Zapata (1943). Había estudiado para ser profesor normalista y también algo de derecho, y en un curso universitario de historia de México se topó con Soto y Gama, cuyas cátedras ensalzaban la figura de Zapata, el apóstol justiciero del agrarismo. Cuenta el propio Sotelo que aquello le chocó mucho, pues su familia había sido víctima de varias incursiones zapatistas y él había crecido creyendo que Zapata había sido nada más que un cruel depredador, el Atila del Sur. Decidió entonces, hacia finales de los años treinta, ir a Morelos a averiguar por sí mismo, pero no porque pensara investigar aquella historia, sino porque quería escribir una obra de teatro y le atraían los contrastes en la imagen de Zapata (¿bandido o apóstol?); “como si se tratara”, escribiría luego, “de uno de los personajes de Shakespeare, envueltos en sombras y pasiones terribles pero que irradian una magnética luz personal”. Comenzó a viajar a Anenecuilco a conversar con la gente, eventualmente conoció a Chico Franco y tras mucho esfuerzo se ganó su confianza. Franco se encontraba entonces en apuros, pues arreciaba su conflicto con Nicolás Zapata y con varios comisarios ejidales (“Chico Franco y Nicolás Zapata”, nexos, agosto 2019). Un buen día, ha de haber sido a principios de los años cuarenta, Franco le mostró los papeles y dejó que los estudiara. Lo que Sotelo leyó y entendió cambiaría el guión de su obra, y también el de la historiografía de la Revolución mexicana.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Hay que recordar que en 1940 era todavía muy poco lo que se sabía con algún rigor documental acerca del movimiento zapatista y de sus orígenes en Anenecuilco. Cuando mucho, el zapatismo se representaba como hijo del plan maderista de San Luis. Los gobiernos de la Revolución habían convertido a Zapata en el precursor de su reforma agraria, y algunos intelectuales iban más allá: Zapata era el estandarte más sobresaliente del (supuesto) espíritu agrarista y comunalista propio del “campesino” mexicano a través de los siglos. En términos generales, la imagen de Zapata oscilaba entre diatribas y exaltaciones sin mayor fundamento que el del cálculo político y la predilección ideológica. Los murales de Rivera y las loas de Soto y Gama tenían su contraparte en los vilipendios de Vasconcelos y otros detractores, pero más allá de todo aquel ruido histriónico prevalecían el vacío, el olvido y la indiferencia. Había en los viejos dominios zapatistas gente que recordaba otras cosas, pero sus voces no se escuchaban. La excepción más notable en toda aquella desmemoria pública sería la obra pionera de Gildardo Magaña, antiguo general zapatista. Magaña se quedó con buena parte de los papeles del Cuartel General y los usó, junto con otros documentos zapatistas que Lázaro Cárdenas le facilitó, para redactar Emiliano Zapata y el agrarismo en México, cuyos dos primeros tomos (¡de los aztecas hasta 1913!) aparecieron ente 1934 y 1937 (Magaña murió en 1939). Son textos de enorme valor probatorio, pero de cierta pobreza analítica y explicativa, sobre todo en cuanto a la génesis del movimiento, y adolecen además (como lo revela el título) de una perspectiva histórica pan-agrarista —típica de la época— que ensombrece las particularidades del zapatismo. En suma, el Zapata (y el zapatismo) que hoy alcanzamos a imaginar eran desconocidos en aquel entonces. La “escondida verdad” —la frase es suya— que Sotelo Inclán halló en los papeles de Anenecuilco rescató a Zapata del gris pedestal enjaulado en el que los ganadores de la Revolución lo habían colocado; su libro reveló la historia enterrada y posibilitó que nuevas generaciones de historiadores le fueran devolviendo al zapatismo sus diversas raíces y razones.

Buena parte de Raíz y razón de Zapata se dedica a reproducir y explicar los papeles de Chico Franco; a ellos Sotelo le suma otros documentos del archivo nacional que encontró mientras buscaba entender lo que significaba la historia de Anenecuilco. Esas fuentes son por mucho la parte más valiosa del libro (“La caja de hojalata”, nexos, junio 2019). Consultó además otros textos primarios ya impresos y una serie de obras de interpretación histórica que evidentemente influyeron en su pensamiento: Chávez Orozco y Aguirre Beltrán sobre las instituciones indígenas, Lucio Mendieta sobre el problema agrario de México, Molina Enríquez y Wistano Orozco sobre pueblos, tierras y leyes, González Roa sobre la revolución agraria y Magaña sobre el zapatismo. Armado con todo esto, Sotelo Inclán hiló un relato asombroso, dramático, conmovedor: el de un pueblo indígena muy antiguo (ya aparecía en el Codex Mendoza), de propiedad comunal y “espíritu colectivista”, que por casi siete siglos había luchado unido ininterrumpidamente para defender sus tierras y su integridad en contra de las pretensiones de los terratenientes expoliadores de turno. La historia de Anenecuilco, escribió, “es la historia de esos despojos y de los esfuerzos que hizo para defenderse y poder vivir”, la saga de “una lucha sin cuartel: PUEBLOS O HACIENDAS”. Era también la historia de todos aquellos líderes electos popularmente que habían encabezado la resistencia y resguardado los testimonios de sus antiguos derechos: “el destino de Anenecuilco ha sido pelear siempre por sus tierras, y los hombres que nacen en él están unidos a ese duro e inflexible destino”. Primero los calpuleques prehispánicos, luego los gobernadores y principales coloniales, más adelante los alcaldes, regidores y representantes, todos “desde el más remoto pasado forman una línea recta que llega a Emiliano Zapata”. Todos ellos, nos dice Sotelo, fueron en esencia calpuleques, “porque insistimos en que se trata de una superviviente institución indígena”. La continuidad del árbol antiguo —de las raíces a las ramas y de ayer a hoy— es la metáfora predilecta de Sotelo: un solo pueblo, una sola lucha, un mismo gobierno. Así llega a la conclusión de que Zapata fue un calpuleque más, el último, “el digno hijo de su gran padre el pueblo”, del cual “heredó una potencia concentrada a través de siglos”. Por todo eso, “el pueblo es el verdadero héroe, el Hombre una simple expresión de aquel heroísmo”; Zapata “es un destino de raza y tradición, un hombre surgido y sumergido en la vida de su pueblo”.

No es la obra de teatro que inicialmente se propuso escribir, pero casi, excepto que el protagonista ya no sería Zapata sino el pueblo de Anenecuilco: Fuenteovejuna en la tierra del cañaveral. Son argumentos históricos que simplemente no se sostienen, pero que reflejan conceptos en boga por aquellos años (y en ciertos casos y círculos todavía): el indigenismo inductivo, la teleología histórica del agrarismo y el comunalismo orgánico. Sotelo conocía bien el aciago pleito ente Chico Franco y Nicolás Zapata, pero decidió ni mencionarlo, y evidentemente en nada modificó sus juicios sobre la vida unitaria del pueblo: él quería contar otra historia. De cualquier manera, lo verdaderamente trascendente fue dar a conocer los papeles de Anenecuilco. Ése es el legado perdurable de Jesús Sotelo Inclán.

Inicialmente el libro tuvo un impacto modesto; años después (1970) Sotelo sacó una segunda versión mucho más extensa, pero para entonces John Womack ya había publicado su Zapata (1968, 1969 en español). Producto de una amplia investigación en archivos por parte de un historiador profesional con grandes destrezas narrativas y explicativas, el libro de Womack transformó la figura de Zapata y el significado del zapatismo; se han realizado posteriormente numerosos estudios muy valiosos que modifican, amplían o matizan sus interpretaciones, pero sigue siendo la referencia obligatoria, y no sólo entre historiadores. Basta con recordar la carta de enero de 1994 en que el subcomandante Marcos del EZLN mencionaba a Ángel, “tzeltal cuyo orgullo es haber leído completo el libro de Womack sobre Zapata (‘tardé tres años. Sufrí, pero lo terminé’, dice cada que alguien se atreve a dudar de su proeza)”. Indudablemente el Zapata de Womack habría sido un libro muy diferente de no haber contado con Raíz y razón (que cita copiosamente) y con la consulta directa de los papeles de Chico Franco que Sotelo le facilitó. En el prefacio de su libro Womack le agradece a Sotelo Inclán el haberle “enseñado sobre México, Morelos y las luchas agrarias” (frase que fue eliminada en la traducción al español).1 Allí también Sotelo vive.

¿Y qué ocurrió con los papeles de Anenecuilco? Cuando Franco fue asesinado tenía en su poder dos copias de los documentos, la que Zapata le había confiado en la caja de hojalata y otra que él había mandado a sacar en 1927. Recordemos que Nicolás Zapata quería quitarle los papeles; al morir Franco amenazó a su familia y se apoderó de las copias de 1927. Se quedó con algunos, regaló otros. Los de la caja de hojalata fueron a parar (por instrucciones previas de Franco) a manos de Sotelo Inclán, quien los mantuvo guardados en su casa hasta el día de su muerte. Poco después su hermano Guillermo logró acercarse al presidente Salinas por vía de un conocido mutuo y le ofreció los papeles. Dicen en Morelos que Guillermo Sotelo los vendió por nueve millones de pesos, aunque el trámite se presentó como donación. Por un tiempo Salinas los mantuvo consigo en el despacho presidencial; allí los consultó la historiadora Alicia Hernández mientras preparaba su libro Anenecuilco: memoria y vida de un pueblo (1991). Luego, en agosto de 1991, Salinas inauguró el museo La lucha por la tierra en la casa de Anenecuilco que fue de Emiliano Zapata (donde vivió Nicolás de niño) y depositó allí los papeles en una caja fuerte. Curiosamente, el primer director del museo, nuevo guardián de los documentos, sería el hijo de uno de los comisarios ejidales implicados en el asesinato de Franco: ironías de pueblo chico y revuelto. Y una más, para terminar: los papeles de Anenecuilco siguen escondidos. Por alguna razón ha sido prácticamente imposible consultarlos —o siquiera verlos— desde entonces (incluso por un tiempo se perdió la combinación de la caja y no podía abrirse); nadie sabe (o dice) por qué tanto misterio.2 Allí siguen, es de suponer, encerrados. En vista del devenir de los ideales zapatistas en el curso de los últimos 100 años, ¿importan todavía esos papeles? El tiempo dirá.

Próxima entrega: Un ejido dividido

 

Emilio Kourí
Historiador. Es profesor en la Universidad de Chicago. Prepara para su publicación un libro sobre los orígenes de la reforma agraria y su relación con la historia de los pueblos.


1 Carta de Marcos sobre la vida cotidiana en el EZLN,
26 de enero de 1994 (a Álvaro Cepeda Neri); John Womack, Jr., Zapata and the Mexican Revolution, New York, 1969, p. xi.

2 Mario Casasús, Jesús Sotelo Inclán en Morelos (1939- 1989), México, 2019; Elvira Pruneda Gallegos, “De lo perdido, lo que aparezca”, en Iparraguirre, De Giuseppe y González Luna (eds.), Otras miradas de las revoluciones mexicanas (1810-1910), México, 2015, pp. 283-320.