Lo que podría verse como un fenómeno cultural, muestra una tendencia ligeramente perversa para la época en que vivimos. Al prestar atención a una serie de conversaciones distintas, lecturas, debates públicos y reacciones privadas, es posible notar un esfuerzo por situarnos en un mundo donde la pulcritud de las acciones y pensamientos se tornan en ambiciones de presentes y futuros absolutos. Solo que nada en los humanos es absoluto.

Ilustración: Gonzalo Tassier

El poder limpio e indudablemente honorable, la comida sana, las relaciones inmersas en diálogos prolijos, la producción sin costos negativos, una justicia perfecta, el arte sin ofensa.

Las intenciones positivas que, hasta cierto punto, una que otra vez, son tan singulares como encomiables, no por ello se encuentran exentas de sinrazón o hipocresía. Poco a poco las ambiciones de una vida donde reine la pulcritud en nuestros actos, como puede ocurrir con la vastedad de fragilidades humanas, cobran tintes de irrealidad y, en el peor de los casos, de simple patología. Se trata de una visión aséptica sobre cualquier elemento que envuelve a las sociedades, sobre todo dentro del modelo de convivencia occidental. Ya sea que se refiera a un asunto político, artístico, intelectual o bien, a la alimentación, la producción y comercialización de sus insumos, así como costumbres de mayor intimidad.

Excesos previos, negativos e intrínsecos al propio modelo como a otros, son en parte causa de una perspectiva que se quiere forzar, aunque, también y cada vez más presente, estamos viendo el resultado de una discusión en medio de la orfandad moral de nuestras sociedades. Esa orfandad tampoco es despreciable. Nos mete en apuros al no contar con la simplicidad de otros tiempos. Apuros que podríamos aprovechar.

Una confusión traslada la comprensión de lo admitido en la corrección política por los caminos de la asepsia. Si bien están emparentados, tienen sus propios matices. A la corrección política se le ha dado tintes absolutos de negatividad, así como de cuidado. Normalmente cualquier extremo es terreno discutible y éste no es ajeno. Por un lado, la corrección política permite limitar, en una temporalidad específica, actitudes que en otro momento fueron aceptables a pesar de hacer daño. Calificaciones raciales y de género son ejemplo prudente. Al mismo tiempo, la exacerbación de dicha corrección puede impedir nombrar ciertas realidades o, inclina a ver con juicios presentes al pasado. Una exhibición de la ociosidad más perniciosa.

La asepsia generalizada es hoy una obsesión que nos hace coquetear con una edad y época idiota.

Al establecer épocas para las sociedades, a menudo se recurre a la forma en que éstas se relacionan consigo mismas y con aquello que les rodea. Visiones barrocas adornaron la vida de los individuos, sus representaciones y modos; hicieron del barroquismo una edad. La duda, búsqueda y definición de libertades y derechos, imprimieron de manera permanente el espíritu de rechazo a los dogmatismos. Incluso los espectros autoritarios han sido percibidos como adecuados en algunos momentos históricos.

Los códigos sociales son tan elásticos como los tiempos en que se desarrollan, adecuan, corrigen, repiten y estacionan.

La confusión sobre lo que se entiende correcto para nuestros días, se forma a partir de los pesos que se les dan a las consecuencias políticas de la incorrección. Son políticas porque se ubican en la negociación que se da al interior de las sociedades para convivir. En el presente, nadie con un dedo de frente haría mofa con la representación caricaturesca de un individuo con rasgos africanos. Decimos como si África fuera una sola. Es difícil imaginar que un primer ministro canadiense, blanco, se pinte el rostro de betún, pero, hace un par de décadas en ese mismo territorio, aquello no se habría considerado ofensivo. Insisto. Al pasado le queremos mirar con ojos de presente. Ya una vez escribí en estas páginas cómo a Shakespeare le llevaríamos a tribunales por incitar el parricidio.

Durante fechas de navidades, en México, no conozco a una sola persona que se ofenda por el ejercicio con el que se caracterizan los Reyes Magos en plazas públicas. Rostro pintado de penumbra para Baltazar y barbas tan falsas que insultarían a la memoria de mi abuelo en Damasco. Ignoro si los padres continúan colocando a sus hijos en el regazo de esos actores de temporada, prestos para tomarse una foto y escuchar peticiones de regalos. No me sorprendería lo contrario. La temporalidad y ubicación son elementos que cada vez importan menos, pero sin ellos es imposible definir qué códigos son aceptables y cuáles no.

Si bien esto cobrará relevancia en la adecuación de los códigos con lo que nos iremos relacionando, lo que me preocupa es el punto de conexión con la asepsia en terrenos quizá más cotidianos.

Dentro de la asepsia alrededor del quehacer político, es frecuente creer que la administración de las sociedades no debería tener beneficio personal alguno o bien, que el interés en el poder sólo es válido desde los impulsos de bondad pura que acompaña el carácter inmaculado. Falso: somos nuestras fragilidades y vicios. Desde el lugar equivalente, para la alimentación se hace hincapié en que los ingredientes que dan placer a los paladares están obligados, estrictamente, a un nivel de sanidad donde un pobre jitomate cultivado en masa corre el riesgo de ser considerado enemigo de la vida correcta. Hemos llevado los azúcares, carbohidratos, y carnes rojas a la acusación de pornografía gastronómica. Recientemente leí una recomendación para las reuniones entre amigos, ya sean los invitados a una boda o una comida de domingo, donde se sugiere atender la variedad étnica, religiosa y racial de los integrantes.

Ya es común escuchar que, al arte, una vez testigo de nuestras peores realidades, no le vendría mal la exploración de terrenos que privilegien la tranquilidad de un lector u observante agudo, susceptible a notar la insoportable animosidad blanquecina de las representaciones religiosas en la Europa medieval. Esto pese a que entre las virtudes de la creación artística se encuentra la capacidad de pronunciar lo que una vez fue impronunciable fuera de ella.

Aquello que por un instante parecía encomiable, termina por satisfacer y exacerbar visiones personales en lugar de cumplir con lo que una vez pudo ser la intención original: conseguir una mejor manera de convivir entre nosotros y con nuestro entorno. La asepsia que hoy se encuentra tan presente, es la anulación del posible conflicto con el que se alimenta la existencia de las civilizaciones. Por lo tanto, es también la intención artificial de anular la realidad y su reflexión. Los límites no siempre tienen la intención de erradicar lo limitado, sino sobreponerse a lo nocivo, admitiendo su existencia como parte de una condición que desagrada y perjudica. La insistencia en la posibilidad de erradicación de las condiciones nocivas en la convivencia humana se atavía de un voluntarismo lleno de ingenuidad.

Desgraciadamente, ni a la injusticia o al racismo, al machismo o a la corrupción, la vamos a eliminar de la vida en nuestras sociedades. Podemos creer que lo haremos. No va a pasar. En cambio, debemos hacer lo necesario para minimizar sus efectos y reducir su frecuencia. Podemos encontrar los equilibrios donde comer lo más artificial es un derecho inapelable y lejos de la moralidad de una dieta particular; donde las consecuencias, positivas o negativas no pasen por el juicio de quien no piense como ese que engulle una vaca. Donde el desarrollo de la técnica y el amaestramiento de las pasiones no se traduzca en la nulidad de la técnica, el desarrollo y las pasiones. Donde la responsabilidad, la ética y la ley en sus nociones más cívicas, dicten el traspaso de los límites. No donde supongamos que lo limítrofe dejará de existir en las intenciones asépticas de una realidad pura e inexistente.

La ética es un concepto que sería adecuado rescatar. La asepsia busca sustituir a la ética. Es la erradicación del criterio, el fomento al no pensar.

Estamos coqueteando con la idea de que la civilización equivale a la anulación del estado de naturaleza, en lugar de su control. Ese estado jamás se erradicará. Transitamos por un lugar en el que se cree cinismo a la aceptación de la realidad.

La orfandad son los terrenos laicos de la moral, donde ésta se encuentra con los bemoles de su naturaleza. Sin la ilusión otrora divina de un dictado superior que resolvía dilemas. Así, el conjunto social se ve obligado, afortunadamente, con todo y sus tropiezos, a llegar al lento acuerdo con el que se contienen los aspectos dúctiles del bien y del mal.

La asepsia institucionalizada es la incapacidad de entender el conflicto. El rechazo a la incomodidad. Olvidando que con su manejo se construyen civilizaciones. La incomodidad existe para permitirnos encontrar los equilibrios. En la edad idiota, por instantes, damos la impresión de olvidarlos, queriendo llevar las contradicciones a un espacio utópico. Qué poco hemos aprendido de nosotros mismos.

Maruan Soto Antaki

Escritor. Ha publicado Casa Damasco, La carta del verdugo, Reserva del vacío, Clandestino, Pensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

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