“Una copa de vino es el salto mortal al ateísmo”, escribe Béla Hamvas en su breve libro La filosofía del vino. No es muy intrincado conocer las razones de esta afirmación. Simplemente no requerimos ninguna clase de teología plagada de invenciones y fantasías santurronas cuando liberamos los sentidos y nos convertimos en expertos de los estados del alma. Durante un tiempo considerable me dediqué a escribir notas y apuntes en cantinas, bares maltrechos y ergástulas emergidas de la bendita imaginación de un enfermo. La mayoría se encontraba en el Centro Histórico. No lo hacía empujado por un espíritu romántico, sino porque cualquier lugar dotado con mesas y vino es mejor que permanecer en casa. En La Dominica, entre República de Chile y Belisario Domínguez extendía mis libros y cuadernos sobre una mesa y permitía que el tiempo pasara y me atropellara con su andar ordinario. No podría explicarlo, pero los colores de sus muros, la altura de sus techos, la viveza de la clientela me hacían sentirme en una casona cubana de la Habana vieja. Mis libros y cuadernos los llevaba también conmigo a la Cantina el Tío Pepe, en el Barrio Chino (calle Independencia). Si encontraba allí un apartado estrecho, pero cómodo, nadie lograba expulsarme, sino hasta que cerraban las puertas. En los días calurosos marchaba a La Castellana, en Ayuntamiento, la única cantina donde las cervezas están tan frías que tu cuerpo se convierte en un árbol helado que siente los primeros rayos de sol caer sobre su frente. Y si deseaba beber o escribir hasta la madrugada no existía mejor lugar que La India, en la esquina de República de El Salvador y Bolívar. Frecuenté poco el Salón España; abandoné el Dos Naciones luego de un altercado casi mortal con gente que había sido escupida por alguna malformación humana. Dejé de frecuentar La Faena, pues su aspecto me deprimía y me hacía sentir un molusco atravesando eternamente una avenida concurrida. Renuncié a ir a la Vaquita a causa de sus meseros, mezquinos y canallas: hijos de la rapiña. Y cuando volvía a mi casa, siempre caminando y dando a cada paso el valor de una vida, me detenía en El Hórreo, en Doctor Mora, frente a La Alameda. O de plano echaba andar por avenida Chapultepec hasta el Bar Niza (ahora cerrado). En el Niza aceptaba tomarme algunos tragos en la barra e incluso sonreía y bromeaba con cualquiera que se encontrara a mi lado antes de continuar mi camino.

Ilustración: Sergio Bordón

Y un día el piso se mueve y las calles y personas cambian de nombre y de temperamento. Y hay que comenzar otra vez. Lo que sea con tal de no quedarse en casa y tener que soportarse otra vez a uno mismo: una casa es una tumba en el sentido más honrado de la palabra. En la casa se yace, no se vive; se contempla el mundo, no se camina. La casa es para el enfermo, no para el ser saludable. Cuando robaron mi departamento la ciudad entró a mis habitaciones y entrometió sus tentáculos asquerosos y malolientes en las paredes, en los cajones, en la mesa donde a veces me siento a departir. Prefiero enfrentar a los animales en la calle, en un tugurio, en el filo de cualquier avenida. No hay barrio que me tome desprevenido cuando cargo un libro conmigo: La Valenciana y Salón Martel, en Narvarte; La Invencible y La Camelia, en San Ángel (los tiempos de La Providencia se esfumaron); la Cervecería Yucatán o el Salón París en Santa María la Ribera; El León de Oro o el Bar Ardalio, en Tacubaya; La Flor de Medellín o La Villa de Sarria, en la Roma. La Cantina Nuevo León en la Condesa. Escribe Béla Hamvas: “Puedes beber en cualquier sitio, pero no te escondas jamás. Donde quieras, pero sé consciente de ti mismo y púdico”. No son consejos para tirar a la basura; hay que guardarlos, hay que beber con pudor, conciencia y un poco de alegría. Las cantinas son más cómodas espiritualmente que las iglesias. En las primeras tú participas del timo, el engaño, la fiesta o la tragedia. En las segundas sólo eres un títere inconsciente que manipulan esos terribles hombres en sotana (ahora en corbata y predicando fruslerías). Alguna vez en Nueva York, mientras vendía árboles de Navidad entre la calle 84 y la Segunda Avenida, la temperatura descendió a cerca de diez grados bajo cero. Lo soporté forrando mi torso con papel periódico bajo la ropa y bebiendo de un ánfora de aguardiente. Papel y vino. ¿Qué otra clase de dioses podría haberme rescatado? Y aquí estoy todavía, en la guerra cotidiana, aunque las cantinas vayan desapareciendo, derrumbándose una a una. No me quejo: las ciudades no son museos, sino deformación pura y constante; no se leen, sino que se sufren. Y hasta entonces puede uno levantar la copa y sonreír a los muertos.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

Un comentario en “Salto mortal al ateísmo

  1. Buena descripción de rumbos y lugares de las cantinas de la Ciudad de México, pero faltó parte de la esencia, la magia de las botanas. Saludos