Cuando se cavila en los sucesos que han determinado el progreso de la humanidad es imposible aseverar cuál o cuáles han sido los más trascendentales. Para quienes han padecido hambre, comer es fundamental. Aquellos sin agua potable en casa, atesoran el flujo que mana de la llave. Los desplazados sueñan y aman regresar a casa. Quienes han pernoctado en hogares endebles, sin sostén y que desaparecen ante la furia de la Naturaleza, aprecian vivir en casas de cemento. Aquellos sin escuelas o sin enseñanza valoran enormemente la oportunidad de educar a sus hijos. Los que no tienen servicios de salud adecuados y son testigos de muertes prematuras o evitables, sienten alivio cuando se ponen en manos de servicios médicos competentes y honestos. No existe, concluyo, “un suceso fundamental”: todo depende desde dónde se mire. Reflexiono sobre salud.

Ilustración: Kathia Recio

La mayor longevidad suma escolaridad, economía, educación, salud. Conforme transcurren los años la esperanza de vida en los países ricos no deja de aumentar: ochenta años es la media. Si se contrastan las cifras previas con países pobres, africanos la mayoría, las diferencias son apabullantes: en varias naciones el promedio de vida oscila entre cuarenta y cincuenta años. Las diferencias retratan algunos rostros de la condición humana. En las naciones ricas el incremento en la esperanza de vida se debe a los logros de los sistemas de salud. Las diferencias en salud y longevidad son producto de la miseria: los pobres acceden con dificultad a los beneficios del conocimiento médico.

La inmensa polarización, cada vez más grosera, entre humanos y naciones nunca cesará. Al contrario. Los “números bonitos”, algunos reales, aceptémoslo, de diversas organizaciones, ONU, OMS, se difuminan con tan sólo visitar las zonas deprimidas de naciones no “tan pobres”, como México; basta recorrer zonas marginadas de Chiapas, sierra de Guerrero, Zacatecas, Oaxaca, o leer acerca de situación de países asfixiados por la miseria, Haití, Zimbabwe, Sierra Leona.

Las dismetrías constituyen un problema inmenso y un reto ético. Es cierto que ahora las epidemias matan menos gente que hace décadas, es veraz que un mayor número de madres tienen acceso a servicios de maternidad y es real, al menos eso publicitan los dueños del mundo, que el hambre mata menos en la actualidad. Todas esas verdades, no aceptadas del todo por fuentes no oficiales, se topan con la inequitativa distribución de los bienes generados por el conocimiento.

Los círculos viciosos y quienes siguen feneciendo por pobreza cuestionan los números oficiales. El brete, repito, es ético. Si bien el universo de la ética poco impacta en quienes generan y distribuyen conocimiento, apelar a una “mínima ética universal” es imprescindible. Inútil apostar a derroteros putrefactos como religión o política.

Desde hace décadas los salubristas han explicado que la condición socioeconómica es una situación asociada a mortalidad y morbilidad tempranas. Lo mismo han advertido economistas, sociólogos y la larga ristra de académicos interesados en el tema: a mayor pobreza, menos esperanza de todo: trabajos dignos, escolaridad, servicios médicos adecuados, calidad de vida.

La ecuación, sin números, con palabras y realidad es demoledora: entre menor estatus socioeconómico mayor número de enfermedades y mayor mortalidad temprana. La ecuación se sostiene en tres pilares. Educación, situación económica y estatus laboral. La vieja información no ha envejecido. Viajemos por el tiempo: un estudio estadunidense, efectuado entre 1960 y 1986, demostró que la mortalidad era siete veces mayor en personas con ingresos anuales menores a nueve mil dólares en contraste con quienes ganaban 25 mil dólares. La información vieja no ha envejecido.

En febrero de 2018 Tedros Ghebreyesula, director general de la Organización Mundial de la Salud, llamó la atención sobre dos escenarios. El cáncer sigue siendo uno de los mayores retos para la salud pública global —9.6 millones de fallecidos y 18.1 millones de nuevos diagnósticos en 2018—; y el impacto sobre la población es muy desigual. Dos corolarios: la quimioterapia es impagable para la mayoría de la población; más del 80% de niños con cáncer en los países ricos logran curarse, mientras que en naciones con rentas medias o bajas las cifras son menores de 10%.

Sobran datos, falta espacio. No sobra una pregunta: ¿a quién le sirve el conocimiento? El intríngulis previo engloba ética y política. Mientras que la política no incorpore elementos éticos a sus códigos de trabajo el fracaso continuará aumentando y la brecha, entre quienes tienen acceso a él —los ricos— y quienes no pueden usufructuarlo, seguirá aumentando. La exclusión en muchas regiones del sur de México es triste ejemplo de lo escrito y espejo de los robos desmedidos de los gobiernos priistas y panistas —no sabemos qué sucederá con los morenistas.

 

Arnoldo Kraus
Profesor, Facultad de Medicina, UNAM. Miembro del Colegio de Bioética A. C. Publica cada semana en El Universal y en nexos la columna Bioéticas.