En enero de este año el sociólogo Mensah Adinkrah reportó lo que es, en sus palabras, “un rasgo dramático y recurrente de la brujería” en Ghana: los aterrizajes forzosos de brujas en ruta al punto secreto de reunión para sus aquelarres demoniacos. Las causas de estos aterrizajes de emergencia no son fallas en sus escobas ni choques con bandadas de cuervos o de maurciélagos, y ni siquiera el mal tiempo, fenómenos todos que estas abominaciones del diablo pueden, al levantar apenas una ceja, modificar a su favor. Las brujas voladoras se estrellan cuando hay interferencia en sus instrumentos de navegación —sus sentidos normales y paranormales—, que es ocasionada por el ruido generado por los alaridos extáticos de devotas plegarias. Sus viajes son abortados por la turbulencia que genera en la atmósfera la presencia de crucifijos, estatuas de vírgenes y santos y demás objetos religiosos.

Ilustración: Oldemar González

Sea por vía aérea, marítima o terrestre, las brujas —y los brujos— nos han acompañado posiblemente desde los orígenes de nuestra especie. Siempre que era necesario culpar a alguien de cualquier calamidad, por grande o pequeña que fuese y de la que no existiera alguna otra explicación convincente, ahí estaban ellas: detrás de la esterilidad y de los amoríos del marido, de la enfermedad y de la muerte del familiar cercano, de la catástrofe ambiental más reciente (muchísimos siglos antes de que alguien hablara de impactos antropogénicos) y de toda deuda y problema económico. Como el diablo y la bruja están en los detalles, eran además responsables de mil y una minucias, como el volcamiento de canoas (entre los ojibwa, uno de los pueblos nativos de América del Norte), del enmudecimiento temporal de un conocido (entre los dogón, de Malí), del 0.1% del crecimiento de los niños (entre los pulusuk, de Micronesia), de la incompetencia de médicos brujos (entre los azande, del centro y norte de África) y hasta de la inhabilidad para anotar goles (ente los lozi, de Zambia).

Por si no bastara este breve muestrario del catálogo de efectos perniciosos de las brujas, éstas no tienen recato alguno a la hora de exhibir comportamientos abominables, no compartidos por el resto de la humanidad (o, en todo caso, no todos a la vez) y entre los que resaltan su predilección por los niños (cocinados a fuego lento, como es reportado por Grimm & Grimm en Hansel y Gretel; hoy en día, tal vez los preparen al vapor y en olla bruja, por aquello del ecologismo), los bailes nudistas en orgiásticas fiestas a medianoche y las conspiraciones contra la felicidad de la familia heteroparental.

Intrigado por los motivos de la presencia y supervivencia de creencias sobre brujas en prácticamente todos los grupos humanos y armado con las, para más de uno, arcanas herramientas de la estadística, el biólogo Manvir Singh diseñó un estudio por él bautizado como Encuesta de Daño Místico, donde el adjetivo etiqueta todo aquello que tiene una explicación mágica, sobrenatural.1 Los datos que alimentan su encuesta (que incluye preguntas como “¿Los practicantes [de daño místico] comen humanos o sus tripas? A. Los consumen frescos; puede incluir carne+alma; o B. Consumen sólo sus almas) constituyen una muestra representativa de las cerca de 400 culturas humanas cuya información en más de 700 categorías —supersticiones y creencias religiosas incluidas— ha sido reunida por la Human Relations Area Files (HRAF), organización sin fines de lucro con sede en la Universidad de Yale; esta información es producto de la colaboración de cientos de instituciones y científicos sociales de más de 20 países.

En la Encuesta de Daño Místico están capturadas creencias diversas sobre 103 prácticas y practicantes maliciosos de 58 sociedades. Mediante una técnica matemática conocida como análisis de componente principal, Singh redujo las 49 prácticas maliciosas (entre ellas, canibalismo, nahualismo, actividad nocturna y reuniones secretas) a dos variables posibles de graficar en un sistema de coordenadas cartesianas rectangulares (como el que usamos cuando, de niños, jugábamos a hundir barcos en Batalla naval). Los valores en el eje y aumentan a medida que el daño ocasionado por el practicante se vuelve menos consciente e involuntario, de manera que en el extremo inferior tenemos hechizos, pociones y muñecos vudú, y en el superior al mal de ojo. Los valores en el eje x se incrementan a medida que aumenta el nivel brujeril del practicante.

Es gracias a este análisis, y en especial a lo que define al nivel brujeril, que Singh pudo estadísticamente concluir que, sin importar si hablamos de brujas sentineleses, tarahumaras, masáis o de cualquier otro pueblo, todas ellas comparten tres rasgos: 1) son amenazantes, porque, por ejemplo, matan y conspiran en secrecía; 2) son superpoderosas, ya que pueden volar y transformarse en animales, entre otros poderes supernaturales con los que cuentan; y 3) son abominables, a causa de hábitos como el canibalismo y profanación de cadáveres.

Tan abundantes como las brujas mismas son las posibles explicaciones que, desde muy diversas áreas de la ciencia, se han propuesto sobre la creencia en ellas en diferentes épocas y lugares. Las hipótesis van desde las sociológicas, basadas en la inequidad, la envidia, los cambios sociales y el intento de las sociedades patriarcales de controlar a las mujeres y usarlas como chivas expiatorias,2 hasta las médicas, que consideran alucinaciones de los acusadores provocadas por el consumo de alimento contaminado por el hongo de la especie Claviceps purpurea (comúnmente conocido como cornezuelo),3 o alucinaciones de las acusadas —además de psicosis, convulsiones y otros síntomas confundibles con posesiones satánicas— debidas a encefalitis.4

Singh considera que ninguna del abanico de hipótesis cubre de manera satisfactoria la creencia universal en las brujas, y en su lugar propone una teoría en la que intervienen tres procesos de selección cultural. La selección cultural ocurre cuando un grupo social conserva aquellas prácticas o creencias que, en su percepción, generan resultados deseables (nótese que la frase “en su percepción” implica la posibilidad de que dichas prácticas o creencias no sean en verdad las causantes de esos resultados).

Los procesos que constituyen la teoría tripartita de Singh son:

1. La selección de magia por intuición. Esto es a su vez, posiblemente, un producto no deseado de la selección natural, pues a nuestros ancestros remotos el ser supersticiosos les salvó la vida en más de una ocasión. Imaginemos, por ejemplo, a uno de ellos mientras camina tranquilamente al lado de unos arbustos. De repente, los arbustos se mueven. Ante ese hecho, nuestro antepasado puede pensar: a) que el viento los movió y seguir su camino sin inmutarse, o b) que un agente natural —un león— o sobrenatural —una bruja— que quiere dañarlo los movió. Si elige (a) y está equivocado, no le pasará nada malo, pero si elige (b) y se equivoca, habrá cometido el último error de su existencia, por lo que quienes cometen este tipo de error pueden seguir reproduciéndose y reproduciendo esta forma de pensar. De manera similar, supersticiones en las que atribuimos erróneamente resultados importantes (como ganar un partido) a acciones que no requieren de nosotros grandes gastos de ningún tipo (como llevar un amuleto en el bolsillo) están detrás de nuestra creencia intuitiva en la existencia de la magia.

2. La selección de explicaciones convincentes para el infortunio. Como los conflictos son comunes en nuestra vida social, el ejemplo del arbusto en movimiento puede ajustarse sin mayor problema para explicar por qué puede ser benéfico para nosotros —o tener asociado un menor riesgo— culpar a otros de la causa de nuestros males, aunque podamos estar equivocados. La posibilidad de que endilguemos a otros nuestros padecimientos aumenta notablemente cuando nos sentimos amenazados, desconfiamos de los demás, nos enfrentamos a un evento difícil de explicar o el evento tiene un fuerte impacto en nuestra vida. Si, de entrada, ya creemos en intervenciones mágicas, pasar de esto a atribuir a personas con poderes sobrenaturales —no necesaria ni exclusivamente brujas— nuestras fatalidades hay un paso muy pequeño. Si no creemos en la magia, esta selección da como resultado la creencia en las teorías conspiratorias.

3. La selección de narrativas satanizantes. O, lo que es igual, la invención de rumores e historias que nos permitan justificar las acusaciones y el consecuente maltrato de las personas con poderes mágicos responsables de nuestros males —entramos así a la, propiamente dicha, fase de cacería de brujas—. Y por ello, entre más abominables las supuestas prácticas del grupo satanizado, mejor para los acusadores. No es extraño, bajo esta luz, que los cristianos de la antigua Roma, los templarios del siglo XIV, los comunistas de los años sesenta en Indonesia y los judíos en buena parte de la historia al ser acusados, al igual que las brujas, de conspirar en secreto contra el resto de la humanidad, compartieran también herejías más propias de ellas en el imaginario colectivo, como escupir y orinar en la cruz y otros símbolos religiosos, celebrar orgías y sacrificar niños.

De vuelta al siglo XXI, no debemos inquietarnos demasiado por la supervivencia de las brujas voladoras de Ghana pues se sabe que, por lo general, su tasa de supervivencia es del 100%. Mucho más preocupante es que Adinkrah ha observado que aquellas señaladas por los ghanianos como brujas sobrevivientes de un accidente aéreo son en realidad mujeres socialmente marginadas, y que el desconcierto que generalmente muestran —y que sus compatriotas atribuyen al vuelo desastroso— suele deberse a alguna discapacidad neurológica o mental. Y es que, tanto ahora como en la antigüedad, creer que las brujas existen suele tener un costo social negativo, con consecuencias como la desconfianza, la división y la discriminación de un grupo (y hasta la persecución y muerte de los individuos que lo forman) de la sociedad.

Por desgracia, como concluye Singh, mientras que la creencia en lo sobrenatural sea atractiva y útil como explicación convincente de eventos en una sociedad supersticiosa, las brujas tienen asegurada su supervivencia.

 

Luis Javier Plata Rosas
Doctor en oceanografía por la Universidad de Guadalajara. Sus más recientes libros son: La ciencia y los monstruos. Todo lo que la ciencia tiene para decir sobre zombis, vampiros, brujas y otros seres horripilantes y El océano tiene onda. Una obra de ciencia ficción.


1 Singh, M., en prensa, “Magic, explanations, and evil: On the origins and design of witches and sorcerers”, Current Anthropology.

2 Natrella, K.T., 2014, “Witchcraft and women: A historiography of witchcraft as gender history”, Binghamton Journal of History, 15.

3 Rutter, G., 2003, “Witches, madness and a little black fungus”, Field Mycology, 4(2), pp. 44-48.

4 Tam, J., y Zandi, M.S., 2017, “The witchcraft of encephalitis in Salem”, Journal of Neurology, 264, pp. 1529-1531.


Mesa de noche. Respuesta a la trivia

El poema que el personaje de Arturo de Córdova le lee al personaje de Irasema Dilián en la película Paraíso robado es “Madrigal sombrío”. Dice: “Dichoso amor el nuestro, que nada y nadie nombra:/ prisionero olvidado, sin luz y sin testigo./ Amor secreto que convierte en miel la sombra,/ como la florescencia en la cárcel del higo”. Su autor es Xavier Villaurrutia.

 

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