Después de 26 años de reclusión, el pasado 28 de junio salió de la cárcel con libertad condicional Jean-Claude Romand, el asesino serial que inspiró la novela de no-ficción El adversario de Emmanuel Carrère. “Es uno de los nombres que se le dan al Diablo en la Biblia”, explicó el autor sobre el bestseller que escribió tras asistir a los juicios de Romand y pasar años hundido en las carpetas de investigación del caso. En invierno de 1993 el cuento de la falsa identidad de Romand, que se hizo pasar durante casi dos décadas por un exitoso médico de la OMS en Ginebra, culmina en el horror. Ante el avance incontenible de la gangrena de su impostura, Romand prefiere el crimen que revelar su secreto. Mata a su esposa y a sus dos hijos pequeños en su casa de Prévessin-Moëns, en la frontera francosuiza. Luego conduce 60 km y asesina a sus padres. En el coche de su amante en París, quien logró salvarse del sexto asesinato ese día fatal, aparece una nota arrugada: “Un accidente banal y una injusticia pueden provocar la locura. Perdón”.

Emmanuel Carrère queda obsesionado con el caso, escribe y reescribe una y otra vez el libro, sufre una larga depresión, hasta que al cabo de siete años se separa del modelo de A sangre fría y termina el libro en primera persona. Decide no ausentarse del relato para no quedar atrapado en la búsqueda de la verdad factual. Se cartea con el asesino para reconstruir la historia. Va descubriendo en esa vanidad monstruosa un espejo que le muestra su propia vergüenza, su propia crueldad, su propia capacidad narrativa. Al Nouvel Observateur manda las crónicas de la Corte y describe al acusado, vestido de negro, flaco; aun parecido a lo que debió ser el Dr. Romand, se expresa con precisión; es frío y racional, dueño de sí mismo. Pero de un momento a otro “el cassette bueno se deshace, se borra, lo reemplaza un caos de reflejos sin coherencia, de quejas reprimidas, de stocks de memoria saqueados. De pronto el hombre se fisura y uno tiene la impresión de estar frente a un abismo. Sabemos con certeza que el silencio blanco que no dejó de crecer en él desde la infancia era exactamente el infierno”.

Así como logró ser un padre de familia, ha sido ahora un preso ejemplar. Durante sus años en la cárcel se vuelve católico, da cursos de alfabetización y participa en el programa de restauración de películas del Instituto Nacional Audiovisual. Hoy vive recluido en un monasterio, con un brazalete electrónico en el tobillo. En abril Carrère dejó abierta la posibilidad de reunirse con el adversario.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de la sección de cultura de nexos en línea.

 

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