Hay una especie de alien en mí. Y al mismo tiempo, soy yo.
Esto es cierto para todo el mundo.
—Emmanuel Carrère

La literatura, la verdadera, es desconcertante, porque
trae a la superficie del papel, con nitidez, las profundidades
de la existencia que escapan a la conciencia ordinaria,
la contradicen y la desmienten.
—Pierre Bergounioux

Si yo no respondo por mí, ¿quién lo hará?
Pero si sólo respondo por mí, ¿soy aún yo?

—Talmud de Babilonia

Para Rosario, Fernanda y Sofía

Un brillante etimólogo húngaro viaja a Helsinki para asistir a un congreso de lingüística. Políglota y erudito, Budai, sin saber cómo ni por qué, aterriza en una ciudad inmensa cuyos habitantes hablan una lengua absolutamente desconocida para él. Atrapado en un universo incomprensible, indiferente y sobrepoblado, trata de entender algo, sin éxito. Épépé, una joven ascensorista —¿pero realmente se llama así? a lo largo de la novela Budai le asigna diferentes nombres porque, sencillamente, no le entiende— será la única persona con la que establecerá contacto, aunque sin saber nunca, ni una ni otro, lo que se dicen. A pesar de estar acostumbrado a viajar y desenvolverse en diferentes idiomas, ahora sus esfuerzos para entender y resolver su problema lo llevan del razonamiento a la cólera, de la desesperación a la desesperanza y aun a la fe. La magnífica novela de Ferenc Karinthy, Épépé (1970), es la base de la que Emmanuel Carrère parte para escribir un inquietante guión que nunca llegó a la pantalla: Langue étrangère. Otro extraño mundo es el de un segundo guion tampoco filmado: La Colonie, adaptación libre de “Evening primrose” (1940), un cuento del escritor estadunidense John Collier, del que Stephen Sondheim hizo un musical en 1966 estelarizado por Anthony Perkins y que Hitchcock seleccionó una década después en su Alfred Hitchcock presents 12 stories for Late at Night. La vulnerabilidad y la zozobra de los protagonistas son los atributos en común de las dos historias, sus reacciones y emociones en estos orbes anómalos de “leyes escurridizas”, como dice John Updike en su compacta y formidable reseña de La moustache1.

Ilustraciones: Daniela Martín del Campo

Alumno sobresaliente, niño lector bulímico como Nicolas, el protagonista de Una semana en la nieve (1995), Carrère se adentró muy pronto en la literatura fantástica y de ciencia ficción. Rodeado de libros, leyó con placer y ahínco a Lovecraft, Poe, Mary Shelley y los góticos ingleses, pero también a Philip K. Dick, Ray Bradbury, Stanislav Lem, Poul William Anderson y muchos más. “Me gustaba sentir miedo, que la escritura, la ficción me asustaran. Lo que más me gustaba era lo que me asustaba más”, le confiesa a Laure Adler. Sin embargo, junto a ese placer había sombras. A los 22 años, tras la obtención de un diploma en el Instituto de Estudios Políticos de París, viaja a Surabaya, Indonesia, para cumplir con su servicio militar dando clases de francés. A pesar de la sonrisa en las fotos de la época, el escritor en ciernes —allá escribe su primera novela— sufre de depresión, enfermedad que se agudizará con los años y de la que habla en algunos de sus libros (Una novela rusa, El reino, De vidas ajenas). Dice en El reino (2014):

En De vidas ajenas conté la visita que hice entonces al viejo psicoanalista François Roustang, pero sólo conté el final de la misma. Ahora cuento el comienzo: la única sesión fue densa. Le expliqué mis cuitas; el dolor incesante en lo más profundo de mi ser, que yo comparaba con el zorro que devoraba las entrañas del niño espartano en los cuentos y leyendas de la Grecia antigua; el sentimiento, o más bien la certeza, de estar en posición de jaque mate, de no poder amar ni trabajar, de hacer sólo daño a mi alrededor. Dije que pensaba en el suicidio y como, a pesar de todo, había ido a ver a Roustang con la esperanza de que me propusiera otra solución, al ver que para mi gran sorpresa no parecía dispuesto a proponerme nada, le pregunté, a modo de última posibilidad, si aceptaría psicoanalizarme. Yo ya había pasado diez años en los divanes de dos colegas suyos sin resultados notables; al menos eso era lo que yo pensaba en aquel momento. Roustang respondió que no, que no me analizaría. Primero porque él era demasiado viejo y segundo porque a su entender lo único que me interesaba del análisis era poner en apuros al psicoanalista, que yo me había convertido visiblemente en un maestro de este arte y que si quería demostrar por tercera vez mi maestría en la materia él no me lo impediría, pero, añadió, “no conmigo. Y si yo fuera usted, probaría otra cosa”. “¿Qué?”, pregunté, investido de la superioridad del incurable. “Bueno”, respondió Roustang, “ha hablado de suicidio. No tiene buena prensa en los tiempos que corren, pero a veces es una solución”. Guardó silencio después de decir esto. Yo también. Luego agregó: “Si no, siga viviendo”.

Y en la cuarta de forros de Una novela rusa (2007) él mismo escribe: “La locura y el horror han obsesionado mi vida. Los libros que he escrito no hablan de otra cosa”. Tal era la magnitud de su depresión. Roído por dentro, desdichado, testigo de una aniquilación del placer, de un alma que asiste a una lenta desaparición de sí, deja de escribir. Cinco años transcurren entre Hors d’atteinte? (1988) y Yo estoy vivo y vosotros estáis muertos (1993), la biografía de Philip K. Dick que pergeñó a sugerencia de su agente. Cuando la terminaba, lee una nota roja en el periódico y decide que escribirá sobre ese hecho. Aunque una referencia ineludible al emprender la escritura del nuevo proyecto haya sido A sangre fría, Carrère se desliga de la pretendida neutralidad del autor estadunidense. Capote no es neutro ni objetivo, sabe que lo que coronará su historia —que le urge terminar— es la ejecución de los asesinos, pero lo calla y, una vez que logra arrancar a Perry el relato pormenorizado del asesinato, desiste de seguir ayudándolos. En la película de Bennett Miller, Capote, una vez que Dick y Perry han sido condenados a la horca, Nelle Harper Lee —la gran amiga del escritor— cuando éste le dice, lleno de remordimientos: “No podía hacer más por ellos”, responde: “Lo importante es que no quisiste hacerlo”. Esa traición lo condujo a la esterilidad creativa, nunca más terminó un libro. Por su parte, al escritor francés, incapaz de encontrar la manera de contar la historia, casi vencido, lo taladra la culpabilidad que se traducía en preguntas como: “¿Por qué me intereso en esta historia? ¿Qué es lo que me atrae tanto en ella?”. Antes de abandonarla definitivamente y pasar a otra cosa, decide escribir una especie de memoria de lo que el proyecto había representado para él durante todo ese tiempo. Y, al hacerlo, encuentra el ángulo narrativo. La decisión de involucrar su vida, de subrayar su calidad de testigo, desbloquea su escritura. El paso a la primera persona le permite ver desde dónde contará el terrible hecho. Hablar de sí mismo para poder hablar de los otros y del mundo. Decir desde qué posición se escribe, en plena coincidencia con la célebre postura de los estudiantes franceses del 68: “¿Desde dónde hablas?”. Recordemos el íncipit de El adversario (2000):

La mañana del sábado 9 de enero de 1993, mientras que Jean-Claude Romand mataba a su mujer y a sus hijos, yo asistía con los míos a una reunión pedagógica a la escuela de Gabriel, nuestro hijo primogénito. Gabriel tenía cinco años, la edad de Antoine Romand. Luego fuimos a comer con mis padres, y Romand a casa de los suyos, a los que mató después de la comida. Pasé solo en mi estudio la tarde del sábado y el domingo, normalmente dedicados a la vida en común, porque estaba terminando un libro en el que trabajaba desde hacía un año: la biografía del novelista de ciencia ficción Philip K. Dick. El último capítulo contaba los días que había estado en coma antes de morir. Terminé el martes por la tarde y el miércoles por la mañana leí el primer artículo de Libération dedicado al asunto Romand.

Carrère nos cuenta la vida de este hombre cuya mentira no escondía nada —no era traficante de armas o de droga, espía o terrorista—, mediante el recurso de una narración iterativa que registra la rutina del falso médico, su actitud absolutamente ordinaria, antes y después de lo extraordinario. Dos ejemplos:

Pasaron el domingo en el “Grand Tétras”, el chalet del paso de la Hoz adonde acostumbraban ir. […] Los niños tenían derecho de pedir grandes platos de papas a la francesa con cátsup, era una de sus razones para adorar el “Grand Tétras”. En el auto, cuando se dirigían hacia allá, repetían como una letanía: ¿Podremos pedir papas a la francesa? ¿Podremos pedir papas a la francesa?, Florence decía sí y ellos agregaban: ¿Podremos pedir más? ¿Podremos pedir dos platos cada uno? ¿Tres? […] El abogado intervino: Después (del crimen) usted salió a comprar L’Équipe y Le dauphin libéré, y la vendedora de periódicos vio en usted una actitud completamente normal. ¿Era para dar la apariencia de que nada había pasado, como si la vida continuara?

Este hombre taciturno, reacio a la notoriedad, sumido en una inercia baldía, consuma un oscuro crimen. ¿Cómo explicar el éxito del libro? En 2018 Carrère declara a François Busnel que una de las razones es probablemente nuestra conciencia del desfase entre la imagen que de nosotros queremos dar al mundo y la hondura de nuestros demonios, mezquindades y carencias; el escritor piensa que ese es un punto en común entre nosotros y Jean-Claude Romand. Por fortuna, no todos llevamos esos demonios al extremo y matamos a nuestra familia, como él lo hizo, pero el disloque nos habita, sórdido e ineludible.

Mientras se debatía para escribir El adversario creó en ocho semanas lo que en sus propias palabras es la versión ficción de ese libro, una historia que, como la del falaz doctor Romand, transcurre en una geografía de nieve, con un padre terrible y un niño ensimismado que lee, se orina en la cama, inventa historias, sufre sueños y vive angustiado: Una semana en la nieve. Un tejido perfecto de signos, construido en los límites de la nota roja y el cuento fantástico, donde los miedos del niño, su desasosegada imaginación y la realidad convergen en un pavoroso desenlace. No estamos lejos de Perrault y los hermanos Grimm, antes de la edulcoración de Disney.

Una vez terminado El adversario —cuyo título escogió a partir del trabajo que había realizado en la traducción de La Biblia y, específicamente, del evangelio de san Marcos, en el que Satanás es el adversario, aquel que se opone, que está enfrente— y un poco sorprendido por su éxito, Carrère hace un reportaje para la televisión francesa sobre un prisionero de guerra húngaro perdido en un pueblo ruso durante décadas. El reportaje pronto se convierte en Regreso a Kotelnich (2003), un documental que concluye con el escalofriante crimen ahí narrado y en las páginas finales de Una novela rusa. De manera paradójica, incluso cruel, ambas obras constituyeron, pese a todo, una etapa saludable en el sinuoso camino del escritor hacia la aceptación de la convivencia con los tormentos del zorro que devora las entrañas. Más aún, la edición de Regreso a Kotelnich funcionó, desde su punto de vista, como una toma de conciencia para la elaboración de los libros por venir.

Años después de la publicación de Una novela rusa, Carrère logra la aprobación de su madre, quien se había opuesto en términos tajantes al proyecto. Y así como El adversario significó un giro en su escritura, De vidas ajenas marca un claro viraje en las figuras e identidades que sustancian la narración. No estamos en la invención alambicada de Bravura (1984) ni ante la mujer que resuelve que el juego debe decidir su vida (Hors d’atteinte?). El ojo no se posa ya en el asesino que engaña a todos durante dieciocho años, ni en el niño medroso y traumatizado hijo de un criminal, tampoco en el hombre que se rasura, deja de reconocerse porque los otros no lo reconocen, pierde la cabeza y se suicida. Identidades vacilantes, a la deriva, cerca de la locura o claramente en ella. Ahora la introspección es al mismo tiempo la mirada atenta y minuciosa puesta en gente leal y honesta. Es la conciencia de la indispensabilidad de la presencia del otro para existir, de responder al otro, es decir, ser responsable de él, hacerse cargo, estar con él. No se es responsable sólo de uno mismo, ser responsable implica, siempre, al otro. “El otro es el origen de la responsabilidad”, dice Lévinas. Y Dostoievski: “Todos somos responsables de todo y de todos ante todos. Y yo más que los otros”. Nuestra unicidad es posible porque alguien fue responsable de nosotros. Y esta responsabilidad se ejerce tratando de ser honesto. En un breve comentario a la escritura de Carrère, Michel Houellebecq afirma que sus lectores tenemos el derecho de preguntarle, de ordenarle que nos explique cuál es la manera conveniente de vivir. Emocionado, tras un instante de reflexión, Carrère responde y le dice a François Busnel: “voy a ser un poco declamatorio, es terrible, pero diría: tratando de ser honesto, es a pesar de todo la virtud a la que otorgo mayor valor y esto no se restringe sólo a la literatura”.

La mirada lúcida e implacable de sí mismo, la exposición de la vulnerabilidad consustancial y de las propias vilezas —exhibidas de manera específica en la borrascosa relación con Sophie, su amiga de entonces—, son asimismo la narración de la fragilidad y las debilidades de los otros, y de los hechos funestos que él atestigua.

En diciembre de 2004 el escritor pasa sus vacaciones invernales en Sri Lanka, su nueva relación está a punto de romperse, y sobreviene una catástrofe: un tsunami en el Océano Índico deja, sólo en ese país, treinta y cinco mil víctimas. Cinco años después su editor, Paul Otchakovski-Laurens, legendario dueño de las ediciones P.O.L, publica De vidas ajenas. Carrère inicia así el libro:

Me acuerdo de que, la noche antes de la ola, Hélène y yo habíamos hablado de separarnos. No era complicado: no vivíamos bajo el mismo techo, no teníamos hijo en común, hasta podíamos pensar en seguir siendo amigos; sin embargo, era triste.

Empieza hablando de él, de una nueva desazón en su vida, pero muy pronto el relato se vuelca sobre la tragedia de otros: la de una pareja joven que pierde a su hija de cuatro años, la de una escocesa que no encuentra a su marido. Más adelante, estamos ante el dolor de Hélène, su compañera, cuando se entera de que su hermana tiene cáncer y presiente que morirá. El libro nos conmueve, sacude y fascina con una historia en apariencia trivial, reconstituida con palabras que reaniman y revelan el valioso significado de estas vidas rotas. Cuando decidió escribir el libro, Hélène se rio de él y le dijo: “Eres el único hombre que conozco capaz de pensar que la amistad de dos jueces cojos y cancerosos, que estudian a fondo expedientes de deudas en el tribunal de primera instancia de Vienne, es un argumento fantástico. Además, no se acuestan juntos y al final ella muere. ¿He resumido bien? ¿Es eso, la historia?”. Y él responde: “…es eso”. Pero es y no es eso. Es el registro minucioso de estas vidas, un viaje que nos inmerge en sus actividades, sentimientos, emociones,  interacciones y entorno, y es también la comparación con su propia vida, las repercusiones que en él provoca lo que está narrando, lo que la singulariza y la convierte en mucho más que eso. Hablar de uno a través de los otros, hablar de los otros a través de sí.

Tiempo atrás, en su desesperada búsqueda de un consuelo, además del psicoanálisis, sucumbió al fervor religioso. Durante casi tres años, el católico alejado, no practicante, se vuelve un ardiente devoto que lee los Evangelios —con mayor vehemencia los de san Juan y san Lucas, de los que toma abundantes notas—, va a la iglesia de Saint-Séverin a escuchar misa todos los días, comulga. Pero poco a poco la devoción se diluye. Guardián de los archivos del proceso de Jean-Claude Romand, Carrère guarda en el mismo lugar los cuadernos de su etapa de febril creyente, y los olvida. En 2005, víctima de nuevo de una honda depresión, decide suicidarse y al arreglar sus cosas antes de pasar al acto, encuentra los cuadernos que había escrito en su etapa piadosa, los hojea y empieza a leerlos con una curiosidad creciente; abandona la idea del suicidio, lo que más adelante le permite decir: “Estoy vivo gracias a mis notas sobre los Evangelios”. Libre del dogma católico, con el espíritu de un historiador y movido por el interés de escudriñar su intensa fe y al mismo tiempo investigar sobre este enorme misterio que Nietzsche en Humano demasiado humano, citado por él, plantea así:

Cuando en una mañana de domingo oímos repicar las viejas campanas, nos preguntamos: ¿es posible? Esto se hace por un judío crucificado hace dos mil años, que decía que era hijo de Dios, sin que se haya podido comprobar semejante afirmación. Un dios que engendra hijos con una mujer mortal; un sabio que recomienda que no se trabaje, que no se administre justicia, sino que nos preocupemos por los signos del inminente fin del mundo; una justicia que toma al inocente como víctima propiciatoria; un maestro que invita a sus discípulos a beber su sangre, oraciones e intervenciones milagrosas; pecados cometidos contra un dios y expiados por ese mismo dios; el miedo al más allá cuyo portón es la muerte; la figura de la cruz como símbolo en una época que ya no conoce su significado difamante… ¡Qué escalofrío nos produce todo esto, como si saliera de la tumba de un remoto pasado! ¿Quién iba a pensar que se seguiría creyendo en algo así?

El autor de Calais emprende la escritura de un libro que, de nuevo, habla de sí mismo y de los otros. Ahora a través de un asunto espinoso y fascinante: la fe. Y dice: “El reino es un libro que no juzga: intenta penetrar la historia de un grupo de creyentes que hizo nacer una Historia”. Y dos años después de la publicación del libro, en un texto publicado en Le Monde afirma que su mejor amigo, Hervé Clerc, en su libro Dieu par la face nord, sostiene que los hombres se dividen en tres grupos: “aquellos para quienes Dios no es un problema porque creen lo que creían sus padres y sus abuelos (esta especie, me parece, es cada vez más rara); aquellos para los cuales Dios tampoco es un problema porque han dejado atrás esas antiguallas (muy numerosos en nuestros tiempos); y por último aquellos para los que, a pesar de todo, esto no es un asunto cerrado, todos aquellos que como Hervé desde su infancia se preguntan: ¿qué hago aquí?¿Y qué es ‘yo’? ¿Y qué es ‘aquí’? A todos ellos no les basta con educar a sus hijos, hacer bellos viajes, participar en el esfuerzo del crecimiento; quieren algo más, quieren respirar. Quieren la verdadera vida, y si la verdadera vida se llama Dios, va por Dios —salvo que, justamente, ya no quieren llamarlo Dios, es para ellos, mis semejantes, para los que escribo”. Creo que Carrère forma parte de este grupo. Dejó la pasajera beatería, pero no consideró cerrado el asunto de Dios. Quiere entender. Y para ello es indispensable, de antemano, no juzgar. No quiere volver a creer, no quiere ser de nuevo tocado por la gracia. Pero hacia el final del libro narra una escena que explica por qué para él esto no es un asunto cerrado:

Al día siguiente, domingo, después de comer, concluye el retiro. Antes de separarse, de que cada uno vuelva a su casa, todo el mundo entona un cántico del tipo “Jesús es mi amigo”. La cordial señora que se ocupa de Élodie, la muchacha con síndrome de Down, toca la guitarra, y como es un cántico alegre todos empiezan a dar palmadas, patadas contra el suelo y a contonearse como en una discoteca. Con la mejor voluntad del mundo, sinceramente no soy capaz de participar en un momento religioso tan intensamente kitsch. Tarareo vagamente, con la boca cerrada, me columpio de un pie a otro, aguardo a que esto se acabe. De repente, a mi lado, aparece Élodie, que se ha lanzado a una especie de farandola. Se planta delante de mí, sonríe, eleva los brazos al cielo, se ríe francamente y sobre todo me mira, me incita con la mirada, y hay tanto júbilo en esa mirada, un júbilo tan candoroso, tan confiado, tan abandonado, que me pongo a bailar como los demás, a cantar que Jesús es mi amigo, y las lágrimas me afluyen a los ojos mientras canto, mientras bailo mirando a Élodie que ahora ha elegido a otro compañero, y me veo forzado a admitir que aquel día, por un instante, vislumbré lo que es el Reino.

El libro se publicó en 2014. El escritor sabía que habría un vacío al terminarlo, le había pasado otras veces. Pero ha emprendido y realizado otro proyecto. Con Hélène Devynck, su compañera, escribió el guion de Le quai de Ouistreham, un largometraje que él mismo dirigió, protagonizado por Juliette Binoche y basado en el libro epónimo de Florence Aubenas (2010). Estará en pantallas en Francia a finales de este año. Sabemos sólo que retrata la experiencia e investigación de la periodista sobre el trabajo precario en la costa normanda. Aubenas va a solicitar empleo presentándose a sus posibles patrones como una mujer sin preparación alguna; lo que obtiene, sistemáticamente, son contratos desventajosos y temporales como aseadora.

Los cuarenta años de escritura de Carrère pueden verse como una especie de tortuosa ruta hacia la sanación en la que la parte irreductible que de la otredad hay en él, a pesar de sus propios titubeos y desalientos, ha sido un eje en su creación y le ha permitido vivir con ese otro que de tiempo en tiempo surge y, acostado, mira largamente el techo, donde descubre las fisuras laberínticas que no son sino la imagen de sus heridas, como el personaje de Georges Perec en Un homme qui dort.

 

Arturo Gómez-Lamadrid
Profesor de lengua y literatura francesas, traductor y ensayista literario.


1 Emmanuel Carrère, P.O.L, 1986; El bigote¸ Anagrama, 2014, traducción de Esther Benítez.

 

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