Alain Schaffner: ¿Cómo se volvió escritor?

Emmanuel Carrère: Desde muy joven tuve ganas de escribir y empecé por hacer cosas de adolescente imitando un poco lo que leía, como Julio Verne, autores fantásticos o de ciencia ficción.

El primer texto que publiqué fue uno de género fantástico en una revista llamada Fictions, que durante mucho tiempo tuvo cierto prestigio. Yo debía tener unos 18 años y tenía ganas de escribir algo más ambicioso. La estancia de dos años en Indonesia, donde fui voluntario del servicio militar dando clases de francés en un centro cultural, el alejamiento de mi país, fue una circunstancia muy favorable. En aquella época la novela de los voluntarios era casi un subgénero literario, me di cuenta de ello a mi regreso. Escribí entonces L’Amie du jaguar, un libro inspirado en esta experiencia en Indonesia.

AS: La vena fantástica de El bigote, El Estrecho de Bering, Bravura, ¿aún le interesa hoy en día?

EC: Ya no escribo ficciones, pero me sigue gustando leerlas. Leí la última novela de Stephen King hace algunas semanas. De hecho, soy un gran lector de literatura de género, pero leo menos ciencia ficción actualmente: ya no me interesa. Hay que decir que la de los años 1960-70 era una forma literaria muy inventiva. La ciencia ficción de hoy está formada casi exclusivamente por heroic-fantasy, que me aburre, y estoy menos atento al género.

Ilustraciones: Daniela Martín del Campo

AS: ¿Cuáles fueron las obras que le ayudaron a formarse?

EC: Nabokov era uno de mis autores preferidos, pero luego me alejé de él, probablemente por la tendencia que uno tiene a quemar lo que se adoró. Me gustaba muchísimo cuando yo era joven, pero ahora lo encuentro un poco pedante. Me marcó mucho Georges Perec y fíjese que fui a la editorial P.O.L (y ahí sigo 35 años después) porque era el editor de Perec.

AS: ¿Qué le gustó de Perec? Sus textos no se parecen en absoluto a los de usted.

EC: A uno le pueden gustar autores a los que no se parece nada. De él me gusta todo. Leí W cuando estaba en la preparatoria pero no lo había valorado en su justa dimensión, en cambio me había encantado Un hombre que duerme. La vida instrucciones de uso fue un verdadero choque en 1978; yo tenía 20 años y me puse a leer casi todo lo de Perec. Hay una diferencia entre los autores de los que se lee un libro y aquellos de los que uno lee todos sus libros. Luego, 20 años más tarde, cuando escribía Una novela rusa, que trataba de mi propia familia, regresé a W, que me había parecido árido en la primera lectura. Lo releí: no es un libro divertido, no hace concesiones al lector. Pero fue determinante para mí. Probablemente a causa del psicoanálisis, fue ciertamente un libro de final del proceso de análisis. Yo buscaba unir dos cosas que no tenían nada que ver para abordar una tercera que me parecía indecible. Gracias a Perec y a sus procedimientos pude asumir la heterogeneidad de mi trabajo, fusioné todo ello y eso viene de W, muy conscientemente. Es, por decirlo de alguna manera, una forma estética de dar vuelta alrededor del tarro.

AS: ¿Distingue usted claramente fases en su obra? A menudo habla usted de El adversario como de un parteaguas.

EC: Sí, es un pivote. Hay dos momentos para mí. Aquel en el que escribía novelas e iba hacia la ficción más extrema. Y la fase documental en la que me encuentro actualmente, a partir, en efecto, de El adversario. Tengo la impresión de que aún hay cosas por hacer para mí en esta vía, que es una mezcla de trabajo documental y de relato autobiográfico. El movimiento de péndulo entre los dos me parece bastante natural. Nada es inamovible…

AS: ¿Le gusta la literatura contemporánea? ¿Tiene la impresión de escribir autoficción?

EC: La palabra me incomoda un poco, no creo que esté tan acertadamente acuñada. Si se toma al pie de la letra esta expresión, se ajusta a muy pocos libros (Operación Shylock de Philip Roth, por ejemplo). No soy muy entusiasta de esa palabra. Pero no me batiría en un duelo por cambiarla. Ha entrado en el uso de la lengua. Una gran parte de las cosas que indica esa palabra me gusta. Libros como los de Annie Ernaux, por ejemplo.

AS: ¿Hay autores que le interesen en este momento?

EC: Del extranjero, me interesa mucho la saga autobiográfica en seis volúmenes del autor noruego Karl Ove Knausgard (Mi lucha); es una empresa absolutamente apasionante. También me gustan los textos de Echenoz.

AS: En su último libro, Conviene tener un sitio adonde ir, al recoger en un volumen textos publicados anteriormente en revistas, usted franquea la frontera —por lo demás bastante porosa, desde Albert Londres y Joseph Kessel— entre literatura y periodismo. ¿Se inspiró usted entre otros en el ejemplo de Truman Capote?

EC: No he leído mucho a Kessel ni a Albert Londres. En cuanto a A sangre fría, la construcción del libro me parece viciada por la ausencia del testigo principal, pero sólo en el plano moral, ya que en el artístico es un libro absolutamente logrado e incluso una obra maestra.

El periodismo no es para mí un pretexto para hacer otra cosa, es una actividad que me interesa en sí misma. Es una forma literaria entre otras. Hay también y por supuesto un periodismo de agencia que no apunta en absoluto a la literatura; se trata sólo de ofrecer la información lo más claramente posible, con concisión y nitidez, pero sin ninguna plusvalía literaria. Hay muchas cosas escritas con apresuramiento, pero también se encuentra mucho de esto en la literatura. Ryszard Kapuscinski o la Premio Nobel Svetlana Alexiévich, o Florence Aubenas, o Jean Hatzfeld al escribir sus libros sobre Ruanda, constituyen ejemplos de gran periodismo y de gran literatura. En lo que toca a Conviene tener un sitio adonde ir, adopté el orden cronológico e hice una selección de textos, escogiendo sobre todo los que me gustaban. Escribo mis artículos con la misma seriedad con la que escribo mis libros pero tengo que decir que es más fácil puesto que hay menos superyó literario en juego, entonces es bastante beneficioso para mí. Entre el reportaje que hice sobre Limónov y el libro que escribí después hay una diferencia de extensión, la misma que existe entre una carrera de cien metros y un maratón, pero el tono es el mismo.

AS: Usted ha escrito guiones, realizado películas. ¿Qué lugar le da al cine en su obra? ¿Hay una permeabilidad entre los ámbitos literario y cinematográfico? ¿Por ejemplo, los ajustes necesarios para la dramatización del guion de Regreso a Kotelnich pasaron a Una novela rusa?

EC: Sí, realicé dos películas, un documental: Regreso a Kotelnich en 2003 y una ficción: El bigote en 2005. He escrito muchos guiones en efecto pero hace mucho que eso no me sucede. En cuanto a la escritura del guion, es verdaderamente otra disciplina. El guion está destinado a resultar en algo distinto. No es un objeto acabado, eso no quiere decir que no se haga con el mismo cuidado que un libro. Los ajustes de los que usted habla en Una novela rusa vienen del cliché según el cual la realidad rebasa a la ficción. Ni siquiera se me habrían ocurrido si no se hubiesen realmente producido. Para darle otro ejemplo, si el asunto Romand no fuera cierto, la historia no sería buena. Mi editor me habría dicho: “¡Es imposible, no es verosímil, no se sostiene!”. Ahora bien, sucedió. Paradójicamente, la ficción está obligada a cierta verosimilitud a la cual la realidad no lo está.

AS: Usted, que habla sin tabúes de la vida sexual, ¿en qué momento se encuentra hoy en día con el psicoanálisis?

EC: Estuve en psicoanálisis durante 12 años, con interrupciones, lo dejé después de Una novela rusa. Como W para Perec, es un libro de fin de análisis. No veo razón para regresar a él, salvo si estuviera en situación de una gran desdicha, para un eventual apoyo de psicoterapia. Hay un aspecto antes y después en Una novela rusa, libro muy caótico que asume lo que tiene de caótico. De vidas ajenas es más sosegado. No fue algo sencillo escribir El adversario y Una novela rusa, dos libros que me llevaron, cada uno, siete años. El reino también me tomó siete años, pero extendidos en el tiempo. Mientras esperaba la respuesta de Romand a mi carta, escribí Una semana en la nieve, versión de ficción de El adversario. Una novela rusa, comenzada en 2000 se publicó hasta ¡2007! Estos dos libros fueron los más difíciles, los más problemáticos de toda mi vida puesto que representaban intereses vitales para mí.

AS: ¿Cuál es su relación con Rusia?

EC: ¡Me gustaría hablar mejor el ruso! ¡Por desgracia…! Pero la literatura rusa ha tenido una gran importancia para mí, los grandes rusos del XIX, que de alguna manera forman parte de la cultura francesa. Por lo demás, me gusta mucho la nueva traducción de Dostoievski que hizo Marcowicz. Conozco bien la literatura del XIX (principalmente Chéjov) y he leído mucho también la del XX, de la cual una parte es la literatura del Gulag. Conocí a Limónov en París en los años ochenta. Era entonces una figura muy seductora. No fue sino hasta los noventa que se situó en una postura de paria absoluto en relación con el mundo occidental. Luego, en un momento dado, fui a hacer un reportaje a Moscú sobre Marina Litvinovich, poco después de la muerte de Anna Politkóvskaya y, circulando en este pequeño mundo trágicamente restringido de la oposición rusa, me di cuenta con estupor de que Limónov era muy bien visto por Politkóvskaya y por Helena Bonner, la viuda de Sájarov. Para la Revue XXI, Patrick de Saint-Exupéry había aceptado, a pesar de algunas reticencias, que yo hiciera un reportaje sobre Limónov. Pasé 15 días con él. Después de esos 15 días no sabía más que cuando llegué acerca de lo que pensaba de él. Me pareció que ahí había un tema de novela: una atractiva combinación, ambiciosa, entre una novela de aventuras a la Dumas y un libro sobre la historia de Rusia. Finalmente el trabajo se extendió por cuatro años.

AS: La cuestión del doble vuelve a menudo en su obra. ¿Podemos considerar a estos personajes a los que usted ha dedicado un libro (Romand, Limónov, Philip K. Dick o san Lucas) como dobles deformados de usted?

EC: Es como si existiera un movimiento que le empujara hacia gente que está muy alejada de usted pero que tienen, a pesar de todo, algo que deja pensar que son una virtualidad de usted mismo. Es necesario al mismo tiempo este eco y que no se parezcan a usted. En Philip K. Dick es la interrogación constante y vertiginosa acerca de lo real lo que me atrae. Fue realmente la cuestión de su vida. Lo fascinante en Dick es hasta qué punto esta cuestión filosófica fue una encrucijada vital se encarnó y constituyó en él una especie de odisea mental, de aventura psíquica y espiritual por completo demente. Dick era desconcertante hasta lo extraordinario. Los psiquiatras que examinaron a Romand no sabían tampoco en qué casilla ponerlo.

AS: ¿Por qué escribió El reino, que es en gran parte un libro sobre el nacimiento del cristianismo? Verdaderamente, no se le esperaba tratando este tema.

EC: Los inicios del cristianismo son un típico nudo de bifurcaciones ucrónicas. ¿Y si Cristo no hubiese existido? ¿Si hubiera sido enviado a su casa por Pilatos? Habría muerto a los 90 años, envuelto en una gran reputación de santidad, se harían peregrinaciones a su tumba y después habría sido completamente olvidado y no hubiese habido cristianismo. La cuestión de la ucronía, a la que consagré El Estrecho de Bering, adquiere entonces un claro relieve. El historiador Hyam Macoby propone una relectura radical: imagina que Paul no era judío, como Freud lo hace con Moisés. Sin estar convencido, soy sensible a la seducción y al aspecto estimulante de su argumentación.

AS: ¿Cómo situaría usted, en este marco, la empresa de reconstitución de Marguerite Yourcenar?

EC: Las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, cuyos méritos y bellezas sin embargo puedo ver, están cerradas para mí. Yourcenar quiere eliminar la sombra cargada, o el vaho sobre el espejo… No tengo juicio ideológico sobre el tema, es una cuestión de estrategia literaria. Pero prefiero decir que soy yo el que cuenta la historia. No puedo decirle a usted: “estamos en directo desde el primer siglo después de Cristo”. Prefiero los Cuadernos de apuntes sobre las Memorias de Adriano, en los que Yourcenar explica cómo procedió.

AS: Es un poco su ¡making-of!

EC: Me gustan los making-of. Una vez que tengo la materia prima de la escritura, un primer borrador siempre difícil de escribir, lo que me interesa son los montajes, la elección de las variedades de ritmo, de forma, para “tener hacia donde ir”.

AS: Conviene tener un sitio adonde ir termina con un texto estrujante sobre El hombre dado de Luke Rhinehart. ¿Qué le interesó en esta historia increíble de un hombre que confía todas las decisiones de su vida al azar de lanzar los dados?

EC: Cada uno de nosotros en nuestra vida es muy fiel a su personalidad. Yo, específicamente, prefiero la coherencia. Pero esta tentación de las vidas múltiples la entiendo muy bien, es también un motor cuando uno escribe libros. Esta idea de escapar a lo que la identidad individual tiene de “programada”, de previsible, dejándose llevar por el azar, es el tema de uno de mis primeros libros: Hors d’atteinte?, la historia de una joven que confió su vida a la ruleta. Pienso que mi libro es mucho menos bueno que El hombre dado. Yo me preguntaba cómo terminar. Es un libro que no me gusta mucho, tal vez porque no me gusta mucho el periodo de mi vida en que lo escribí. Estaba bajo la influencia de Flaubert. Pero Flaubert no me sale bien: me hace escribir cosas aburridas, taciturnas. Dudaba en aquella época entre el final a la Madame Bovary o la opción La educación sentimental. Escogí la segunda, que desde mi punto de vista ¡es aún peor! Flaubert hizo del rompimiento, de la “recaída”, algo genial. Su sentido de la ironía es asimismo excepcional, pero también soy crítico con la ironía, en la medida en que soy muy dado a ella. El reino, libro que contiene muchos momentos de duda, fue también muy agradable de escribir.

AS: ¿La recepción crítica fue satisfactoria para usted?

EC: Sí. El libro fue muy bien recibido. Tanto por los creyentes como por los no creyentes. Cada quien puede entrar. Pablo es un personaje cómico, donquijotesco. Juan es naturalmente más ambivalente. Lucas (del que se sabe poco) es con el que quise verdaderamente lograr una dimensión de autorretrato. Cuando pensamos en ello, es una suerte de novelista, ¡un colega más que un místico!

 

Alain Schaffner

Traducción de Arturo Gómez-Lamadrid

Entrevista realizada en París el 8 de marzo de 2016 y publicada en el libro Emmanuel Carrère Le point de vue de l’adversaire, Christophe Reig, Alain Romestaing y Alain Schaffner (eds.), Presses Sorbonne Nouvelle, París, 2016.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.