De la misma forma que para un joven contemporáneo es difícil concebir la vida sin teléfono celular, yo puedo decir que nací con el Metro. No tuve que abordar largas rutas de autobuses y tranvías que me llevaran de una orilla a otra de la gran ciudad. No me tocó ninguno de esos trayectos clásicos de amplios autobuses que atravesaban el Centro a paso lento, como escaparates móviles de personajes y esquinas vivas de una lenta ciudad vibrante. Me refiero a corridas como la “Violeta/Perú”, que dio pie al narrador veracruzano Luis Arturo Ramos (1947) para elaborar ese experimento narrativo de introspección onírica que hoy es un clásico de la literatura mexicana. Lo más cerca de eso que me tocó usar fue el anticlimático pesero, con sus arbitrarias paradas, arrancones y frenazos, mientras los pasajeros tratamos de mantener el equilibrio, inclinando la cabeza para no chocar con el techo, tratando de no empujar demasiado a quienes se nos pegan en el pasillo minúsculo y hostil. Salvo excepciones, desde que tengo memoria, el Metro para mí es una opción aceptable y civil de transporte. Es cierto que en horas pico hay que dejar pasar hasta cuatro o cinco trenes para, con maña y voluntad, poder subir al tren. Una vez dentro habrá que irse deslizando entre la gente (como si de un río compacto de cuerpos se tratase), con movimientos de contorsionista, para hallar un lugarcito que nos permita resistir el trayecto aprisionados en esa masa y respirar. Siempre hay uno que se cree más listo, más fuerte, más necesitado, con más prisa que los otros. No se puede bajar la guardia en esos momentos de hacinamiento. La bolsa, el celular, la cartera, el poco honor que queda deberán ser preservados en todo momento con la frente en alto y un dejo desconfiado ante los movimientos del compañero de junto. Cuesta trabajo lograr ese equilibrio, pero al mismo tiempo es preciso tratar de relajarse, porque un manojo de nervios puede ocasionar una catástrofe.

Ilustración: Sergio Bordón

Recuerdo a una amiga que llegó a la Universidad con el ojo morado y llorando. Un imbécil, de los que nunca faltan, quiso aprovecharse de la cercanía de cuerpos que propicia el Metro lleno y se le acercó por detrás para restregar su pelvis sobre las nalgas de mi amiga. Ella, una joven liberada y valiente, se volteó para enfrentarlo, lo miró con desprecio y le dijo: “¡Eres un pendejo!”. La reacción del energúmeno fue terrible. “¡A quién le dices pendejo, pinche vieja apretada!”, le gritaba mientras la azotaba cogida de los hombros contra las puertas del vagón, hasta que éstas se abrieron y ella pudo bajar. Eso también pasa en el Metro. Según una encuesta reciente publicada en El Universal, seis de cada diez mujeres han declarado haber sufrido algún tipo de violencia sexual en el transporte público de la Ciudad de México, ya sea de manera física, verbal o mediante señas. Esa cifra suena alarmante y plantea un problema brutal, sin embargo, en las casi cuatro décadas que llevo de usar el Metro, nunca me ha tocado presenciar un solo caso, y tampoco he escuchado ninguna historia de boca de alguna víctima, salvo el testimonio de mi desafortunada amiga de la Universidad que acabó con el ojo morado. Lo que he visto es gente solidaria que le cede el asiento a las señoras mayores y que trata de proteger a las jovencitas haciéndoles lugar entre la multitud. Que no haya visto violencia no quiere decir que no exista. La encuesta mencionada es muy clara con respecto a un problema de género que está latente en la psicología pícara del mexicano y su educación machista. Sin embargo pienso que algunas soluciones propuestas se dirigen en un sentido equivocado, como la creación de vagones especiales para mujeres, ya que en vez de abordar el problema en toda su complejidad cultural, lo simplifican a su forma más banal y sexista. Desde mi punto de vista no es cuestión de tomar un bando u otro, sino de trabajar juntos, desde la misma trinchera, en abatir tabúes, miedos y malas prácticas para poder avanzar todos en una misma dirección, sin discriminar a nadie. Pensando en problemas raciales como el que vivió Estados Unidos hasta hace apenas medio siglo, en vez de baños para negros y asientos para negros y autobuses para negros, habría que hacer servicios eficientes para seres humanos.

Ahora, cambiando radicalmente de enfoque, creo que es justo decir que no todo se reduce a las horas pico. En trayectos largos, el Metro es un espacio ideal para leer, ya que por haber sido concebido con ruedas neumáticas y no metálicas, su desplazamiento es suave y silencioso, aunque es esporádicamente asaltado por vagoneros que ofrecen sus discos de reguetón a todo volumen. Y si hubiera curiosidad por cómo luce el lado oscuro, el Metro tiene zonas de fuerte intercambio sexual. En la comunidad gay se le conoce como “la cajita feliz”, ya que es un espacio establecido para el ligue ocasional. El fotógrafo avecindado en Nueva York, David Marvin Graham, publicó en 2018 un libro con imágenes de este submundo: The Last Car: Cruising in Mexico City (Kehrer Verlag Heidelberg) (https://vimeo.com/292092296), y en la cuenta de twitter @ElUltimoVagon_ se pueden encontrar imágenes mucho más explícitas, incluso grotescas. Volviendo al lado luminoso, para concluir, una de las últimas experiencias gratas que tuve en este transporte fue un encuentro bucólico con la gran ciudad. Trepé en la polémica Línea 12, llamada “Dorada”, y en cosa de media hora me encontraba ya en el inaccesible pueblo de Tláhuac. La última parte del trayecto, que el tren subió de los túneles subterráneos a la superficie, recorrimos maizales y campos infinitos con pequeñas construcciones esporádicas entre las que pude observar una vieja iglesia perdida y solitaria. Quizá no todo está perdido —pensé—: la ciudad aún no termina de devorarse a sí misma.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor.