“¿A dónde vas? ¿Te puedo ayudar?”, pregunto a una joven que caminaba erguida, con los ojos entreabiertos, la pupila nublada y la mirada perdida. Entre sus manos sostiene un bastón como guía. “Sí”, responde, “voy a la línea café, rumbo a Tacubaya” y con un movimiento veloz enlaza su brazo con el mío.

Juntas, nuestros pasos son más lentos que los de otros usuarios. “Me llamo Ana”, se presenta. Me pregunto si alguna vez usó los ojos como yo estoy acostumbrada. “¡Donas, aguas a 10 pesos y papitas a 7!”, grita una mujer cuya tienda gitana ocupa la mitad de un pasillo.

“Cambia de compañía, nosotros te damos el doble de tu saldo”, clama otro joven a los cientos de viajeros que lo atraviesan apresurados. Ana camina firme, segura, a pesar de su mirada extraviada. “Cuando llueve es fácil resbalar”, comento con sorna pues aparte de los vendedores, debemos esquivar un encharcamiento.

“Ahora vamos a bajar escaleras”, le indico y ella, con naturalidad, acompaña el ritmo de mis pasos. Cada escalón está más desgastado por los años y los millones de viajeros. “¡Córrele!”, insiste un padre a su hija que tropieza y se vuele a levantar.

“¡Alto!”, me indica Ana y aprieta mi brazo. Me detengo y la observo. “¿Cómo vas Antonio?”, dice mientras voltea a un costado. Sobre el suelo, está un hombre que ofrece alegrías a cinco pesos. “Voy bien, Ana, gracias”, responde sonriendo. Sus ojos entreabiertos, también nublados, dejan claro estar dañados. “Podemos seguir”, me indica y la obedezco.

Cerca de las vías el calor aumenta, también la aglomeración y el alboroto. Desde el fondo del tunel las luces del Metro aparecen. Al frenar, la maquinaria silva y rechina. “¿Qué pasó Mateo? ¿Fuiste al hospital?”, pregunta un hombre al teléfono, tiene prisa, quiere ser el primero en entrar.

Ilustración: Sergio Bordón

Adentro, la gente se apretuja y acomoda. Codo con codo, hombro con hombro. Un señor, al ver a Ana, se levanta y le cede su lugar. La suelto del brazo y ella se sienta. “¿En cuál bajas?”, le pregunto para estar atenta. “No te preocupes”, responde, y me da las gracias, “yo ya sé dónde bajar”.

Me quedo a su lado, en silencio la quiero vigilar. El Metro acelera, luego zigzaguea. El conductor le mete más velocidad. El vagón se mueve bruscamente. Sólo queda esperar que a cada quien le toque bajar. Junto, una pareja platica. Él le muestra unas fotos y ella sonríe. Luego estornuda y él le besa la mejilla.

Ana se mantine sentanda, inmóvil. Me pregunto qué imaginará, si percibe algunas luces o todo es oscuridad. Recuerdo las palabras de un profesor de la universidad: “los ojos se cierran pero los oídos viven eternamente abiertos”.

Del otro lado una joven se maquilla, sin importar el zarandeo, tiene maestría en enchinarse las pestañas y colocarse rímel y delineador. Otro cabecea. De repente el Metro frena y todos se detienen de donde pueden: barrotes, hombros de amigos y brazos de desconocidos. Ana, con el bastón entre sus manos, se aferra a la silla.

Muchos viajan con uniforme: de la escuela, del trabajo y algunas camisetas de equipos de futbol. “¡Ay! ¡Qué calor!”, se queja una mujer. Las ventanas están abiertas. Los olores vienen y van. La mayoría suda, de la frente, de las axilas. Los audífonos predominan. Casi todos están atentos a su teléfono celular.

“Comparte tu mundo”, dice un cartel publicitario arriba de la puerta. El vagón vuelve a serpentear. Viajamos entre cimientos, drenajes, ductos y aljibes. El mundo subterráneo atesora el pasado de la ciudad.

 Alto. Las puertas se abren en la siguiente estación y varios se apresuran a bajar. “Permita el libre cierre de puertas”, se escucha por un altavoz y, tras dos intentos, se vuelven a cerrar. Los párpados de Ana se mueven agitados.

“Señores usuarios”, interrumpe un vendedor que acaba de entrar, “les traigo un disco que reúne lo mejor de la literatura universal”, su voz viaja por todo el vagón, “un disco con más de cien títulos en pdf que incluye las obras completas de Gabriel García Marquez, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes, Augusto Monterroso, Mario Vargas Llosa, Octavio Paz…”.

La enumeración continúa pero la gente se muestra desinteresada, no hacen caso más que a la pantalla de su celular. Ana se levanta con la ayuda de su bastón. Poco a poco, y en medio del movimiento, camina hacia la puerta. El Metro ha comenzado a frenar. El vendedor se hace a un lado para dejarla pasar. “Porque ignorante no es el que no sabe leer”, concluye el vendedor, “sino el que sabe y no quiere”.

Las puertas se abren. “Que pasen una buena tarde”, se despide el vendedor. A la distancia puedo ver a Ana que sigue su camino, sola, segura, con los ojos cerrados pero los oídos abiertos, abriéndose paso entre una marabunta de usuarios apresurados y urgidos de llegar.

 

Teresa Zerón-Medina Laris
Investigadora y fotógrafa.