La obra de T. S. Eliot tiene un pasaje donde se alude al “underground train”; se trata de un símil incluído en “East Coker”, el segundo de los Cuatro cuartetos. Dice en versión de José Emilio Pacheco (FCE, 1989):

       O como cuando el vagón del metro se detiene en el túnel
              entre dos estaciones,
       Y la conversación se eleva y luego poco a poco se desvanece en silencio
       Y uno ve ahondarse el vacío mental detrás de cada rostro
       Y queda sólo el terror creciente de no tener ya nada qué pensar.

Supongo que a todos nos habrá pasado alguna vez. En mi cabeza, sin embargo y al respecto, tengo desde hace mucho un personal momento al que di por “eliotiano”; un momento quizá sólo posible en el Metro de la ciudad de México.

Ilustración: Ricardo Figueroa

A mediados de los setentas yo tomaba la línea uno del Metro ya fuera en la estación Chapultepec o Insurgentes para hacer el transbordo en Pino Suárez y dirigirme por la línea 2 a Taxqueña; me bajaba en esa estación cada martes o miércoles de la semana para ir a corregir las galeras o pruebas de imprenta del suplemento “La cultura en México” de la revista Siempre! que se montaba en la empresa Lit Offset Sánchez en la calle Cerro de Tres Marías, no recuerdo qué número. En uno de esos años hubo un incendio en la estación Pino Suárez. En los días siguientes no se suspendió el servicio pero los usuarios pasamos por una estación Pino Suárez distinta: las paredes calcinadas o como lamidas por amplias lenguas de carbón; las losetas rotas, charcos de fugas de agua, focos amarillos y pelones colgando de cables tétricos. Divididos por una cuerda, unos íbamos hacia Taxqueña y otros hacia Observatorio, a pasos cortos y apretados por la cantidad de gente. Entonces alguien se salió de la fila o de la masa contraria, pasó la cuerda y se me acercó. Era un hombre con barba, ni joven ni viejo, chamarra de mezclilla, con un periódico deportivo Esto metido en la cintura. Este hombre sangraba de la cara y estaba borrachísimo. Me dijo varias cosas, balbuceos, que no entendí; siguió conmigo un trecho hasta que un policía lo tomó del brazo y lo regresó suavemente a la fila contraria. Distinguí la escena: era, qué más, un momento dantesco, aunque un momento dantesco pasado por Eliot y sus adaptaciones de Dante a las multitudes en el puente de Londres en La tierra baldía que yo entonces no cesaba de repetirme en la memoria. Pero sentí que el mío era un momento o un encuentro más especial por haber ocurrido abajo, en el subterráneo, en el inframundo.

 

Luis Miguel Aguilar
Su último libro es la plaquette de poemas De varias formas.