Y cuando desperté, el Metro ya estaba ahí. Vivíamos en la calle de Miguel Schultz y el Metro San Cosme estaba a un par de cuadras de mi casa. Tendría siete años cuando hice mi primer y deslumbrante viaje en Metro. Ese domingo fue un día de fiesta: iríamos a casa de una tía en Miramontes por lo que tendríamos que llegar hasta la estación terminal con el logotipo de la luna: el Metro Tasqueña. Todavía recuerdo la emoción al pasar el torniquete, la espera hasta que llegó a toda velocidad el grupo de vagones color naranja reluciente, la carrera innecesaria con mis hermanos para ver quién ganaba los asientos azul plástico limpísimos y desocupados. Fueron quince estaciones de refilón, con un tramo subterráneo y otro en la superficie, pero en mi memoria infantil fue un viaje al futuro, en un transporte ultramoderno que poco tenía que pedir a los trenes espaciales de los Supersónicos.

Ilustración: Raquel Moreno

 

Poco a poco el Metro se fue haciendo una presencia cotidiana en mi vida. Me permitía conocer la ciudad, viajar como en la película El viaje fantástico por las arterias subterráneas de ese cuerpo-urbe que entonces me resultaba tan intrigante y desconocido. Aprovechaba los tramos largos para leer. Ya en la carrera de Letras Hispánicas de la UNAM, esa sala de lectura ambulante me permitió enriquecer mi biblioteca personal. Aunque leía a muchos autores —Cortázar entre los más amados—, recuerdo como un KO a la imaginación un volumen plagado de sorpresas e ironías: Obras completas y otros cuentos, de Tito Monterroso, en la edición de tapas amarillo cromo de Joaquín Mortiz. Ahí, mientras esperaba llegar a mi destino, di con el enorme microcuento El dinosaurio en los andenes del inframundo. Sé que también en las excavaciones necesarias para construirlo encontraron ruinas prehispánicas y restos de dinosaurios, pero además para mí el Metro ha resultado un tesoro para fraguar historias. En mi primer libro de cuentos, que publiqué a los 23 años (Fuera de escena, SEP-Crea, 1984), una historia ocurre en el Metro. “La dama gris” da cuenta del recorrido de una muchacha mientras en el vagón aparecen un joven de labios suaves, con el que fantasea, y una mujer gris, cuya mirada le recuerda la grisura de una existencia reprimida. El viaje, al principio aparentemente real, va tomando tintes de una atmósfera onírica que se torna en la pesadilla de su vida cotidiana. Reviso y en casi todos mis libros se encuentra la presencia del Sistema de Transporte Colectivo de nuestra ciudad. Incluso, en uno de minificciones titulado CorazoNadas del 2014, aparece esta que no puedo evitar referir aquí:

Metropolitana
Metro Insurgentes: el corazón tu-ru-rú del Sistema Arterial Colectivo de la Ciudad de México.

 

En la novela más reciente, mi Breve tratado del corazón (Alfaguara, 2019) incluye un personaje basado en nuestra realidad criminal actual pues a unos pasos de mi casa apareció una valija en el Metro San Antonio, en cuyo interior se hallaba el cuerpo desmembrado de una mujer. Aunque la novela iba para otra parte, esa noticia me hirió a tal grado que tuve que recrear la voz de la joven ultimada, y trabajarla a nivel de ficción con la contradictoria premisa de “pierde la vida, pero no muere” para narrar sus aventuras en el inframundo de nuestra ciudad.

La presencia del Metro en mi vida literaria es tan fehaciente que decidí reunir las historias en las que es contenedor, paisaje urbano, incidente, tropiezo, protagonista, corazón de la ciudad. Coincidencia o fidelidad, en todos ellos, a veces de manera accidental, otras de manera central, en relatos realistas o de corte más fantástico, aparece el Sistema de Transporte Colectivo de la ciudad como espacio recurrente. Su título, de claras resonancias buñuelianas: La ilusión viaja en Metro todavía.

Hacia la segunda mitad de 2018, propuse a Vanessa Bojórquez, de Cultura Metro, un ciclo de presentaciones como antesala al 50º. aniversario de su fundación: “Los escritores viajan en el Metro”, al que invité a narradores como Vicente Alfonso, Bibiana Camacho, Mauricio Molina, Ana García Bergua, Alberto Chimal, Mónica Lavín, Enrique Escalona, Socorro Venegas, Orlando Ortiz, para que compartieran con el público sus recorridos reales e imaginarios, lecturas, hallazgos, anécdotas, en resumidas cuentas, la presencia del Metro en sus vidas. En una entrevista que me hizo Alberto Aranda de Noticias 22 para hablar del ciclo, nos permitieron grabar en el interior de un vagón de la línea 12 en el momento en que entra en la sección oculta de la terminal de Mixcoac. En el video aparezco tambaleándome, sujeta a un tubo, mientras nos internamos con el vagón vacío en la oscuridad parpadeante, en una suerte de realidad alterna, un viaje fantástico al ultramundo, por un instante suspendidos en un pálpito del corazón de la ciudad. Yo creo que fue por eso que, al hablar del Metro como de un gran crisol, en el que se dan cita vidas, experiencias, procedencias, se me ocurrió comparar al Metro con el Aleph de Borges, el sitio donde están todos los sitios concentrados en un espacio-tiempo múltiple y multitudinario.

El ciclo tuvo muy buena aceptación y hay de hecho una página de Facebook (EscritoresViajanEnELMETRO) que registra los eventos, videos, fotos y textos escritos para la ocasión. Recuerdo que cuando planeaba las presentaciones hubo muchos otros escritores en la mira, e incluso pensamos en aumentarlo con la presencia de otros creadores, poetas, músicos, pintores… Algunos no pudieron por cuestiones de agenda, pero hubo un par de casos que se quedaron fuera porque, al ser invitados, confesaron que jamás habían viajado en el Metro de nuestra ciudad. Aquello me pareció tan increíble como despertar y no encontrar a Monterroso con todo y su dinosaurio en un vagón del Metro o en la imaginación.

 

Ana V. Clavel
Narradora y ensayista. Entre sus libros más recientes, las novelas El amor es hambre y Breve tratado del corazón, y el volumen de ensayo Territorio Lolita. Es columnista de Literal Magazine.