Soy casi de la misma edad del Metro, cuando la ciudad lo adoptó, yo ya tenía cinco años. Recuerdo el entusiasmo del público ante el nuevo medio de transporte y esa especie de petulancia y embriaguez de modernidad que generaba. Aún era muy pequeño cuando me convertí en un usuario consuetudinario. A diferencia de otros compañeros de escuela primaria, un tanto sobreprotegidos, yo debía realizar largos trayectos para trasladarme de mi escuela en la periferia al centro de la ciudad. Emergía del Metro en la estación Pino Suárez, en la Plaza de San Miguel y caminaba por la calle de 20 de noviembre, orgulloso de mi libertad. Luego, comía con mi madre y pasaba la tarde en el taller de confección donde ella trabajaba. En ese taller, solía hacer la tarea o devorar lecturas impropias de mi edad. Sin embargo, cuando me aburría o gozaba de vacaciones, me dedicaba a fatigar las rutas del Metro. En especial, me gustaba explorar la Línea 2, de Pino Suárez a Tasqueña, que corre por la superficie de Tlalpan. No entiendo por qué esa calzada monótona y simplona en su arquitectura me ofrecía un paisaje tan perturbador y prodigioso. Casi todo me llamaba la atención: las muchachas de la vida que, a lo largo de varias estaciones, seducían la vista con atuendos coloridos y grandes escotes y minifaldas; el pequeño parque de la estación Villa de Cortés; las cantinas, tianguis y salones de baile de la estación Portales o ese viaje a los confines que implicaba ir hasta Tasqueña. A veces, bajaba en alguna de esas estaciones y me internaba en los barrios aledaños: desde la pintoresca rijosidad de la colonia obrera, hasta el olor a viejo de las colonias Álamos y Postal (que me parecían habitadas por naciones de ancianos) o el milagro estético (ahí vi las bellezas más memorables de mi pre-adolescencia) de la colonia Villa de Cortés.

Ilustración: David Peón

La extrema proximidad física, el calor insoportable y las demoras propician que en el Metro el conflicto esté siempre a flor de piel. Yo llegué a ver disputas de todo tipo: una pelea en la que dos ciegos enloquecidos de ira blandían sus bastones y ensangrentaban sus andrajos; enfrentamientos a puñetazos que salpican de sangre a los viajantes; disputas encarnizadas entre mujeres que se arrancan los cabellos, pero también escarceos eróticos de parejas que encontraban, en los vagones repletos, un escenario idóneo para presumir sus apegos y calenturas. Si bien, el Metro es un lugar de humores siempre en ebullición y nervios en punta también puede convertirse, de acuerdo a la voluntad del viajante, en claustro u oasis intelectual. Cuando estudiaba la carrera, el Metro se volvió el espacio más retador para practicar la concentración y la resistencia intelectual. En los larguísimos trayectos llevé a cabo la parte más abstracta y rigurosa de mi formación poética, no importaba si había logrado un asiento o viajaba encapsulado por la multitud, entre apretujones, olores enrarecidos y sudores confundidos, pues ningún horror mundano lograba arrancarme de mi lectura de, por ejemplo, La tierra baldía de T.S. Eliot o El cementerio marino de Paul Valéry.

En 1985, el sismo me encontró en el Metro, apenas se sintieron los movimientos telúricos, las luces se apagaron a mitad del túnel y fuimos desalojados. Sin conciencia del desastre que había ocurrido, caminé por las vías del tren en una larga y numerosa procesión pensando que una de las frecuentes fallas mecánicas me permitía conocer las entrañas del monstruo. Saliendo, en la estación Candelaria, comencé a calibrar el tamaño de la tragedia, la gente huía atontada hacia quien sabe dónde, aunque asombraba la imperturbable disciplina de las prostitutas que permanecían paradas en sus puestos de trabajo al pie de los edificios tambaleantes.

A lo largo del tiempo el Metro ha devenido en un inmenso mercado con sus temibles y ruidosas corporaciones informales; espacio de prostitución o encuentro sexual; foro de agitación donde se promueven ideologías caducas en feos periodiquillos, espacio de espectáculos que van de lo lastimero a lo sublime, riesgoso punto donde es posible ser robado, esquilmado o estafado o lugar de encuentros bibliográficos (como el magnífico pasaje de los libros que corre entre las estaciones Pino Suárez y Zócalo). Hace mucho que no viajo habitualmente en Metro y, cuando lo he usado, me entristece el deterioro de su servicio, la frecuente y desesperante tardanza de sus convoyes y de la resignación casi vacuna de los usuarios. Por supuesto, en mis épocas de usuarios frecuente el servicio solía retrasarse pero, al menos, el coro de rechiflas insuflaba un aire de resistencia a la afrenta contra el honor y el tiempo del pasajero. Sin embargo, también me han tocado momentos afortunados, cuando va rápido, no va muy lleno y sus entrañas exhalan un aire de nostálgica civilización.

 

Armando González Torres
Poeta y ensayista. Entre sus libros: Es el decir el que decide Salvar al buitre.