En el epígrafe a la tercera entrega de El espectador, esa revista cuyo único autor era José Ortega y Gasset, se transcribía un fragmento de Heráclito: “No comprendo cómo la realidad, discrepando de sí misma, concuerda consigo misma: armonía de lo antagónico como el arco y la lira”. Este acorde de adversarios es parte esencial de la inteligencia de Ortega. Una razón empeñada en superar la cultura de la disyuntiva. Tal vez no haya nada que se empecine tanto cercenar uno de los dos hemisferios, como la política. Por eso advertía que quienes se definen por sus convencimientos políticos petrifican la mitad de su anatomía. Ver solamente con un ojo; prescindir de uno de nuestros pulmones, caminar con una pata tiesa. Ser de izquierda o de derecha es una forma de hemiplejia moral, decía: “una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil”.

Ilustración: José María Martínez

En su ensayo más famoso Ortega describía esa idolatría moderna como “politicismo integral”: política exorbitada, política fuera de sí. Una política que impide el encuentro con nosotros y que desfigura al mundo; una política que nos vacía de soledad y de intimidad. Lo decía porque sentía el aguijón de la política. La idea de hacer nación no dejará de cosquillear su vanidad platónica. Atracción y repulsión. Responsabilidad y vocación. Sin duda, el filósofo sintió la seducción del mando, se imaginó arquitecto de una nación europea, pero al final del día se definirá por oposición al arquetipo Mirabeau.

Es que la política suponía, para él, un pacto con la mentira. La falsedad no era una herramienta del ambicioso, era el código mismo de la tarea. Hacer política era hacer de lo ventajoso la única pauta de vida. El cálculo de la conveniencia convertido en criterio supremo de la realidad. Lo más grave era la propagación cultural de ese trastorno. La politización del mundo. La política en el laboratorio y en la galería. “Mientras tomemos lo útil como útil, nada hay que objetar. Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tenderemos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira. El imperio de la política es, pues, el imperio de la mentira”. Idolatría de lo útil. Ortega entendía bien que el saber utilitario de la política era indispensable, pero también sabía que esa habilidad en el manejo del instrumento debía mantenerse a raya. Evitar a toda costa que la política presida nuestra vida mental. Rechazar que la vida gire alrededor de la política; que la sitúe, como al sol, en el centro de sus rotaciones, que la perciba como la fuente única de luz. De ahí el título mismo de El espectador: una defensa de los derechos y los placeres del mirón.

Concebía ese espacio de contemplación como un resguardo frente a la política, como un territorio libre de estrategias. Quería cultivar un territorio para el clan de los curiosos. Un lugar para desplegar la voluntad de “pura visión,” como la llama. Si hacemos caso a su declaración inaugural, se trataba de una apuesta de integración. Una invitación al cruce de perspectivas. Lo alentaba la ambición de no imponer a nadie sus opiniones, la ilusión de contagiar a otros para que sean fieles a su perspectiva. En el fondo era una lucha contra la barbarie de la supresión. Una guerra contra quienes adoran un elemento para subordinar a él todo lo demás. En su ensayo sobre la cultura del amor escribe contra esta manía de avasallamiento intelectual. “Nuestra cultura superficial nos induce a proyectar todo el universo sobre un solo plano en vez de respetar delicadamente sus múltiples dimensiones que le proporcionan deleitable, ilimitada concavidad. Una instancia suprime así todas las demás: la ciencia a la poesía, la poesía a la ciencia, ambas a la religión y la religión a las dos. Ved al reaccionario que trae el pasado sobre el presente con ánimo de desalojar éste; ved al radical y utopista que se obstina en hacer sobre la escena de la actualidad los gestos que corresponden al porvenir. Así no poseemos ni pasado ni futuro, y vueltos hacia el uno o hacia el otro, damos siempre la espalda al presente”.

El refugio del ensayo divagante no era un simple respiro frente al furor de la política, era una apuesta de civilización. Lo era porque toda cultura, a su juicio, pretende disipar las contradicciones. Toda civilización tendrá sus maneras, sus fiestas, sus mitos y sus santos. Pero lo que cuenta por encima de todo, dice, es el deseo de contar cada persona con los demás. Civilización es “voluntad de convivencia”. La barbarie es disociación. No solamente dispersión, sino hostilidad. La idea avasallante es bárbara. Puede leerse el ensayo orteguiano como un modelo de civilización por cuanto hay en ella de armonización de discrepancias.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Andar y ver. Segundo cuaderno.

 

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