Cuando el documentalista francés Luc Jacquet lanzó La marcha de los pingüinos en 2005 no previó que su cinta, que es una bellísima saga sobre la reproducción pingüina, se convertiría bandera para los evangélicos en los Estados Unidos. Y es que aquello de los pingüinos se prestaba para eso, ya que son aves monógamas que, igual que las familias modernas, ponen sólo uno o dos huevos. Y la cinta enseña la potente interdependencia que hay en las parejas pingüinas: sin ella la muerte de la cría está garantizada. La hembra necesita al macho, quien empolla al huevo mientras ella emprende su caminata invernal de largas semanas en busca de comida. El macho, a su vez, también necesita a la hembra, no sólo para poner el huevo, sino para que ella cuide a la cría recién nacida cuando a él le toque caminar por kilómetros para comer. La saga de los pingüinos aparecía, entonces, como una versión natural (y heroica) de la familia fundada en la pareja heterosexual, que estaba entonces siendo defendida en contra del matrimonio gay y otras supuestas perversiones “contranatura”.

Ilustración: Patricio Betteo

Este caso es sólo un ejemplo del uso del mundo animal o natural como modelo del orden divino. Según una interpretación conocida de la antropóloga Mary Douglas, las reglas sobre los animales que quedan prohibidos para la ingestión de los creyentes del libro de Levítico, en la Biblia (es decir, las reglas del “kosher”), identifica como “impuros” a aquellos cuyas características no están previstas en la creación divina, según el libro de Génesis de la propia Biblia. Así, se prohíbe el consumo, por impuros, a animales marinos que no tienen escamas.  O animales que vuelan, pero que no son aves. Etcétera. Si la lectura de Douglas es correcta, los antiguos hebreos percibieron un desfase entre lo que decía la Biblia acerca de la creación divina y los animales que realmente existen: hay muchos que no parecieran haber estado previstos en el libro de Génesis.  Y tuvieron entonces que conciliar lo que sabían de la creación con lo que sabían de la naturaleza.

Lo hicieron concluyendo que había animales que procrearon entre especies, produciendo mezcolanzas impuras que ningún siervo de Dios debía consumir.

En términos más generales, el antropólogo Claude Lévi-Strauss realizó un estudio que se hizo célebre, acerca del llamado totemismo —aquel conjunto variopinto de creencias en que un grupo social se identifica con un animal, que usualmente tiene prohibido consumir— y demostró que existe una propensidad generalizada a utilizar al mundo natural como modelo para pensar al mundo social. Se trata, en cierta forma, de una comparación que está en la base misma de la cultura humana. Pero volvamos a los pingüinos.

Cuando se estrenó La marcha de los pingüinos apareció también la controversia. Mientras los conservadores se conmovían con la fuerza de la pareja heterosexual, que lucha heroicamente contra los elementos para defender a su cría, los liberales hacían notar que los pingüinos en realidad son monógamos seriales, es decir, que aunque es verdad que son fieles a sus parejas las van cambiando de un año a otro. Son monógamos, pero cada año tienen otra pareja. Y la discusión acerca de la naturalidad de la familia divina en clave pingüina siguió por un tempo hasta que, como todo, pasó de moda.

Sólo que ahora en el zoológico de Berlín resulta que hay una pareja pingüina “gay” —la de Skip y Ping—. El que haya pingüinos gay no tiene nada de raro. Cuando yo era niño no se hablaba de eso, pero la homosexualidad es bastante común en el reino animal. Pero lo que tiene fascinado a los berlineses no es que Skip y Ping sean gays, sino que han empollado un huevo juntos y lo están criando de maravilla.

Al principio de su relación Ping y Skip construyeron un nido con piedritas, que es señal inequívoca de coqueteo entre los pingüinos, pero además se pusieron a empollar piedras o peces muertos, con la esperanza de que de ahí les naciera un crío. Sus cuidadores se dieron cuenta del deseo frustrado de la pareja y les pusieron un huevo, que Ping y Skip empollaron perfectamente, enseñándole luego a su cría a cantar para que se pudieran reconocer padres e hijo, y pudieran así darle a la cría los cuidados que necesita.

La ciudad de Berlín ha recibido a esta joven familia con algarabía, pues es una demostración no sólo de la naturalidad del matrimonio homosexual (recordar la monogamia pingüina), sino también de la adopción gay. Y, no sólo eso, la saga de Skip y Ping repite otra, de hace unos ocho meses, en que una pareja pingüina gay australiana, la de Sven y Magic, hizo exactamente la misma proeza. Los cuidadores de Magic y Sven le pusieron a su cría el nombre de Svagic. Y al igual que en Alemania, este caso tuvo repercusiones en toda Australia, donde se estaba discutiendo justamente el tema de la adopción gay.

Lo único que hizo falta para que estas parejas de pingüinos machos demostraran que eran capaces de tener y cuidar una cría fue que sus cuidadores les permitieran hacerlo.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

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