“Vivimos días aciagos”, escribió Sergio Pitol en el homenaje a Carlos Fuentes que falleció en mayo de 2012. Su frase conmovió a todo el que la leyó, porque ciertamente eran tiempos terribles, y supimos que se refería no sólo a la pérdida de un amigo, sino a las tragedias que día con día nos traía la guerra del presidente Felipe Calderón contra las organizaciones de narcotraficantes.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Terminaba el segundo gobierno del PAN sin haber resuelto el problema de la seguridad. Las redes criminales se habían extendido por la República. Algunos pensaban que el problema había empeorado desde la llegada de la oposición a la presidencia, y más desde 2006, pese a la cantidad de recursos públicos que se destinaron a combatirlo. Los gobiernos panistas mantuvieron la estrategia de eliminar a los capos de las organizaciones criminales, provocaron el colapso de estas estructuras. El impacto fue devastador, primero, desencadenó una sangrienta guerra intestina de sucesión entre los narcotraficantes; en segundo lugar, pulverizó el cuerpo de operadores; por último, muchos de ellos emigraron a otras actividades, por ejemplo, al mercado de bienes raíces. La destrucción de las organizaciones dejó al gobierno en un mundo oscuro y anárquico de traficantes sueltos dedicados al narcomenudeo o a otras actividades ilícitas. Las cifras del INEGI que reportaba más de 67 mil 500 muertos asesinados entre 2006 y 2012, daban testimonio del tremendo fracaso de la estrategia. En 2012 la Comisión Nacional de Derechos Humanos recibió cinco mil reclamaciones contra el ejército y las policías, y Amnistía Internacional declaró al gobierno mexicano omiso en derechos humanos.

Era una pesadilla escuchar noticieros, ver reportajes que sólo informaban de secuestros, desaparecidos, crueles mutilaciones. Parecía increíble que las imágenes de crímenes grotescos que publicaban los medios hubieran sido captadas en México, y que los retratados fueran mexicanos torturados o torturadores, que habían guillotinado, ametrallado o macheteado a otros mexicanos. La política del gobierno de combate al narcotráfico era una guerra interna contra los delincuentes y contra cada uno de nosotros, porque la cotidianeidad en un mundo violento es tan destructiva como la violencia misma.

En este contexto se desarrolló la campaña electoral para la renovación de los poderes federales. Participaron: Josefina Vázquez por el PAN; Enrique Peña Nieto por una coalición formada por el PRI y el PVEM; Andrés Manuel López Obrador por la coalición formada por el PRD, PT y Movimiento Ciudadano, y Gabriel Quadri por el PANAL.

No sé si la presencia amenazante del narcotráfico mató el entusiasmo que normalmente despertaba el relevo presidencial. Lo cierto es que en 2012 la atmósfera de la elección no era festiva. La ilusión, el fervor, la pasión política estuvieron ausentes de las campañas, a diferencia de lo que ocurría antes de la transición, cuando la perspectiva del cambio renovaba la esperanza en el futuro, aunque el mismo partido quedara en el poder. Paradójicamente, en los tiempos del PRI, una elección presidencial era para muchos un nuevo comienzo, la oportunidad de empezar una carrera, un empleo diferente. Las campañas electorales eran una prolongada fiesta mexicana; pero dejaron de serlo desde 1988, cuando la competencia por el poder lo fue de verdad. En plena alternancia nadie comparó el cambio de poderes con la ceremonia prehispánica del Fuego Nuevo, como lo hizo Jorge Piñó Sandoval en su novela sobre la sucesión de Miguel Alemán.

En la elección de 2012 el ánimo público era otro. En manos de dos presidentes panistas la transición se había convertido en un laberinto cerrado con el PRI dentro.

Cada mañana las primeras planas de los periódicos publicaban fotografías de salvajes crímenes del narco. Hablar de democracia parecía una burla y, sin embargo, al mismo tiempo que se hacía el recuento de los muertos se reportaban las intervenciones de los candidatos, los aplausos organizados. Todos evadían el tema de la seguridad pública; ninguno presentó una oferta novedosa.

En principio los partidos entraron a la competencia en el terreno parejo que había construido la autoridad electoral; pero muy pronto fue evidente que el PRI contaba con vastos recursos adicionales. Gobernadores y legisladores hicieron aportaciones sustantivas a la campaña, pese a que rebasaron los límites que fija la ley, pero nada los detuvo. Se descubrieron ingeniosas operaciones de compra del voto. El desenfado de partidos, candidatos y funcionarios que violaban las leyes era ofensivo para todos los demás.

Sólo un episodio esperanzador trajo la campaña de 2012. La movilización de estudiantes universitarios que reaccionaron contra la manipulación de la información que hacía el equipo de Peña Nieto. El 11 de mayo, durante una visita a la Universidad Iberoamericana, un grupo de ellos protestó contra la presencia del candidato del PRI en el campus, y en el auditorio lo increpó. La atmósfera estaba tan caldeada que Peña Nieto tuvo que salir de la sala por una puerta trasera. La versión oficial del episodio provocó la ira de los estudiantes, porque se refirió a ellos como “personas ajenas a la institución”. 131 protestaron de inmediato mostrando su credencial; uno más se sumó con la frase “Yo soy 132”, con la que se bautizó una movilización efímera, pero fue como si un rayo de luz hubiera penetrado la espesura del desencanto con la democracia. La capacidad de movilización del movimiento #YoSoy132 era muy superior a la de la campaña de Peña Nieto que ni con tortas lograba despertar entusiasmo.

En 2012, con el triunfo del PRI, la renovación quedó en restauración. Después de la elección todos volvieron a su lugar. Enrique Peña Nieto fue elegido presidente. Andrés Manuel López Obrador desconoció los resultados oficiales y pidió un recuento. En 2012 la región más transparente era sólo un vago recuerdo, los anales registraron la segunda muerte de Artemio Cruz, y los días aciagos volvieron implacables.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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