El 23 de julio de 1945 comenzó el juicio del mariscal Philippe Pétain, jefe de Estado de la Francia de Vichy, acusado de traición. Tendría que haber sido algo grandioso y terrible, como el juicio de Luis XVI, algo para que se estudiase en las escuelas, por eso resulta desconcertante la crónica del proceso. No hay más que anécdotas y metafísica, y con frecuencia las anécdotas son metafísicas.

En términos generales, los hechos básicos, los hechos por los que se juzga a Pétain, son indudables porque son públicos, patentes, de modo que sólo se trata de discernir qué significan. Y eso quiere decir saber qué hizo Francia o qué quiso Francia, para evaluar las intenciones indescifrables del mariscal. Los hechos: Francia perdió la guerra, y firmó un armisticio que le permitió conservar sus colonias y garantizar la continuidad nacional. O bien, los hechos: Francia rechazó el armisticio, decidió resistir a todo precio, y organizó la lucha desde el exterior.

En la conformación del tribunal se podía ver de manera transparente el problema. El jurado lo formaban doce antiguos diputados, de los que habían votado en contra del gobierno de Pétain, y doce miembros de la resistencia; eran Francia. Los jueces todos, desde el instructor hasta el presidente de la sala, Mongibeaux, habían jurado su cargo ante el presidente Pétain, y habían actuado como jueces en el régimen de Vichy, y también eran Francia. El procurador general, Mornet, había trabajado en la Comisión de revisión de naturalizaciones, que retiró la nacionalidad francesa, y decidió la deportación a Alemania de más de siete mil perseguidos. Francia.

En realidad, en el juicio, y mucho antes, cuando lo buscaron para que encabezase el gobierno, pesaba no la persona sino la leyenda de Pétain: el vencedor de Verdún, a quien Francia le debía nada menos que la victoria en la Primera Guerra Mundial. Por supuesto, la verdad es un poco más complicada que eso. En sus memorias, Clemenceau, Poincaré y Lloyd George coinciden en decir que se ganó la guerra a pesar de Pétain, también Joffre, que dice que el mariscal no tenía ninguna confianza en la victoria, y que hubo que nombrarlo general de otros cuerpos de ejército para alejarlo de Verdún. Pero Francia necesitaba un héroe que encarnase las virtudes militares: el valor, el sacrificio, el amor a la patria, y la prestancia de Pétain era imponente.

En 1945 el problema era parecido. Era necesario un traidor que representase todo lo que Francia no era. Y los testimonios en el juicio contribuyen por eso a formar otra leyenda, la del traidor: conspirador, ambicioso, oportunista, autoritario. Según la declaración de Daladier, los alemanes no encontraron a un mariscal de Francia, sino a un comisionista obsequioso, dispuesto a obedecerlos en todo. Léon Blum describió al gobierno de Vichy como un puñado de hombres corrompidos por el miedo, y a Pétain como un falsario, que había abusado de la confianza de los franceses. Y así el resto.

Ilustración: Estelí Meza

Los testigos de la defensa hicieron, cada uno a su manera, otros tantos retratos de Pétain. Inconsistentes, contradictorios, a base de anécdotas e inferencias gratuitas. Algunos pintaron a un anciano voluble, incapaz, irresponsable, bien intencionado pero inexperto, manipulado por unos y otros: el buen militar sin doblez, extraviado en la política. Otros, como Lafargue, hicieron de él un nuevo Vercingétorix: entendió que a Francia no le quedaba más que el arma de los débiles, la duplicidad, y supo hacer de la colaboración una forma secreta de la resistencia. Al menos dos de ellos completaron ese retrato de un rey merovingio con un detalle un poco sorprendente: el mariscal, dijeron, escogió una corona de espinas en lugar de una corona de gloria para salvar a Francia. Pero había sido siempre un aliado secreto de De Gaulle. Laval fue un poco más lejos, y lo describió como el artesano oscuro de la victoria.

En medio de eso hay un momento de rara transparencia. Uno de los abogados de Pétain, Jacques Isorni, recordó la sesión de la Academia en que Paul Valéry recibió a Pétain, y leyó un texto de Valéry, de 1944, en que se refiere al mariscal como el “defensor de Francia”. En eso veo un símbolo, dijo: el general De Gaulle presidió el funeral de Valéry, y se inclinó ante su tumba, como Valéry se inclinaba ante el mariscal Pétain. La economía que gobierna esa transferencia depende del carácter mágico de la gloria, y la evocación muestra inadvertidamente el paisaje fantasmal en que se desarrolla todo el proceso. Todo sucede en otra parte, en un reino de leyenda.

La acusación se reducía a dos cosas, las más abstractas: la traición que implicaba la firma del armisticio, y el golpe de Estado por el que se había constituido el gobierno de Vichy. Nadie trató de establecer responsabilidades concretas por hechos concretos: la deportación de miles de judíos, la tortura y el asesinato de decenas de miles de franceses, la colaboración activa con la Gestapo. No se trataba de eso.

Según Léon Werth, durante el juicio el mismo Pétain se quedó dormido más de una vez.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezo todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

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