Los 200 kilómetros de frontera que se extienden entre Nogales y Sonoyta constituyen un microcosmos cultural en sí mismo, con un orden social y simbólico propios. Ahí se conserva algo de la extensa zona que aparecía vagamente señalada como Pimería Alta en los mapas españoles, el territorio ancestral de los tohono o’odham que alguna vez cubrió todo el noroeste de Sonora y sur de Arizona. Alejado del pastiche urbano que se ha convertido en la imagen estereotípica de lo fronterizo, este es un territorio absolutamente rural: una vastedad abierta de ranchos y rancherías en los que viven vaqueros solos o pequeñas familias conectadas por una red de caminos de terracería apenas transitable. Sería un error, sin embargo, recurrir al cliché de la tierra de nadie para entender este espacio. La geografía política de esta región no se caracteriza por la ausencia sino por el exceso y traslape de jurisdicciones. Aquí, en una sola puerta, coinciden los regímenes territoriales impuestos por dos Estados, una reservación indígena, un feudo mafioso y un gran latifundista.

Ilustración: Raquel Moreno

El trazo de la frontera entre México y Estados Unidos que resultó de la venta de La Mesilla en 1853 dividió el territorio de los tohono o’odham y reservó una puerta fronteriza para uso exclusivo de este grupo indígena binacional. La Puerta San Miguel es poco más que un marco de fierro y no cuenta con servicios migratorios ni aduanales. Del lado de Estados Unidos hay celdas solares, cámaras de seguridad, material para reforzar la valla fronteriza y una patrulla fronteriza estacionada. En el mexicano hay un cuartito de adobe que solía servir como aguaje en el que un comerciante de Sásabe aprovechaba la demanda fronteriza generada por la prohibición de venta de alcohol que rige en toda la reservación.

Por esa puerta transitaban los o’odham que visitaban a sus familiares y lugares de culto en Sonora; los viejos recuerdan que era posible vivir en México e ir diariamente a la escuela en la reservación. La valla fronteriza era tan rústica como el cerco de cualquier rancho y ellos se movían libremente por sus tierras. Pero ahora la puerta está bloqueada y no por una autoridad estatal, sino por un latifundista mexicano que despojó a los o’odham de sus tierras y en nombre de su propiedad privada bloqueó un paso fronterizo internacional sin que nadie se lo impidiera.

En México los pápagos han sido excluidos incluso de las infografías estatales. En 1949 sus tierras fueron convertidas en “terrenos nacionales” y por no estar “debidamente explotadas” se abrieron a la colonización. Los o’odham mantuvieron con dificultad una docena de rancherías y ejidos que recientemente se han visto obligados a abandonar debido al embate de terratenientes y sicarios. La clausura de la Puerta San Miguel es un paso más hacia la expulsión total de este grupo indígena de sus tierras en México.

Las relaciones sociales entre los vaqueros de la región de Sásabe y los o’odham ha sido cercana pero no sencilla. El racismo mexicano se topa con las obvias ventajas que tienen los o’odham en tanto que ciudadanos de Estados Unidos. La comunicación es en general escasa y accidentada, pero suficiente para que se establecieran las alianzas que durante décadas sostuvieron el paso de migrantes indocumentados y el contrabando de drogas por esa zona. Hay códigos que rigen la convivencia en aquellos parajes desolados, como nunca dejar de proporcionar apoyo vial a un carro atascado.

Aunque la Puerta San Miguel está cerrada y las rancherías casi abandonadas, los o’odham persisten en la celebración de sus fiestas, sin importar que tengan que adentrarse a pie. Al sur de la puerta está una capillita blanca de paredes anchas encaladas al estilo de las viejas misiones. En el día de la Virgen del Carmen se celebra ahí una fiesta a la que acude toda la sociedad local: señoras o’odham devotas de la virgen que cruzan desde la reservación, vaqueros, puntos de la mafia, guías de migrantes y burreros, jóvenes de Sásabe en búsqueda de fiesta, y uno que otro centroamericano. “Yo cruzo cada año porque a mí me bautizaron en esta iglesia, pero no conozco más allá”. “Hace dos años se nos quedó atascado el carro cuando veníamos de Sásabe y nos tuvimos que venir a pie. Caminamos horas, ‘vamos a seguir la música’, dijimos. Resulta que llegamos a la fiesta y estábamos muy a gusto bailando cuando me dice mi amiga, ‘mira, ahí está la perrera de la border, ¿no nos habremos cruzado el cerco?’. Y sí, estábamos en la fiesta, ¡pero no en esta sino en una igualita que hacen al otro lado!”. “Aquí el que no trabaja con la mafia simplemente no come. Las mujeres tenemos más opciones, yo pongo uñas, hago gelatinas mosaico y vendo ropa”. “El pápago me preguntó si no le vendía un seis de cerveza y me ofreció perico”.

La fiesta duró toda la noche, cuando salió el sol un grupo impar de personas movido por sabrá Dios qué fiebre seguía girando al ritmo de la waila band en aquel cuadrito de cemento pulido en medio de las yuccas y la tierra yerma.

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.

 

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