¿Cómo juzgar el carácter de los políticos? ¿Cómo evaluamos las mentiras, las traiciones? La respuesta a esta pregunta no es evidente. Los electores a veces castigan duramente las transgresiones morales y las promesas de campaña rotas. En otras ocasiones son en extremo indulgentes con las fallas y debilidades de los políticos. ¿Por qué? José Ortega y Gasset ofrece una clave en su reflexión sobre Mirabeau. Es notable el interés por el conde, un personaje secundario de la revolución francesa. Honorato Gabriel Riqueti, conde de Mirabeau (1749-1791) fue un gran agitador. Antes de ser repudiado por su estamento y ser elegido como representante del Estado llano estuvo en prisión por desórdenes financieros y personales (entre otros, sedujo a su sobrina). Era un orador prodigioso y, como diputado de la Asamblea Nacional por Provence, tomó partido por la monarquía constitucional. Se colocó así entre los moderados que enfrentaron a los jacobinos en la lucha por el poder. Al “chacal” Robespierre le espetó: “Joven: la exaltación de los principios no es lo sublime de los principios”. Su destino muy probablemente habría sido la guillotina si no hubiera muerto en 1791. Recibió honores fúnebres, pero poco después salió a la luz pública su venalidad: Mirabeau estaba a sueldo de Luis XVI.

Ilustración: Belén García Monroy

Ortega escribió “Mirabeau o el político” en 1927. En Mirabeau, Ortega halló a su antípoda: un animal estrictamente político. En efecto, señalaba: “el pensamiento político es sólo una dimensión de la política. La otra es la actuación. Sin preverlo él mismo, Mirabeau encuentra en sí, mágicamente presto, el formidable instrumento para la nueva forma de vida pública: la oratoria romántica, la magnífica musa vociferante de los Parlamentos continentales, que sopla, como el espíritu divino sobre las aguas, sobre el alma líquida de las muchedumbres haciendo tormentas e imponiendo calmas”. Para Ortega, Mirabeau tuvo la clarividente certeza de que no había en esas circunstancias más que una posibilidad seria: la monarquía constitucional. Solo él vio esto sin vacilaciones. La revolución fracasó porque “en la Asamblea Nacional no había más que un político auténtico que, además, desapareció en 1791”.

Expuesta la venalidad, el diputado Chénier tomó la tribuna para exigir que los restos de Mirabeau fueran  retirados del Panteón. En su discurso fulminó: “no hay gran hombre sin virtud”. Mirabeau ciertamente distaba mucho de la perfección moral: no sólo había tomado el dinero del rey sino que a sus novias les escribía cartas en las cuales plagiaba artículos de la prensa. La aguda pregunta de Ortega es: ¿importa la deshonestidad de Mirabeau? ¿Y la virtud? ¿Es la misma que la del ciudadano de a pie? Ortega no lo creía. “¿Tiene sentido decir de César que era egoísta, que vivía para sí mismo? Pero ¿en qué consistía el ‘sí mismo’ el ‘yo’ de César? En un afán indomable de crear cosas, de organizar la historia”. En efecto, decía el autor de La rebelión de las masas: “desde hace siglo y medio todo se confabula para ocultarnos el hecho de que las almas tienen diferente formato, que hay almas grandes y almas chicas, donde grande y chico no significan nuestra valoración de esas almas, sino la diferencia real de dos estructuras psicológicas distintas… el magnánimo y el pusilánime pertenecen a especies diversas”. Las virtudes que el diputado Chénier le exigía a Mirabeau eran, según Ortega, las maneras normales de comportarse de los pequeños hombres, las almas chicas. Había, por eso, una “inmoral parcialidad” hacia las cosas pequeñas. No dice Ortega que la honradez, la veracidad o la templanza sexual no sean virtudes; reconoce que lo son, pero pequeñas. Frente a ellas se encuentran las virtudes  creadoras, de grandes dimensiones, las virtudes “magnánimas”. Así, “no sólo es inmoral preferir el mal al bien, sino igualmente preferir un bien inferior a un bien superior. Hay perversión donde quiera que haya subversión de lo que vale menos contra lo que vale más. Y es, sin disputa, más fácil y obvio no mentir que ser César o Mirabeau”. Para Ortega era claro que no había “gran hombre” con pequeña virtud. Es posible “que el régimen de magnanimidad… incapacite para el servicio a las virtudes menores y arrastre consigo automáticamente la propensión para ciertos vicios. Esto es lo que puede verse con claridad en el caso de Mirabeau”. El francés era “el más inmoral de los grandes hombres”.

Se puede disputar, como hace Reyes Heroles, este régimen dicotómico de la virtud.1 Sin embargo, lo notable en nuestra circunstancia, en la cual el marbete de “gran hombre” ha sido explícitamente apropiado por el presidente, es que la lógica de Ortega se encuentra invertida en la discusión pública. Los pecados veniales no son los que se le perdonan al prohombre en aras de una gran obra política, sino al revés. Las virtudes “menores”, la frugalidad, la vida en medianía, justifican su autoridad moral y excusan las transgresiones políticas. Lo que importa es que el gobernante viva modestamente. Si en lugar de regresar al ejército a sus cuarteles, como se prometió, se le entrega la seguridad pública, parecería un pecado venial, porque lo que importa es su honestidad personal. Nada, sentenciaba Ortega, es más fácil de aparentar que la grandeza política. Así las cosas en la república de las virtudes menores.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 José Ortega y Gasset y Jesús Reyes Heroles, Dos ensayos sobre Mirabeau, México, FCE, 1994.

 

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