“Ni sombra de duda” suele decirse cuando uno está completamente seguro de lo que afirma. “Lo vi con mis propios ojos”, “tengo los pelos de la burra en mi mano”, “es una verdad del tamaño de una catedral”, son fórmulas complementarias que subrayan que sobre el asunto en cuestión no hay vacilación posible. Por el contrario, la certeza es robusta, definitiva, contundente.

Ilustración: Jonathan Rosas

Y en efecto, es dable que sobre infinidad de cuestiones la duda no tenga por qué abrirse paso. “Está lloviendo”, “las enchiladas están picosas” o “peso 70 kilos” son afirmaciones que pueden ser calificadas de incontrovertibles, porque de una manera sencilla pueden probarse: la primera abriendo la ventana, la tercera con una báscula y la segunda, que contiene gramos de subjetividad, si se lee como “para mí las enchiladas están picosas”. No hay posibilidad alguna de rebatir.

Se trata de verdades fácilmente verificables o bien de dichos subjetivos que sólo pueden ser revisados por la persona que los emite. Se trata de tierra firme, de un espacio para el entendimiento sencillo, salvo que uno esté un tanto cuanto trastornado o que la beligerancia que preside la relación impida concederle nada al interlocutor. Negar que llueve cuando llueve, es posible, pero no resulta muy productivo. “No pesas 70 kilos, sino 71”, pueden ser ganas de afinar la medida o simplemente apetito de molestar, pero insisto, si se encuentra una báscula a la mano el diferendo puede ser resuelto. Responder “no pican las enchiladas, siempre exageras”, lo que quizá devela es una animadversión previa que puede teñir de dureza hasta la emisión de la frase más anodina.

Pero cierto que hay cuestiones que impiden o por lo menos restringen de manera extrema la posibilidad de dudar.

Hay otras, sin embargo, donde la duda es obligada. “Usted tiene cáncer”, le dice el médico al paciente antes de los estudios respectivos, “asegura menganito que la película Ñ es buenísima”, “vámonos con el auto a Cuernavaca, no importa que antier se nos haya quedado varado en Insurgentes”. El paciente debe pedir al médico las evidencias de tan drástico diagnóstico porque lo que sigue no será fácil. Dado que Ñ tiene unos gustos extraños, no está de sobra pedir otra opinión, y quizá antes de arrancar hacia Cuernavaca tenga sentido ir al mecánico. Es decir, las dudas son casi obligadas. Se disparan en automático. Aunque también, si se quiere, se puede tener una fe ciega en el doctor, en menganito o en zutanito. Pero esa fe puede deparar, por lo menos, malos ratos.

Hay, sin embargo, actividades donde la duda preside, por definición, la práctica. La ciencia, por ejemplo. Si uno ya tiene resuelto el problema de antemano ¿para qué investiga, para qué confronta, para qué lee, para qué experimenta, para qué mide, etcétera? O las artes, donde la creación en buena dosis es fruto de la experimentación, la afinación de diversas destrezas y las dudas que surgen al ensayar las propuestas propias en relación a las otras que las precedieron o las acompañan.

Y la política democrática. Dado que no es una ciencia exacta, es más, dado que está muy lejos de ser algo parecido a una ciencia exacta, la duda se encuentra instalada a la mitad de la sala. Dado que existen diversos diagnósticos y propuestas, desiguales corrientes de pensamiento, intereses varios, dado que las pasiones nunca pueden ser desterradas, que lo que resulta venturoso para unos puede derivar en una desgracia para otros, que lo que funciona en una región puede no ser bueno para otra, etcétera, la duda está —o debería estar— en el centro del debate público.

Pero no coloqué el calificativo democrático al azar o por inercia. Existe otra política: la de la fe, en la cual la duda no es aceptada ni es aceptable. Es la que se despliega bajo el manto de una concepción que cree firmemente que existe un solo sujeto virtuoso, un solo análisis acertado, una ideología correcta, unos intereses (los propios) legítimos, unas fórmulas exclusivas para resolver los problemas, un solo líder auténtico, y al final genera un alineamiento que produce un “nosotros” ejemplar y unos “otros” como sinónimos de adversarios o enemigos.

Esa política de la fe, carente de dudas, invariablemente se convierte en autoritaria. Porque si la verdad es una y se presume que una vanguardia la tiene en un puño, si se asume que la diversidad de opiniones es espuria porque existe un solo interés genuino, si se divide al mundo con la fórmula “conmigo o contra mí”, la suerte parece estar echada. Los seguidores suelen transformarse en fanáticos y a los líderes se les van desgastando los resortes tolerantes y tienden a sustituirlos por un discurso y unas prácticas intransigentes. Por ello, la duda como principio para la convivencia política puede ser un punto de partida modesto, pero estratégico.

 

José Woldenberg
Escritor y ensayista. Su más reciente libro es En defensa de la democracia.