A los 16 años Gustave Flaubert (1821-1880) había perdido su lugar en el mundo: “tenía ya el alma atormentada con muchas estupideces”. Esta confesión la dejó escrita con su fina y apretada caligrafía en un cuaderno con pastas de piel color verde.

Pequeños detalles como éstos pueden saberlos post mortem sus lectores gracias a que el autor francés registró en varias libretas pensamientos sobre la vida y el arte de escribir; proyectos de novelas, puestas en escena y relatos que nunca se publicaron; notas de investigación que le sirvieron para sus obras conclusas; citas de periódicos y libros que leía.

Una selección de estos fascinantes manuscritos, la mayoría resguardados por la Biblioteca Histórica de París, aparece en Cuadernos. Apuntes y reflexiones (Páginas de Espuma, 2015), traducida y editada por el escritor argentino Eduardo Berti. En los primeros tres apartados está el contenido de las libretas fechadas entre 1838 y 1879. El cuarto muestra las semillas sin germinar de la obra flaubertiana. El quinto recupera el material que iba a aparecer en la segunda parte de Bouvard y Pécuchet. El sexto obsequia varios textos descubiertos a principios de este siglo. Y el séptimo es una miscelánea de aforismos que la sobrina de Flaubert, Caroline Franklin-Grout, escogió al releer las obras de su tío.

La separación de siglos no ha impedido saber qué pensaba y sentía Flaubert en su adolescencia. En 1838 escribió un emotivo texto a su querido amigo Alfred Le Poittevin, en donde revela sus Agonías y Angustias.

Una agonía: “A menudo me pregunto por qué vivo, qué he venido a hacer en este mundo, y no encuentro más que un abismo a mis espaldas y un abismo delante de mí a la derecha, a la izquieda, arriba, abajo, en todas partes: tinieblas”.

Una angustia: “—¿Cómo? ¿Tú no crees en nada? —No. —¿En la gloria? —Mira la envidia. —¿En la generosidad? —¿Y la avaricia? —¿En la libertad? —¿Acaso no adviertes cómo el despotismo le retuerce el cuello al pueblo? —¿En el amor? —¿Y la prostitución? —¿En la inmortalidad? —Los gusanos desgarran un cadáver en menos de un año; después viene el polvo y después la Nada. Y tras la Nada… La Nada, eso es todo lo que existe”.

En esas páginas también es posible reconocer al Flaubert ansioso por ser uno de los consentidos de la fama. Desde los diez años había soñado “con la gloria”; se imaginaba “un salón repleto de luz y de oro, con manos que me aplaudían, con gritos y con coronas”. En cambio, “me digo que a los dieciocho años ya tendría que haber forjado obras maestras. Al fin me silban, me humillan, me degradan. No sé siquiera lo que me espera ni lo que quiero ni lo que me pasa. Nunca seré más que un escritorzuelo deshonrado, un miserable vanidoso”.

El genio se debatía entre su aborrecimiento hacia la disciplina, entre la diversión que significaba escribir y entre las “dichas tristes y las tristezas alegres”.

Como lector era atento, perspicaz, obsesivo. Era un lector enciclopédico: todo lo que elegía o caía en sus manos le provocaba una idea para sus proyectos presentes o futuros. Le podría interesar la historia de las pelucas, el arte oficial o el progreso científico (autómatas que hablarían como un ser humano o los telescopios ideados para ver a los habitantes de la luna en la segunda mitad del siglo XVII). Él mismo da una guía de lo que podría haber en su biblioteca: Montaigne, Molière, Rousseau, Cervantes…

Flaubert tenía el talento para convertir las anécdotas que cercanos y conocidos le decían al paso en algo trascendente para sus obras. Por ejemplo, se asegura que su amigo Louis Bouilhet le contó la historia del médico Eugéne Lamare en la que basó Madame Bovary. Otro detalle: en sus notas aparecen los nombres de algunos personajes ficticios seguidos del nombre de la persona de carne y hueso de quien tomarían rasgos físicos o actitudes.

Están también las señas de identidad que sus proyectos adquirieron a lo largo de los años. El boceto de novela que tituló La señora Moreau, luego se llamó La educación sentimental. Lo que hoy se conoce como Bouvard y Pécuchet, al principio era Los dos oficinistas (Les Deux Cloportes).

Mención especial para el cronista que da cuenta de su visita al Museo Británico, al panteón Père-Lachaise, a la calle de la Roquette o de su asistencia al suntuoso baile en honor del zar Alejandro II.

En los aforismos que aparecen al final de las páginas de estos Cuadernos hay uno que dice: “Hace falta una voluntad sobrehumana para escribir, y yo no soy más que un hombre”. El niño Gustave Flaubert que a los diez años soñaba con ovaciones hoy sonríe satisfecho y descree de aquel hombre frustrado.

 

Kathya Millares
Editora.

 

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