Hace tiempo leí La república o de lo justo, de Platón. Ahora, al releerlo, me ha sorprendido enormemente su pertinencia en relación al ciberespacio y el mundo contemporáneo. Cuando Platón (refiriendo la voz de Sócrates) pregunta sobre la situación de los hombres encadenados en la caverna: “¿crees que verán de sí mismos y de los que se hallan a su lado, más que las sombras que van a producirse frente a ellos al fondo de la caverna?”, podría estar hablando de las redes sociales. Así como en las sombras de la caverna se pierden o diluyen las identidades, en el uso de las redes se borran las diferencias. Y reflexionaba recientemente sobre las implicaciones de “etiquetar”, de “arrobar” o de los llamados hashtags. Considero que se suele determinar la situación del otro con cualquiera de estas acciones. En el fenómeno reciente del hashtag #MeToo en México ocurrió lo anterior. Un hombre —acusado por una mujer— podía ser catalogado como un criminal sólo por estar “arrobado”, etiquetado o por tener su nombre junto al hashtag. Me pareció sumamente peligroso.

Ilustración: JAVAL

En las redes sociales el conocimiento del prójimo es superfluo y, de manera constante, frívolo. Quizá por eso resulte tan relevante el estudio de los otros a través de la experiencia intelectual propia, como lo hace la ciberetnografía. De lo contrario, estaremos sumergidos en la banalidad que se presenta día a día en estos soportes de “convivencia” e “información”.

La ciberetnografía es un concepto acuñado hace apenas 11 años y se origina para repensar los nuevos modos y espacios en que se establecen las relaciones sociales en el entorno digital. Las ideas acerca del espacio físico (geográfico) me confunden un poco con respecto al estudio de la ciberetnografía, a la par de la propia etnografía, porque el espacio geográfico no existe en internet, a pesar de que envuelva cada una de las vidas que palpitamos detrás de las pantallas.

Las redes sociales tienen la facultad de sobajar cualquier tema y colocarlo al mismo nivel que los demás; no hay diferencias en la aprehensión de lo que se lee y todo se agolpa en un aparente desorden —determinado por un algoritmo—. Por lo tanto, rescatar la experiencia, que es también la recepción de lo que allí se encuentra, resulta relevante.

El espacio en la red es de otra naturaleza y parece valer por sí mismo; aunque se piense que el uso que hacemos de internet sea fundamental, ocurre que nos usa a nosotros. En la última década se ha acrecentado en mí la sensación de estar perdiendo, a la par de los demás, mi pasado, mi vida privada y de hallarme viviendo en un futuro extraño que no se asume como tal. Este espacio propicia la fantasmagoría y, a la vez, no puede obviarse su facultad disruptiva. En la cotidianidad el estado de ánimo de un usuario de Facebook puede estar determinado por el número de reacciones que reciba una publicación suya. Todo se ha vuelto cuantificable (o eso se cree) y se da lugar a la pobreza de la experiencia o a la certeza en la vida propia sólo cuando se hace valer sobre nuestras publicaciones la opinión de los demás, sus aprobaciones. El espacio virtual establece un paralelismo claro con el mundo real en donde se ha gestado: es un sistema de relaciones atravesadas por el capitalismo salvaje en las que, la mayor parte de las veces, se valora la rentabilidad del otro sobre nuestra experiencia y viceversa.

El tiempo y el espacio han cambiado, me lo digo desde hace varios años, aunque se modifican de manera continua, se sabe, y son distintos en cada comunidad —se sabe también—, ahora son de otra especie: la tecnología los determina; ha descompuesto el tiempo interior y ha desplazado la relevancia del espacio físico para dar lugar a delirios que transforman nuestra percepción. Lo cierto es que estamos en “ninguna parte” cuando empleamos internet y que el tiempo transcurre de otro modo. Pero ¿quiénes somos los que habitamos los espacios deslocalizados? ¿Cómo nos comportamos en ellos? ¿Qué marcas dejan nuestras acciones?

Desde finales del siglo pasado se han llevado a cabo estudios al respecto a partir de las ciencias sociales. La etnografía tomó esta nueva vertiente que encierra las preguntas conocidas y se modifica para estudiar el espacio digital. Así, la ciberetnografía revisa el comportamiento de los integrantes de comunidades en el mismo.

Sin embargo, el estudio que la etnografía ha ejercido en el campo de lo social enfrenta múltiples dificultades ante el mundo digital. No es de extrañarse, pues los métodos usuales empleados por los etnógrafos han implicado un espacio geográfico determinado, entre otros asuntos. Adolfo Estalella comenta en Etnografías de lo digital que el trabajo del etnógrafo se ve modificado ante los sucesos digitales, y señala la necesidad de encontrar la manera adecuada para describir lo que ocurre incorporando nuevas herramientas o equipamientos de trabajo. Dice el autor (citando a Bolter y Grusin): “la Contemporaneidad está atrapada en la tensión entre ambas lógicas: ‘nuestra cultura quiere multiplicar sus medios y borrar el rastro de la mediación al mismo tiempo: idealmente quiere borrar sus medios en el mismo acto de multiplicarlos’”. No es común que los usuarios de internet nos detengamos a pensar en las repercusiones del medio que empleamos. La venta de datos personales, información privada, gustos o repulsiones son, en todos los casos, material comercial con los que lucran las empresas. No es gratuito, por lo tanto, que recibamos publicidad sobre las vacaciones más esperadas después de haber escrito un correo diciendo que nos vamos de viaje. Los contratos que firmamos cada vez que decidimos usar una plataforma: correo electrónico, red social u otras, especifican que la información vertida por nosotros mismos es de ellos en cuanto la subimos a la red. En las “Condiciones de servicio” de Facebook se puede leer lo siguiente: “cuando compartes, publicas o subes contenido que se encuentra protegido por derechos de propiedad intelectual (como fotos o videos) en nuestros productos, o en relación con ellos, nos otorgas una licencia internacional, libre de regalías, sublicenciable, transferible y no exclusiva para alojar, usar, distribuir, modificar, publicar, copiar, mostrar o exhibir públicamente y traducir tu contenido, así como para crear trabajos derivados de él”.

Pero esto sucede, también, incluso antes. La información privada está a la venta desde que empleamos un correo electrónico para comunicarnos. ¿Cómo accedimos a utilizar los medios digitales de esta manera? Supongo que en el camino los ciudadanos fuimos rebasados por las grandes empresas y que ellas decidieron de qué modo usaríamos sus plataformas. Entonces, ¿cuál sería el rastro de la mediación que se pretende borrar referida por Estalella? Se trata del rastro de la información privada. Si la mediación se elimina al aceptar un contrato, perdemos nuestra información de manera legal. No hay ningún límite ya. Parece que todo lo que hagamos en una computadora será propiedad de alguien y no nuestra.

Los ciberetnógrafos consideran que las nuevas formas de interacción en internet están afectando y modificando las relaciones sociales e, incluso, sustituyendo otras maneras que antes sucedían en el entorno geográfico. El ciberespacio representa un territorio en el que tienen lugar múltiples manifestaciones sociales. El entorno digital no sólo determina el comportamiento de nosotros, sus usuarios, sino que, además, es el soporte de actividades humanas relacionadas con la economía, por poner un ejemplo simple. Miles de millones de personas emplean una computadora cada día y desarrollan sus labores a través de ella. Así, los gestos laborales individuales quedan plasmados en la red. Los hackers (que me parecen sumamente relevantes en el mundo contemporáneo) están entrenados no sólo para armar fortalezas digitales, sino también para quebrarlas: así lo hicieron Edward Snowden o Julian Assange.

Podríamos decir que la virtualidad nos acompaña como una sombra o que nosotros somos ya la sombra de nuestros ejercicios virtuales. Sumidos durante horas en el empleo de internet para realizar cualquier acto real o virtual, vamos dejando nuestro historial en las páginas de Google sin poder escapar de nuestras propias huellas. Pero tampoco sabemos qué significa con precisión ese rastro que dejamos. No sobra decir que el Big Brother, de Orwell, era apenas un aviso del porvenir o que el juego de Second Life es, en realidad, la vida diaria. Me parece que fue el propio Snowden quien sugería que dejáramos de usar internet porque estábamos en manos de cualquiera que se interesara en averiguar nuestras vidas.

No hablo del espionaje como si yo o cualquier ciudadano de a pie tenga una vida interesante o digna de espiarse, pero sí creo que estamos siendo observados todos para producir un cúmulo inmenso de conjeturas, juzgados por quién sabe quién o para qué fines. Me refiero, entonces, a un asunto ético: ¿cómo decidimos entregar nuestras acciones o la inquietud de nuestras dudas a un servidor?

Ni el espacio ni el tiempo son lo que eran hasta hace 10 años, más o menos. Me ha tocado vivir la transición de un mundo que se cifraba más en las máquinas de escribir que en las pantallas. Aquel entonces estaba enriquecido con conversaciones telefónicas mediante aparatos fijos en las casas. Y no es sólo que la nostalgia me arrastre como una enfermedad, es que se ha perdido —entre tantos otros asuntos— la espontaneidad para dar paso a un mundo hipercorregido, por una parte, y extremadamente ilegal, por otra. No son los voceros del orden quienes cumplen las leyes, ellos fueron quienes las idearon y quienes las modifican sin cesar.

La realidad nunca ha sido sólo lo que resulte comprobable por medio de la vista o el tacto. Ahora la realidad íntima es mercancía. Lo que vemos no existe, en efecto. Y lo que encuentran los ciberetnógrafos con sus estudios puede ser una tabla de salvación. No es lo mismo estudiar las relaciones sociales de una comunidad desde las ciencias sociales, que ejercer la vigilancia implacable para deglutir lo que el otro signifique y convertirlo en una bolsa de comida chatarra o unos pantalones de mezclilla.

Lejos de la disertación, los debates en las llamadas “benditas redes sociales” son un termómetro que no cesará de emplearse para los fines más lucrativos y, por tanto, asociados al poder. Pero también se sabe que existen bots o fuerzas invisibles que gestan lo que quieren que nosotros pensemos, ahora más que nunca. Y no habrá confesionario que nos salve de ser lo que somos para los ojos de los vigilantes.

 

Daniela Tarazona
Es autora de las novelas El animal sobre la piedra y El beso de la liebre.

Agradezco la valiosa colaboración de Abraham Zaíd Díaz Delgado para la escritura de este texto.

 

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