Me resisto a disociar el acto violento del miedo. A quedarme en el análisis de la violencia y no detenerme a pensar sus consecuencias en las sociedades que son víctimas. De la violencia se habla y escribe exhaustivamente, pero pasa. El miedo permanece y se extiende. Llegué a Ciudad Juárez en las mismas fechas del tiroteo en el que un supremacista blanco, del otro lado de la frontera, asesinó a cuantos mexicanos pudo.

El empleo político del término terrorismo para la matanza del tres de agosto, o su pertinencia técnica, no debe olvidar la presencia que no se diluye. Su recordatorio son veintidós muertos y la sensación de incertidumbre en una comunidad vecina en dos países.

Cuesta aceptar nuestra incapacidad por eliminar la manifestación criminal de la barbarie. Tal vez su cumbre más alta. El odio volvió a sobrepasar las fronteras geográficas y en la perpetuidad del calendario, nos acostumbramos a él y a sus saldos. A pesar de que los saldos éramos nosotros. Repetimos la fórmula cada que una parte del planeta cree que el terror salió de su sistema: lo consideramos un asunto de diferentes latitudes. Serán los cristianos, los nacionalistas, los racistas, los creyentes, los árabes, los maoístas, los judíos, los jemeres, los islamistas, los hutus, los supremacistas.

No nosotros. Solo que nosotros, los demás, somos las víctimas del miedo institucionalizado.

Hay un cáncer que no hemos aprendido a erradicar: la instrumentación del miedo.

El miedo es la consciencia de aquello que puede hacernos daño. Su instrumentación colectiva lo transforma en, quizá, una de las herramientas políticas más deleznables y efectivas: el terror. Se hace en la comunidad para destruirla.

Hemos visto países y sociedades enteras someterse a los efectos del miedo. En unos casos fue la violencia con sus expresiones más ilegítimas, en otros, la parálisis ante la vulnerabilidad. La anulación del futuro desde el ataque a su entorno y sus insumos: la esperanza. Se ha hecho miedo a través del atentado contra lo más íntimo que tenemos, la sexualidad y la identidad. También desde la fragilidad, la salud y la reserva del vacío que significan los caminos de nuestra finitud. No la finitud misma.

Frente al miedo se tiende a esperar el fin.

Ilustración: David Peón

En el miedo descansa lo más básico de nuestro comportamiento, gracias a él hemos intentado diseñar las vías para contenerlo. La política, gran ausente de nuestros días debería ser exactamente eso. El trazo de las vías por medio de las cuales lo domesticamos para conseguir virtudes públicas. Las que son de todos. En simultáneo, la violencia se aprovecha de su permanencia para exacerbarlo y conseguir beneficios privados. Los de unos cuantos.

La jerarquización de ambos conceptos es imprescindible para intentar entender lo que rodea las estrategias del terror. Caer en los lugares comunes es el mejor camino para eludirlo. Hablar del miedo como herramienta política no es un negativo cuando lo situamos en los hábitos de la consciencia. En cambio, se trata de la forma más despreciable y criminal para hacer política cuando atestiguamos su utilización. Consciencia y utilización son elementos totalmente separados. Con el primero se puede llegar a construir un proyecto civilizatorio. Su única función es aprender a convivir sin hacernos daño, aceptando que somos capaces de hacerlo. En el segundo se destruyen los asomos de civilización.

Sin diferenciarlos se corre el riesgo de caer en la trampa con la que el terror ha intentado darse legitimidad: la relativización.

Acercamos el miedo a nuestra existencia para protegernos. Sabemos que las armas y el odio matan, entonces buscamos las maneras de contenerlos. Toda política pública relacionada con estos elementos parte del mismo lugar. Conocemos el peligro en que se encuentran los indefensos a nuestro derredor, y los protegemos. Como hemos sufrido la capacidad que tenemos para hacernos daño, creamos leyes para tratar de limitarnos.

El terror usa el miedo a la enfermad para provocarla, la fragilidad de los hijos para someter a los padres, el hambre para amenazar. Se aprovecha de la consciencia del fin y el sufrimiento para convertirla en presencia. Se hace ella. Un todo omnipresente de tentáculos tan extensos que resulta casi imposible no claudicar, por eso su eficacia.

La anatomía del odio y la violencia se entrecruza con la del miedo. Se magnifican sus componentes al masificar los temores individuales. Su alimento es la sustancia natural de lo humano, las emociones y su lucha con la racionalidad. Nada en el terror es racional. Medirlo bajo esos parámetros será un sinsentido y la aceptación, por ínfima que sea, de los mecanismos con los que la imposición del miedo busca un objetivo que, frecuentemente, se pierde en la metamorfosis donde el objetivo desaparece para ser miedo. Los sustituye por él.

Sin admitir muchos matices, la radiografía del terror muestra una supuesta causa diezmada por intereses ajenos a los suyos. Una entidad que explota dicha causa, un grupo que la valida y está dispuesto a sobreponer sus intereses a la decencia. Es la decencia el contenedor de lo inefable. Esta entidad, sin excepción, afirma que sus métodos se deben a la imposibilidad o desinterés por negociar objetivos, a menudo desde un inicio, incompatibles con cualquier vía de negociación. Exhibe la creencia de que esa causa —por razones variopintas que van de las históricas a las religiosas—, legitiman las acciones con las que se propaga un mensaje. El convencimiento de que la violencia, en sus muy distintas formas, es el único camino con el que se conseguirá aquel objetivo. No existe terrorismo no violento. Requiere de un enemigo que es imprescindible eliminar, reducir, y sobre quien el dolor es un castigo adquirido. El mensaje no es la causa, sino su metamorfosis en el miedo. Su destinatario: todos y cada uno de los individuos que no se traten del actor del terror y sus simpatizantes. El resultado final se llama odio.

Odio, miedo y violencia.

El primero surgirá de la negación al otro y la eventual búsqueda de su aniquilación. El miedo es el espacio donde el odio se manifiesta y, la violencia, es el camino para comunicarlo. El Paso fue el retorno a la barbarie desde la barbarie.

Los distintos miedos personales se llevan a la colectividad para detenerla en aras de su aparente salvaguarda. La víctima primaria del terrorismo es lo social. La sensación de una comunidad.

Para destruir una sociedad, el miedo debe filtrarse en sus seguridades. Aquellas que dan la razón primordial para vivir en conjunto. Seguridades hay muchas, tantas como víctimas y límites con facilidad de quebrarse.

Es el extremismo donde surgen las vías del terror. Sin extremismo, éste es inconcebible. Se gesta a través de él. Su vocación es la difusión. Por eso en El Paso y Ciudad Juárez, como imagino en otras ciudades donde la presencia de minorías es grande, se espera a que la tragedia vuelva a ocurrir.

El campo de arado del extremismo es la adopción política de la utopía. Aquí un conflicto con la asepsia del lenguaje. La utopía como idealización imaginaria de condiciones ventajosas, excluye la subjetividad del grupo social que la piense. Un grupo religioso, el que sea, creerá que su perspectiva es positiva para toda la humanidad, desde su perspectiva de la humanidad. Creyentes de cualquier credo tienden a ver en otro distinto alguna deficiencia subsanable con su visión, así como los grupos ideológicos con el suyo. Este esquema se replica en buena medida con grupos supremacistas, identitarios, nacionalistas, etcétera. La utopía del asesino de El Paso era un país de no mexicanos.

La historia ha sido testigo de nacionalistas asegurando virtudes inalcanzables para otros, segregacionistas humillando y asesinando por razones culturales, étnicas, de género y de fe. Cada vez que se ha querido imponer una utopía, la humanidad conoció el terrorismo y los sujetos del terror experimentaron el miedo. La barrera extrema desde la que la imposición niega con violencia la existencia del otro. El que no pertenece a una visión idealizada de un mundo que se asume propio.

Todo extremismo político desata el miedo sobre quienes no comparten su adopción política. Es un uno sin identidad ni lugar de origen definido, aunque dependiendo de la época hay lugares más perdidos en él. Hay, también, épocas demasiado largas que se acostumbran a habitar el miedo.

El Paso conoció los atentados que no permiten que la gente vuelva a caminar tranquila por la calle. Los disparos en el mundo entero. Los cuerpos en el piso. Existir ha sido motivo de miedo para quienes quedaron bajo la presencia que no debería pasar de un reflejo consciente.

Perdí cuenta de la cantidad de atentados terroristas que he tenido que analizar, sobre los que he escrito. Ya no sé cuántas víctimas han muerto. Guardo el recuerdo de una madre a quien una bomba le mató su hijo. Lloró frente a mí porque tenía otro, unos años mayor, que seguía vivo. Quería que siguiera vivo. Ahora conservo el de un grupo de adolescentes que, en El Paso, se reunieron a despedir a una amiga asesinada en Cielo Vista.

Cada atentado he tenido que recordar la jerarquía de lo deleznable. Cada ocasión me he repetido lo mismo. Fallamos incansablemente. Sin importar la ubicación, las formas para combatir el terrorismo y el terror tienen que aprender de lo que no hemos logrado hacer en la amplitud de lo que se entiende como mundo árabe, e incluye a no árabes. Solo la generación de anticuerpos locales impedirá su avance. Se trata de la construcción de un rechazo absoluto a las vías de anulación. Es decir, desde los puntos donde se gesta el espíritu terrorista; de la localidad más pequeña a la mas grande, en ese orden, reconocer la existencia del otro y el rechazo a la institucionalización de la violencia y la barbarie.

El anticuerpo es el no. La vacuna es social.

El miedo seguirá ahí. Parte de la naturaleza y, en este caso, producto de la irracionalidad criminal y xenófoba.

 

Maruan Soto Antaki 
Escritor. Ha publicado Casa DamascoLa carta del verdugoReserva del vacíoClandestinoPensar Medio OrienteEl jardín del honor y Pensar México.

 

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