Alfonso Reyes, recordando a otro escritor a quien hoy en día nadie lee, Anatole France, aludió al personaje de Los dioses tienen sed —la novela más llevada y traída de France— quien se dedicaba a construir muñecos de guiñol, no sin presumir: “Yo soy un dios piadoso, yo no concedo alma a mis criaturas”. Su novela satírica La isla de los pingüinos, en la que hace equivaler a los seres humanos con las alcas o pingüinos, puede leerse aún con placer. Releí esta obra una tarde de hace poco tiempo en la mesa de un bar o cafecito ubicado en Calle 25 y Carrera 34 de Bogotá. ¿Qué relaciona a un lugar con un libro? No lo sé; en mi caso podría leer El viejo y el mar trepado en una montaña. El bar al que me refiero se llama Goyeneche, en recuerdo y homenaje a un hombre que intentó ser presidente de Colombia a lo largo de dos décadas, sin lograrlo. Y aunque algunos lo tomaron en serio, sus propuestas disparatadas o extravagantes le ganaron la fama de un loco que deseaba ser presidente a toda costa y salvar a Colombia de sus pesares. Quizás una enfermedad temprana lo llevara a considerarse un iluminado y a creer que el destino lo había elegido para dirigir a los colombianos hacia una panacea. Tal vez si Gabriel Antonio Goyeneche viviera en esta época en que los pingüinos y muñecos de guiñol abundan podría haber cumplido su sueño.

Ilustración: Sergio Bordón

Este hombre fuera de lo común, Goyeneche, sería nada menos que la antítesis de otro iluminado, Emanuel Swedenborg (1688-1772), el sabio sueco y súbdito de Carlos XII cuya obra de 50 volúmenes comprendía casi todas las ciencias posibles, más la descripción de un cielo que le había sido revelado. En su extraña religión uno podía salvarse si era inteligente, culto y practicaba la conversación. Los tontos —o pingüinos sin alma— no podían entrar en el cielo hasta no ponerse a mano con el conocimiento y la conversación. Borges discurrió acerca de él en sus conferencias en la Universidad de Belgrano (recopiladas en Borges oral, Bruguera, 1980); pero fue Emerson quien le dedicó una conferencia extraordinaria y necesaria a la que tituló Swedenborg o el místico. La admiración hacia el sueco alumbra estas páginas y Emerson es claro cuando dice que son preferibles los hombres de gran calidad intelectual, aunque posean alguna excentricidad o locura como Pascal o Newton, a las inteligencias equilibradas y mediocres. Esta excentricidad hizo que Swedenborg llegara a un punto en el que negara a los filósofos y escritores la posibilidad de rebatir, explicar o fundamentar la fe. Él era un iluminado que había escrito 25 tomos sobre ciencia (y una cantidad semejante o mayor sobre la religión que le fue revelada) y, por ende, sabía de la utilidad como valor humano. La sencillez y modestia de su vida diaria, su ascetismo, dotaban al misticismo del sabio sueco de un aura más legible o legítima. Cuando William Blake escribe: “El tonto no entrará al cielo por santo que sea”, está, y así lo creía Borges, enunciando el ideario de Swedenborg.

Vuelvo al Goyeneche, en Bogotá, y a mi lectura de La isla de los pingüinos. La mesa de este modestísimo bar estaba descuidada y el desorden de sus sillas (incluida la silla de un peluquero), su espacio, víveres y comida me hacían sentir en paz. Para algunos de mis amigos el lugar es simplemente una cloaca, pero yo creo que es uno de los lugares más extraños y cómodos en los que he estado nunca. Es una desgracia poseer alma o conciencia, creer en la existencia de una ética o de una moral. Tarde o temprano estaremos tentados a convertirnos en dioses o iluminados, en místicos que elaboran cielos disparatados y absurdos. De Goyeneche, al menos, podía decirse que estaba loco, y su recuerdo es hoy tan sólo una anécdota de bar nocturno. No le hizo daño a nadie. Swedenborg tampoco dañó a nadie: escribió sobre mecánica, metalurgia, astronomía, finanzas y fue un inventor importante: sus escritos pueden leerse todavía con interés si se le tiene paciencia. R.W. Emerson escribe de él: “Swedenborg es sabio, pero sabio a su pesar. Tiene un aire de infinita aflicción, se oyen sus lamentos por todo este universo espeluznante”. Yo que desconfío de los místicos, los mesías o los guías que conducen a la humanidad hacia la salvación, lo he leído con provecho. No era un hombre limitado o un pingüino sin alma, sino un sabio que, seguramente, continuará conversando con algunos ángeles en el cielo que él mismo diseñó, o le fue revelado.

 

Guillermo Fadanelli
Escritor. Entre sus libros: Fandelli, Mis mujeres muertas, Mariana Constrictor y Hotel DF.

 

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