Ya en 1950 Karl Korsch afirmó en sus Diez tesis sobre el marxismo hoy (Minuit, 1964) que Marx no era sino uno entre los numerosos precursores, fundadores y continuadores del movimiento socialista de la clase obrera; sostuvo también que no menos importantes que Marx eran los socialistas llamados utópicos, sus grandes rivales (Blanqui) e incluso sus enemigos irreconciliables (Proudhon y Bakunin). Desde entonces Korsch fue sólo un renegado, un disidente solitario en el campo del "movimiento socialista". Este era todavía homogéneo y sus críticos sólo podían aspirar al título de anticomunistas. Dudar de la omnisciencia de los "padres fundadores" de la doctrina marxista traducía frustración, locura, soledad. Para que la duda se situase en el campo de la impugnación tuvieron que sobrevenir muchos desengaños: Hungría, Checoslovaquia, Polonia, el Gulag; muchas desavenencias: Yugoslavia-URSS, China-URSS, Lin Piao-Mao, Albania-China... y el refrescante movimiento impugnador que inundó tanto al Este como al Oeste durante 1968. A partir de entonces la supuesta infalibilidad del socialismo científico empezó a ser cuestionada en toda práctica estatal, militante y partidaria que proclamara el monopolio de la doctrina.
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