La historia de la ciencia enseña muchas cosas, pero entre ellas de modo sobresaliente, el hecho de que en la investigación moderna el poder experimental corre paralelo a la teoría. A veces uno adelanta a la otra, pero por poco tiempo. Los ejemplos abundan: el telescopio de Galileo abrió una nueva época. Los experimentos ópticos permitieron definir, primero, la existencia de los átomos y formular, después, la teoría cuántica. Los experimentos en el campo de la electricidad nutrieron la teoría del electromagnetismo y el experimento de Michelson y Morley puso la piedra de toque a la teoría especial de la relatividad. La instrumentación, pues, ha sido algo mucho más valioso que un simple instrumento en manos del investigador teórico: una guía material del pensamiento científico y un modo -tan productivo como la teoría misma- de interrogar al universo. De ahí que los grandes centros científicos, los sitios donde se producen teorías nuevas y revolucionarias, hayan coincidido históricamente con los grandes núcleos instrumentales que permiten descubrir nuevos principios y leyes naturales o imaginar nuevas aplicaciones de principios ya conocidos. A su vez, tales núcleos instrumentales para la investigación directa coinciden con los grandes focos de producción tecnológica y militar.

En efecto, una fracción importante de los esfuerzos de la comunidad científica se destina hoy a la conversión tecnológica del conocimiento científico para servicio de la sociedad donde ese conocimiento se genera. El hecho no es nuevo (recuérdense las catapultas imaginadas por Arquímedes en la antigüedad helénica, o los relojes diseñados por Newton para la Armada británica), pero es verdad que tal tendencia recibe un impulso desproporcionado sobre todo a partir de la Segunda Guerra mundial. Ahí los gobiernos de los países aliados descubren que la “investigación pura” puede traducirse rápidamente en armas, sistemas de control y vigilancia, cálculos estratégicos, personal altamente calificado y vastísimos recursos novedosos al servicio de la política mayor: la del dominio y la lucha entre potencias. Las comunidades científicas nacionales empezaron a recibir así el ancho influjo de financiamientos y privilegios institucionales de que gozan todavía en los países avanzados, donde se destina un porcentaje significativo del producto nacional bruto a pagar y a orientar el desarrollo científico y, desde luego, sus fases instrumentales. Tal afluencia de recursos no pudo sino dejar una profunda huella en el mundo científico de la pos-guerra, impulsando notoriamente ciertas áreas (que contaron con más científicos, más aparatos, más dinero y por tanto avanzaron más rápidamente); se postergaron así otras que, en principio, hubieran tenido igual interés e importancia.

El precio de la abundancia no ha sido pequeño: establecer los objetivos de la investigación científica y tomar las decisiones sobre que problemas abordar y cuáles poner de lado, dejaron de ser, en gran medida, privilegio exclusivo de la comunidad científica y empezaron a depender de las prioridades de la seguridad nacional, la industria, los complejos militares y las innovaciones de la vida diaria. De este modo (para bien o para mal) se produjo en los países industriales una integración profunda de la ciencia con la sociedad (o por lo menos con el gobierno). Más que en ninguna otra época, buena parte del esfuerzo científico de hoy responde a, e impone, los derroteros de la comunidad general donde se practica. En ningún campo es tan nítido este efecto como en el de la aplicación directa y el desarrollo instrumental de los conocimientos. No debe sorprender, por ello que muchos de los avances decisivos, tanto teóricos como experimentales, tengan por el escenario laboratorios y centros de investigación sostenidos por la industria privada, o por agencias militares, situación que ha traído como visible consecuencia que muchos de esos hallazgos, particularmente los de carácter instrumental, se mantengan como secretos industriales, militares, o como patentes comerciales y, por tanto, sean inaccesibles ya no digamos a la sociedad donde se producen, sino a la misma comunidad científica nacional (para no hablar de la internacional o de los científicos de países no industrializados).

Por último, para insistir en el hecho de la importancia de la instrumentación, hay que caer en el lugar común según el cual la “ciencia pura” genera “tecnología” y ésta, por su utilidad social evidente, procura los fondos y las altas inversiones requeridas para el desarrollo de la ciencia pura. Ambas direcciones del argumento tienen numerosos ejemplos probatorios. Pero tanto la ciencia pura como la tecnología, descansan en una misma estructura: no son sino facetas diversas del poder de instrumentación científica que responde con similar deficiencia tanto a una demanda de corte estrictamente tecnológico -industrial o militar- como a las interrogaciones más elaboradas de un “científico puro”. Sin instrumentación adecuada no habría ni una ni la otra.

Desde este punto de vista, la instrumentación no debe verse como una herramienta o accesorio de la ciencia pura o la tecnología, sino como la premisa y el motor de ambas.

Las premisas mexicanas

Los presupuestos mexicanos para investigación científica han sido siempre reducidos. En consecuencia, la mayor parte de sus partidas se aplican a salarios y a favorecer los proyectos de menor costo. Apenas podría ser de otra manera: los proyectos de tipo instrumental representan, por lo menos en sus inicios, un gasto considerable porque implican establecer y equipar laboratorios, muchas veces a partir de cero. No es extraño, por lo mismo, que el país haya visto desarrollarse con mayor frecuencia y solidez proyectos y grupos de científicos teóricos, poco estimulados por los problemas de la instrumentación (o desestimulados por los problemas de presupuesto). La cadena se inicia ahí, porque fueron esos mismos científicos los que prepararon en los centros de educación superior a las generaciones siguientes y, por tanto, el acento teórico de la enseñanza científica mexicana se propagó a gran velocidad. Las consecuencias de este punto de partida no son pocas: las escuelas de ciencia de México exhiben un notorio desbalance entre el adiestramiento teórico y el adiestramiento experimental que imparten. Los estudiantes con vocación y aptitudes experimentales, egresan de sus escuelas con un retraso aproximado de cinco años en relación con el rumbo internacional de su disciplina. Por ejemplo: en un momento en que las computadoras son de uso general y extendido, todavía hoy resulta extraño toparse con un egresado resiente de cualquier escuela científica o técnica que tenga una idea razonable de la electrónica digital.

Notable es también dentro de la comunidad científica mexicana el desprecio generalizado por el estudio de la instrumentación y por quienes se dedican a él -desdén que va parejo con una ignorancia de la materia realmente digna de mejor causa-. Lo curioso es que el científico mexicano siempre está a la caza de un “técnico” -vale decir: un “instrumentador”- que le resuelva sus problemas, sin darse cuenta de que esta persona no existe y de que su existencia supone tantos esfuerzos y calificación científica, por lo menos, como el requerido por él para formular teóricamente sus preocupaciones.

Lo paradójico en esta situación de origen es que cuando algunos centros de investigación empezaron a percibir claramente el problema y a destinar más recursos a los proyectos de tipo instrumental la cosa empeoró. La falta de personal capacitado y la ignorancia heredada de los científicos en esas cuestiones, pusieron los programas en manos de vendedores y representantes comerciales que, aprovechado la situación, vendieron y venden) equipo innecesario, excesivamente caro y en más de un caso obsoleto, es decir, sin mercado ya en su país de origen. No solo eso: la actitud frecuente en los centros de investigación dotados de equipo parese ser que el compromiso de su utilización termina en la compra, sin preocuparse jamás por calibrarlo y darle el exigente mantenimiento que requiere. Los almacenes de laboratorios y centros de investigación del país se encuentran repletos de equipo sumamente caro que nunca se usó o se usó inadecuadamente o por un corto lapso, es decir, hasta que “se descompuso y nadie lo pudo volver a echar a andar”. Un estudio reciente sobre estas cuestiones en un laboratorio de buen tamaño mostró que 10 por ciento del equipo no se desempacó jamás; 50 por ciento nunca fue calibrado bien o nunca recibió mantenimiento; 80 por ciento requería mantenimiento en forma urgente.

No es ocioso preguntarse qué tan típico es el caso de este laboratorio.

La pirámide instrumental

En forma gruesa, pueden fijarse tres categorías de complejidad en lo que a instrumentación científica se refiere:

Instrumentación básica de prueba. Un equipo que existe ampliamente en el mercado e incluso es manejado por algunos distribuidores nacionales; por regla general su costo es bajo y su tecnología relativamente simple y accesible. Ejemplos típicos: multímetros, medidores de vacío, pipetas, jeringas, matraces, etc.

Equipo capital. Es decir, instrumentos del tipo de computadoras, microscopios electrónicos, cromatógrafos, etc. La dificultad en su manejo dentro de México crece porque también crece el costo de su adquisición y porque la operación de estos equipos exige un personal especialmente entrenado; mas aún, la tecnología muy elaborada que implica su producción, pide un sistema contínuo de mantenimiento tarea que por falta de cuadros técnicos calificados resulta con frecuencia insuperable en nuestro país. Estos instrumentos circulan normalmente en el mercado internacional, aunque los vendedores no son muchos.

Equipo autogenerado. Por último, está la categoría verdaderamente creativa y revolucionaria en materia de instrumentación; se refiere a los equipos más avanzados, especializados y originales. No se pueden adquirir comercialmente y es forzoso diseñarlos y construirlos localmente. Vale decir, es necesario crearlos y se crean de acuerdo con las exigencias de la investigación misma. Una visita a cualquier laboratorio científico de alto nivel, permite descubrir inmediatamente la abundancia de este equipo autogenerado. En el descansan muchos de los adelantos científicos que sólo años después llegan a volverse efectivamente “comerciales” y accesibles en el mercado general de instrumentación. No se trata, por necesidad, de equipos muy complicados, pueden ser inclusive muy sencillos, pero su rendimiento es por lo general muy alto en tanto responden a exigencias científicas muy avanzadas. El equipo de esta clase es la fuente del adelanto instrumental en todas sus ramas y depende de la actividad de un personal altamente capacitado y creativo, habituado a pensar originalmente y a generar sus propios instrumentos de investigación. No hace falta decir que nuestra pobreza instrumental es sobre todo notoria en este campo.

La clasificación anterior seguramente es superficial, pero facilita la reflexión en torno a los distintos problemas instrumentales que enfrenta un científico mexicano según la complejidad de sus necesidades de experimentación. Las dos primeras categorías remiten sobre todo a los problemas de presupuestos inadecuados, mecanismos de adquisición y programas de mantenimiento del equipo. La tercera, en cambio, nos pone frente a problemas estructurales de la ciencia mexicana: la pobreza de nuestras escuelas y facultades y su descuido en la formación de científicos instrumentales. Podemos revisar esta pirámide de carencias -y de urgencias- en varios aspectos.

I. Adquisición de equipo accesible en el mercado.

Varias cuestiones bloquean esta actividad que debiera ser fluida y eficiente y que está, detalles más a menos, a nuestro alcance inmediato. Los obstáculos son:

Falta de información. En general no existe en nuestro medio información suficiente para la compra inteligente de equipo. En el mejor de los casos se tiene noticia sólo de unos cuantos distribuidores, y aun esa documentación restringida nunca es completa en cuanto a precios, alternativas, últimos modelos, etc. En el caso de adquisiciones de instrumental básico de prueba, esta ignorancia se traduce en altos costos que sería fácil abatir con un mínimo de esfuerzo extra en la averiguación precisa de la oferta en el mercado.

Procedimientos de importación. Los mecanismos de importación y adquisiciones de equipo son inadecuados, lentos y, al final, sumamente costosos. No es insólito el hecho de que un equipo debidamente solicitado y pagado, tarde un año en llegar al solicitante, lo cual se traduce con frecuencia en situaciones absurdas. Por ejemplo, que el equipo llegue al laboratorio cuando la investigación en que iba a utilizarse ya es obsoleta, bien porque fue desechada, bien porque el investigador cambió el curso de sus averiguaciones.

Así, muchas veces la adquisición de un equipo caro tiene como último trámite el almacenamiento, sin que el equipo se haya utilizado jamás. De otro lado, por la lentitud con que son surtidos componentes y repuestos, las investigaciones se retrasan (algunas indefinidamente) y la larga espera de un simple componente paraliza la utilización total del equipo y la actividad del personal que lo manipula. La lentitud y las dificultades de la importación legal, frente a las urgencias del esfuerzo experimental, han dejado como única vía expedita de agilizar las adquisiciones, el conocido recurso del contrabando, la popular “fayuca”. Pero la “fayuca” es un parche ilegal, no una solución de fondo al problema.

Distribuidores poco profesionales. Salvo raras excepciones, el paso necesario a través de los representantes locales de las compañías extranjeras, añade costos innecesarios, provoca retrasos, complica la obtención de informes precisos y, por lo general, trae como consecuencia una falta de servicio adecuado para el equipo adquirido. Peor aún, aprovechando la ignorancia del medio científico en cuestiones de instrumentación, no es nada extraño que estos distribuidores ofrezcan -con éxito- equipos obsoletos o innecesariamente costosos.

Presupuestos. El porcentaje de los presupuestos institucionales dedicados a instrumentación es casi siempre bastante reducido (aproximadamente el 5%). Peor aun, tales fracciones limitadas se ejercen sin un estudio serio de sus rendimientos posibles. Así se da el caso de instrumentos sumamente caros que se pudieron adquirir, pero que no se utilizan porque, paralelamente, no se crearon las plazas para el personal calificado que hubiera podido aprovecharlo y mantenerlo. El caso inverso tampoco es insólito: la contratación de un personal capacitado y entrenado para la manipulación de un equipo que no llega jamás. Este tipo de discontinuidades, por desgracia más frecuentes de lo que se cree, provoca que los presupuestos ya de por sí exiguos rindan aún menos de lo que una aplicación eficiente conseguiría.

II. Del mantenimiento y la generación del equipo 

La carrera de obstáculos de la adquisición es sólo la primera fase del problema de la instrumentación mexicana. Al fin, como sea, los equipos científicos se adquieren, se importan (legalmente o no) y llegan a manos del investigador. Aquí aparese el segundo fantasma: el problema de mantenimiento y calibración. Los laboratorios científicos del país se hallan repletos de instrumental que apenas se usa, o que se usa por debajo de su capacidad por falta de mantenimiento y calibración. Pueden apuntarse tres causas centrales de esta situación: falta de conciencia en el personal científico que no se plantea, al adquirir el equipo, el problema de su mantenimiento; alto costo de este servicio en el mercado; falta de personal y de centros capaces de ofrecer dichos servicios.

Pese a todo, tanto el problema de la adquisición como el del mantenimiento, con ser decisivos, no son los estratégicos. Es en el campo de la creación de equipo original donde se juega el punto verdaderamente clave en el atraso o el adelanto científico del país. No existe en ese campo personal capacitado ya no digamos para generar equipos nuevos, sino ni siquiera para atender las necesidades de adaptación, conservación y manipulación de los que se emplean en la actualidad. En todo el país hay -aproximadamente- 10 centros de investigación con adiestramiento en el campo instrumental y la cifra incluye a todos los campos de la ciencia que se practican en México. Un cálculo generoso indica que esos diez centros cuentan en total con unos 50 investigadores de nivel doctoral y cerca s de 200 con maestría y licenciatura, número claramente insuficiente, sobre todo si se le compara con el total de personas dedicadas a la investigación científica en el país.

El problema de la falta de personal es, a nuestro juicio, el mas urgente, y el más decisivo. Si hubiera mas gente adiestrada en la instrumentación, se aliviarían muchos los problemas de adquisición y mantenimiento. Es también el problema clave, porque no tiene solución rápida posible y conviene reparar en él cuanto antes. Ciertamente, los presupuestos dedicados a instrumentación podrían aumentarse significativamente sin alterar en forma notable el financiamiento total destinado a investigación. Por otro lado, los mecanismos de adquisición podrían mejorarse en un tiempo reducido. Pero para empezar a resolver el problema básico -generar personal capacitado- se requerirían por lo menos cuatro años en el nivel de licenciatura y diez en el de doctorado. Estos tiempos se pueden alargar indefinidamente, pero dificilmente podrán ser acortados. Por eso es imperativo empezar; resolver el problema: si la velocidad de nuestro avance el campo instrumental fuese constante, nuestro atraso científico quizá se mantendría fijo e inclusive podría disminuir. Lo que sucede por ahora, en cambio, es que el ritmo acelerado del avance científico hace que nos atrasemos más, cada vez más.

Por último, hay que hacer notar que en el mercado de instrumentos científicos, lo que se paga al adquirir un instrumento es cada vez más el conocimiento, el know-how, y cada vez menos los componentes y los materiales de los artefactos. Es decir: en la medida que se disponga de personal capacitado, los presupuestos asignados al campo de la investigación rendirán más, ya que se estará generando localmente la parte más cara del equipo: el saber mismo.

Replantear las ciencias experimentales

Sería injusto hablar de todo esto sin sugerir, al menos, unas cuantas “soluciones”, por obvias que puedan ser. Los problemas de índole económica serían quizá los más sencillos de resolver. Para poner el problema en su perspectiva adecuada, recordemos que en 1976 (hasta antes de la devaluación) la comunidad científica gastó entre 100 y 120 millones de pesos por concepto de instrumental científico; son sumas pequeñas, si se las compara con el presupuesto de las grandes instituciones educativa o con las pérdidas (publicadas en los periódicos) de algunas empresas estatales. Sin incremento alguno de costo se puede reducir el problema burocrático de las adquisiciones. Hay que darse cuenta que por otra parte, aun si se pensara en duplicar todo el presupuesto destinado a adquisiciones de material científico en todo el país, apenas se ocuparía el 10% del presupuesto global dedicado a investigación, lo cual no traería alteraciones significativas al conjunto.

El asunto más grave y de solución más compleja es, en realidad, el de los recursos humanos. En el nivel de estudios de licenciatura, podrían tomarse medidas que arrojaran resultados a un plazo relativamente corto -dos a tres años-. Por ejemplo: revisar los planes de estudios experimentales en escuelas y facultades; apoyar los proyectos instrumentales en los institutos y centros de investigación; crear plazas para entrenamiento en los varios centros donde se produce instrumentación, y, en general, estimular por todos los medios la capacitación técnica de los estudiantes de licenciatura. Además es indispensable subrayar en la cátedra -sobre todo en los niveles formativos de los estudiantes- que las ciencias experimentales no son un derivado menor de la ciencia teórica, sino una rama de la ciencia de igual importancia, en la cual, por muchas razones, nos hallamos atrasados.

En lo que se refiere a los estudios de postgrado, surgen otros problemas. Por regla general, los grados superiores del área técnica (maestría y doctorado) se obtienen en universidades y centros de países avanzados, y mayoritariamente, en los Estados Unidos. Desde luego, la capacitación técnica que se imparte en esos centros deja pocas cosas que desear: es de primer orden. Pero hemos mencionado antes el hecho de que en esos países las universidades están en contacto estrecho con la realidad tecnológica del país y, por lo tanto, el estudiante mexicano que acude a ellos se forma en el interior de una problemática que pierde sentido en cuanto él regresa a nuestro país. No es fácil para el recién egresado volver a nuestra realidad y el impulso es seguir adelante en México con los lineamientos y las preocupaciones del contexto científico y social que lo rodeó en el extranjero. La otra opción, cada vez más practicada, es abandonar México.

Por este factor de “aculturación”, entre otras muchas razones, es necesario replantearnos el problema de las ciencias experimentales. Jamás lograremos tener las facilidades de los países desarrollados; la diferencia en presupuestos, recursos técnicos y personal es (y seguirá siendo) demasiado grande. Si tratamos de imitar y seguir ciegamente las corrientes que prevalecen en ellos, a lo más que podremos aspirar es a producir copias mediocres. Por otro lado, tampoco se debe caer en un provincianismo que cierre los ojos a los adelantos de la ciencia mundial. En suma, la única ruta abierta es la del uso y adaptación inteligente de esos adelantos a nuestro medio y nuestra realidad. Para esto, desgraciadamente, no hay ninguna receta, pero es claro que la respuesta vendrá de la gente capacitada técnicamente en nuestro medio. Y será una respuesta más creativa y suficiente, mientras más gente de esta clase exista en el país.

Por ultimo, es indudable que en los países desarrollados, el conocimiento “puro” aporta nuevas y mejores herramientas al desarrollo tecnológico. Pero es indudable también que para convertir tales conocimientos en artefactos y productos tecnológicos, es indispensable la presencia de una infraestructura industrial, técnica y comercial de la que México carece. Dada esta carencia básica, uno debiera preguntarse con seriedad si la relación mutuamente alimentadora entre ciencia y tecnología puede darse en nuestro país. o si debiéramos diluir ese espejismo y redefinir la relación entre ciencia y tecnología, encauzarla por un camino distinto, acorde a nuestra realidad: adaptar, tecnificar, crear instrumentos científicos según nuestras necesidades y no seguir matando mosquitos con bazukas. Nuevamente, el eje de esta redefinición y su posible práctica ajustada a nuestras exigencias, sólo puede esperarse de una nueva generación de personal científico adiestrado sólidamente en los problemas de la instrumentación.