Abrimos esta sección, dedicada al rescate de ensayos clásicos y sobre clásicos, con un texto del crítico y profesor inglés Herbert Read (1893-1968) sobre el cronista Jean Froissart que vivió en el siglo XIV. Apareció originalmente en Essays in Literary Criticism (Faber and Faber, 1938). Ha sido traducido y editado por Luis Miguel Aguilar.

Sire Jean Froissart escribió sus Crónicas al final de la Edad Media y en este hecho más que en ningún otro yace su particular interés. Froissart es el último testigo de la vida de una época y escribió consciente de la plenitud de esa época —consciente, podría uno pensar, casi de su desintegración. Hay algo de premonitorio en el modo en que este ansioso hombrecito (tal vez no hay evidencia de que era pequeño, ni aun de que era delgado, pero un hombre tan activo corporalmente y un tan vivaz observador sugiere ese aspecto) iba por Europa de arriba abajo en busca de noticias, ávido de estar en la escena de los grandes eventos, o al menos para entrevistar, cuaderno en mano, sin restricciones, a quienes habían participado en estos eventos. “Sa nature vive, mobile, toujours à la fenêtre” (“Su naturaleza viva, móvil, siempre en la ventana”) es la excelente frase de Sainte-Beuve para las cualidades de Froissart. Tenemos un muy buen retrato de sus métodos en el primer capítulo de su Libro Tercero. Hacia el final de su libro previo se ha ocupado de asuntos concernientes a la historia de su propio país, Flandes, que culminan con la Paz de Gante, 1385.

Entonces [escribe Froissart] al ver que había paz entre el duque [de Borgoña] y los de Gante, y como mucho me fastidiaba estar ocioso, porque bien sabía que luego de mi muerte esta alta y noble historia habría de tener su gran curso, y en ella encontrarían gran placer y deleite diversos hombres de la nobleza; y como aún, gracias a Dios, tengo el entendimiento y la memoria de todas las cosas pasadas, y mi ingenio es agudo y claro para comprender todos los hechos que me fueron expuestos y concernientes a mi materia principal, y como mi cuerpo aún puede soportar y sufrir dolor; al tomar en cuenta todo esto, pensé que no dejaría de perseguir mi propósito inicial; y con la intención de conocer la verdad de los hechos ocurridos en tierras lejanas di con la ocasión de presentarme ante el alto y poderoso príncipe Gaston, conde de Foix y de Bearn: bien sabía yo que de obtener la gracia de entrar a su casa y estar ahí a mi antojo, en ninguna otra parte del mundo encontraría mejor información para mi propósito, porque allá acudían todo tipo de caballeros y escuderos de otras partes, por la gran nobleza del mencionado conde. Y lo hice tal y como lo había imaginado, y le expuse mis intenciones a mi dignísimo señor el conde de Blois, y él me dio cartas de recomendación para el conde de Foix. Y cabalgué largo sin daño o peligro para llegar a su casa llamada Orthez en el país de Bearn el día de Santa Catalina el año de gracia de mil trescientos ochenta y ocho. Y el mencionado conde, tan sólo al verme, me saludó con jovialidad y sonriendo dijo que ya me conocía, aunque nunca antes me hubiera visto, porque con frecuencia había oído hablar de mí; así que para mi gran alivio me acogió en su casa con la ayuda de las cartas credenciales que le traje, de modo que pudiera estar ahí a mis anchas; y ahí tuve información de cómo iban las cosas en los reinos de Castilla, Portugal, Navarra, y Aragón, en efecto, y en el reino de Inglaterra y en el país de Bourbonnais y Gascogne. Y el conde mismo, a cualquiera de mis preguntas me contestaba todo lo que sabía, diciéndome cómo la historia que había yo empezado sería en lo venidero más elogiada que cualquier otra; y el motivo, decía, era este: en los cincuenta años pasados hubo en el mundo hechos de armas más maravillosos que en los trescientos años anteriores. Así que en la corte del conde de Foix fui apreciado y estuve a mis anchas. Lo que más quería saber eran noticias concernientes a mi materia, y tuve a mi disposición señores, caballeros y escuderos siempre para informarme, y también al mismo conde tan gentil.

He citado este pasaje no sólo porque muestra a Froissart en acción, sino también porque hay frases que revelan su clara conciencia del resplandor de la época cuyos hechos estaba destinado a registrar, igual que la alta idea que tenía de su propio trabajo al registrarlos. “Porque sé bien que [a mi muerte] esta noble y alta historia habría de tener su gran curso”: no tenemos inclinación alguna a cuestionar esta confiada profecía, y menos a cuestionar su certeza de que él entiende y recuerda todas las cosas pasadas, y de que un ingenio claro y agudo como el suyo comprende “todos los hechos que me fueron expuestos”. Froissart supo que vivía en una gran época; ¿acaso no Gaston de Foix, un conde “tan perfecto en todo que cualquier elogio queda corto”, creía que en esos cincuenta años habían sucedido “hechos de armas más maravillosos que en los trescientos años anteriores”? Los “trescientos años anteriores” abarcaban toda la época de la caballería, y ahora con sólo cincuenta años, los cincuenta años cubiertos por la crónica que Froissart había escrito, esa época gozaba ya de una gloria firme. Esto, por un lado; por el otro, en una época en que pocos hombres eran capaces de escribir crónicas, y esos pocos se conocían entre sí de modo inevitable, era seguro concluir que él, Sire Jean Froissart, estaba, por la gracia de Dios, destinado a ser el único cronista contemporáneo de esta época maravillosa; de ahí en adelante la época y la crónica tendrían una gloria inseparable.

 

Empezamos diciendo que la principal relevancia de Froissart estriba en que él fue el mejor de todos los reporteros del ideal prehumanístico de vida; por tanto vemos en primer término que en el mismo acto de reportar la vida de su época Froissart logró un arte de prosa que bien desearíamos emular. En todos los estilos vigorosos hay una dependencia directa de una observación inmediata de los hechos naturales. Este es el método instintivo de toda épica, y no podemos abrir la Biblia o la Ilíada, o la Edda, o el Cantar de Roldán, sin encontrarse de inmediato con estas imágenes realistas. No hay nada en la expresión humana que rivalice con la fuerza de una poesía tan vívida y elemental, y aunque las palabras “genio” e “inspiración” pueden acudir con presteza a nuestras lenguas para dar una explicación fácil de estas virtudes magníficas, nos ataja la ausencia de algún individuo preciso al que otorgarle estas cualidades: la virtud de estas épicas es inseparable de su anonimato. Ese es un tema del que no debemos ocuparnos ahora, pero su sola mención basta para advertirnos de que ante un individuo como Froissart debemos ser cuidadosos de no atribuirle a su individualidad lo que le pertenece a su época. Podemos darle crédito absoluto a su entendimiento y a su ingenio rápido y agudo para comprender todos los hechos: estas, sin embargo, han sido las características de los buenos historiadores en todas las épocas. Pero sólo en las épocas heroicas tales virtudes conducen a un estilo vívido y sencillo, porque las épocas heroicas son las únicas en que los hombres viven en contacto diario con la naturaleza; en otros tiempos se encierran ellos mismos en cortes y pasillos, y en vez de fuerza nos dan ingenio.

Ilustración: José María Martínez

La crónica de Froissart no es una épica. Una crónica es sólo el material crudo de una épica. Hay un elemento temporal en las leyes que gobiernan la formación de una épica: exige distancia en la memoria y perspectiva en el diseño; necesita más que un punto de vista individual. Conforme la historia pasa de una generación a otra, se vuelve más definida, más compacta; lo que no es apto para la memoria queda olvidado. Lo que permanece es lo eternamente significativo. La virtud de una crónica, sin embargo, yace tanto en sus digresiones como en su tema principal; hay en Froissart largos pasajes que tienen grandeza épica —iremos a ellos en breve—; hay otros, como la historia del señor de Corasse y su espíritu familiar Orthon, que son tan fantásticos como un cuento de hadas; y hay muchos otros, en su mayor parte registros detallados de maniobras y campañas, tan tediosos como las historias desecadas a las que condenan a los niños de escuela. Pero la virtud característica de la crónica está justamente en sus digresiones; de aquí toma su particular viveza. En el incidente que sigue, que tiene todas las cualidades de una buena historia de aventuras —velocidad, suspenso, visibilidad— son los detalles incidentales los que brillan de modo significativo: el sayo del sirviente, la pobre sala “negra de humo”, el pequeño entarimado y una escalera de “siete escalones”, una mujer pobre sentada junto a un fuego con un niño en brazos, y su respuesta pronta a los soldados de Gante: “Acabé de salir apenas a descargar unas poquitas aguas y cerré de nuevo mi puerta”.

Y al oír el conde estas nuevas, muy duras para él, sintió una gran vergüenza y se imaginó el peligro en el que estaba. Entonces siguió el consejo de no seguir adelante, sino salvarse él mismo si podía, y luego siguió su propio consejo. Ordenó que se apagaran todas las antorchas y luego dijo a quienes estaban a su alrededor: “Veo bien que no nos recuperaremos: que cada hombre parta y se salve como pueda”. Y se hizo como lo mandó. Apagaron las antorchas y las tiraron por las calles, y todos los hombres partieron. El conde se metió entonces en una calleja trasera y le dijo a un sirviente suyo que lo desarmara, y arrojó su armadura, se puso un viejo sayo de su sirviente y le dijo: “Aléjate de mí y sálvate si puedes; y guarda la lengua, y si caes en manos de tus enemigos, y si te preguntan cualquier cosa sobre mí, no se sepa que estoy en el pueblo”. Él dijo al responder: “Señor, antes muerto que hablar cualquier palabra de ti”. Y ahí dejó todo sólo al conde de Flandes…

Así que a eso de la medianoche el conde fue de calle en calle y por callejas traseras, hasta que al final le alegró encontrar una casa, porque de otro modo los de Gante darían con él. Y así, mientras iba por el pueblo, entró a la casa de una pobre mujer, casa que no estaba a la altura de tal señor. No había otro salón, palacio ni recámara; no era sino una casa pobre y humosa. Nada más había una pobre sala, llena de humo, y encima un pequeño entarimado y una escalera de siete escalones para trepar. Y sobre la tarima había un pobre sofá, donde dormían los hijos de la pobre mujer. Entonces el conde, con dolorosa vergüenza y temblando, dijo al entrar: “Buena mujer, sálvame: soy tu señor el conde de Flandes. Pero ahora tengo que esconderme, porque mis enemigos me persiguen, y si ahora eres buena conmigo, voy a recompensarte después”. La pobre mujer lo conocía bien porque muchas veces había estado a su puerta para pedir limosna y lo había visto con frecuencia mientras él salía de caza y regresaba. Y de inmediato, como lo exigía el momento, ella respondió, porque con cualquier demora al conde lo habrían agarrado hablando con ella junto al fuego. Entonces ella dijo: “Señor, sube esta escalera, y métete bajo la cama que encuentres, ahí donde duermen mis hijos”. Y mientras tanto la mujer se sentó junto al fuego con otro hijo que tenía en brazos. Entonces el conde trepó al entarimado, y se arrastró bajo el sofá y se acostó todo lo plano que pudo. Y en ese momento incluso algunos de los soldados de Gante entraron en la casa porque decían que vieron entrar a un hombre en la casa antes que ellos. Así que se encontraron a la mujer sentada junto al fuego con su hijo. Entonces dijeron: “Buena mujer, ¿dónde está el hombre que vimos entrar antes que nosotros en esta casa, y que cerró la puerta detrás de él?”. “Señores”, dijo ella, “no vi a ningún hombre entrar a la casa esta noche. Salí justo ahora a descargar un poquito de aguas y cerré mi puerta de nuevo. Si alguien estuviera aquí, no sé cómo podría esconderlo. Aquí ven todo lo que tengo en esta casa. Aquí pueden ver mi cama, y aquí sobre este entarimado duermen mis pobres hijos”. Entonces uno de ellos tomó una vela y trepó la escalera y puso su cabeza sobre el entarimado, y no vio ahí otra cosa que el pobre sofá donde los niños estaban acostados y dormían. Luego de mirar les dijo a sus compañeros: “Vámonos de aquí; perdimos lo más por lo menos: la pobre mujer dijo verdad; aquí no hay más creaturas que ella y sus hijos”. Y se fueron de la casa. Después nadie entró de nuevo a causar ningún daño. El conde oyó muy bien todas estas palabras mientras estaba bajo el pobre sofá.

Este largo pasaje le hace justicia a las cualidades literarias de Froissart. Si Froissart hubiera dependido tan sólo de sus méritos como un maestro de la prosa narrativa, su reputación en Francia habría sido más grande de lo que es. Como historiador quizás ha sufrido un poco de los prejuicios nacionalistas de sus lectores. Froissart no era francés; era nativo de Valenciennes en Hainault. Philippa de Hainault era reina de Inglaterra y sin duda los intereses y los asuntos de ese reino estaban más próximos al entendimiento de Froissart por la misma razón. Por otro lado Froissart tenía un conocimiento excepcional de Inglaterra y de la vida y el carácter ingleses. Fue a Inglaterra en 1361 a presentarle un libro suyo a la reina Philippa, y se quedó unos cinco años en la corte inglesa. Viajó “por casi todo el reino de Escocia”. Hizo una segunda visita a Inglaterra antes de la muerte de la reina en 1369 y volvió de nuevo en 1394-5. Es de dudarse que el sentimiento nacionalista tuviera fuerza por todas partes en la Edad Media; un sentimiento más fuerte era la devoción a un príncipe particular: el nexo era directo y tangible, de persona a persona; no un sentimiento abstracto como el patriotismo. La nacionalidad del mismo Froissart nunca es muy evidente; esa es parte de su fuerza, ya que la imparcialidad del historiador no es sólo la virtud esencial de su oficio; es también la cualidad que le otorga a la historia uno de los atributos de un arte universal.

Sainte-Beuve, en todo caso, le ha hecho justicia a Froissart al llamarle a su crónica el libro del honor, la Biblia de la caballería. Vale la pena insistir en este aspecto. La filosofía de la Edad Media está abierta a quien quiera leerla; la Summa de Santo Tomás de Aquino es una guía completa a la vida intelectual de la época, y las formas de su vida imaginativa pueden rastrearse en la Divina Comedia. Pero la vida contemporánea de la acción, de la que se alimentaban la imaginación y el intelecto, es más oscura. De los registros que existen, las grandes crónicas de Villehardouin, Joinville y Froissart son de modo incomparable las más completas; pero si sólo fuera porque él viene al último y registra más, la de Froissart es la más iluminadora.

Contra los cronistas se sostiene que en su día se interesaban exclusivamente en los señores de la guerra sin pensar en la gente común. Tal queja se enraiza en un curioso prejuicio. Debido a que la gente común, incluidos los burgueses que sólo fueron segregados a una clase en una época posterior, han asumido una función tan importante en el estado democrático, se asume que la misma clase debió tener una función importante en la era feudal. Como aguadores y artesanos sin duda eran esenciales para la economía del país; pero su estatus era en realidad el de la servidumbre, y mostrar cualquier interés particular en su vida social es sólo una reflexión hacia atrás de un sentimiento humanitario moderno. La corriente principal de la historia en la Edad Media no los tomó en cuenta; ni por sus cualidades en la función económica ni por su importancia social merecen más atención de la que realmente obtienen en una crónica como la de Froissart. Y realmente obtienen mucha. En el pasaje citado tenemos un retrato íntimo de un interior casero. En su recuento de la revuelta de Jacquerie de 1357, y de modo especial en la extensa y detallista narración consagrada al levantamiento de Wat Tyler, Froissart muestra lo dispuesto que estaba a abandonar las proezas de sus caballeros para relatar la historia de la gente común en cuanto sus actividades los ponían por encima de la insignificancia de la servidumbre. La historia toda de Wat Tyler está contada con tal vivacidad dramática que sorprende el que no se haya vuelto la posesión familiar de cada hogar inglés. Es cierto que Froissart es muy imparcial como para tener una opinión muy favorable de los rebeldes; eran “groseros” en sí mismos y sus líderes eran “tontos”. Pero él presenta su caso con justicia y a detalle, desde las mismas palabras que John Ball usó para predicar en el claustro de Canterbury, hasta la escena final en que la conducta insolente de Wat Tyler en presencia del rey Ricardo le costó la vida.

Froissart pudo fácilmente tomar esta oportunidad y hacer un contraste entre los caracteres de Wat Tyler y el rey joven, este último tan valiente y capaz en la ocasión; pero moralizar no es parte del negocio del cronista; o tal vez Froissart daba por hecho su propio código de valores. Pero al final de su recuento de la revuelta campesina hay un párrafo sobre cierto caballero, Sir Guichard d’Angle, que es interesante porque nos da una lista resumida de tales valores:

Y durante la misma temporada murió en Londres un caballero llamado sir Guichard d’Angle, conde de Huntingdon y jefe de la nobleza por el rey. Fue enterrado con reverencia en la Orden de predicadores en Londres. Y en el día de sus exequias ahí estaban el rey, sus dos hermanos, su madre la princesa, y un gran número de prelados, barones, y damas de Inglaterra, y ahí le rindieron gran honor. Y en verdad que este gentil caballero era muy digno de honor; porque en su tiempo tuvo todas las nobles virtudes que un caballero debía tener. Era jovial, genuino, amoroso, sabio, secreto, generoso, bravo, fuerte, animoso y caballeroso.

Estas son las diez virtudes del caballero medieval; Froissart escoge bien las palabras y cada una indica un aspecto de gracia secular. Cómo entendía Froissart algunas de estas palabras se muestra bien en su registro de Gaston de Foix:

Este conde Gaston de Foix, con el que yo estaba, en ese tiempo tenía cincuenta y nueve años de edad; y digo que en mi tiempo he visto muchos caballeros, reyes, príncipes, y otros, pero nunca vi a uno tan distinguido como él, ni de formas tan atractivas ni de tan buena hechura. Su rostro sereno, entusiasta y sonriente, sus ojos alegres y cariñosos, mientras él se acercaba mirar: era tan perfecto en todo que cualquier elogio queda corto. Amaba lo que debía amarse y odiaba lo que odiarse debía. Era un caballero de alto empeño y de buen consejo; nunca fue un incrédulo: a diario rezaba muchas oraciones, salmos nocturnos, maitines de nuestra Señora, del Espíritu Santo, de la cruz. Todos los días a la puerta de su casa y por amor a Dios daba a los pobres cinco florines en moneda fragmentaria. Era generoso y cortés en dádivas: sentía un deber tomar de lo suyo y cederlo a otros. Le gustaba cazar todo tipo de bestias; en invierno y en verano amaba la caza. Nunca gustó de la mezquindad ni de la largueza a lo tonto: cada mes sabía lo que gastaba. En su país, para que le dieran servicio y recabaran sus rentas públicas, contrató a personas notables, vale decir a doce depositarios, y siempre de dos meses en dos meses dos de ellos ejecutaban la cobranza; y al fin de los dos meses cambiaba y ponía a otros dos en ese cargo, y otro en quien más confiaba era el contralor, todos los demás debían rendirle cuentas y el contralor en rollos y libros escritos debía rendirle cuentas últimas al conde. Tenía algunos cofres en su recámara de los que con frecuencia tomaba dinero para dar a los señores, caballeros y escuderos, tantos como a él vinieran, porque nadie debía despedirse de él sin recibir un regalo; y no obstante a diario multiplicaba su tesoro para enfrentar las contingencias e infortunios que temiera. Era de trato bueno y fácil con todos los hombres y hablaba amablemente con ellos. Era breve al aconsejar y al responder. Tenía cuatro secretarios, y en cuanto él se levantara debían estar disponibles aunque él no los llamara, y cuando acababa de leer una carta que le había llegado los llamaba para escribir la respuesta, o para cualquier otra cosa.

En tal estado vivía el conde de Foix; y a medianoche cuando salía de su recámara rumbo al salón para la cena, tenía siempre ante él a doce antorchas sostenidas por doce sirvientes de pie ante la mesa. Daban una gran luz y el salón siempre estaba lleno de caballeros y escuderos, y varias otras mesas para quien cenar quisiera. Nadie iba a hablarle a su mesa, a menos de que él lo llamara. Su alimento era ligero, sólo piernas y alas de aves silvestres, y durante el día comía y bebía muy poco. Tenía gran gusto por la música y tocaba bien los instrumentos; pedía que le cantaran canciones. En su mesa presenciaba fantasías y caprichos y luego los mandaba a otras mesas.

Brevemente he examinado y dado cuenta de todo esto; antes de llegar a su corte estuve en muchas cortes de reyes, duques, príncipes, condes y grandes damas, pero nunca estuve en una que me gustara tanto, ni supe de nadie que tuviera más regocijo que el conde en los hechos de armas y de amores: ahí se hallaba todo el honor, ahí podían oírse todas las noticias de cada reino y país, porque de cada país había concurrentes para presenciar la valentía de este conde.

La historia que sigue, de la manera en que murió Gaston el hijo del conde, no es muy placentera para nuestras susceptibilidades modernas. El conde se había negado a ser el fiador por cincuenta mil marcos de su cuñado, el rey de Navarra. Por tanto su esposa lo había dejado para irse a vivir a la corte de su hermano. Unos años después, cuando Gaston el hijo del conde tenía quince o dieciséis años, se le permitió ir a Navarra a ver a su madre. Cuando estaba pronto al regreso el rey de Navarra le dio una bolsita de polvo indicándole que la guardara en secreto pero que en alguna oportunidad favorable le pusiera un poco del polvo a la comida de su padre —para que “tu padre ame de nuevo a tu madre”. Gaston llevó la bolsa escondida en su ropa, pero no pudo esconderla de su hermano bastardo Yvain, con quien dormía. Un día Gaston e Yvain “discutieron mientras jugaban tenis”, y Gaston golpeó a Yvain, “y el niño fue a la recámara de su padre y lloró”. Entonces le dijo al conde que Gaston llevaba escondida en el pecho una bolsa de polvo, y el conde le ordenó que no dijera nada. Pero esa noche en la cena llamó a Gaston, descubrió la bolsa y se la quitó. Esparció un poco de polvo en un plato con pan y se lo dio a un perro; “y apenas el perro se había comido el primer bocado, los ojos se le extraviaron y murió en el acto”. Al ver esto el conde sacó un cuchillo y habría matado a su hijo ahí mismo de no ser porque sus caballeros y escuderos lo sujetaron y le rogaron que primero averiguara sobre el asunto. El joven fue arrojado a una habitación oscura, donde estuvo diez días y se negó a comer, “y hablaba consigo mismo y estaba lleno de melancolía y le dio por maldecir el tiempo en que nació y fue engendrado, para acabar de esta manera”. Mientras tanto el conde tomó a quince de los escuderos que servían a su hijo y en la mera sospecha de que sabían del secreto de Gaston los mandó matar “del modo más horrible” —“lo cual”, dice Froissart, “fue una gran pena, porque algunos de ellos eran de los escuderos más sanos y alegres en todo el país, porque al conde le servían siempre hombres buenos”. Entonces se le informó al conde que su hijo se moría de hambre y el conde fue a visitarlo; “y en mala hora tenía en su mano el mismo cuchillito con el que se cortaba las uñas. Abrió la puerta de la prisión y fue hacia su hijo y tenía el cuchillito salido una pulgada de su mano, y con gran disgusto llevó su mano a la garganta de su hijo, y la punta del cuchillo entró por su garganta y llegó a cierta vena, y dijo: ‘Ah, traidor, ¿por qué no te comes tu carne?’ y con eso el conde salió sin hacer o decir más y se fue a su propia recámara. El muchacho estaba avergonzado y temeroso de la visita de su padre, y también estaba débil por el ayuno, y la punta del cuchillo había entrado un poco en la vena de su garganta, así que cayó de pronto y murió”. El subsecuente remordimiento del conde no nos ciega ante la crueldad esencial de su conducta. No podemos ignorar, de hecho, a todo lo largo de estas crónicas, la presencia de lo que podríamos llamar una cierta inhumanidad. La vida humana no era muy valorada; no se le tenía respeto como una posesión sagrada del individuo, antes que todos los otros valores. Pero antes de que condenemos a la Edad Media por esta severa característica, hay varias preguntas que podríamos hacernos. Podríamos preguntar: ¿con cuánta firmeza hemos erradicado nosotros mismos la inhumanidad del hombre hacia el hombre? Con diez millones de muertos aún pudriéndose en el suelo de nuestros campos de batalla, no podemos dar una respuesta confiada a esa pregunta; “murieron del modo más horrible”. En la vida moderna podríamos mencionar muchas crueldades más despreciables; pero pasemos a una pregunta más importante: ¿son los ideales positivos, que nos involucran en una recta condena a la inhumanidad de la Edad Media, mucho más admirables que los ideales que implicaban a esa inhumanidad? Más concisamente: ¿estamos seguros de que los ideales del humanismo son en cualquier sentido más admirables que los ideales de la caballería?

El humanismo, que a pesar de sus muchas facetas ha permanecido como una tradición coherente desde el Renacimiento, puede definirse de muchos modos, pero quizá su solidez puede reducirse a la creencia esencial en un dogma: la autosuficiencia del hombre natural —la creencia de que los únicos valores que importan son los valores humanos. Describo esta actitud como una creencia, pero la mayor parte de la gente la llamaría un hecho. T. E. Hulme, en su ensayo sobre “Humanismo y actitud religiosa” (Speculations, 1924), señaló la gran importancia de doctrinas de las que se piensa no como doctrinas, sino como hechos. “Hay ciertas doctrinas que durante un periodo particular no parecen doctrinas, sino categorías inevitables de la mente humana. Los hombres no las ven nada más como opinión correcta, porque ya se han vuelto de tal manera parte de la mente, y vienen desde tan atrás que en realidad nunca están de veras conscientes de ellas. No las ven, sino que ven otras cosas a través de ellas. Son estas ideas abstractas en el centro, las cosas que ellas dan por hecho, las que caracterizan un periodo”. El ensayo de Hulme (difícil pensar en un ensayo que haya hecho tanto para clarificar las ideas de una generación) es un intento para distinguir los hechos doctrinales de dos periodos, la Edad Media y el Renacimiento, los periodos religioso y humanista. Si, al leer literatura medieval, particularmente literatura secular como las crónicas, pudiéramos tener en la cabeza esta diferencia básica en la composición real del mundo de los “hechos”, tendríamos una comprensión más justa de mucho que parece inhumano en la vida de ese tiempo.

En la Edad Media estos “hechos” fueron, según Hulme, “la creencia en la subordinación del hombre a ciertos valores absolutos, la imperfección radical del hombre, la doctrina del pecado original. Todos estarían de acuerdo con la afirmación de que los hombres en la Edad Media sostenían estas creencias. Pero eso no es suficiente. Es necesario darse cuenta de que estas creencias eran el centro de toda su civilización, y que incluso la naturaleza de su vida económica estaba regulada por ellas —particularmente por el tipo de ética que surge de la aceptación del pecado como un hecho”.

Leer a Froissart es una educación en esta verdad. Por todas partes hay evidencia de que la vida en efecto se subordinaba a ciertos valores absolutos. En el mundo secular, el mundo laico de caballeros y escuderos, tales valores se resumen en la palabra caballería; y en la crónica de Froissart tenemos la expresión suprema de estos valores. El error de Hulme fue considerar a la ideología de la Edad Media como algo exclusivamente religioso. Los ideales de la caballería y de la Cristiandad son más complementarios que idénticos. Los ideales de la caballería tomaron forma bajo el mismo énfasis que los ideales de la Cristiandad, pero lo uno como filosofía de acción, lo otro como filosofía de meditación. Los caballeros fueron en cruzadas a Tierra Santa a rescatar la tumba de Cristo de los infieles, pero el espíritu que los inspiraba no era específicamente religioso. La tumba de Cristo era el símbolo de la aflicción que debía aliviarse, del honor que debía redimirse. Era una causa, un estandarte, una prenda de gloria. Difería sólo en grado de la prenda de amor. Es imposible privar a la caballería de sus adornos mundanos, ¿y por qué querríamos hacerlo? Tal vez esta época fue sabia al mantener en planos distintos los ideales del hombre de acción y los del hombre de Dios.

En Poitiers, mientras el Príncipe Negro (Eduardo III) cabalgaba e irrumpía entre sus enemigos, “a su derecha vio que en un pequeño arbusto yacía muerto el señor Robert de Duras con su estandarte junto a él, y a diez o doce de sus hombres alrededor. Entonces el príncipe les dijo a dos de sus escuderos y a tres arqueros: ‘Señores, pongan el cuerpo de este caballero en una tarja y llévenlo a Poitiers, y preséntenlo a mi nombre ante el cardenal de Perigord, y díganle cómo le muestro respeto con esta señal’. Y así se hizo. Al príncipe le habían informado que los hombres del cardenal estaban en el campo peleando contra él, lo cual no era propio del orden justo de las armas, ya que los hombres de la iglesia que iban y venían gracias a un tratado de paz no debían portar armadura ni pelear por ninguna de las partes; debían ser indiferentes; y porque estos hombres habían obrado así, el príncipe estaba digustado con el cardenal, y por tanto le envió muerto a su sobrino el señor Robert de Duras”.

Antes de la batalla el cardenal de Perigord fue bienvenido para que mediara; había ido libremente de un campo a otro en un vano intento de lograr un tratado honorable entre el príncipe y el rey Juan de Francia. Como clérigo, el príncipe lo consideraba al margen del conflicto en la batalla. La presencia de sus siervos en el lado francés de la batalla no podía verse sino como una vulgar traición. Se habían confundido los órdenes espirituales.

El Príncipe Negro es el ideal del hombre de acción, el ideal de la caballería, “valeroso y cruel como un león”. En su discurso previo a la batalla, el instinto para la acción yace en un lado claramente distinto al de su verdadera devoción a Dios; el instinto y la inteligencia van juntos, pero sin confundirse:

Ahora, señores, aunque somos un pequeño número comparado con el poder de nuestros enemigos, no nos sintamos consternados por eso; porque la victoria no está donde hay una multitud de gente sino donde Dios ha de mandarla. Si por fortuna la jornada es nuestra, seremos la gente más respetada de todo el mundo; y si morimos en nuestra justa contienda, tengo al rey mi padre y a mis hermanos, y ustedes tienen también buenos amigos y parientes; ellos habrán de vengarnos. Por tanto, señores, por el amor de Dios les pido que este día cumplan con sus deberes; porque si a Dios y a San Jorge les place, este día me verán comportarme como un buen caballero.

Dios está con los justos; pero no le es dado al hombre asumir que sabe qué lado es el justo. Para el hombre está luchar con valentía y perseguir a sus enemigos. Pero la pasión y el prejuicio que perduran cuando la batalla termina, no se conocían entonces. El odio nacional sostenido como un sentimiento y algo independiente de una sanción objetiva parece el resultado de creer en la autosuficiencia del hombre, lo que tomé atrás como una característica del humanismo. En la época de Froissart era distinto; luchar limpiamente significaba luchar sin rencor y al cabo darle a tu enemigo todo el trato honorable cifrado en el código de la caballería. Luego de la batalla de Poitiers, cuando llevan prisionero al rey de Francia ante el Príncipe Negro, “el príncipe le hizo al rey una amplia reverencia y ordenó que trajeran vino y especias, y él mismo le sirvió al rey en señal de gran amor”. Y más aún:

Por la noche del mismo día de la batalla el príncipe ofreció en su morada una cena al rey de Francia y a la mayoría de los grandes señores que estaban prisioneros. El príncipe hizo que el rey y su hijo, el señor Jacques de Bourbon, el señor Jean D’Artois, el conde de Tancarville, el conde de Etampes, el conde de Dammartin, el conde de Joinville y el señor de Parthenay se sentaran todos en una sola mesa, y los otros señores, caballeros y escuderos en otras mesas; y el príncipe siempre le sirvió al rey con tanta humildad como pudo, y no se sentó a la mesa del rey aunque fue el deseo que el rey expresó, por decir que él no era bastante como para sentarse a la mesa de un príncipe tan grande como el rey. Y entonces le dijo al rey: “Señor, por amor de Dios que no haya ningún festejo grande ni miserable, aunque Dios este día no se avino a seguir tu voluntad; porque, señor, seguramente el rey mi padre te dará tanto honor y amistad como pueda, y acordará contigo tan razonablemente que siempre serán amigos en lo que haya de venir. Y, señor, me parece que debes alegrarte, aunque la jornada no fue como hubieras querido, porque este día has ganado el alto renombre de la proeza y este día todos los tuyos actuaron de modo valiente. Señor, no digo esto para burlarme, ya que todos los que están de nuestro lado, que vieron las acciones de todos, acuerdan sin más y en dictamen verdadero concederte el galardón y la guirnalda”. Los franceses enseguida comenzaron a murmurar y hablaban entre sí de cómo el príncipe había hablado noblemente, y que bajo cualquier opinión probó ser un hombre noble, y Dios le enviara vida y lo hiciera perseverar en tan buena fortuna.

Distinguir entre caballería y Cristiandad, entre el hombre de acción y el hombre de contemplación, no es perder de vista la primacía de los valores espirituales. El caballero de verdad siempre era devoto. Su diferencia ocasional con el hombre de Dios era parte de aquel realismo ético implícito en la doctrina del pecado original. Ningún hombre es infalible. Dios está con los justos. Pongamos el asunto bajo la prueba de nuestra propia valentía, y con quien Dios esté, prevalecerá.

La gloria que los hombres obtenían en esta fe sencilla es la sustancia de la crónica de Froissart. Quizá la fe de los hombres de acción tiene siempre esta sencillez. La fe de los hombres de meditación es más compleja: es más emocional. El hecho de que a estas crónicas no les concierne esta otra fe no significa que el cronista fuera indiferente a su existencia. Contemporánea de Joinville, y en el lado opuesto de Froissart y todas las crónicas de acción mediavales, está la Leyenda dorada, en la que se da cuenta de la gloria más feroz, la de los santos. La Summa de Santo Tomás de Aquino, la Leyenda dorada, la Divina Comedia de Dante y la crónica de Froissart se compusieron todas en unos cien años. Juntas representan hoy el complejo logro de la Edad Media y en lo individual expresan el genio de esa época en el pensamiento, la palabra, el acto, y en el amor a Dios. Tal vez otras épocas han superado a la Edad Media en la expresión de uno de estos aspectos de la vida; ninguna ha tenido la virtud necesaria de combinarlas todas en tal esplendor.

Las páginas de Froissart están vívidas con el brillo personal de los hombres que consiguen la gloria. Aquí no se da el asunto, como en el caso de Malory, de un autor que idealiza una época olvidada. Froissart es el reportero objetivo de los eventos que ocurrieron en su propio tiempo, a veces bajo sus propios ojos. Claro que era consciente de la gloria de los hechos que registraba; pero no como nosotros lo somos. Para Froissart la gloria era la medida de todas las cosas, la corona de todas las virtudes. Para nosotros se ha vuelto algo remoto y elusivo; incluso algo romántico y literario. Hemos perdido el sentido de la gloria porque hemos perdido el hábito de la fe. Ni amamos con suficiente profundidad, ni sentimos con suficiente profundidad, ni pensamos con suficiente profundidad, para gozar la sanción más impresionante de la vida.

1938

 

Herbert Read