El 10 de abril se cumplieron 100 años del asesinato de Zapata, y el gobierno federal ha decretado al 2019 como “Año del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata”. En contrapunteo a los ánimos celebratorios y mitográficos que seguramente han de prevalecer, estos textos mensuales recuerdan otras historias que reflejan las aspiraciones y el devenir de aquel movimiento popular, sepultadas por el tiempo y por nuestra recurrente ansia de redención.

El corazón del proyecto zapatista de la Revolución fue una apuesta en pro del municipalismo, con la lucha por la tierra como uno de sus componentes. Como se explicó anteriormente (“El alma perdida del Plan de Ayala”, nexos, junio 2019), el zapatismo quiso fortalecer las facultades democráticas de autogobierno a nivel local, no sólo porque eran la expresión inmediata de la soberanía popular, sino también por considerarlas un elemento indispensable para el restablecimiento de la justicia y la paz.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Acerca de estos ideales zapatistas hay dos malentendidos comunes, que son más bien distorsiones de su significado concreto. El primero tiene que ver con una confusión entre autonomía y autarquía. “Autarquía” es poder absoluto o autosuficiencia, mientras que “autonomía” se refiere simplemente a potestades particulares de autogobierno, que por definición son limitadas y no excluyen la existencia de otros poderes superiores de carácter extralocal. El movimiento zapatista pugnó por la autonomía municipal, no por la autarquía. Si bien su retórica tuvo en algunos momentos ciertos aires confederalistas, el motivo era recalcar la importancia de definir y respetar la amplitud de las atribuciones municipales, hasta entonces muy mermadas; en la práctica política, el zapatismo siempre reconoció la necesidad de contar con una estructura institucional superior, tanto judicial como administrativa. No podía ser de otro modo, incluso en tiempos de guerra, y el Cuartel General se encargaría de darle un orden provisional a todas esas funciones. El autonomismo municipal zapatista fue un intento de redistribuir la localización de los poderes gubernamentales, pero la soberanía de los pueblos tenía también obvias limitaciones, y ellos lo sabían mejor que nadie. Piénsese, por ejemplo, en los conflictos entre pueblos (por tierras, aguas, etcétera), de los que el zapatismo tuvo que ocuparse constantemente. En realidad, el movimiento zapatista dedicó gran parte de su autoridad y capacidad gubernativa al ámbito supramunicipal. Bien lo ha dicho el historiador Salvador Rueda: “mucho más tiempo y esfuerzo se invirtieron en los cuarteles zapatistas en la administración de la justicia interna que en la repartición de tierras a los pueblos o aun en la organización y movimientos de las guerrillas”.1

El segundo malentendido es querer pensar que lo que perseguían era en el fondo algo que podríamos llamar la vuelta al idilio, la recuperación de tradiciones pueblerinas de un tiempo antiguo y perdido: usos y costumbres localistas y un espíritu de cuerpo comunalista, introspectivo y solidario. Ante este supuesto propósito, esencialmente retrospectivo, surgen dos interpretaciones diametralmente opuestas que sin embargo comparten el mismo endeble fundamento. Una, de raigambre liberal y burguesa, rechaza el proyecto por juzgarlo inviable (anacrónico, ilusorio, naíf, premoderno, colectivista, etcétera); la otra, primero de inspiración anarquista y luego indigenista, lo juzga auténtico, encomiable, y en principio factible (las solidaridades orgánicas, la cohesión cultural innata, la comuna de Morelos, el retorno de los calpullis). Cuando el movimiento zapatista fracasa, unos razonan que era inevitable, por sus limitaciones intrínsecas, mientras que los otros lamentan el colapso de una genuina utopía radical. Ambas lecturas fallan, porque la premisa es errónea.

Es muy cierto, ya se ha dicho, que el zapatismo se apoyó directamente en la historia (tal y como ellos la entendían) para forjar sus reclamos y darle una dirección legítima a sus causas, pero no era porque quisieran regresar a (o preservar) ese pasado, recordado o imaginado, sino solamente porque en él hallaban la fuente de los derechos políticos y territoriales que en adelante lucharían por ejercer. Con base en aquellos derechos heredados se propusieron construir un futuro diferente, mejor; ese futuro no sería de manera alguna una vuelta al pasado, aunque se anclara en él.

¿La vuelta al idilio? A nadie que hubiera nacido y crecido en alguno de esos pueblos se le hubiera ocurrido decir que eran comunidades armónicas, estables, equitativas o esencialmente solidarias. Quizás a un anarquista citadino sí, porque leyendo a ciertos pensadores europeos había aprendido a idealizar el carácter de las relaciones sociales en las antiguas comunidades rurales. En el campo todos sabían bien que los pueblos eran espacios sociales muy complejos, conflictivos y diferenciados: convivían allí mano a mano la desigualdad y la caridad, la solidaridad y la mezquindad, la fraternidad y la enemistad, la discrecionalidad y la ley, la autoridad y la servidumbre, el bienestar y la miseria, la familia y los demás, también la avaricia, la envidia y la ambición en ciernes. En fin, igual que en casi todas partes, y aunque las circunstancias de los pueblos habían empeorado notablemente a lo largo del Porfiriato, nada de aquello era especialmente nuevo. Como siempre, algunos tenían más y mejor tierra o ganado, otros nada o casi nada. Había pequeños propietarios, parceleros, arrendatarios y jornaleros, cada cual más o menos por su cuenta, y la autoridad política y moral, al igual que la tierra, no estaba repartida por igual.

Para decirlo en el lenguaje técnico de las ciencias sociales, quedaba claro que por lo general los pueblos no funcionaban como economías morales. Pero bueno, dirán algunos, ¿finalmente no eran todos campesinos? No. En el siglo XX se impuso la novedosa idea de que todos los habitantes del campo eran esencialmente iguales, campesinos, pero ese concepto homogeneizador no alcanzaría para borrar (aunque sí para confundir) las diferencias subyacentes. A ver, no es lo mismo un ejidatario cañero que los jornaleros que le trabajan su tierra. Además, antes de la revolución no se empleaba ese vocablo en México, por lo que en el siglo XIX los pueblos no se imaginaban (ni eran) campesinos. En fin, vista la complejidad de las relaciones sociales al interior de los pueblos se entiende por qué el propósito del zapatismo no habría de ser un “retorno al idilio” comunalista y premoderno, sino la construcción —con algunas herramientas viejas— de un orden nuevo y más justo.

Consciente de los problemas externos e internos que se aprestaba a enfrentar (la falta de democracia, de justicia y de tierras), el municipalismo zapatista procuró ir armando todo un entramado de normas y procedimientos que le fueran dando forma a esa visión del reordenamiento de la sociedad rural, todo esto en medio de una guerra que por su propia naturaleza exacerbaba el desorden y obligaba con frecuencia a improvisar. Miraban hacia atrás, sí, en busca de fundamentos legítimos y experiencias que emular o evitar, pero estaban firmemente plantados en el presente. Vista de esta manera, la reglamentación zapatista da amplias muestras de un espíritu prospectivo y moderno, que aprende del pasado justamente porque no quiere volver a él. Un ejemplo, entre muchos: la ley que establece representantes de los pueblos en materia agraria (febrero 3, 1917) explica que “es preciso evitar” que estos representantes “abusen de las facultades que se les confieren, como en épocas pasadas lo hicieron constantemente los ayuntamientos, vendiendo indebidamente los terrenos y propiedades comunales, sea estableciendo distinciones odiosas entre los vecinos, o bien celebrando contratos ruinosos para los intereses del municipio”, para lo que establece mecanismos claros de elección, aprobación y transparencia con la participación directa del vecindario. Todo eso, hay que decirlo una vez más, fue parte de lo que murió en Chinameca.

Poco después vendrían los ejidos desamparados, enclavados en municipios empobrecidos, dependientes para casi todo lo importante de autoridades superiores que no los representaban y servían a intereses propios. Ese es el trasfondo doble, lo que quiso ser contra lo que fue, del pleito familiar entre Chico Franco y Nicolás Zapata. Es una historia trágica, casi olvidada, y su desenlace hoy ya no sorprende a nadie. De un lado está Chico Franco, primo hermano de Emiliano, guardián fiel, defensor y heredero de los papeles de Anenecuilco y de todo lo que representaban. Fue quien impulsó las múltiples solicitudes de restitución de tierras en su pueblo. Del otro lado está Nicolás Zapata, hijo primogénito de Emiliano, ejemplo temprano del nuevo tipo de cacique gestor que engendraron la reforma agraria de la revolución y el naciente partido del Estado. Soto y Gama cuenta que Nicolás alguna vez le dijo: “mi padre fue un imbécil porque no hizo dinero, habiendo tenido tantas oportunidades de hacerlo”. Gracias a la reforma agraria, Nicolás no cometería el mismo error. En palabras del cronista Mario Gill, Nicolás fue “convertido por los políticos oportunistas en bandera demagógica de alquiler”. Tenía el prestigio del apellido y también relaciones con los ex zapatistas que habían ascendido al poder estatal. Pronto se hizo político y también hombre rico: presidente municipal de Cuautla en 1937, diputado local en 1938 y diputado federal en 1946, al nacer el PRI. En Anenecuilco, Chico y Nicolás chocaron repetidamente. Nicolás llegó a controlar el ejido y acaparó así muchas parcelas; despojó además a varios pequeños propietarios locales y puso a ejidatarios a trabajarle esas tierras. Intentó también usurpar unos terrenos adyacentes que Anenecuilco había acordado adquirir, y cuando no pudo, impidió que sus rivales en el pueblo los recibieran. Otro empresario se quedó con ellos. Una y otra vez, Chico se le opuso abiertamente, pero frente al poder acumulado de Nicolás Zapata, fruto del nuevo orden político y agrario, no había nada que la mayoría de los ejidatarios o los vecinos del pueblo pudieran hacer: habían quedado fuera del juego.

En varias ocasiones Chico Franco había sido perseguido, huyendo al monte para salvar su vida y sus papeles. A fines de 1947, a raíz del más reciente conflicto, fueron por él y por los documentos. Nicolás mandó unos policías a matarlo. Las balas penetraron las paredes de carrizo de su humilde casa; Franco y dos de sus hijos quedaron malheridos. Al día siguiente regresaron, se los llevaron y los remataron.2 El primogénito finalmente liquidaba al verdadero heredero de los sueños de su padre. Algo parecido le sucedió al zapatismo con la posrevolución.

Las huellas materiales del pasado a menudo nos hacen guiños, es cuestión de saberlos ver. La foto más famosa de la Revolución es quizás la que Casasola sacó el 6 de diciembre de 1914 en Palacio Nacional: Villa en la silla presidencial con Zapata sentado a su lado, rodeados por sus seguidores. Todos la conocen, pues simboliza el apogeo de la revolución popular. Pocos sabrán, sin embargo, que al costado de la silla presidencial se asoma la cabeza del niño Nicolás Zapata, que ese día cumplía diez años. Nos mira directamente a los ojos, como diciendo: “yo también seré parte de esta historia”.

Próxima entrega: Zapatismo y agrarismo.

 

Emilio Kourí
Historiador, prepara para su publicación un libro sobre los orígenes de la reforma agraria y su relación con la historia de los pueblos. Es profesor en la Universidad de Chicago.


1 Salvador Rueda, “Hacia la relectura del Plan de Ayala”, en A cien años del Plan de Ayala, Ediciones Era, 2013, p. 36.

2 Jesús Sotelo Inclán, Raíz y razón de Zapata, México, 1943; Mario Gill, “Zapata: su pueblo y sus hijos”, Historia Mexicana, vol. 2, 1952.

 

2 comentarios en “Chico Franco y Nicolás Zapata

  1. Un artículo revelador de los herederos de la revolución agraria, que desnuda la esencia negativa de personajes en los que es difícilmente se podría dudar que realizarían actos reprobables. Gracias don Emilio. Saludos

  2. Esa es la triste realidad de nuestro México. Los que luchan por un cambio para bien de la patria casi siempre mueren a balazos o el paredón. En cambio los traidores, los corruptos ,los que usan los ideales y posiciones que las causas les asignan casi siempre mueren rodeados por sus seres queridos y hasta el cura los acompaña en sus últimos momentos. Con todo eso no escapan de las maldiciones de el pueblo que traicionan. Viva Chico Franco.

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