Consideremos las contradicciones. En sus orígenes, en sus mitos, la música surge como algo brutal, peligroso. Marsias desollado por Apolo; el canto de las sirenas de Homero; Orfeo desmembrado al resurgir del inframundo y cantar su tristeza. ¿Cómo algo tan sublime, tan bello como la música nace de tal crueldad?

En 1890 Theodor Herzl asiste a una representación de Rienzi, de Richard Wagner. En esa función tiene una epifanía: la visión del regreso de su pueblo a Israel. Años más tarde, un joven Adolf Hitler presencia la misma ópera. Él, también, tiene una visión: la refundación del Reich y su grandeza. ¿Cómo es posible que las mismas notas hayan tenido efectos tan grandes y distintos?

Las contradicciones están en el centro de Necesidad de música, el espléndido libro de George Steiner (Grano de Sal, 2019). Compuesto prácticamente por la totalidad de los escritos musicales de Steiner, este libro es un ejercicio sin precedentes no sólo en español, sino en el mundo editorial: una verdadera novedad en la ya vasta obra de Steiner. Este logro, para nada menor, no habría sido posible sin la atención y el cuidado de Rafael Vargas Escalante, quien seleccionó, tradujo y prologó los textos.

Si bien el libro está dividido en tres partes — artículos, notas de programa y conferencias; el ensayo dramatizado Polifonía de las ideas, y reseñas— los textos en conjunto revelan las obsesiones del autor y permiten a su vez varias clasificaciones temáticas.

Tenemos, por un lado, las preocupaciones y reflexiones de Steiner como escucha. Y aquí es donde las contradicciones vuelven a servir como hilo conductor. En cierto sentido, no hay mejor momento para un apasionado de la música. El surgimiento del LP —y olvidamos lo reciente que es— le permitió tanto al curioso como al apasionado el acceso a toda la música. “Hay una evidente ganancia en todo ello. Pero los placeres del concierto imaginario también implican un costo”. Nunca en la historia los escuchas habíamos tenido acceso a tanta música — y sin embargo nunca habíamos escuchado tan mal. La música, que hace apenas un siglo formaba parte esencial de la vida comunitaria, ha devenido en acompañamiento (“El adiós de Lohengrin no se creó para ser escuchado a las nueve de la mañana mientras se recogen los platos del desayuno”, dice Steiner dándoles la razón a mis vecinos).

Existe cierta similitud entre la crítica de Steiner a nuestra creciente pasividad frente a la música, y aquella de Pascal Quignard. La diferencia, no obstante, se encuentra en su radicalidad. Mientras que la omnipresencia de la música llevó a Quignard a renunciar a ella por completo, Steiner admite, en el ensayo que le da nombre al libro, una necesidad: “Para mí ése es el sentido personal perturbador, que atribuyo a la frase ‘necesidad de música’. Me doy cuenta de que, en ese sentido, necesito cada vez más música en mi vida personal y privada”.

Por el otro lado, nos encontramos frente a la preocupación del autor en tanto lector y escritor, acaso la más persistente y rica del libro. ¿Quién debe escribir sobre música? ¿Es posible hacerlo? Una paradoja sobre la escritura musical es que, entre más explica, más hermética se vuelve. El análisis musicológico y teórico es accesible sólo a unos cuantos, y la premisa de que es necesario entenderlo para apreciar una obra es falsa.

“Hablar de música es, casi invariablemente, parlotear de manera más o menos elocuente”, dice el autor. Sorprende, como nos lo hace saber Rafael Vargas, que Steiner no sepa leer partituras ni toque un instrumento —y sin embargo su autoridad nunca se pone en duda. Sus análisis, sus críticas y defensas tienen como punto de partida la música como experiencia vital. Después, con la generosidad de un auténtico conocedor, expone sus argumentos.

Hay un gran ejemplo, acaso el más lúcido, del análisis musical de Steiner. Frente a la cuestionada veracidad de las memorias de Shostakóvich (Testimony: The Memoirs of Dmitri Shostakovich. As Related to and Edited by Solomon Volkov), el autor propone compararlas con “una autobiografía escrita en una forma muchísimo más profunda y convincente que esta amarga crónica. Los 15 cuartetos de cuerdas constituyen un autorretrato incomparablemente detallado y delicado. Recrean, de manera minuciosa, sucesivas etapas de la vida interior y pública del compositor entre 1938 y 1974”.

Igual de interesantes son los análisis sobre Shakespeare y Verdi (en Otello y Falstaff “la relación de Verdi con Shakespeare es la de un igual”); Schönberg (“logró lo que ningún escritor, ni siquiera un James Joyce, podría siquiera haber anhelado: crear un nuevo alfabeto”), y sus defensas de Alban Berg y Hector Berlioz.

Las contradicciones en el corazón del libro se mantienen; las preguntas, como debe ser, quedan abiertas. Y sin embargo es imposible que este libro no cambie nuestra apreciación de ciertas obras y compositores. Al final nos queda una reivindicación y un homenaje a “esa experiencia abrumadora, ese privilegio de ser, que es la gran música”.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.

 

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