Desde el aire se ve la tierra ocre, a ratos rojiza, y seca del desierto. Una extensión de arena, pedregales, arbustos bajos, saguaros, mezquites y otras plantas espinosas que abarca el horizonte. ¿Quién podría fundar una ciudad aquí, en esta tierra yerma? Al pie de una enorme aleta dorsal que es áspera cordillera de montañas serpentea una masa verde, una hilera de árboles más frondosos. Es un codo del río Gila, cerca de Phoenix. Un par de ríos como el Gila y cientos de arroyos alimentan el infierno acostado del desierto, durante pocos meses, o semanas, o escasos días. Los monzones veraniegos llenan esos cauces para brindarle vida precaria al erial de muerte el resto del año. También marcaron los ciclos estacionarios de las sociedades agropastorales nómadas que deambularon por los territorios desérticos del noroeste de México y suroeste de Estados Unidos, hasta entrar en guerras tribales y nacionales desde fines del XVIII y durante prácticamente todo el siglo XIX.

Ilustración: Izak Peón

Hacia las inmediaciones del Gila, un país indomable, huye la tropa de apaches que secuestra a Camila, una mestiza de Janos, en 1836. En esa lucha por rastrearla y rescatarla arranca la más reciente novela de Álvaro Enrigue, Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama, 2018), cuya trama de varios afluentes históricos acaba centrándose en la extinción de los apaches, la rendición del último grupo de 27 chiricahuas —su líder es el legendario Gerónimo— que caben en un vagón de tren desde Arizona hasta Fort Sill en 1886. La expedición del teniente coronel José María Zuloaga simboliza el avance de la joven República hacia el territorio indómito de la Apachería, que describe Enrigue sin esconder su fascinación: “donde hoy están Sonora, Chihuahua, Arizona y Nuevo México había una Atlántida, un país de en medio […] con una economía, con una idea de Estado y un sistema de toma de decisiones para el beneficio común. Un país que daba la cara, una cara morena, rajada por el sol y los vientos, la cara más hermosa que produjo América, la cara de los que lo único que tienen es lo que nos falta a todos porque al final siempre concedemos para poder medrar: dignidad”. En esas tierras la presencia del Estado es fantasmal: presidios vacíos, policías sin paga, militares con tropas famélicas y rastreadores indios. Esa inestable nación necesita definirse política y territorialmente, y eso implica no sólo una “fiebre nominativa”, como apunta Enrigue (nombrar lo que dejó de ser Nueva México, y el norte de Nueva Vizcaya), sino la sumisión de todo aquel que no sea “indio de razón”, el indio de guerra, el no convertido, el bárbaro o el “gentil” (en ese entonces encarnado en apaches, yaquis y rarámuris, entre otros). De modo paradójico, la esclavitud ha quedado definitivamente prohibida en la Constitución de 1821 y el trueque de indios en la Constitución de Occidente de 1825, avances reformistas que tardarían aún décadas en llegar a los Estados Unidos.

Antes del Tratado de Guadalupe-Hidalgo (1848) y de la Venta de La Mesilla (1853), que delimitan la frontera actual, la línea de minas y presidios del norte —puestos de avanzada de la evangelización— era frágil y vulnerable, siempre acechada por las incursiones de apaches y comanches con quienes se establecen relaciones comerciales y trueque de cautivos o prisioneros. Ignacio Almada Bay anota al respecto: “Desde la conquista hasta el siglo XIX el cautiverio se volvió una práctica cotidiana de la frontera. La frontera considerada como un espacio multicultural inestable, sin un actor hegemónico, envuelto en incesantes negociaciones y rupturas, con desplazamientos multidireccionales de actores sometidos, bajo influencia mutua, a procesos traslapados, que mezclan resistencia y aculturación”.1

La “narrativa de cautivos” tuvo un fuerte asentamiento en la literatura estadunidense desde el siglo XVIII, y llegó incluso a ser fuente etnográfica, con todos los desatinos que aquello implicaba. Ya en el XIX Chateaubriand y John Fenimore Cooper son el primer antecedente novelístico de gran calado, con Atala (1809) o Los pioneros (1823). Pero en México estos relatos no tuvieron mayor impronta. Aunque sabemos, gracias a Almada Bay, que Justo Sierra se interesó por la historia de Carlos Alheño, un cautivo de los apaches que pasó por varios procesos de aculturación sucesivos (criado como guerrero viajó al viejo continente, vivió entre refinamientos con las elites capitalinas de México, peleó en la batalla de Puebla, y al fin volvió a tierras apaches), ese relato fundacional no prosperó.

Enrigue lo recupera señalando que ahí pudo estar nuestra gran novela épica del XIX. Una oportunidad perdida o una cantera siempre renovable. Novela histórica y novela de aventuras, que Enrigue adereza en una segunda parte con breves postales o viñetas, la ficción y el ensayo muestran en Ahora me rindo y eso es todo una imponente documentación que acaba relacionando emocional y obsesivamente a un tercer narrador con el tema que investiga: la identidad, la migración, la extinción de naciones como los apaches. El mayor lastre de Enrigue es querer romper el pacto mimético para no quedarse atrás: el posmodernismo y la tan alabada y flamante narrativa que los estadunidenses califican como novela de no-ficción conducen a Enrigue a ponerse en escena a sí mismo como escritor y padre de familia, como mexicano en Estados Unidos que se identifica con la dignidad apache, mientras escribe, investiga y viaja por las áridas montañas de la Apachería. Esa tercera voz desnuda puede desconcertar a unos y aliviar a otros; introduce desde el presente la mirada descreída de quien quiere revelar los mecanismos de la ficción, las herramientas y procesos de construcción de la novela histórica. Aun así, logra una admirable estructura en la que las tres voces se adelgazan y se decantan en un paroxismo, un ocaso final.

Desde un punto de vista académico, pero con la prosa del escritor que aviva los paisajes y resucita en aventura los folios dispersos del Indiferente de Guerra del AGN, la historia narrada de Antonio García de León sobre una collera de apaches enviados a San Juan de Ulúa y sus tribulaciones por el Bajío son un relato complementario, en tiempo y espacio, al de Enrigue. Si uno inicia en la década de 1830, el segundo muestra las postrimerías del siglo XVIII y la preparación de la gesta independentista. En Misericordia (FCE, 2017) García de León describe primero la complejidad de la guerra de fronteras del imperio español hacia las llamadas Provincias Internas del norte, el dominio paulatino de esas extensas poblaciones nómadas, o bien sedentarias a las que el avance “civilizador” inexorable empujó al nomadismo, o aun, recuperando la expresión de Weber como hace el historiador mexicano, esas “sociedades ecuestres independientes”. En una segunda parte entramos a detalle en un fragmento inaudito del fresco histórico del avance hacia el norte: el papel de otra frontera móvil al sur, la del Caribe, donde las manecillas de la revolución de Saint-Domingue se acercan a la hora y Cuba funge como prisión insular, confinamiento en alta mar y destino final de estos otros cautivos por temor a que se den a la fuga.

La coincidencia no es menor: en ambos libros la fuga, la persecución y la cacería humana son una constante colonial y permea a dos naciones que siguen cazando a sus nómadas, México y Estados Unidos. García de León narra el escape, en 1796, y la sobrevivencia de 18 guerreros apaches (aunque uno de ellos, Juan Alonso Avilés, es mestizo, “transcultural” como Alheño) desde una venta de Plan del Río (Xalapa) hasta las cercanías de Guanajuato. Un imperio en decadencia se cierne entonces sobre ellos aplicando una política de mutilación —como luego fueron las cabelleras, las orejas eran cortadas “para contabilizar las aprehensiones, convirtiéndose en piezas deshumanizadas por el cautiverio, almas sin redención”— y otra de deportación, instaurada en 1729,2 primero a cárceles del altiplano y luego a ultramar. La capacidad de fuga y de batalla de los apaches en ambos libros adquiere tintes de leyenda y, más aún, de misticismo: su fiereza guerrera, su destreza en el manejo de las armas (flechas, rifles, belduques e incluso el caballo, su arma más poderosa y fuente de alimento), su inexplicable maña para borrar huellas propias y rastros, sus dotes para invisibilizarse durante horas y tender emboscadas en los espacios más impensados les dan un aura invencible que supera toda lógica. Las leyendas flotan en un aire de época que se dilata durante tres siglos (los tres que dura la colonización del norte y la erradicación de naciones, tribus y bandas nativas). Las nutren el imaginario popular y decenas de relatos, crónicas y partes de expedicionarios y viajeros; los apaches tienen pactos con el demonio, son hechiceros y pueden mutar de forma, convertirse en los animales de la noche, imitar sus voces y adoptar sus atributos.3

Tanto para la Corona española como para los conquistadores del desierto y del oeste estadunidense, los bárbaros apaches fueron “convertidos en el símbolo emblemático de cualquier ferocidad, en el enemigo a vencer, se tornaron en un pretexto para hacer fluir los gastos de guerra o en un emblema de la violencia misma”. Basta ver el empeño militar con que el virrey marqués de Branciforte da caza a los evadidos de la collera: para el 2 de febrero de 1797 más de tres mil hombres están detrás de los 14 restantes de ellos. Basta ver, del otro lado de la frontera mexicana, los recursos humanos y económicos destinados a la Guerra Apache; la fuga de Gerónimo de la reservación de San Carlos que se vuelve un dolor de cabeza para el presidente Grover Cleveland, al que —como bien relata Enrigue— su mujer le da un zape de razón política: “Es más famoso que tú. […] Mejor invítalo a Washington y me lo presentas, que nos hagan una foto a los tres juntos, con eso ganamos el Senado”.

Más allá de la fuga y la extinción, es curioso que García de León se acerque con mayor insistencia a la cosmogonía apache que un novelista como Enrigue, mucho más apegado a los hechos, a las biografías y los vericuetos narrativos de la Historia. El historiador debe trazar con la ficción las veredas donde la antropología avanza a tientas. Este recurso anima las situaciones más tensas de los fugitivos, como cuando están llegando al cerro del Capulín, seguros de acometer, cerca del cielo, el acto purificador de la muerte, que los hará cruzar el umbral y acompañar el curso del sol como espíritus al fin liberados. El “dueño de la vida” se dirige entonces a ellos: “—Escuchad lo que digo: el infinito es del tamaño de mi palabra, yo soy todas las fuerzas… Soy el viento, los árboles, los pájaros y la oscuridad… Y si seguimos trecho a trecho el destino guardado por los guardianes de la montaña, completaremos el ciclo de la luz y habremos evadido a quienes nos persiguen”.

Ante la opresión de un nuevo orden irreversible en el que los apaches no caben y ante el que se niegan a transigir, su salvación siempre es la levedad. La levedad de las huídas de los que no dejan rastro, de los que se hacen invisibles en las escaramuzas; la levedad del último líder chiricahua que aun ante la evidencia de la extinción de su pueblo y en sus últimos años en el enorme cautiverio de la reserva india conserva sus relaciones amistosas “fundamentadas en la risa y la carrilla”; la levedad que también le permite sobrevolar sin temor la guerra porque le auguran que no morirá en el campo de batalla.

Para Italo Calvino la literatura tiene una función existencial derivada de “la búsqueda de levedad como reacción al peso de vivir”. Esa reacción corresponde a las “necesidades antropológicas” a las que se atienen la literatura y el imaginario popular de cada época. La levedad, por ejemplo, se relaciona en la Edad Media con el vuelo de la bruja sobre el utensilio doméstico, sobre briznas o paja, en el momento de mayor pesadumbre y constricción para la condición de la mujer:

A la precariedad de la existencia de la tribu —sequías, enfermedades, influjos malignos— el chamán respondía anulando el peso de su cuerpo, transportándose en vuelo a otro mundo, a otro nivel de percepción donde podía encontrar fuerzas para modificar la realidad. […] Antes de ser codificadas por los inquisidores, estas visiones formaban parte de lo imaginario popular o, digamos, también de lo vivido. Creo que este nexo entre levitación deseada y privación padecida es una constante antropológica.4

Este chamán mezcalero que se transubstancia y se eleva, que troca su condición de perseguido en ascensión mística, es el apache de Antonio García de León, del que los últimos testigos sólo mencionan haber visto el vuelo de un faisán. Ese vuelo muestra sin remedio las fisuras del sistema colonial y la semilla de una rebelión que se planta en el Bajío, pero también por extensión en las comunidades de cimarrones multiétnicos del Caribe, y será el origen de las revueltas que prendan la mecha independentista latinoamericana. El apache de Enrigue no se eleva más. El peso de la historia ha caído sobre él. Es Gerónimo, un fiero chiricahua traicionado, al que atraviesa de par en par una frontera, unívoca, y lo corta en pedazos. Es el último nómada atrapado en las redes del progreso, el que no tiene cabida en el arranque del siglo XX más que como fenómeno de feria, como extrañeza del pasado indómito en el corazón industrial, a resguardo, eso sí, de la intemperie que lo libera, encerrado en la prisión abierta de las reservaciones indias.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Editor de la sección de cultura de nexos en línea.


1 Ignacio Almada Bay, “Un ex cautivo de los apaches como representación de sonorenses en el siglo XIX en México. Revista de controversias y contextos. Discurso de ingreso a la Academia Mexicana de Historia”, 8 de mayo de 2018.

2 Fue el virrey marqués de Casafuerte, nos dice García de León, quien elaboró el reglamento para los presidios de las Provincias Internas ante la multiplicación de los ataques apaches. Más tarde, en 1772 “una nueva Ordenanza modificó ese reglamento y se decidió que el destino principal de los rebeldes sería La Habana, para asegurar que no retornaran a sus territorios en caso de fuga, ya que la mayoría de los evadidos terminaban encabezando después nuevos ataques en el norte”.

3 Ver, por ejemplo, la Crónica del Nuevo Santander, 1803, de José Hermenegildo Sánchez, cit. en Antonio García de León, Misericordia.

4 En Seis propuestas para el próximo milenio, Madrid, Siruela, 1989, p. 39.