Era yo como un libro de canciones,
un árbol que se sabe amanecido,
era fuente mi voz de tantos dones,
poco importaba ya qué hubiera sido

en otros tiempos, todo había pasado,
ahora con el rostro iluminado
parecía iluminaba todo el cielo,
por cumplir no quedaba en mí un anhelo,

ni el más pequeño anhelo en mí quedaba
por cumplir, y la vida se me daba
diríase que toda, cuidadosa,

como se abre la rosa, y yo callaba
a pesar de mi voz, era una cosa
de no creerse, y era prodigiosa

solamente mi vida, que acababa.

 

Desnuda plenitud a cielo abierto,
entre los zacatales florecidos,
desnuda plenitud… Los tiempos idos
regresan. Juventud, en ti despierto.

Sé que no moriré, que incluso muerto
seré esta juventud o son sin ruidos.
Del viento en las espigas los sonidos
murmuran solamente cierto, cierto.

Desnuda está mi voz, luz sin recodo.
Mi juventud encuentra su acomodo
en la vejez que ahora no padezco

sino que en ella crezco, de tal modo
que doy conmigo mismo, y agradezco
vivir como se debe todo, todo.

Ilustración: Daniela Martín del Campo

 

Ya no me queda nada de mí mismo,
todo lo di, lo di completamente.
Pero vacío así, yo de mí ausente,
siento que soy mejor, feliz abismo,

insondable verdad. En mi optimismo
he llegado a creer fervientemente
que nada ser resulta más prudente
que embarcarse en cualquier perfeccionismo.

Desnudo estoy de mí, todo desnudo,
hasta mi desnudez es una ausencia
de sí, y mi voz carece de presencia,

ya dio de sí lo más, lo más que pudo,
y decidió hacer voto de carencia
y finamente ser silencio rudo.

 

Ricardo Yáñez
Poeta, periodista y profesor. Autor de varios libros. Desandar reúne su obra poética hasta el 2014; en el 2018 apareció Craquelado [Hacia una poética del taller].

 

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