Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto.
—Alfonso Reyes, “La cena”

Ilustraciones: Ricardo Figueroa

Por razones del corazón procuro regresar cada mes de junio al Mercado de la Poesía, en la Place Saint-Sulpice, y perderme en el dédalo de puestos abigarrados que semejan tiendas de anticuario, y a instancias de mi capricho detenerme a hojear un libro, o demorarme frente a la exigua tarima donde una poeta lee sus versos monocordes ante un micrófono que suele tartamudear, pero nunca antes me había sucedido como hoy, 6 de junio de 2019, que una mujer (de treinta y tantos, guapa sin más, el pelo castaño recogido bajo una boina innecesaria en la tibieza de una tarde casi veraniega, ojos azules y penetrantes, buen cuerpo bajo el atuendo anacrónico, falda gris y entallada y larga hasta la mitad de la pantorrilla, saco también gris y ajustado en la cintura, sobre una blusa de cuello amplio, negra como la boina y sus zapatos de tacón alto y la pequeña bolsa de charol que cuelga de uno de sus hombros) se me quedara viendo con fijeza y se acercara y me dijera en francés Alfonsó, con acento agudo, qué haces aquí, quelle coïncidence, fórmula que yo traduciría desde luego como qué coincidencia, pero también como qué casualidad, y cuando le digo asimismo en francés me llamo Alberto, izando un poco mi sombrero Panamá para saludarla a la usanza antigua, ella dice como quieras y saca de su bolsa un libro que, según me informa, siempre lleva consigo, y me tiende su ejemplar de Plano oblicuo, de Alfonso Reyes, en la edición original de 1920 que incluye “La cena”, mi cuento favorito de Reyes, publicado por primera vez en 1912, y porque soy curioso, más bien metiche, no me abstengo de leer la dedicatoria manuscrita en francés en la portadilla, a J. D. en recuerdo de una cálida velada de casi verano, A. R., junio de 1953, y al devolverle el volumen se me ocurre decirle en español usted debe de hablar español, y ella responde en francés lo leo mucho mejor de lo que lo hablo y, tuteándome, añade no entiendo por qué no me tuteas y, porque yo sí entiendo la intimidad que implica el tuteo en francés, hablándole ya de tú le propongo que, para celebrar la coincidencia o la casualidad de encontrarnos en el Mercado de la Poesía, nos tomemos algo allá enfrente, en el Café de la Mairie, que frecuento cuando estoy en París, y ella dice juguetona quelle coïncidence, qué casualidad, yo también voy muy seguido a ese café porque vivo en la rue Bonaparte, a cien metros de aquí, por lo que le pregunto cómo hacen los franceses para conocer las distancias exactas, en metros y casi en centímetros, y ella ríe y me dice por qué no mejor tomamos algo en mi casa, para que confirmes que está de veras a cien metros y, sin creer del todo lo que me está sucediendo, salgo con ella del laberinto de puestos del Mercado de la Poesía y desde la Place Saint-Sulpice caminamos hacia el sur por la rue Bonaparte, en dirección al Jardín de Luxemburgo, y a iniciativa de ella cruzamos a la otra banqueta en la esquina donde está La Procure, y por decir algo le digo qué extraña una librería católica tan próspera en una ciudad tan pagana y ella, muy seria, dice nada está dicho, descreer de Dios es tan arbitrario como creer en él, y le digo sin mentir tienes razón, yo soy agnóstico, no ateo, y ella con gracia pero con firmeza declara no me gusta hablar de esas cosas, por lo que yo digo mintiendo a mí tampoco, qué casualidad, y reímos y luego nos quedamos callados y, para romper el silencio, le pregunto quién es J. D. y, como ella me mira perpleja, vuelvo a preguntarle a quién está dedicado tu libro, y ella dice no hagas preguntas ridículas, te lo ruego, sabes bien que soy Jeanne D’Arc, y sonriendo le pregunto de verdad eres Jeanne D’Arc, y ella responde no seas tonto, Jeanne Dargue, y deletrea, de, a, erre, ge, u, e, y ríe conmigo y yo con ella y no sé cómo nos abrazamos de pronto y reanudamos la marcha, abrazados y risueños, y un poco más adelante Jeanne se detiene frente al 86 de la rue Bonaparte y dice aquí estamos, y la veo abrir el portón de pintura descascarada, alguna vez verde, con una llave a la antigua, de cabeza en forma de trébol y un delgado cilindro que remata en una cresta almenada, y la sigo en la penumbra de un garaje hasta una reja con una cerradura también a la antigua que ella abre con una llave semejante a la otra, pero más pequeña, y al entrar en el patio interior del edificio, una construcción quizá del siglo XIX, Jeanne sorpresivamente me dice te da miedo la altura, ¿verdad?, y yo le contesto no me da miedo, sino pavor, y confieso tener acrofobia, y ella asintiendo me dice yo también, quelle coïncidence, pero no te preocupes, ya estoy acostumbrada y te ayudaré llegado el momento y, antes de que yo acabe de entender, Jeanne con su mano izquierda me toma de la derecha y me conduce a través del patio hasta un cubo sombrío donde apenas se distingue una escalera, y sin soltarme la mano oprime con la otra un obturador, y una pálida luz ilumina los escalones angostos, de madera gastada en medio por el paso de quién sabe cuántos pies, y Jeanne sube delante de mí, con su mano izquierda tendida a su espalda para que yo la agarre con la diestra, y mientras subo tras ella, deslizando mi otra mano por el barandal también de madera, no puedo no ver los hemisferios gemelos de sus nalgas que rítmicamente abomban la tela gris de la falda entallada, y al llegar al primer piso Jeanne oprime otro obturador para encender la luz de una lámpara adosada a la pared del pasillo, y lo mismo en el segundo piso y el tercero y el cuarto, y cuando alcanzamos el quinto yo resoplo y el corazón me late en las sienes y ella, señalando una puerta cerrada al final del pasillo donde me esfuerzo en recobrar el aliento, me dice ya casi estamos allí, y no la suelto mientras caminamos hacia la puerta que, según observo, no tiene cerradura, ni cuando la jala de una manija para abrirla, y le aprieto los dedos hasta casi hacerle daño cuando veo detrás de la puerta abierta una especie de plataforma, una pasarela de metal de quizá cuatro metros de largo, empotrada a la pared del edificio por encima del patio interior, a cinco pisos del suelo, y aunque Jeanne me dice que no es peligrosa y me indica que la pasarela tiene un recio barandal y me recuerda que ella también es acrofóbica y jura que no me va a pasar nada, yo estoy a punto de regresar sobre mis pasos y salir a la calle y no volver nunca a ese sitio, pero me dejo disuadir de mi voluntad de fuga porque Jeanne me toma de los hombros y acerca su cara a la mía y me dice confía en mí y, sin darme tiempo de pensar, me besa en los labios, y después del beso le digo tú primero y me aferro a su mano y la oigo decir el secreto está en no ver hacia abajo, de modo que la sigo por la pasarela metálica mirando sólo a la pared del edificio en la que me apoyo temblorosamente con mi mano libre, y así llegamos hasta otra puerta sin cerradura y Jeanne la empuja para abrirla y, apenas entramos en un cuarto oscuro, ella presiona un obturador y, a la luz de un foco desnudo pendiente del techo, veo dos puertas cerradas en paredes perpendiculares, una pequeña a la derecha que ostenta las letras W C y otra más grande enfrente que resulta ser la entrada a una buhardilla, y ya adentro, iluminados por el sol de la tarde cuyo fulgor penetra oblicuo por la única ventana de la habitación, percibo una cama no muy estrecha, y un buró con una lámpara de pantalla, y en la pared sobre la cabecera de la cama una reproducción de un Cristo vertiginoso de Salvador Dalí, y a la izquierda un perchero donde cuelgo mi elegante Panamá, y en otra pared un espejo largo y angosto, con marco dorado, y por allá un armario y una mesa con dos sillas, y junto a la mesa una nevera antigua en la que, según me muestra Jeanne al abrirla, no hay nada de beber salvo una botella de agua gaseosa Vichy vacía a medias, y mientras pienso con cierta frustración que me habría gustado tomar vino, aunque fuera una copa, ella como si adivinara mis pensamientos se acerca a mí y murmura a mi oído tendrá que ser en seco, chéri, pero no está seca su lengua que juega con la mía, ni seco está su sexo minutos después cuando, ya en la cama, ella me toma por la nuca para llevarme a probarlo, y al quedar exhausto a su lado, en una atmósfera crepuscular donde empieza a desvanecerse la silueta de su cuerpo desnudo, me pregunto qué habrá visto Jeanne, una mujer de treinta y tantos, más bien guapa y de carnes firmes, en un hombre como yo, sesentón y miope y bastante calvo, con barriga y papada y una inexperiencia sexual que seguramente deja mucho que desear, y cuando ella me dice en la penumbra Alfonsó, qué bueno que regresaste, no entiendo nada o quizá lo entiendo todo, y no sé por qué, o lo sé demasiado bien, me hago el ofendido o me ofendo de verdad, y le digo ya te dije que me llamo Alberto, y me levanto de la cama tan rápido como me lo permiten mis sesenta y tantos años, y me visto con igual determinación y me pongo mis lentes que dejé sobre el buró mientras Jeanne, desconcertada y desnuda sobre las sábanas revueltas, pregunta Alfonsó qué te pasa, grita chéri a dónde vas, y yo le digo en español a la chingada y en francés no sé quién piensas que soy, y sin acabar de entender lo que estoy haciendo, aunque seguro de que debo hacerlo, salgo de su buhardilla y a tientas encuentro la puerta que busco y la jalo y me urge tanto irme de allí que no reparo en la altura de la pasarela ni me apoyo en el barandal, sino que a toda prisa llego a la otra puerta y la abro de un empujón y luego bajo los cinco pisos del edificio deteniéndome apenas para encender la luz en cada pasillo, pero cuando emerjo del cubo de la escalera en el patio interior, donde el tardío anochecer de junio ya prodiga las sombras, oigo en lo alto la voz de Jeanne que dice Alfonsó regresa, olvidaste tu sombrero, y mirando a las alturas veo que ella está sobre la pasarela, cubierta con una bata de color pardo, y trae en la mano izquierda mi Panamá, que en efecto olvidé al huir de su buhardilla y, sin ánimo de discutir, le pido aviéntamelo por favor, pero Jeanne dice sube por él, te lo ruego, no me dejes, ne me quitte pas, y cuando digo como quieras y me doy media vuelta para irme, o para fingir que me voy, ella dice espera Alfonsó, allá va, sólo que se inclina demasiado sobre el barandal de la pasarela para arrojar el sombrero, y entonces resbala, o eso quiero creer, y se precipita al vacío, perseguida por un grito inhumano que parece entrar y no salir de sus entrañas, y yo instintivamente me protejo la cabeza con las manos, y el estallido que resuena junto a mí, o más bien los crujidos sordos y simultáneos y atroces que hacen implosión en mi conciencia, me aterran a tal grado que soy incapaz de voltear a ver el bulto inmóvil que yace allí, casi a mi alcance, y corro hasta la reja del patio que por fortuna se abre desde adentro con un pestillo, y al entrar en el garaje percibo de reojo a mi derecha una puerta que antes no había notado, y mientras me dirijo al portón de la calle, que también se puede abrir desde adentro, me parece oír una voz de mujer alterada que dice en francés por ningún motivo salgas de la conserjería, y ya en le rue Bonaparte camino a la izquierda en la Place Saint-Sulpice y rodeo los puestos del Mercado de la Poesía, cerrados desde hace horas, y continúo por la rue Saint-Sulpice en dirección a la rue de Condé, y de allí por la rue Crébillon hasta la Place de l’Odéon, y no paro hasta llegar a mi cuarto en el Hotel Michelet, donde me quedo siempre que viajo a París, pero no consigo estarme quieto en la cama ni dormir más de unos minutos en lo que resta de la noche, y al amanecer me arrepiento de lo que hice, o de lo que no hice, y quién sabe cuánto tiempo después vuelvo a oír entre sueños los sonidos crujientes del cuerpo de Jeanne al estrellarse contra los adoquines del patio, y tardo en comprender que alguien golpea la puerta de mi habitación, y cuando la abro, luego de comprobar en mi reloj que ya pasan de las doce, la camarera me pregunta puedo hacer la limpieza, y le digo déme unos minutos, y me baño y me rasuro los cachetes alrededor de mi barba en candado y me visto como sea, para salir cuanto antes del hotel y volver a la Place Saint-Sulpice, y en la barra del Café de la Mairie me tomo un exprés, rociado con una copa de calvados para fortificarme, y luego me encamino al edificio donde ella vive, o más bien vivía, con la intención de aclarar todo lo que pueda aclararse, acudir a la estación de policía si es preciso, establecer que yo estaba allí de casualidad, por una desafortunada coincidencia, y que había conocido a Madame Jeanne Dargue apenas ayer mismo, pero cuando llego a la rue Bonaparte número 86, pensando cómo haré para entrar si no tengo las llaves, noto que el portón está recién pintado de verde, y que en el vano, a la altura de mi pecho, hay un teclado con números del cero al nueve y las mayúsculas A B C D E, y entiendo que se necesita componer un código para abrir y que, como yo no lo conozco, de cualquier manera no podré entrar y, mientras pienso qué hago, el portón se abre de casualidad, y dejo pasar a una anciana que me mira con desconfianza y, una vez dentro del edificio, veo que en la pared, junto a la reja metálica, hay un tablero de interfón, con hileras verticales de timbres redondos y columnas paralelas de rectángulos donde figuran el número de cada departamento y el nombre de quien lo ocupa, y no encuentro por ningún lado las señas de Jeanne Dargue, aunque estoy seguro de que éste fue el lugar donde estuve anoche y, al ver que al final de la lista de inquilinos hay un conserje, toco su timbre y lo vuelvo a tocar hasta que por fin, de la puerta que descubrí anoche mientras salía del garaje, surge un hombre gordo, de mi edad o un poco mayor, con bigote amarillento por el tabaco y cejas entrecanas y pelo blanco y sucio, que me contempla malhumorado sin decir palabra, y en mi mejor francés le digo buen día, señor, perdone que lo moleste, pero estuve aquí anoche y hubo un accidente, y él me interrumpe para repetir ¿accidente?, en tono de pregunta, y cambiando de estrategia le digo estuve en casa de Madame Jeanne Dargue y el gordo, preguntando otra vez, replica ¿Jeanne D’Arc?, y yo deletreo, de, a, erre, ge, u, e, Dargue y él, rascándose el pelo sucio y frunciendo las cejas entrecanas, dice aquí no vive ninguna Madame Dargue, y yo le digo si me permite pasar al patio le enseñare en dónde estuve y el gordo, sin dejar de rascarse la cabeza ni de fruncir el ceño, va hacia la reja metálica y la abre y entra y me insta a seguirlo y, cuando levanto al mismo tiempo la vista y la diestra para señalar la puerta de acceso a la buhardilla de Jeanne, veo que la pasarela no está allí, y que en vez de la puerta hay una ventana pequeña, y me quedo como estatua, con el brazo levantado y la nariz en el aire y mudo, hasta que el gordo me pregunta qué sucede y, saliendo apenas de mi estupor, le digo allá arriba había una pasarela, y él pregunta cómo lo sabe, y respondo porque estuve aquí anoche y caminé por la pasarela con Madame Jeanne Dargue para ir a su habitación, y el gordo me dice Madame Dargue está muerta y, cuando repito ¿muerta? en tono de pregunta, él dice murió hace muchos años, en 1953, justamente en el mes de junio, y me oigo decirle no me diga que se cayó de la pasarela, y el gordo con cara atónita me vuelve a preguntar cómo lo sabe, y mientras pienso qué podría explicarle, qué debería explicarme, él dice yo tenía cinco años entonces, y mi madre era la conserje del edificio y, cuando yo acababa de irme a la cama, se oyó hasta mi cuarto un ruido espantoso, que nunca voy a olvidar, y al rato mi madre entró para decirme por ningún motivo salgas de la conserjería, y toda la noche oí desde mi cama a la gente ir y venir, la policía, la ambulancia que se llevó el cuerpo, y al día siguiente algunos inquilinos aseguraban que, junto a Madame Dargue, un comisario había encontrado un sombrero de fieltro, de esos que se llaman Panamá, y unos hablaban de asesinato y otros de suicidio, aunque según la versión oficial fue un accidente, y no sé cuántas cosas más me dice el gordo, con el tono desapasionado de quien narra una historia por enésima vez, mientras yo lo oigo y lo sigo oyendo sin apenas escuchar.

 

Álvaro Uribe
Narrador y ensayista. Entre sus libros recientes, Caracteres (2018), Historia de historias (2018) reúne todos sus cuentos.

 

Un comentario en “Acrofobia