En este reportaje se exploran los eslabones fúnebres que componen la cadena social, antropológica y artística que se ha forjado alrededor de los migrantes muertos en el desierto de Arizona

Nunca olvidaré a ese muchacho que vi tendido sobre una camilla de la cámara frigorífica del Pima County Forensic Science Center, la morgue de Tucson, Arizona. Los forenses lo identificaron como “UBC” (“Undocumented Border Crosser” o migrante indocumentado) y le calcularon unos 17 años: era menudo, tenía la cabeza ladeada, un negro rizo sobre la frente y, tras los labios entreabiertos, el brillo de una dentadura muy blanca: parecía un niño dormido, también un Cristo doliente. Llevaba muerto apenas dos o tres días, quizá menos.

El informe anual de 2017, publicado por la morgue de Tucson, clasifica a los migrantes fallecidos en el desierto sonorense según siete grados de descomposición: desde el “grado cero”, que son los cadáveres recientes sobre los que la muerte apenas ha comenzado a hacer mella (como el caso de ese muchacho), hasta la última y séptima fase, cuando la fuerza limpiadora del sol, del desierto y de sus hambrientas criaturas acaban por dejar los huesos mondos —esqueletización completa con degradación ósea— y las más de las veces esparcidos a varios kilómetros a la redonda (ver gráfica 1).

Sea cual sea su estado de descomposición, lo cierto es que el desierto sonorense está regado de migrantes muertos. El antropólogo mexicoamericano Jason de León da fe de esa fúnebre realidad en un libro fundamental: The Land of Open Graves. Living and Dying on the Migrant Trail (2015). Esas “tumbas abiertas”, sometidas al sol y al ansia depredadora de los coyotes y los buitres, son muchas. Los migrantes caen exánimes en los lugares más remotos e intransitables, pero también languidecen y mueren en las cunetas de las carreteras. El último ruido que escuchan es el de los carros, cercanos e inalcanzables, de los gringos.

Es importante notar que al volumen de Jason de León le antecede un mapa digital e interactivo. Producto de la colaboración entre la organización Humane Borders/Fronteras Compasivas y la morgue de Tucson, muestra la representación cartográfica de ese vastísimo cementerio fronterizo.1

En el mapa se señala con puntos rojos el lugar donde fueron hallados los restos de tres mil 244 migrantes fallecidos entre el 1 de octubre de 1999 y el 30 de abril de 2018, de acuerdo con los datos compilados por Fronteras Compasivas. Algunas de las marcas corresponden a más de un cuerpo encontrado.

Quienes conocen la frontera sostienen que por cada cadáver hallado hay cinco más que el desierto no devuelve. Son miles, pues, los migrantes que han muerto y siguen muriendo todos los días en el desierto de Arizona; son pocos los que se encuentran y aún menos los que recuperan su nombre. Las dos cámaras frigoríficas de la morgue de Tucson están repletas de “John Does” y “Jane Does”, nombres genéricos con los que el gobierno de Estados Unidos clasifica a aquellos individuos de identidad desconocida. En este caso, a la cartografía se le une la ciencia forense. Ésta ha registrado no sólo el número de víctimas halladas por mes desde el 2000 hasta 2017, sino también las causas de la muerte —con las altas temperaturas de la canícula aumenta previsible y dramáticamente el número de fallecimientos (ver gráfica 2)—, cuando son identificables: las más frecuentes son hipertermia y deshidratación.

 

No debe subestimarse la fuerza aniquiladora del desierto, la rapidez con que los cuerpos de los migrantes se quedan sin carne y sin músculos, y la celeridad con que, devorados los ligamentos y el cartílago, el esqueleto se descoyunta y los coyotes huyen con el botín de los huesos. Recuperar un esqueleto se vuelve tarea ardua cuando no imposible, como armar un rompecabezas a sabiendas de que quedará incompleto. Eso lo sabe muy bien Águilas del Desierto, una organización humanitaria presidida por el oaxaqueño Ely Ortiz, cuya misión primordial consiste en realizar operaciones de búsqueda de migrantes desaparecidos en la frontera de Arizona con el estado de Sonora.

Los miembros de Águilas del Desierto son hombres y mujeres de extracción humilde, casi todos mexicanos, aunque también hay guatemaltecos, salvadoreños y nicaragüenses. Residentes del área metropolitana de San Diego, cuidan de los jardines de los californianos, destapan las tuberías de sus baños, ponen estuco a las paredes de sus mansiones, trapean los pisos de sus viviendas y le cantan canciones de cuna a sus hijos durante la semana. Pero un fin de semana —y a veces más— al mes, se suben en sus trocas el viernes al atardecer, y después de siete horas de viaje llegan a Gila Bend el sábado en la madrugada.

Gila Bend es un poblachón destartalado de Arizona, uno de esos pueblos de carretera con más letreros luminosos que viviendas y más moteles que habitantes. Es lugar de paso, frecuentado sobre todo por camioneros. Hay varias gasolineras con espacio sobrado para sus enormes traileres; a una de esas gasolineras, llamada LOVE’S y que se anuncia con un enorme corazón rojo y fluorescente que pareciera colgar del cielo, arriban siempre las Águilas del Desierto. Ahí se juntan todos para descansar un par de horas. Con la salida del sol emprenden la larga y dificultosa caminata por el desierto. “Estamos aquí por nuestros hermanos”, dicen, “estamos aquí para encontrar los restos de los seres queridos de nuestros compatriotas. Estamos aquí porque tenemos corazón”.

Ilustraciones: Estelí Meza

Los Desert Eagles (su nombre es orgullosamente bilingüe y pocho) le reconocen al desierto su enorme complejidad. Saben que tiene muchos dueños; que por él pasa, a escondidas, mucha gente. Saben que los cárteles se disputan el territorio, la chamba y la droga, y que es tierra de ajustes de cuentas y de balazos en la nuca. En las cuevas excavadas en la roca de los cerros, en la cuenca de los arroyos secos, a la sombra exigua de los ocotillos y de los saguaros hay muchas veces ropa interior de mujer, ropa desgarrada y extemporánea, calzones hechos bolita, un brasier de encaje verde colgado de una rama.

“Para las mujeres es peor”, me dijo una michoacana a la que acaban de deportar. La conocí en uno de los comedores para migrantes de la ciudad fronteriza de Nogales, Sonora: “para las mujeres es peor”, repitió, mientras se tapaba la cara con las manos.

En el desierto violentan a las mujeres y dejan morir a los migrantes que no pueden ajustarse al paso del grupo. En el desierto malviven todos los que tienen la piel oscura —no solamente los migrantes mexicanos y centroamericanos, sino también los habitantes de la nación Tohono O’odham, una reserva indígena que se extiende en ancha franja a lo largo de 100 km de frontera, la cruza, y se adentra en territorio mexicano.

Y fue precisamente muy cerca de la reserva, a apenas 12 km al oeste de la localidad de Ajo, donde como acompañante de Águilas del Desierto encontré dos cráneos humanos, a poca distancia el uno y del otro. A las calaveras les faltaba la mandíbula inferior, pero una la localizamos poco después, a unos 100 metros del sombrío hallazgo. A pesar de que éramos una veintena y de que peinamos cuidadosamente la zona no pudimos encontrar vestigio alguno del resto de los esqueletos. En nuestra memoria habría quedado tan sólo la redondez esquemática y blanqueada de dos calaveras y la U esmaltada de una mandíbula de dientes perfectos, si no fuera porque junto a uno de los cráneos, y en un meandro sombreado del arroyo yermo, encontramos también unos pantalones de mezclilla, una camiseta desteñida, unos tenis, una cartera con un billete de 10 quetzales y dos boletos del Metro de la Ciudad de México.

El secreto hermético de los huesos deja en el desierto un rastro textil, y en ese rastro se vislumbran los retazos de una vida; en este caso, presumiblemente la de un muchacho guatemalteco (la ropa era de hombre; la dentadura sana e íntegra de alguien muy joven) que en su viaje hacia el norte llegó a la Ciudad de México, consiguió algún trabajo para juntar unos pesos y siguió su camino derechito hacia la muerte.

El desierto es un cementerio de tumbas abiertas y un libro de muchas páginas en blanco que se van llenando rápidamente con historias entre falsas y verdaderas. Hay muchas, muchísimas, que quedan aún por registrar y desenterrar, más todas aquellas que el desierto nunca revelará. Yo voy a contar algunas. Un migrante vio apoyada contra el tronco de un palo verde a una mujer con un bebé en los brazos. El bebé estaba perfectamente inmóvil. Estaba muerto y las cuencas de los ojos eran dos hervideros de moscas zumbonas. Los ojos se los habían comido los zopilotes, es lo primero que se meriendan. ¿Y la madre? “La madre estaba viva cuando la encontramos, pero sin fuerzas para ahuyentar a los buitres, desmayada. No pudimos hacer nada, la vimos morir”. La causa de la muerte de un migrante, en el mes de julio de 2017, fue “estrangulación por ahorcamiento”. El cadáver, momificado y hueco, mostraba en el cuello el tatuaje de la soga. “Así mueren muchos”, me contó un oficial de la patrulla fronteriza, un puertorriqueño. “Entran en un estado de locura transitoria, vueltos locos por el calor y por la deshidratación, porque saben que están perdidos, que el coyote los abandonó y no va a regresar por ellos, que les espera una muerte lenta y terrible, y se cuelgan de un árbol, de los pocos que hay. A este que usted dice lo localizó un helicóptero hace dos días, allá por esos cerros”. Un grupo de migrantes vio dos cadáveres momificados y mutilados en una hondonada entre dos pequeños cerros. Alguien había encontrado esos cadáveres antes que ellos, porque la zona estaba acordonada con cinta amarilla, mejor dicho, con restos de ella. “Estaba claro que había pasado mucho tiempo, la cinta estaba desteñida, rota. Pero a los sheriffs les vale madre, les avisas, y como el lugar esté muy alejado, pues ni se preocupan de llegar”.

 

En el desierto se mezclan y codean la crueldad y la compasión, la indiferencia y el compromiso, la inercia y la voluntad decidida. No pocas veces, sin embargo, destacan y salen victoriosos la empatía y el empeño, como ocurre cuando Águilas del Desierto realiza su labor al aire libre, o cuando otros ejercitan la compasión bajo techo. En la morgue de Tucson he visto el esfuerzo minucioso y empecinado de muchos (de los médicos forenses y de su director, el doctor Gregory Hess, que realiza una labor ejemplar e inspiradora; de los voluntarios de la ONG Colibri Center for Human Rights fundada y dirigida con eficacia altruista por Robin Reineke, y con sede en las instalaciones del propio Pima County Forensic Science Center; de los expertos y entregados funcionarios consulares de México, Guatemala y El Salvador) por identificar a los emigrantes que el desierto (¿sólo el desierto?) mata. Y es la ropa —esas prendas que esparcidas sobre la arena, a veces hasta mimetizadas con ella, o extendidas sobre una camilla en la antesala de la cámara frigorífica de la morgue, tienen ese color terroso, esa textura inmemorial de los artefactos arqueológicos— la que brinda una mano misericordiosa.

—¿Sabes por qué estoy tomando tantas fotos a las suelas de los zapatos? —me preguntaba un día un funcionario del consulado de México en Tucson—. Pues porque en las comunidades rurales de México y de Centroamérica las mujeres tienen la costumbre, todas las semanas, de cepillar los zapatos de sus hombres. Y lo que a esas mujeres, familiares de los que cruzan la frontera, se les queda imborrable en la memoria es el dibujo de esas suelas.

Son las suelas, ironía trágica, las que prestan ayuda, esas mismas suelas que llevaron al migrante a la muerte. Son también los papelitos enrollados que se guardan en el cintillo de los pantalones, pequeños trozos de papel con números de teléfono y direcciones postales escritas a mano que el personal forense extrae con cuidado, después de abrir las costuras con una navaja de afeitar. Y a esas pertenencias personales —las billeteras, las cédulas de identificación (que pueden ser verdaderas o falsificadas), las estampillas religiosas, las fotografías desvaídas muchas veces, las cosas, insignificantes o significativas— se aferra, ya inútil, ya muerta, una vida. Esas pertenencias, enfundadas en las mangas de plástico compartimentado que en sus archivos guarda la morgue de Tucson, e impregnadas todavía de la grasa del fallecido, cuentan a retazos una vida sin nombre.

 

Pueblan el desierto criaturas de piel negra y lustrosa que conviven con las serpientes cascabel, los coyotes (de cuatro patas, y de dos), las liebres, los zopilotes y los venados. Se esconden bajo los arbustos de mezquite, apenas protegidas del sol. Son los galones de agua que hacen posible la supervivencia de los migrantes durante su travesía del desierto sonorense, grandes botellones en los que se transparentaría el vaivén del agua. Ennegrecidos, ya no espejean los pasos de los migrantes. Pasos acompasados y seguros al comienzo del viaje, pasos cansinos y de pies que se arrastran cuando los días se suceden y el desierto es infinito; pasos que se precipitan, enredan y despeñan cuando acechan los oficiales de la patrulla fronteriza. Las linternas de la migra y los rayos del sol robaban delatores brillos de plata al plástico transparente de los garrafones, por eso los emigrantes acabaron cubriéndolos, a grandes brochazos, con un manto nocturno, y envolviéndolos muchas veces en retazos de manta o en tela de camuflaje, o incluso enfundándolos en perneras de pantalones de mezclilla

Al ingenio artesanal e improvisado, sin embargo, pronto le siguió el espíritu empresarial: ahora esos garrafones vienen ya oscuros de fábrica, como vienen camufladas las pantuflas. ¿Pantuflas en el desierto? Sí, muchas, innumerables, tan frecuentes, tan terrosas y empolvadas, tan hechas ya al paisaje, tan mordisqueadas y arrastradas de aquí para allá por las alimañas y picoteadas por los zopilotes como los garrafones negros.

La primera vez que vi unas pantuflas fue en la morgue de Tucson. Sobre una camilla yacía el cuerpo momificado de un presunto migrante indocumentado, la piel del color y la textura del cuero curtido, y la carne —a trechos deshebrada— prueba, me dijeron los forenses, de que los coyotes habían saciado el hambre con ella. Y sobre otra camilla descansaba, con gestos humanos (una manga que se posa, leve, sobre la pechera de una camisa; una pernera doblada a la altura de la “rodilla”), la ropa del fallecido, una camisa, un pantalón, el calzón, una chamarra, un cinturón correoso aún adherido a una burda hebilla oxidada. Y también una versión callejera de pantuflas rudimentarias y sobredimensionadas, confeccionadas las más de las veces con tela de camuflaje y provistas siempre de suela de alfombra. “What are these?”, pregunté en inglés. “Oh, these are ‘sneaky feet’”, respondió con naturalidad el médico forense. Es decir, pies tramposos, o mentirosos, porque no dejan huella en el desierto. En efecto, esas pantuflas en las que los migrantes meten los pies calzados con tenis sirven para que no se note su paso cuando atraviesan las anchas pistas de arena que la migra se ocupa de alisar.

Como señala un artículo, “a lo largo de la frontera se extienden millas y millas de carreteras o pistas construidas por la Patrulla Fronteriza, muchas de las cuales se remontan a los años veinte. Se les llama ‘drag roads’ o ‘pistas de arrastre’, porque la patrulla arrastra sobre ellas cualquier cosa que tenga a mano —un pedazo de techo de lámina, un trozo de reja, pero sobre todo, grandes llantas— para alisar la arena. […] Esto lo hace la patrulla todos los días, porque les permite identificar señales de actividad humana y comprobar si alguien ha cruzado la frontera. Se trata de una vieja estrategia utilizada ya por los pueblos indígenas norteamericanos […], y contra la que los emigrantes se defienden envolviéndose los pies con pedazos de alfombra y atándolos con una cuerda. Una vez que han cruzado la pista se deshacen de esa suerte de pantuflas, que uno puede encontrar tiradas por todas partes”.2

 

Ricardo Domínguez, artista fronterizo e irreverente, llama a esas pistas de arena meticulosamente alisadas “The zen gardens of the Border Patrol”, los jardines zen de la migra. Domínguez saltó a las planas de los periódicos en 2007, cuando creó el Transborder Immigrant Tool o TBT, una herramienta transfronteriza diseñada para orientar al migrante en el desierto, ayudarlo a esquivar a los oficiales de la migra, y localizar las estaciones de agua que las organizaciones humanitarias instalan estratégicamente a lo largo de las sendas migratorias.3

En realidad se trata de una aplicación telefónica (en una década en que las aplicaciones estaban todavía en pañales) cuyo propósito era no sólo brindar ayuda “práctica” sino también apoyo emocional, en la forma de poemas que aparecen en la pantalla del teléfono. Para Ricardo Domínguez y su colectivo de artistas conocido como Electronic Disturbance Theater, la poesía no es sólo una fuente de consuelo y un gesto solidario, sino una herramienta destinada a “disolver” la frontera entre México y Estados Unidos. En 2011 el TBT estaba listo para su distribución, pero nunca llegó a manos de los usuarios. De hecho, la audaz intervención artística del “Teatro de Perturbación Electrónica” activó otro tipo de intervención, la de las autoridades legales. Se inició una investigación gubernamental en la que participó la CIA, y Domínguez, que acababa de acceder a un puesto vitalicio como profesor en la Universidad de San Diego, estuvo a punto de perder éste y de dar con sus huesos en la cárcel.

El “caso Domínguez” es un elocuente precursor del “caso Warren”. Si en la década de 2010 el artista californiano fue sometido a investigación por desarrollar un instrumento destinado a facilitar la emigración ilegal con ayuda de fondos y becas estatales, ahora, en la aún más represiva década de 2020, la ley vuelve a actuar con fuerza, e incrimina al activista de Arizona, Scott Warren, por socorrer a dos migrantes centroamericanos y ofrecerles alojamiento y sustento en uno de los locales de la organización humanitaria No más muertes/No More Deaths.

Una fuerte solidaridad une a artistas y activistas a lo largo de la frontera. Esa solidaridad es particularmente intensa y eficaz en Tucson y sus inmediaciones. Quiero hacer notar el caso, por ejemplo, del colombiano Álvaro Enciso, artista autodidacta que al ver por primera vez el mapa de los puntos rojos de Fronteras Compasivas, espeluznante y cada vez más denso, un mar de sangre coagulada y yerta, decidió liquidar los asuntos de empresa, hizo las maletas y se instaló en Tucson. Desde 2013 todos los martes, y sin faltar ninguno, Álvaro sale al desierto con un mapa detallado y una sencilla cruz de madera, una cruz atea, que para él simboliza la verticalidad de la vida, la horizontalidad de la muerte y ese instante en el que la vida y la muerte se tocan. Con ayuda del mapa señalizador de coordenadas geoespaciales, el activista colombiano localiza el punto exacto, uno de los muchos que constituyen el mapa de la muerte, y sobre él clava una cruz. Todas las cruces están marcadas con un punto rojo, recortado del metal de las latas que se encuentran en el desierto, y que simboliza los puntos del mapa. De esta forma el artista rinde homenaje a la vida y la muerte de los migrantes muchas veces anónimos y sin identificar, otras veces (las menos) con nombre.

Sin duda, para Álvaro Enciso el desierto que lo rodea es el infierno precisamente de los sin nombre, de los rechazados, los que nadie quiere, los ninguneados, los que en el desierto se pierden, mueren y muy pocos se esfuerzan por encontrar. Por eso la nueva serie pictórica de Álvaro Enciso vuelve a rendirles homenaje a todos. La espalda siluetada y solidaria del propio artista se vuelve símbolo del migrante anónimo y sin rostro. También el cuerpo de éste exhibe —como el mapa, como la cruz— la herida fúnebre del punto rojo.

En sus salidas semanales al desierto Enciso cuenta con la ayuda de muchos voluntarios, entre ellos los “Samaritans” de Tucson, de Green Valley y del igualmente próximo Nogales, Arizona. En el Nogales del otro lado de la frontera, en el Nogales mexicano, otro artista autodidacta, Wenceslao Hernández, se beneficia igualmente de la ayuda compasiva de los “samaritanos”, sobre todo de las “samaritanas”. Éstas socorren a los migrantes y los deportados en el refugio regentado por los jesuitas conocido como “el comedor del padre Kino”. A ese comedor llegó un día Wenceslao, exhausto y desposeído, como llegan todos, un muchacho de 22 que creció en un orfanato en Guadalajara y se encaramó a “la bestia” para llegar al norte. Wences (así quieren que lo llamen, aunque sus cuadros los firma habitualmente como “Wens”) tiene un hijo con una gringa, un hijo a quien apenas ve, porque vive “al otro lado”. Wences ve ese otro lado desde la ventana de su casa, y con la luz que entra por esa ventana pinta el muro, pinta a los migrantes, pinta a las samaritanas gringas socorriéndolos, y utiliza muchas veces como lienzo las sencillas cruces de madera que en el “comedor del padre Kino” le dio el padre Samuel para que las policromara. El “comedor del padre Kino” da de comer y desayunar a los que esperan cruzar, todavía con esperanzas, y a los que regresan, derrotados y sin fe. Junto a las largas mesas cubiertas con manteles de hule hay una pequeña clínica, un rincón en realidad en donde los médicos y enfermeras voluntarios curan los pies llagados de los migrantes. Y junto a ese rincón que ofrece primeros auxilios, hay otro con una mesa de burdos tablones salpicada de pintura. Esa mesa hace las veces de sala de terapia y de mostrador de tienda. Sobre esa mesa Wences comenzó a pintar, y le demostró al padre Samuel que tenía talento, y en esa mesa Wences exhibió sus primeras cruces y con ellas se ganó sus primeros pesos como artista. El maestro de Wences es internet. En él busca, incansable, y encuentra a los artistas que apelan a su sensibilidad. Lo que le gusta, lo copia, y libremente lo integra a los paisajes y habitantes de la frontera. En su arte se mezclan sin pudor la realidad y la ficción pictórica. La libertad de Wences es desinhibida y audaz. Pinta lo que se le da la gana como, por ejemplo, el muro de Nogales, ese que ve desde su ventana y, tras él, la silueta de las casas de la glorieta de Atocha en Madrid, porque esas casas, copiadas del cuadro Atocha (1964) que en pleno franquismo pergeñó el conocido pintor español Antonio López, las vio en la pantalla de la computadora y se obsesionó con ellas.

Wences vive todos los días, en carne propia y ajena, la realidad de la emigración y la deportación. A ese hombre que en su cuadro se pega y encarama al muro herrumbroso lo ha visto el pintor huérfano muchas veces, de la misma forma que ve todos los días, al pie de su edificio, agazapados contra una pared derruida en un baldío, a los migrantes, ya vestidos con ropa de camuflaje, esperando a que lleguen los coyotes. Wences sabe de las crueldades y las arbitrariedades de la frontera, sabe de sobra que huele a muerte. En las cruces o pequeñas tablas rudimentarias sobre las que despliega el escenario de sus paisajes, hay muchas veces muertos y heridos, migrantes cuya vida depende del agua que transportan en un garrafón (los cuadros de Wences están llenos de los emblemáticos bidones, y en ellos se mezcla muchas veces el garrafón traslúcido y primerizo con la más reciente versión del botellón de plástico negro), migrantes que ya no pudieron seguir, y que yacen, semimuertos o muertos del todo, en los brazos de las samaritanas.

En Ajo, Arizona, pequeña localidad del desierto a unas dos horas de Tucson y a una de la frontera, vive Thomas Kiefer. Originario de Kansas y fotógrafo autodidacta, Kiefer se instaló en el antiguo enclave minero ahora en decadencia (Ajo conoció años de prosperidad antes de que la mina de cobre se clausurara definitivamente en 1985) y comenzó a trabajar como empleado de limpieza en el centro de detención y procesamiento de la Patrulla Fronteriza muy cerca de Ajo. Durante su estancia allí, Kiefer se dio cuenta de que los oficiales de inmigración tiraban a la basura todas las pertenencias personales de los emigrantes detenidos, a pesar de que la ley dictamina que deben regresarse a sus dueños una vez que haya sido procesado su caso. Durante 11 años Kiefer fue extrayendo de forma clandestina los objetos personales de los grandes contenedores. Obran en su poder miles de artefactos, que conserva almacenados en dos bodegas, y con los que realiza collages temáticos y seriales que luego fotografía, en un afán de dar visibilidad a los desafueros y penalidades que acompañan muchas veces a la experiencia de la migración. Uno de esos collages, por ejemplo, que forma parte de su serie artística, “El sueño americano”,4 distribuye 15 garrafones en tres filas de cinco garrafones cada una. A pesar de esa organización perfectamente simétrica, los garrafones tienen “personalidad” propia, porque sobre todos ellos ha dejado huella el ingenio artesanal. Muchos están forrados de telas de diferentes colores y texturas, otros tienen una soga y hasta un palo atado al asa. Otros collages muestran cepillos de dientes, pastas de jabón, auriculares, cinturones enrollados en una espiral delirante, billeteras, y un largo etcétera.

El inventario que Tom Kiefer robó a la migra es infinito y sobrecogedor. Dos de las fotos que tomé en su estudio (una, de objetos pequeños distribuidos sobre una gran mesa; otra, un retrato de Tom Kiefer delante de una de las tres “torres” de cobijas que rescató de los contenedores de basura) dan testimonio parcial de esa variedad criminalmente desechada por las autoridades migratorias.

El arte de la frontera no es patrimonio exclusivo de los hombres. También las mujeres han producido obras artísticas relacionadas directamente con la emigración y con las muchas víctimas que se cobra el desierto. Entre estas artistas destaca sin duda Susan Harbage, quien a la manera de Kiefer crea reproducciones fotográficas y archivos con los objetos migrantes, aunque esta vez se trata de las prendas textiles que se dejan atrás a lo largo de la frontera con Texas. Otro ejemplo es el de Valarie Lee James, la cual se ha tomado el trabajo de prestarle atención artística y académica a los paños bordados a mano o “tortilleros” con los que los migrantes envuelven la comida que llevan en las mochilas. El propio Kiefer encontró muchos de estos paños en los contenedores de basura del centro de detención.

Pero el esfuerzo artístico más sostenido lo ha realizado sin duda el colectivo de mujeres a cargo del Migrant Quilt Project.5 Liderado por la artista y activista Jody Ipsen, desde el año 2000, fecha en la que la morgue de Tucson comenzó a hacer públicos los casos y nombres de los migrantes fallecidos en el desierto de Arizona, el colectivo feminista cose un gran edredón anual en homenaje a las víctimas que ese año en particular se ha cobrado la ancha franja fronteriza que se extiende desde Nuevo México hasta Yuma, conocida como el “Tucson sector”. Los nombres de las víctimas aparecen bordadas en los edredones, y se borda o escribe la palabra “desconocido” o “desconocida” (a veces, se emplea el vocablo inglés “unknown”) para aquellas víctimas que no han podido ser identificadas.

El Migrant Quilt Project tiene en su haber 18 edredones (el de este 2019 está todavía en manos de las bordadoras) confeccionados con las telas de las prendas que los migrantes dejan atrás en el desierto. El color que predominaba hasta hace muy poco era el azul de los pantalones y las chamarras de mezclilla, pespunteado con los colores más vivos de las bandanas, los tortilleros, las camisetas y las camisas, pero se vislumbra una nueva gama de tonos verdes y terrosos. Cada vez son más los migrantes que visten ropa de camuflaje, así es que los nuevos edredones están a punto de volverse testimonio trágicamente elocuente de la homogeneización textil de la frontera y de su creciente y mortífera militarización.

 

Maite Zubiaurre
Profesora de la Universidad de California, Los Angeles (UCLA). Es autora de: Talking Trash. Cultural Uses of Waste (Hablando de basura. Usos culturales de los desechos), Vanderbilt University Press, 2019, entre otros libros. Actualmente, sus investigaciones se centran en la realidad migratoria y las representaciones culturales de la frontera de México y Estados Unidos.


1 https://humaneborders.org/migrant-death-mapping/

2 “Border Signs: Turning a lens on the tragedy and mystery of the U.S.–Mexico frontier”, The California Sunday, 2 de noviembre 2014, disponible en https://story.californiasunday.com/richard-misrach-border-signs. Traducción de la autora

3 Ver: https://anthology.rhizome.org/transborder-immigrant-tool

4 Ver: http://www.tomkiefer.com

5 Ver: http://migrantquiltproject.org/quilts/

 

Un comentario en “Los migrantes muertos de Arizona

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