Barack Obama, galardonado con el Premio Nobel de la Paz en su primer año como presidente, era conocido como Barry de pequeño. El apodo, autoimpuesto, era entre otras cosas para no espantar a sus amigos estadunidenses con su nombre extranjero, raro. No era Barack Hussein, era Barry, uno de los nombres más comunes en Estados Unidos. Alguien común y corriente.

Al crecer y convertirse en político de carrera regresó a su nombre. Otros trazos de su personalidad hicieron que dejara de importar para cierta parte del electorado, la suficiente para ganar la elección. Obama era el presidente cool, el presidente que iba a los programas de moda en la televisión, el presidente que compartía su lista de canciones preferidas en Spotify. Era, en pocas palabras, el ídolo de una nueva generación acostumbrada a los políticos acartonados o corruptos, siempre envueltos en escándalos de sexo y soborno.

Pero mientras que Obama cultivaba ese lado de su imagen, sus políticas como presidente eran, en algunos casos, igual o más reaccionarias que las de sus predecesores. Obama mandó matar a Osama Bin Laden en Pakistán en una ejecución extrajudicial. Autorizó el asesinato de ciudadanos de su país en territorio extranjero por haber traicionado a Estados Unidos, cosa que no se había hecho antes.

Y, quizás, en su peor política como presidente del país que se autodenomina “la tierra de los libres”, expulsó a la mayor cantidad de migrantes en su historia. Obama dejó de ser conocido como Barry y se convirtió en el Deporter in Chief, o “Deportador en jefe”.

Bajo Obama quienes más sufrieron fueron los mexicanos, en gran parte porque eran ellos quienes migraban en mayores números a Estados Unidos. En sus dos periodos presidenciales (2008-2016) la retórica antimigrante regresó al escenario público. Mentira, no regresó, aumentó el volumen porque en realidad nunca se fue. Es imposible olvidar a Joe Arpaio, el sheriff del condado de Maricopa en Arizona, conocido por sus brutales prácticas en contra de los indocumentados, las cuales rayaban en la definición internacionalmente aceptada de tortura.

El maltrato continuaba e incluso aumentaba, a pesar de que la migración mexicana prácticamente se detuvo. En 2012 el Pew Research Center, uno de los centros de análisis que más datos ha recabado sobre el tema, publicó datos que llamaban la atención: por primera vez desde 1850 la mayor ola migrante en la historia de Estados Unidos se desvanecía.1 Las causas eran múltiples: la recesión económica que había golpeado al país en los últimos años seguía dando coletazos, la frontera estaba más vigilada que antes —en particular con tecnologías nuevas como los drones— y, sobre todo, el auge del crimen organizado en México había hecho el trayecto mucho más peligroso para los migrantes.

Luego viene la historia de todos conocida: un país que parecía entrado en un futuro posracial, al menos en términos de la relación blancos y negros, había experimentado un espejismo en realidad. Como dijera el ensayista Ta-Nehisi Coates tras la elección de Donald Trump en 2016, Trump fue el primer presidente blanco de Estados Unidos, el primer presidente electo por su color de piel, electo en condena por un país cuya incomodidad ante la presidencia de un Barack Hussein y no un Barry era palpable.

La campaña de Trump, con ese infame inicio en las escaleras eléctricas de su rascacielos, en el cual dijo que la mayoría de los mexicanos “enviados” por México a Estados Unidos eran violadores, fue sólo la expresión externa de algo que pensaba y creía una gran parte del electorado estadunidense. Las cifras y los datos eran inútiles, esto se trataba de un sentimiento, de algo visceral. Los mexicanos —grupo que, de facto, incluía a los centroamericanos también porque para efectos prácticos representaban lo mismo y venían desde la misma dirección— eran criminales, y había que echarlos del país si los nativos querían recuperarlo. Make America Great Again, fue el lema. Esa grandeza, en el pensamiento colectivo, implicaba subsumir al tono de piel negro que se había atrevido a arrebatar la presidencia y expulsar al tono de piel café que se había atrevido a arrebatar los trabajos.

Pero antes de eso el presidente Trump se fue contra los musulmanes, otro tono de café. Les cerró el paso por los aeropuertos. Les quitó las visas. A los residentes incluso les retiró sus derechos.

Ilustraciones: Patricio Betteo

Y después se fue por los mexicanos y los centroamericanos con la excusa del narcotráfico y también del terrorismo. Para él el muro, una construcción, no era simbólico. No era erigir una barda en la frontera sur como señal de que no había paso. Para él era literal: las drogas, los migrantes, los males principales de Estados Unidos atravesaban día con día por ese terreno inhóspito. A ello se le sumaban los musulmanes que fingían ser mexicanos y que buscaban cruzar para volar en pedazos el país vecino.

El muro sería la manera de detenerlos, aunque sus propias agencias le dijeran lo contrario: la migración y el narcotráfico disminuían, y los migrantes que seguían llegando no lo hacían a pie.

La droga tampoco. Ambas lo hacían en avión, por puertos de entrada tan al norte como Chicago y Nueva York.

Sin embargo, unos años más tarde, para fortuna de Trump e infortunio del resto, la economía centroamericana reventó. No es propósito de este ensayo revisar las causas del éxodo masivo de Centroamérica, pero sí tocar en ello brevemente para dar contexto: los precios del café se desplomaron. La violencia se mantuvo y hasta incrementó. Los gobiernos no supieron responder. Las elecciones no dieron certidumbre. La gente, por lo tanto, huyó de sus países.

¿Qué ocurrió? Que ante las caravanas —dibujadas como hordas por el canal de televisión Fox, al cual Trump tiene una adicción— el presidente vio la oportunidad no sólo de realzar su imagen, sino de crear el trampolín para su reelección. Centroamérica iba a invadir Estados Unidos. Y él no se iba a dejar. Pasaría a la historia como el salvador de los blancos. El líder de la gran cruzada de la nueva era.

La respuesta fue digna de las peores pesadillas del siglo pasado. No sólo las de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, en la que, previo a los campos de exterminio, se levantaron campos de concentración. También de uno de los episodios más vergonzosos de la historia reciente de Estados Unidos: los campos de detención para personas de ascendencia japonesa. Mientras Alemania detenía judíos para después exterminarlos, Estados Unidos segregaba a sus ciudadanos de origen japonés y les daba trato de prisioneros de guerra.

A pesar de cumplir con la ley y de tener los mismos derechos que cualquier otro connacional conforme a la constitución de su país.

Ahora sucede algo similar. No sólo se maltrata a los migrantes que cruzan la frontera sin documentos, sino también a quienes buscan acogerse a la ley estadunidense y al derecho internacional: hombres, mujeres y niños que solicitan asilo.

Para Estados Unidos todos son delincuentes, incluso los niños de dos, tres años. A ellos los separa de sus padres y los encierra en jaulas. A los padres los hacina por tiempo indefinido. En ambos casos cualquier cosa que se perciba como trasgresión es castigada con máxima fuerza.2 Al momento de escribir estas líneas cerca de 25 migrantes han muerto bajo custodia del gobierno estadunidense, aunque la cifra puede ser más alta porque los informes oficiales no se han actualizado durante el último año y medio.3

Al electorado de Estados Unidos, cuyas campañas presidenciales comenzaron el mes pasado, la situación le tiene sin cuidado. Los campos de detención no sólo están en la frontera, sino que se reparten por todo el país. Aunque este tratamiento inhumano ocurra a unas cuantas cuadras del votante promedio, Donald Trump se encuentra en la misma posición en las encuestas que hace cuatro años. Abajo del candidato demócrata pero no lo suficiente como para descartar su reelección. El hecho de que trate a migrantes como animales salvajes incluso lo acerca a otro cuatrienio.

Tuvo razón Andrés Manuel López Obrador en su carta de mayo a Donald Trump, la Estatua de la Libertad no es un símbolo vacío. Sólo que ahora significa lo contrario. Ya no es bienvenidos los pobres, los cansados, los hambrientos. Ahora es: quédense fuera, no los queremos. Si vienen los trataremos peor que en sus países de origen.

 

Cuando López Obrador estaba en la antesala de su tercera campaña presidencial publicó un libro llamado Oye, Trump (Planeta, 2017). El libro, de unas escuetas 148 páginas, presentaba a un político mucho más belicoso que el actual respecto a la relación con Estados Unidos. El tono, desde el título, era de confrontación. Lejos ha quedado esa postura, que ha sido sustituida por una de apaciguamiento. Como Neville Chamberlain, el primer ministro británico de finales de la década de los treinta, quien regresó de Alemania con un papel en la mano que prometía “la paz en nuestro tiempo”.

Así el presidente a través de su secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, quien en junio volvió de un viaje de emergencia a Washington D.C. sin papel en mano pero con el grito de “ganamos tiempo”. “Tiempo”, dijo Ebrard porque lo inminente se convirtió en un periodo de gracia de 45 días.

En lugar de recibir el golpe inmediato de aranceles con el que Trump amenazó a México, Ebrard propuso lo impensable: militarizar el proceso migratorio en nuestro país. Impensable para un gobierno que hasta hace unos meses pregonaba la atención integral y los permisos laborales a los migrantes centroamericanos que llegaran a México. Pero no impensable como continuación de la política exterior del gobierno previo, aquel del que tanto se quiso distanciar AMLO en campaña.

La relación entre Barack Obama y Enrique Peña Nieto no fue mala. Fue distante, pues la reforma migratoria que a principios de siglo parecía posible desapareció de la mesa después del 11 de septiembre de 2001. Desde entonces lo poco que le interesaba a Estados Unidos de México se cumplía. El Tratado de Libre Comercio funcionaba, el acceso a las agencias antidrogas y de seguridad, aunque más restringido que en el sexenio de Felipe Calderón, se mantenía abierto. Fueron, según diversos testimonios, agentes encubiertos los que participaron en la recaptura de Joaquín El Chapo Guzmán.4

La relación entre Donald Trump y Peña Nieto, en cambio, fue una de incomprensión total. Más allá del garrafal error de invitar al entonces candidato Trump a Los Pinos, el gobierno de Peña Nieto jamás entendió al nuevo presidente de Estados Unidos. Cedió en todo lo que pudo, y buscó en Jared Kushner, yerno de Trump, una puerta exclusiva de entrada a la Casa Blanca. Y Luis Videgaray la obtuvo, de eso no queda duda alguna. El problema es que de nada sirve lidiar con los adláteres de Trump si Trump no les presta ninguna atención. Kushner sirve, si acaso, como emisario de lo que opina su suegro. Como consejero, incluso, al explicar qué hacer para cumplir con la petición, que en realidad es exigencia. Pero el presidente tiene la última palabra.

Al final del sexenio, en su último acto protocolario, Peña Nieto entregó el Águila Azteca a Kushner. El yerno evitó la debacle y la crisis, y con un presidente tan temperamental como el estadunidense, para Peña Nieto no fue logro menor evadir la catástrofe que parecía inevitable.

Ése fue el consejo que le dio la administración pasada a la actual, usar los canales subterráneos e informales. Para llegar a Trump había que pasar por Kushner. Y así se hizo en un principio, aunque sin la cercanía de Videgaray. Según lo que se sabe de la famosa cena privada entre el presidente López Obrador y Kushner en marzo de este año, la advertencia fue sencilla: la migración es lo que más le importa a Trump y es lo que debe resolverse para mantener una buena relación.

La advertencia inicial cayó en oídos sordos. El flujo migratorio aumentó, como era de esperarse, y el discurso de brazos abiertos, aunque menos repetido, parecía seguir siendo el oficial. No fue hasta la serie de tuitazos de Trump de finales de mayo que se cayó en cuenta sobre la gravedad del asunto.5 Pero para entonces ya era demasiado tarde.

Es así como Ebrard fue despachado a Washington un viernes por la noche, cuando Kushner se encontraba en Israel y Mike Pompeo, secretario de Estado, estaba en Europa. El canciller mexicano hizo lo que pudo en un fin de semana en el que no había con quién hablar en el gobierno, y al final regresó cubierto de gloria.

Gloria que duró unos cuantos días; primero, cuando se supieron los detalles de la negociación, que incluyeron un ultimátum del gobierno de Estados Unidos y, segundo, cuando Donald Trump, maestro del truco televisivo, mostró el papel que llevaba dentro de la bolsa del saco, papel que según él establecía un acuerdo distinto al publicitado. Así, él mantenía el dominio en la relación bilateral, y México terminaría por hacer lo que él le había prometido a sus votantes en la primera campaña y ahora refrenda en la segunda: “We will build a wall and Mexico will pay for it”, dijo una y otra vez durante todo 2016. Pero ni siquiera fue necesario construirlo.

Trump sólo tuvo que meterle un pequeño susto al gobierno de López Obrador para que nuestro país se volviera el alambre de púas de Estados Unidos.

Eso sí, un alambre cubierto con una tela muy bonita que dice “Guardia Nacional” en letras blancas sobre un fondo negro.

 

Esteban Illades
Editor y escritor.


1 Passel, Jeffrey S., D’Vera Cohn y Ana González-Barrera, Net Migration From Mexico Falls to Zero–and Perhaps Less, Pew Research Center, 23 de abril de 2013. Disponible en: https://www.pewhispanic.org/2012/04/23/net-migration-from-mexico-falls-to-zero-and-perhaps-less/ (fecha de consulta: 26 de junio de 2019).

2 El periodista Jonathan M. Katz ha hecho, en su cuenta de Twitter, un recuento de las atrocidades perpetradas por el gobierno estadunidense. Entre otras cosas narra el caso de un grupo de niños que se contagió de piojos, y en lugar de darles tratamiento se les dio un peine a todos para compartir. Cuando los niños perdieron el peine, los guardias del centro de detención les quitaron las cobijas y colchones como castigo. Ver: https://twitter.com/KatzOnEarth/status/1141154299826855936 (fecha de consulta: 26 de junio de 2019).

3 Klippenstein, Ken, “ICE Stopped Updating Its List of ‘Deaths in ICE Custody’”, The Young Turks, 17 de junio de 2019. Disponible en: https://tyt.com/stories/4vZLCHuQrYE4uKagy0oyMA/2rdpMiN8dW4CwMxQisARTm (fecha de consulta: 26 de junio de 2019).

4 Beith, Malcolm, “El juicio de Joaquín El Chapo Guzmán: lo que no se supo”, nexos, 12 de febrero de 2019. Disponible en: https://www.nexos.com.mx/?p=41145 (fecha de consulta: 26 de junio de 2019).

5 Trump tuiteó en contra de México, como siempre sucede, después de una debacle no relacionada. En este caso fue la conferencia de prensa de Robert Mueller, quien investigó el proceso electoral de 2016 y dijo que no podía ni culpar ni exonerar al presidente respecto a una posible colusión con el gobierno ruso.

 

Un comentario en “Antes y después de Trump

  1. Estimado sr. Illades. Interesante su comentario, sin embargo difiero de él con un pregunta. ¿Que habría hecho usted si fuera presidente? ¿se habría enfrentado a Trump? ¿Habría levantado las banderas del nacionalismo y desoyera las exigencias de ese maniaco? ¿O qué habría hecho? La historia de México lo prueba a mansalva? Contra el Imperio nunca se ha podido hacer otra cosa que actuar diplomáticamente para salir lo menos raspado.. Analice usted. La invasión de Texas, la pérdida de más de la mitad del territorio en la guerra del 46, el tratado Mc. Lean Ocampo. La eterna y continua intervención para favorecer a las empresas norteamericana, la invasión de Veracruz en el 14, el tratado de Bucarelí y la simpre grosera y prepotente diplomacia norteamericana. Y dígame, ¿qué pasó cuando Fox (en un extraño acto de lucidez) se opuso a la intervnción de E:U: en Irak, adios tratado migratorio. Cuando usted tiene al poderoso y bárbaro golpeador de vecino y no teien quien lo ayude, difícilmete puede hacer más allá de evitar que lo mande al hospital. La relación histórica entre E.U. y México siempre a sido desigual y asimétrica, llevando el segundo la peor parte.
    Únicamente la diplomacia nos ha salvado más o menos.