Vita es un asilo de Porto Alegre que recibe a quienes han sido abandonados por sus familiares, sus vecinos, abandonados por los hospitales, e incluso por la policía, los centros penitenciarios. No es un centro de salud, la gente no está allí para curarse de nada. Es una institución que vive malamente de donativos privados: tiene una capilla de madera, dos frágiles edificios, de enfermería y de recuperación, y el resto son chozas, tiendas improvisadas, toldos.

La fundó en 1987, en un terreno invadido, Zé das Drogas, un antiguo adicto y traficante, convertido al pentecostalismo. Entre sus internos los hay enfermos de SIDA, muchos diagnosticados con imprecisos trastornos mentales. No los visita nadie ni nadie pide noticias de ellos, no están sujetos a ninguna clase de tratamiento porque no se supone que vayan a salir. En realidad, van allí a esperar la muerte, nada más. El administrador, el capitán Osvaldo, explica: “ya no tienen nada que dar. ¿Qué se puede esperar de ellos? Nada. Puesto así, sólo pueden aspirar a ser lo que son ahora. Esto es un depósito de seres humanos. No podemos regresarlos a la sociedad”.

Ilustración: Estelí Meza

Joâo Biehl ha escrito un libro conmovedor, exigente, terrible, sobre esa estación terminal de la miseria (Vita. Life in a Zone of Social Abandonment). En el centro de su relato está Catarina, una mujer abandonada allí por sus familiares, en silla de ruedas por lo que podría ser una enfermedad reumática, eso dice ella, pero con un vago diagnóstico de psicosis, abandonada por su marido, sus hermanos, su hija. Es imposible saber nada muy concreto sobre ella porque en Vita no hay expedientes, nada sobre la trayectoria personal ni vínculo con la familia, no hay ningún registro ni identificación de los internos, que ya no son propiamente personas; los cuidadores distribuyen antidepresivos, sedantes, ansiolíticos, más o menos arbitrariamente, según sienten que hace falta.

Catarina recuerda que las cosas empezaron a ir mal cuando comenzó a manifestar ideas distintas de las de su marido, su cuñado, dice que nadie se ocupó de la enfermedad de sus piernas. Seguramente, sin que nadie tuviese esa intención, cayó por una de las grietas del sistema público de salud, del sistema doméstico: un diagnóstico equivocado, la medicación estándar, los sedantes que se administran de manera automática, porque se asume que los psicóticos son violentos, y la complicidad impensada entre las instituciones de salud y la familia mediante el lenguaje médico que ofrece una explicación, y que hace que el abandono resulte aceptable. La familia como experiencia concreta no está, en realidad no puede estar a la altura de la imagen idealizada que se tiene de ella.

“La gente, dice Catarina, se ha olvidado de mí. En mi familia a lo mejor me recuerdan, pero no me echan de menos”. Ella no sabría cómo encontrarlos, ni a su marido ni a su hija, ni a sus hermanos. Lleva consigo siempre un cuaderno, donde escribe series de palabras, lo llama su diccionario, y escribe “para no olvidarse de las palabras”; el resultado son secuencias de una extraña poesía, de belleza estremecedora. Catarina tiene alrededor de treinta años.

La discusión médica, legal, política, filosófica, sobre la condición humana es una discusión sobre el valor de la existencia, sobre el fundamento de todos los derechos que podemos imaginar. Los internos de Vita están en otra parte, más allá de todo eso: están socialmente muertos. Están cada uno en su rincón, dispersos, solos, en silencio, con la quietud de quien no espera nada. Guardan casi todos una pequeña colección incoherente de objetos, como un último recurso contra el absoluto silencio, una manera de conservar un mundo interior que no puede encontrar ningún otro asidero.

En Vita la ausencia es algo muy concreto, apremiante, devastador, es la ausencia de cualquier persona que responda a los internos cuando hablan, y que se dirija a ellos, alguien que los reconozca, y que de alguna manera les permita imaginar un futuro. Fuera de la dinámica del reconocimiento, fuera del tiempo, la subjetividad no tiene nada que la sostenga. Es una forma radical de lo que Michel Naepels llama la “desafiliación” —el proceso por el cual alguien queda fuera del nexo social.

Naepels también lo ha visto en Pweto, en Katanga. Estuvo en la línea del frente en la guerra civil del Congo durante años, hasta que cayó en poder de los rebeldes, en el año 2000. La mayoría de la población huyó. Al final de la guerra, nueve de cada diez habitantes eran retornados, se habían roto todos los vínculos, proliferaban los grupos de autodefensa. Sólo se podía sobrevivir mediante una relación personal con alguno de los hombres fuertes, una relación frágil, entre la protección y el despojo, sin un horizonte más allá del presente; no había más sino quemar la selva para producir carbón, y venderlo en Lubumbashi. Los retornados no tenían a nadie, no eran nadie.

Me viene a la cabeza una frase de Mikel Azurmendi: “¿Puede acaso una vida volverse inteligible, incluso pensable, sin algunas otras vidas junto-con-contra-cabe-sobre-tras las que fue edificada?”.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.