En el tercero de los Diálogos Píticos, Plutarco da cuenta de una conversación entre un grupo de sabios que a la vuelta de largos viajes se encontraron casualmente en Delfos, la sede de uno de los últimos oráculos antiguos todavía activos a inicios de la era cristiana. Ahí discurrieron sobre un peculiar enigma: ¿cómo explicar el debilitamiento de los oráculos? Coincidieron todos en que aquellos lugares que no hacía mucho habían sido ricos en voces, se encontraban ahora secos como fuentes agotadas, el silencio y la desolación se habían apoderado de ellos, y en toda la región reinaba una sed de mántica y adivinación. Se inclinaron por las explicaciones materiales, puesto que la divinidad no podría haber mutado. El problema de fondo podría ser el despoblamiento de las ciudades y la escasez de consultas, o tal vez se había reducido la exhalación terrestre de un cierto tipo de vapor profético que al ser absorbido por los poros induce imágenes del porvenir.

Tal vez la desorientación histórica y la aridez de la imaginación política que aquejan al mundo secular actualmente puedan entenderse como una suerte de silencio oracular. El agotamiento de las visiones futuras —que por otro lado podría verse como un benéfico decaimiento de ideologías de probada violencia— resulta especialmente alarmante hoy porque llega a la par de un consenso científico que prevé que el cambio climático tendrá consecuencias catastróficas e irreversibles en menos de tres décadas. Lo peculiar es que esa extraña certidumbre cataclísmica, lejos de inspirar nuevas gestas heroicas, desemboca por doquier en pasmo y parálisis.

El silencio de los oráculos

Ilustración: Raquel Moreno

No es casual que entre las excepciones esté una niña, Greta Thunberg, de quien ya algunos hablan como profeta de nuestros tiempos. La fuerza de las palabras de Thunberg, que se ha presentado en el Parlamento inglés y cumbres mundiales, radica en su sencillez: “cuando tenía ocho años escuché por primera vez sobre algo llamado cambio climático, al parecer se trataba de algo que los humanos mismos habíamos creado con nuestra forma de vivir… Recuerdo haber pensado que era muy extraño que los humanos pudieran ser capaces de cambiar el clima, porque si lo fuéramos, y si eso estuviera realmente pasando, nadie hablaría de otra cosa. Todo en la televisión y en los periódicos sería sobre eso, como si estuviera en curso una guerra mundial. Pero no, nadie habla de eso”.

Greta Thunberg no habla en público a pesar de ser niña, sino en tanto que niña. Me parece que el detalle importa. Recurrir a imágenes sacrificiales de la niñez para impulsar la movilización política es una estrategia antiquísima; esto es algo distinto, no sólo porque en este caso ella se representa a sí misma, sino porque lo hace con la conciencia de pertenecer a una categoría (los niños) que está en conflicto estructural con otros estratos de la población. La inminencia del cambio climático crea un cisma entre aquellos que podrán terminar su vida antes de sufrir las consecuencias y aquellos que no, y por lo tanto podría inducir la formación de un nuevo sujeto político. Especulo que los movimientos de niños y adolescentes representándose a sí mismos como “grupo de interés” serán cada vez más frecuentes. Otro ejemplo reciente en Estados Unidos es el grupo de jóvenes detrás del juicio Juliana vs. Estados Unidos, que demandó al gobierno por negligencia ante el cambio climático; podemos incluir también a Emma Gonzalez, la adolescente que lideró el movimiento por la regulación de las armas de fuego de la masacre de Parkland, Florida.

Pero hay una dimensión más simbólica en el hecho de que una niña autista se embarque en una cruzada contra el cambio climático. En su discurso, su edad y su mutismo selectivo se presentan como las ventajas que le han permitido no resignarse a aceptar el absurdo, resistir la manera en la que los adultos han naturalizado la catástrofe: “A veces creo que los autistas somos los únicos normales, sobre todo cuando se habla de la crisis ambiental”. La idea de los niños como los últimos depositarios de un sentido común previo a la ideología, como los únicos capaces de ver lo obvio, tiene hondas resonancias en la tradición europea. Está presente por supuesto en ciertas vetas románticas y, para dar un ejemplo más reciente, en la literatura juvenil de Michael Ende, en la que son los niños los únicos capaces de combatir la Nada, el desencanto y la alienación del mundo adulto.

Las tenues visiones de Greta se definen en términos negativos: reducir las emisiones de carbono, atenuar el calentamiento, impedir el fin. Comparten lo que Isaiah Berlin vio como característica esencial del liberalismo: pensar sujetos libres de y no libres para evitar contenidos positivos. El problema es que enfrentar el cambio climático implica no sólo vencer la inercia generalizada y el interés económico de sectores industriales poderosísimos, sino también confrontar a grupos religiosos evangélicos cada vez más numerosos que ven la catástrofe ambiental como la inauguración del milenio, como la condición necesaria para el reinado de Dios en la tierra y la salvación de los conversos. Ellos sí que tienen una visión positiva del fin de los tiempos y una tradición profética viva. ¿Es posible oponerse a ese fervor apocalíptico sin siquiera la fuerza de las filosofías históricas ya desahuciadas? ¿Qué tipo de ideas y sujetos políticos podrán librar esa batalla en diferentes regiones del mundo?

 

Natalia Mendoza
Antropóloga y ensayista. Estudió relaciones internacionales en El Colegio de México y doctorado en antropología en la Universidad de Columbia.