Una seña de identidad de la modernidad política es el odio al privilegio. La idea remite al antiguo régimen, a un mundo de órdenes y estamentos que niegan la igualdad natural de las personas. La pasión contraria al privilegio es el igualitarismo. Como se sabe, el ataque frontal al privilegio ocurrió en los inicios de la Revolución francesa. La clase privilegiada por excelencia, la nobleza, disfrutaba de exenciones de todo tipo. Las fiscales eran particularmente ofensivas para el pueblo llano. Lo que se sabe menos, como señaló William Sewell hace décadas, es que la denuncia del privilegio nació con una amnesia de origen muy peculiar.

El abate Sieyes es el autor del panfleto canónico de la revolución: ¿Qué es el Tercer Estado? El texto apareció en enero de 1789, en los albores del proceso revolucionario. Luis XVI había convocado para mayo de aquel año a los Estados Generales, compuestos por la nobleza, el clero y el pueblo llano. En el texto de Sieyes estaban los argumentos —y el programa— que llevarían al Tercer Estado a transformarse unilateralmente en la Asamblea Nacional que aboliría los privilegios la noche del 4 de agosto de 1789. A partir de entonces se declaró la igualdad ante la ley. Un año antes el abate (que a pesar de ser un clérigo no formaría parte del Segundo Estado) publicó un Ensayo sobre los privilegios. “Todos los privilegios”, adujo, “sin distinción, ciertamente tienen como su objeto ya sea otorgar una exención a la ley o conferir un derecho exclusivo a algo que no está prohibido por la ley”. Sieyes se preguntaba: “¿qué es un burgués al lado de una persona privilegiada? Esta última tiene la mirada fija en nobles tiempos pasados. Ahí ve todos sus títulos, toda su fuerza; ve a sus ancestros. En contraste, el burgués […] se prepara  para el futuro y mantiene el presente con los medios de su trabajo; él es, en lugar de haber sido; soporta el trabajo duro y, aún más, la vergüenza de emplear en él toda su inteligencia y toda su fuerza para servirnos ahora y vive del trabajo que nos es esencial a todos. ¡Ah! ¿Por qué no puede el privilegiado irse al pasado para disfrutar de sus títulos, su grandeza y le deja a una estúpida nación el presente con toda su bajeza?”.

La retórica del privilegio

Ilustración: Belén García Monroy

En ¿Qué es el Tercer Estado? Sieyes acusó a la nobleza de ser una clase zángana, que no producía nada de utilidad para el resto de la sociedad. Curiosamente, el abate era presa de una peculiar amnesia. Como señala Sewell, no es claro qué tenía en mente Sieyes cuando denunció el privilegio. Sieyes se refirió sobre todo a los privilegios políticos y económicos de la nobleza. Sin embargo, ésta sólo era uno de los cuerpos privilegiados del antiguo régimen. El privilegio se extendía a todo el tejido social. Jurídicamente el Estado estaba formado por un conjunto de estamentos y órdenes: diversos tipos de comunidades, ciudades que gozaban de patentes históricas, provincias, cofradías, compañías, academias y cuerpos de magistrados. No todos eran repudiados. Los privilegios eran el principio constitutivo del orden social. Los que disfrutaban la nobleza y el clero eran sólo los más visibles entre los muchos que constituían al Estado y a la sociedad. Así, “cuando en la noche del 4 de agosto de 1789 se abolió el privilegio, no sólo se aniquilaron los espectaculares privilegios de los primeros dos Estados, sino el abigarrado tejido de privilegios, grandes y pequeños”.1

No es claro en absoluto que Sieyes quisiera terminar con esa sociedad. Su ataque era en contra de los abusivos e injustificados privilegios de la nobleza. Al clero, que también gozaba de privilegios, lo trató de manera muy distinta. No creía que fuera una clase parásita. Jamás lo atacó con la misma vehemencia. Ser clérigo era una profesión socialmente útil, adujo. Por eso el clero no era un orden privilegiado. El privilegio de sus miembros era diferente porque no residía en la persona, sino en la función. Parecería que el verdadero pecado de la nobleza era ser una casta. El nacimiento cancelaba al mérito. A pesar de su enjundia Sieyes ignoró el resto, la mayoría, de los privilegios. ¿Eran todos “injustos, odiosos y contradictorios al supremo objetivo de las sociedades políticas”? Como señala Sewell, parecería que el abate se refería sólo a la nobleza.

Así, de un plumazo, sin pensarlo dos veces, la Asamblea Nacional acabó no sólo con la injusticia de los fueros de los nobles sino con todo el orden social. Las experiencias personales de Sieyes le proporcionaron “el parque emocional necesario para movilizar el resentimiento enquistado de la burguesía prerrevolucionaria y dirigirlo contra los privilegios de los nobles”. Los gremios, las academias, las ciudades y otros actores fueron víctimas de esta operación política y simbólica. Sieyes y los miembros de la Asamblea tuvieron un gran éxito en su propósito: que supieran qué estaban haciendo exactamente es una cosa diferente.

 

José Antonio Aguilar Rivera
Investigador del CIDE. Autor de La geometría y el mito. Un ensayo sobre la libertad y el liberalismo en México, 1821-1970 y Cartas mexicanas de Alexis de Tocqueville, entre otros títulos.


1 William H. Sewell, A Rhetoric of Burgeois Revolution, Durham, Duke University Press, 1994, pp. 109-110.

 

2 comentarios en “La retórica del privilegio

  1. Hoy sigue vigente esa pretensión de la modernidad política: hacer frente a un régimen estamental y de privilegios.