En los últimos meses de 1609 más de 100 mil súbditos del rey de España, los llamados moriscos, fueron expulsados del reino de Valencia: era el final de una guerra de ocho siglos entre cristianos y musulmanes, y se festejó como corresponde. Salvo que las cosas son un poco más complicadas. Para empezar, muchos de ellos no eran musulmanes, ni la guerra había sido así. Ni todos festejaron.

Antes del siglo XVI cristianos, judíos y musulmanes convivían en paz, cada quien con sus costumbres e incluso sus leyes, bajo príncipes cristianos o musulmanes, a pesar de las exigencias del IV Concilio de Letrán, que quería separar las dos comunidades. Político, político antes que cristiano quiero decir, Fernando de Trastámara firmó con el último príncipe musulmán las capitulaciones de Granada de 1491 en que se garantizaba que se dejaría “en su ley” a “todo el común, chicos y grandes”, y “se les guardarían sus costumbres y ritos”, y conservarían el derecho de ser juzgados “en sus leyes”, y que “ninguno sería apremiado a ser cristiano contra su voluntad”.

Traidores

Ilustración: Estelí Meza

Siempre se suponía que los musulmanes terminarían por convertirse. Pero el arzobispo de Toledo, futuro cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, tenía prisa. Ordenó que la mezquita del Albaicín fuese transformada en iglesia, y encarceló y sometió a tortura a los principales líderes religiosos del Islam, hasta que el más distinguido de ellos pidió ser bautizado con el nombre de Gonzalo Fernández Zegrí, “fuese por fuerza, o lo más cierto por inspiración divina”. Siguió un motín que permitió que los reyes declarasen nulas las capitulaciones, de modo que aumentase la presión religiosa para convertir a los que desde entonces se llamaron moriscos.

En todos los reinos de la península eran apreciados sobre todo por la nobleza, porque los moriscos eran quienes trabajaban la tierra, quienes generaban las rentas. Y por eso eran también mal vistos por la gente común. En Valencia, en 1519, los tuvo como enemigos la revuelta de las “germanías”, una rebelión popular contra los nobles, organizada a partir de los gremios de artesanos, que se ensañó con los moriscos. Los musulmanes tomaron partido por sus señores, y los agermanados, bajo la dirección de Vicente Peris, saquearon las morerías de Alcoy, Gandía, Orihuela, Oliva, y llevaron a los moriscos en masa para bautizarlos por la fuerza. Algún religioso caritativo, sabemos que le llamaban Micer Torrent, recorrió después la comarca tratando de tranquilizar a los moriscos, asegurándoles que el bautismo así realizado no tenía efecto, y que en todo caso se podía borrar con agua y lejía. El inquisidor Churruca era de otra opinión, distinguía entre la coerción condicional y la coerción absoluta para establecer que los bautismos eran válidos, y los así bautizados eran cristianos.

No era una cuestión de nombres. Los cristianos quedaban bajo la jurisdicción del Tribunal del Santo Oficio, y podían ser procesados por herejía.

A partir de entonces el recelo hacia los moriscos se volvió constante, sobre todo los bautizados. Siempre se sospechaba que iban a misa “por cumplimiento”, para evitar ser castigados, y que estaban en comunicación con los reinos islámicos de África, enemigos de España. Y había además el menosprecio porque no eran cristianos viejos, y la limpieza de sangre se convirtió en motivo cardinal de la cultura peninsular.

Los inquisidores no tenían dudas, las principales causas por las que no se convertían verdaderamente al cristianismo eran la persistencia de la lengua morisca, la vestimenta tradicional, y todas las otras costumbres, como “los baños artificiales, que estaba averiguado ser un vicio malo”. Por eso comenzó a imponerse una legislación cada vez más restrictiva, hasta que el edicto de Granada prohibió el uso del árabe, los vestidos tradicionales, las fiestas, prohibió a los moriscos ejercer la orfebrería, clausuró los baños, y los obligó a mantener las puertas de sus casas abiertas, de modo que se viese lo que sucedía dentro. El resultado fue la revuelta de las Alpujarras, de 1568, que el rey ordenó acabar “a fuego y a sangre”, dando a los soldados campo franco para el pillaje.

Finalmente, el duque de Lerma convenció a Felipe III para que firmase el decreto de expulsión de los moriscos de Valencia, que se hizo público en agosto de 1609, por la gran afrenta que representaban contra la gloria de dios. La nobleza resistió mientras pudo, pero el privado contaba con la Inquisición, y con Roma. Siguieron los demás reinos, hasta que los desterrados sumaron más de medio millón. Fueron obligados a abandonar sus propiedades, sin llevar más que lo que pudieran llevar a la espalda, por lo que muchos fueron asaltados y asesinados en los caminos.

Acaso es más complicado. En uno de los capítulos más conmovedores del Quijote, Sancho Panza se encuentra con su antiguo vecino, el morisco Ricote, que regresa a su tierra disfrazado, y haciendo manteles de las yerbas, comen juntos huesos mondos de jamón, y beben seis botas de vino. También habría eso, Cervantes lo sabía.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más  recientes: Si persisten las molestias y Así empezo todo. Orígenes del neoliberalismo.