Mary Beard es una distinguida especialista en la historia de la Roma antigua, profesora de la Universidad de Oxford, comentarista de temas contemporáneos, feminista comprometida y tuitera dedicada. En los tiempos que corren, en los que las mujeres han decidido hacerse escuchar, su conocimiento y sus reflexiones a propósito de la arraigada tradición del mundo occidental de callar a las mujeres, iluminan e ilustran la penosa experiencia de todas aquellas cuyas voces en la vida pública han sido y son ignoradas. Incluso cuando lo que dicen es muy superior a los balbuceos de hombres que hacen como que no las oyen para después apropiarse sus palabras y repetirlas como si de ellos fueran.

La voz de las mujeres

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

En 2014 Beard impartió una conferencia con el título “La voz pública de las mujeres”, que ofrece un sugerente recuento de la profunda animadversión que provocan las mujeres cuando hablan en público, y de los grandes esfuerzos que han hecho los hombres por callarlas. Algunos pensarán que este reproche hoy es anacrónico, dada la notable participación de las mujeres en la vida pública en prácticamente todo el mundo. Empieza a ser larga la lista de mujeres jefas de gobierno, congresistas, lideresas de partidos políticos, periodistas, profesoras universitarias, que son escuchadas con respeto. No obstante, abundan los señalamientos del corte “es una histérica”, “le hace falta lo que le hace falta, pero quién es el valiente que se anima a hacerle el favor”.

Hoy en México la voz pública de las mujeres forma parte del debate político, con toda naturalidad opinan, escriben editoriales, publican ensayos de filosofía, filología, economía, ciencia política. Parecería que no queda una sola puerta cerrada para ellas. Sin embargo, como Beard advierte, este progreso no significa que los antiguos prejuicios hayan desaparecido. Las mujeres se expresan libremente en público, pero no siempre son escuchadas, y cuando lo son surge la pregunta de si es ella la que habla o si no fue sólo la muñeca de ventrílocuo de un hombre (su marido, su jefe, su hermano, su padrino, su primo) que la maneja. Cuando una mujer habla en público “Cherchez l’homme”. Al menos así se explica la atención que reciben muchas de ellas. Lo malo es que en más de un caso eso hacen, son muñecas de ventrílocuo. Nada más recordemos a las “juanitas” que se prestaron a ser desvergonzadamente utilizadas para hacerle trampa a la ley electoral que exigía que los partidos presentaran un porcentaje alto de candiaturas femeninas.

Cuando empecé a participar en mesas de discusión política el terreno estaba dominado por los hombres. Mucho más numerosas eran las mujeres que hacían política, también eran más toleradas que las mujeres que hablábamos de política. Nunca he sabido por qué. Dos breves anécdotas me sirven como ejemplo. Primera: en seminarios y reuniones académicas donde predominaban los hombres mis intervenciones eran recibidas por un silencio sepulcral que me sumía en el desconcierto: “Seguramente dije una estupidez”, minutos después ocurría una de dos cosas. Alguien se refería a lo que yo había dicho, pero sin atribuírmelo sino que recurría al impersonal. “Aquí se comentó…”, “Como ya se dijo…”, algo que no se hacía con lo que habían dicho Hugo, Paco y Luis; la segunda posibilidad era que otro participante en la discusión retomara mi comentario que a partir de ese momento ya era suyo.

La segunda anécdota fue un incómodo incidente con un gobernador, político principante que se creía guapo y se sabía poderoso. Me sentaron a su lado en la cena, y cuando la conversación giró a la política, yo intervine, opiné no recuerdo sobre qué, pero el señor  gobernador entre indignado y rabioso me interrumpió y en tono muy agresivo me preguntó “Y tú, ¿quién eres?”; “¿por qué hablas así?”. Fue tal su violencia contenida que me paralicé. Afortunadamente, otro comensal le explicó al individuo que yo era una profesora universitaria que analizaba la política nacional. La fiera se calmó, pero la atmósfera quedó tan cargada que la conversación siguió por los rumbos de “¿entonces está muy buena la película de De Niro?”.

Mucho han cambiado las apariencias, pero cuando un diputado de Morena (el partido de la izquierda mexicana), Héctor Granados, sube a la tribuna para dizque defender la despenalización del aborto con la recomendación “hay que pensar antes de abrir las piernas”, está bien claro que en el andamiaje mental de este individuo las mujeres somos como animalitos, y ¿quién quiere oír a una conejita, una ardillita o una vaquita? ¿Por qué no le recomienda a los hombres “hay que pensar antes de abrir la bragueta?”.

Beard narra que cuando Penélope, la esposa modelo de Ulises, intenta hablar con los pretendientes que quieren hacerla olvidar a su marido, interviene su hijo Telémaco, un joven imberbe de 18 años, que le ordena callarse y retirarse a sus habitaciones. Penélope obedece. Se retira en silencio, y la voz de las mujeres sufre una derrota, pero ya regresamos, y lo volveremos a hacer.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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