El 17 de marzo de 2019 Andrés Manuel López Obrador declaró formalmente el fin de la política neoliberal en México, y la dio por muerta. Tres meses después, el 8 de junio, encabezó en Tijuana una celebración popular y universal del acuerdo con los Estados Unidos para evitar la imposición de un arancel de un mísero 5%. El acuerdo se consiguió a cambio de concesiones grandes, tanto a nivel político como económico, pero un arancel de 5% ponía a la economía mexicana en un riesgo grande de pérdida de inversiones y devaluación de la moneda. La celebración oficial del no-arancel abre la siguiente pregunta: ¿qué significa el fin declarado de la política neoliberal?

Quizá la piedra de toque del pensamiento económico neoliberal sea el libre comercio internacional. La reducción de las tarifas internacionales, idealmente hasta llegar al 0%, es una parte central de su ideario, porque el neoliberalismo busca armar un mundo interdependiente en el plano económico, integrado a un mercado mundial. En el episodio del arancel de 5% fue Donald Trump quien amenazó con retirar el precepto neoliberal, y fue AMLO el que lo defendió a toda costa. Por eso, el 30 mayo fue el presidente de México —y no el de Estados Unidos— quien predicó que los problemas sociales “no se resuelven con impuestos”.

El 5% y la realidad

Ilustración: Patricio Betteo

Esa idea no era, desde luego, la de los gobiernos mexicanos de los tiempos tan suspirados del “Desarrollo Estabilizador”. En ese entonces México grababa aranceles altísimos —a veces de más del 100%— a productos estadunidenses tales como automóviles, electrodomésticos, juguetes, y un largo etcétera. Hoy, en cambio, un impuesto de apenas 5% (ojo, en cualquiera de las dos direcciones) tumbaría la economía mexicana. En resumen, el neoliberalismo no sólo no ha muerto, sino que el gobierno de México es uno de sus más tenaces defensores.

Digo esto no con el afán de denunciar a AMLO como hipócrita o algo así, sino porque la política del gobierno actual está resultando confusa, y esa confusión trae costos. Lo que pareciera querer AMLO de fondo es fortalecer al Estado. Recuperar la llamada “rectoría del Estado”. Para ello está aprovechando la mayoría que tiene en el Congreso para concentrar poder en la federación y especialmente en la presidencia. Sin embargo, quiere hacer eso en un país —México— cuya economía está ya integrada a la de Norteamérica. Su política no puede ser la de terminar con el neoliberalismo. Lo que busca, en vez, es montar un sistema político distinto sobre la economía existente. Eso significa cambiar el funcionamiento de las empresas estatales, sin duda, pero no implica intervenir en la economía general.

Dado esto, la primera pregunta para México es si se puede armar un sistema político centralizado, menos “liberal”, sobre la base de una economía profundamente globalizada. Y la segunda pregunta sería si se desea tener un sistema así. Vamos por partes.

En pocos meses AMLO ha conseguido transformar tanto el poder presidencial como el arreglo federal. Ha conseguido, además, reducir los márgenes de acción autónoma de varios organismos estatales, sobre todo los que tienen que ver con el sistema político (policías estatales y municipales, INE, Comisión de Derechos Humanos, Pemex, CRE, CFE). El cambio político es real, y muy grande. Al mismo tiempo, las políticas del Estado que mana de esa transformación difícilmente pueden identificarse con las agendas históricas de la izquierda: no hay aumento de impuestos a las corporaciones, sino política de entrega de dinero directamente a los pobres (que fue una política inventada en tiempos neoliberales); hay reducción del presupuesto para las universidades, para el medio ambiente, y al sistema de salud, y despidos masivos en la burocracia. Reducción de sueldos y prestaciones en el sector público. Hay, además y por otra parte, grandes aumentos en la inversión pública en las fuerzas armadas, y en el sector extractivo de la economía (Pemex, CFE). El binomio izquierda/derecha no sirve demasiado para entender el gobierno actual.

Estamos ante una nueva variante del problema original que enfrentó México cuando hizo su transición al neoliberalismo (década de los ochenta), que es cómo calibrar la relación entre la globalización (proceso que entonces se resumía con el término ruso “perestroika”) y la reforma del sistema político (que se resumía entonces con la idea del “glasnost”), sólo que ahora se busca volver a concentrar el poder presidencial, porque un presidente fuerte sería más capaz de responderle al pueblo que el sistema de representación partidista que se desarrolló en las sucesivas reformas democráticas.

Importa pensar el galimatías ideológico actual, porque estos lodos provienen de aquellos polvos. Sólo que, a diferencia de la situación en los años ochenta, el neoliberalismo en su sentido económico es ya un patrimonio de México, defendido en primer lugar por el propio presidente. Por otra parte, el neoliberalismo en el plano político está en crisis. Aún así, no está de ninguna manera acabado, pues muchas de las demandas democráticas del propio movimiento de Morena, precisamente, de la apertura que conocimos mundialmente con el apelativo de “glasnost”, y que incluyen temas de pluralismo, por ejemplo, o la defensa de derechos humanos, que estaban ausentes en el viejo corporativismo priista.

En resumen: la declaración del fin del neoliberalismo es una cortina de humo.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

 

Un comentario en “El 5% y la realidad

  1. Excelente artículo. El neoliberalismo político lo sepultó AMLO en menos de siete meses, en cambio, el neoliberalismo como política económica, no es que no se pueda desterrar, sino que no nos conviene…por el momento. Saludos Profesor.